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La cultura en la Cuarta Transfiguración Destacado

Gabriel Zaid planteaba que lo mejor es mantener que la cultura y la burocracia funcionaban mejor lejos una de otra. Gabriel Zaid planteaba que lo mejor es mantener que la cultura y la burocracia funcionaban mejor lejos una de otra. Ricardo Reyes/ Especial

Con el arribo de López Obrador al poder, sus colaboradores (mimetizados con el transfigurado y revelado “como un personaje místico, un cruzado, un iluminado, un auténtico hijo laico de Dios y un servidor de la patria”: Muñoz Ledo dixit), compiten entre ellos para ver quién lo merece más y quién descubre mejor el agua tibia. Rotundos, seguros de sí, transfigurados también, como el propio Muñoz Ledo y otros más que han participado y se han beneficiado de partidos, gobiernos y regímenes de los que hoy abjuran como si nunca hubieran estado ahí, pero ¿no fue este mismo Porfirio el lisonjero que aduló “el valor moral y la lucidez histórica” del presidente Gustavo Díaz Ordaz, poco después de la matanza de estudiantes en 1968? (No es pregunta retórica; es confirmación histórica.)


Concluyentes, terminantes y tonantes cuando hablan o actúan, como si acabaran de nacer al mundo político, y no tuvieran pasado (ni siquiera por caídas del sistema, represiones, corrupciones y por trampas en las que se mostraron expertos, pero hoy se benefician con la amnesia), cada cual mejor que los otros y que su fina estampa de antes, fulguran puros, transformados, transfigurados, y sus auras nos deslumbran y el milagro de lo que hoy son nos arroba. Diríamos que estamos ante múltiples epifanías.
Pues bien: esas rotundidades milagrosas han llegado también a la cultura o, más exactamente, a la política cultural. El lunes 3 de diciembre, al asumir el cargo en la Secretaría de Cultura, la nueva secretaria Alejandra Frausto, ante la secretaria saliente, María Cristina García Cepeda, dijo sentenciosa: “La cultura... no puede ser prescindible... y nunca más volverá a ser accesoria” (Milenio, 4/12/2018).
O sea, que lo que fue (“accesoria”), pero sólo hasta el momento en que ella tomó el relevo. Y lo que más destaca es la forma enfática del adverbio “nunca” referida al futuro: “nunca más”, lo cual quiere decir que, a partir del 3 de diciembre de 2018, ¡y para siempre!, la cultura dejará de ser “accesoria” (esto es, “secundaria”, “no principal”).
Que alguien se comprometa a tal cosa implica, primero, la certeza de que la cultura siempre fue secundaria, “no principal”, hasta el 2 de diciembre de 2018, y, segundo, que ya no habrá retorno a esa práctica: que a partir de ya todo cambió, y, además, ¡para siempre! Suponiendo que la cultura haya sido accesoria hasta el 2 de diciembre y que, por decisión administrativa, deje de serlo, para siempre, a partir del 3 de diciembre, comprometerse a esto es como si los otros secretarios y funcionarios, también transfigurados, prometieran, por decir algo, que “nunca más volverán” las devaluaciones ni las injusticias ni el desempleo ni la inseguridad ni las violaciones a los derechos humanos ni la discriminación ni, por supuesto, los cambios de gobierno y de funcionarios.
Esto último como exigencia sine qua non: Porque, para cuidar que se cumpla el “nunca más”, quien promete tal cosa no sólo debe quedarse en su puesto de manera vitalicia, sino también post mortem: hasta la eternidad; no hasta el fin de los tiempos (que no los habrá), sino, como dijera Buzz Lightyear, “al infinito... ¡y más allá!”. Siendo así, la nueva secretaria de Cultura será perpetua: no estará únicamente dos años en su puesto, ni cuatro ni seis ni doce ni dieciocho, sino siempre. Y tendrá que ser así porque, si se mueve de su lugar, puede ser que alguien, de este gobierno o de otro, regrese a la cultura a su carácter “accesorio”.
Este es el problema de las rotundidades dichas al calor del entusiasmo para estar en sintonía con El Supremo. De acuerdo con la lógica, hasta las rotundidades tienen un límite. La nueva secretaria de Cultura pudo haber dicho, y hasta le creeríamos, que durante este gobierno (el de la Cuarta Transfiguración) y durante el tiempo que ella ocupe esta secretaría, la cultura “no será accesoria” (en caso, por supuesto, de que pudiera serlo). Podría cumplirlo... o no. Pero el “nunca más volverá a ser accesoria” (en caso de que pudiera serlo) es una rotundidad que sólo podría permitirse Diosito.
Un mortal no podría siquiera prometer (con la seguridad de cumplir su promesa) que nunca más volverá a pasar hambres o que nunca más volverá a roncar por la noche o que nunca más volverá a decir “se las metimos doblada, camarada” o que nunca más volverán las oscuras golondrinas o que nunca más volverá a sonreír cuando lea o escuche petulancias que comiencen con “nunca más”. El “nunca más” está bien para el cuervo de Edgar Allan Poe, pero no para nosotros, simples mortales, humildes escribidores al borde de la fosa o, bien, flamantes funcionarios que suponen que la cultura (y la política cultural) se inventó el 3 de diciembre de 2018.
¿Se atrevería el nuevo gobierno federal a prometer, pongamos por caso, que nunca más volverán las fuerzas de seguridad a disparar contra un ciudadano inocente? ¿Se atrevería a prometer que nunca más volverá un funcionario a cometer actos de corrupción? ¿Sería tanta su ingenuidad, o su demagogia, como para prometer que nunca más volverá a cometerse una injusticia en México? A lo más que puede llegar a comprometerse un gobierno, que no sea eterno (por ejemplo, el que comenzó el 1 de diciembre de 2018), es a que, durante los siguientes cinco años y diez meses (tiempo exacto que gobernará por ley López Obrador), nunca las fuerzas de seguridad dispararán contra un ciudadano inocente, nunca un funcionario federal será sorprendido en actos de corrupción y nunca se cometerá una injusticia en México. Y puede cumplirlo... o no.
Por otra parte, a tono con las faltas de cortesía más elementales e incluso fanfarronadas que han caracterizado a esta “transición”, es por lo menos una indelicadeza decirle a quien relevas que, ahora sí, se van a hacer bien las cosas, no como antes, pues queda claro, de acuerdo con los términos del discurso de la nueva funcionaria, que, para la secretaria de Cultura saliente, la cultura fue siempre accesoria. (¿Pero no, acaso, el propio nuevo presidente de la república le dijo al saliente que recibía un país en bancarrota y en quiebra, lo cual no se sostiene objetivamente, sino, desde la subjetividad que apela al entusiasmo clientelar, como parte del continuado, y descontinuado, discurso de campaña?).

¿La cultura de quién?
Por supuesto, para afirmar lo que sea sobre cualquier cosa, por lo menos hay que situar esa cosa. T. S. Eliot lo hace extraordinariamente en sus Notas para la definición de la cultura (1948). Ahí precisa: “El término cultura admite distintas asociaciones según estemos pensando en el desarrollo de un individuo, de un grupo o clase, o de una sociedad entera. Forma parte de mi tesis que la cultura de un individuo depende de la cultura de un grupo o clase, y que la de un grupo o clase depende de la de la sociedad a la que pertenece. Por consiguiente, lo fundamental es la cultura de la sociedad y el significado de la palabra ‘cultura’ en relación con toda la sociedad es lo que en primer lugar ha de examinarse. Cuando el término ‘cultura’ se aplica a la manipulación de organismos inferiores, como el trabajo del bacteriólogo o el del agricultor, el significado está suficientemente claro, pues hay unanimidad en cuanto a los objetivos a alcanzar y podemos ponernos de acuerdo sobre cuándo los hemos alcanzado y cuándo no. En el momento en que se aplica al perfeccionamiento de la mente y espíritu del hombre, es menos probable que convengamos en qué es la cultura. El término mismo, con el significado de algo que hay que aspirar conscientemente en los asuntos humanos, tiene una corta historia. La ‘cultura’ como algo que hay que lograr con un esfuerzo premeditado, es relativamente inteligible si nos referimos a la formación propia del individuo, cuya cultura contemplamos sobre el fondo de la del grupo o de la sociedad. También la cultura de grupo, en contraste con la menos desarrollada cultura de masas, tiene un significado definido. Podemos entender mejor la diferencia entre las tres aplicaciones del término si nos preguntamos hasta qué punto tiene sentido la aspiración consciente de alcanzar cultura en relación con el individuo, el grupo o la sociedad como conjunto. Se evitarían muchas confusiones si nos abstuviéramos de asignar al grupo lo que sólo puede ser un objetivo para el individuo, y a la sociedad en su conjunto lo que sólo puede serlo para el grupo”.
Que el concepto de “cultura” para muchos “culturalistas” y “especialistas” sea preferentemente el antropológico a lo único que conduce es a la certidumbre, ésta sí irrebatible, de que cultura es todo aquello que no es naturaleza. Y, siendo así, “todo es cultura”, con excepción, claro, de lo natural, de lo que no ha modificado el ser humano. Y, para desembocar en tan casi ilimitada generalización, no necesitamos por supuesto instituciones ni políticas culturales. Lo mismo es cultura la música de Silvestre Revueltas que el son jarocho, lo mismo la pintura de Tamayo que el ejercicio grafitero urbano, lo mismo la canción ranchera que los narcocorridos (aunque nos pese), lo mismo Carlos Fuentes que Carlos Cuauhtémoc Sánchez, lo mismo la danza contemporánea que el perreo, lo mismo el mole que el tequila, lo mismo el arte popular que el performance contestatario, y, en definitiva, cualquier cosa que el ser humano haya “cultivado” y arrebatado a la naturaleza. Todo esto se hace solo, socialmente, sin necesidad de políticas o instituciones que apoyen o regulen o pretendan apoyar o regular.
Una cosa es segura: En su sentido antropológico, la cultura nunca ha sido accesoria, pues no lo es para el grafitero del mismo modo que no es para el dulcero (el que elabora dulces), y no lo es y nunca lo ha sido para el versero jarocho ni para la cocinera que, sin saber siquiera que está haciendo “cultura”, produce alimentos todos los días y, además, los enriquece al modificar una receta. A tal grado esto es cierto que Eliot sostiene que “la cultura puede ser descrita simplemente como aquello que hace que la vida merezca la pena ser vivida”.
Esto no impide, por otra parte, una cruel paradoja, cuando se pasa del concepto antropológico de cultura a la noción individual de lo cultural, es decir a la conciencia personal de que se está haciendo “cultura” o de que se participa en ella. Dicha paradoja la expresa, magistralmente, Eliot del siguiente modo: “Las personas siempre están dispuestas a considerarse a sí mismas cultas basándose en una determinada habilidad, cuando lo cierto es que no sólo no carecen de las demás, sino que son ciegas a esa carencia. Cualquier clase de artista, incluso un gran artista, no es por ello un hombre de cultura. Los artistas no sólo son con frecuencia insensibles a las artes que no practican, sino que a veces tienen muy malos modales y escasas dotes intelectuales. Una persona que contribuye a la cultura, por muy importante que sea su contribución, no siempre es una persona culta”.
Los “especialistas en cultura” privilegian un concepto o definición de “cultura” y, a partir de él, pretenden sistematizar lo que consideran debe hacerse para apoyar, desarrollar y, a veces (la cultura también engendra sus patologías), regular la cultura, de acuerdo con sus particulares convicciones. Sin embargo, quienes “hacen” la cultura, la hacen al margen de esas sistematizaciones y, en un sentido general, esto es, antropológico, la hacen sin preguntarse, y muchas veces incluso sin saber, si lo que están desarrollando es “cultura”.
Por todo lo anterior, no sólo es innecesario e ingenuo, sino ocioso, plantear, desde la forma enfática del adverbio “nunca”, referida al futuro, que “la cultura... nunca más volverá a ser accesoria”. ¡Nunca lo ha sido! En todo caso, lo accesorio es siempre (y en unos casos más que otros) la llamada administración cultural a la que ahora le da por suponer que puede hacer que la cultura ¡nunca más vuelva a ser accesoria!

Decretar la primavera
En uno de los estupendos ensayos (“Tesis sobre administración de cultura”) de su libro Dinero para la cultura (2013), Gabriel Zaid plantea algunos puntos que bien haría en analizar la nueva administración cultural, a quien vemos un tanto desorientada al respecto:
•“Administrar la cultura es como decretar la primavera: un delirio narcisista del poder. Pero la cultura moderna se volvió administrativa, y quiere verse en el espejo administrando la cultura”.
•“El mundo artístico, literario, intelectual, no tiene economías de escala. Es posible operar en gran escala, pero eso no reduce los costos ni aumenta la calidad”.
•“La cultura es artesanal: diversa, dispersa, impredecible. Prospera en el trabajo individual o de grupos pequeños”.
•“Las administraciones son anticulturales: están para negociar subsidios, evitar broncas sindicales, desarticular golpes en su contra y conseguirle aplausos a la institución, no para hacer culminar las obras de cultura”.
•“Hay personas tan poderosas en la administración cultural que su verdadera ocupación es el poder, no la cultura”.
•“La forma de contacto ideal entre la burocracia y la cultura varía según el caso. Pero el mejor principio es el contacto cero: el extremo opuesto a la incorporación. A partir de cero, cada milímetro de contacto adicional entre el mundo burocrático y el artesanal debe justificarse rigurosamente”.
•“Hay una demagogia de la identidad nacional que sirve para imponer las preferencias del poder central como cultura nacional. Hay una demagogia regional que hace lo mismo con las variantes locales”.
•“Los elefantes blancos cobran por lo que son, no por lo que producen”.
En todo caso, debe quedar perfectamente claro que los elefantes blancos no producen cultura: producen burocracia que supone producir cultura, administrarla, desarrollarla y hasta regularla. Pero no es la administración cultural la que pueda decidir si la cultura es accesoria o no, aunque, de hecho, nunca lo ha sido. Lo accesorio o no, lo favorable o no, lo positivo o no, es el criterio de la administración cultural que, por principio, debe partir de un hecho irrefutable: Lo importante es la cultura, que hacen los que producen cultura; lo adjetivo es la administración cultural, que debe apoyar la producción cultural, pero que sólo produce cultura en un sentido antropológico: esto es, burocracia (eficiente o ineficiente), porque no puede producir naturaleza.  

Juan Domingo Argüelles

Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Breve antología de poesía mexicana impúdica, procaz, satírica y burlesca (Océano, 2015), Dos siglos de poesía mexicana: el XIX y el XX (Océano/Gandhi, 2015), Un instante en  el paraíso: Antimanual para leer, comprender
y apreciar poesía (Universidad Autónoma de Aguascalientes/Laberinto Ediciones, 2016), El libro de los disparates: 500 barbarismos y desbarres que decimos y escribimos en español (Ediciones B, 2016), El último strike (UJAT/Laberinto Ediciones, 2016),
En la boca del lobo: La verdadera historia de Caperucita Roja (Fondo Editorial Estado de México, 2016),¿Qué leen los que no leen? (Océano, 2017, nueva edición definitiva), Antología esencial de la poesía mexicana (Océano/Sanborns, 2017), Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (Laberinto, nueva edición definitiva, 2018) y Las malas lenguas: Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas (Océano, 2018)

Modificado por última vez enJueves, 13 Diciembre 2018 00:11
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