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El opio de los intelectuales y la razón de Estado Destacado

Incluso grandes literatos no han resultado muy listos al elegir a sus líderes. Incluso grandes literatos no han resultado muy listos al elegir a sus líderes. Especial/ Ricardo Reyes

1. Yerran quienes oponen, intelectualmente, a Octavio Paz y a José Revueltas, ambos de la misma generación (nacieron en 1914). Tenían visiones estéticas distintas, pero las mismas preocupaciones en relación con el poder, la ideología, las utopías y las incongruencias éticas y morales. En su libro Itinerario (FCE, 1993), Paz escribió:
“Nuestro siglo —y con el nuestro todos los siglos: nuestra historia entera— nos ha enfrentado a una cuestión que la razón moderna, desde el siglo XVIII, ha tratado inútilmente de esquivar. Esta cuestión es central y esencial: la presencia del mal entre los hombres. Una presencia ubicua, continua desde el principio del principio y que no depende de circunstancias externas sino de la intimidad humana. Salvo las religiones, ¿quién ha dicho algo que valga la pena sobre el mal? ¿Qué nos han dicho las filosofías y las ciencias? Para Platón y sus discípulos —también para San Agustín— el mal es la Nada, lo contrario del Ser. ¡Pero el planeta está lleno hasta los bordes de las obras y los actos de la Nada! Los diablos de Milton construyeron en un abrir y cerrar de ojos los maravillosos edificios del Pandemónium. ¿La nada es creadora? ¿La negación es hacedora? La crítica, que limpia las mentes de telarañas y que es el guía de la vida recta, ¿no es la hija de la negación? Es difícil responder a estas preguntas. No lo es decir que la sombra del mal mancha y anula todas las construcciones utópicas. El mal no es únicamente una noción metafísica o religiosa: es una realidad sensible, biológica, psicológica e histórica. El mal se toca, el mal duele”.



2. Octavio Paz admiró a José Revueltas. En su libro Posdata (1970), escribió: “Todavía están en la cárcel 200 estudiantes, varios profesores universitarios y José Revueltas, uno de los mejores escritores de mi generación y uno de los hombres más puros de México”. Enfrentar a Paz y a Revueltas es una torpeza. Ambos fueron críticos, y ambos, disidentes. Revueltas criticó el fanatismo de una izquierda cavernícola y caníbal. Su vida fue una oposición permanente al poder autoritario, y no es por nada que fue expulsado del Partido Comunista, cuando los comunistas mexicanos justificaban y loaban el estalinismo.
Tanto Paz como Revueltas creyeron en la transformación de la sociedad, pero también fueron críticos de cualquier tipo de poder autoritario, demagógico y fanático. La izquierda de Revueltas nunca fue una izquierda conformista ni subordinada al dogma, y en sus últimos años, desde la Cárcel Preventiva, se refirió, con dignidad, al “caso Padilla”, con la integridad moral (desde la izquierda y el marxismo) de la que carecieron todos los fanáticos que rendían culto a la personalidad de Fidel Castro. Escribió: “Heberto Padilla dice en su carta una verdad, por la cual renuncia a la verdad: se arrepiente de haber intentado esclarecerse, y se esclarece, así, mistificadamente, en la otra verdad, en la razón de Estado. ¿Qué mayor tortura para el escritor que la de oponer su obra a la razón de Estado y tanto más si el Estado es socialista? Los ‘herejes’ de la Edad Media se sometían con mucha menor resistencia a las exigencias morales del ‘dolo bueno’ que al plomo derretido en la cuenca de los ojos. Éste no es un ‘problema insignificante’ como lo ha presentado el compañero Fidel Castro en el Congreso de la Educación y que ‘algunos intelectuales’ imaginaron que podría tratarse en una asamblea destinada a debatir los problemas de la cultura. Sin la libertad de ésta, tampoco nada, en esencia, puede ser significante”.
Fue la izquierda “izquierda” mexicana, y no la derecha, la que satanizó a Revueltas cuando publicó su novela Los días terrenales (1949), acusándolo de apartarse de la “línea moral” y optimista del socialismo (en realidad, estalinismo o zoocialismo). Hasta Pablo Neruda (el inmenso poeta, pero adulador estalinista) renegó de él. En 1962, Revueltas escribiría, recordando aquel episodio: “Yo, en un país de mentalidad colonial como el nuestro y donde han venido existiendo —como otras tantas supercherías ideológicas— un llamado partido comunista y una llamada izquierda como los nuestros literalmente no podía, no estaba en condiciones de defenderme, se me abofeteaba atado de pies y manos y además estaba yo solo en absoluto, aniquilado por una verdadera fatiga y náusea morales”.
Acosado, Revueltas retiró de circulación su novela. Diría después: “Cometí esa dolorosa injusticia, de la que no me arrepiento, bajo la violenta presión de una crítica plagada de deformaciones, de equívocos deliberados y de rabiosos ataques, proveniente todos ellos de la izquierda”. Y añadió: “Durante todo el tiempo se nos leyó, poco y mal, a los escritores que figurábamos en el Index de las obras prohibidas por el Santo Oficio estalinista y dogmático”. Nunca fue un subordinado de poder alguno, y no obedeció dogmas ni meneó el incensario ante ningún poder político. Prefirió la verdad y no la comodidad... ni el acomodo.

3. Para ver cómo alguien se contradice, se desdice y hace lo que antes reprochaba a los otros, sin mostrar un asomo de pudor, mirémosle en el poder, no en la oposición. Lo que le indignaba en los que tenían el poder, ya no le indigna en él, que ahora lo tiene; lo que le exigía hacer a los otros, no se lo exige a sí mismo. Es que es asunto diferente oponerse al poder que estar en él. José Emilio Pacheco tiene en su poesía reunida (Tarde o temprano), dos brevedades desafiantes y desconsoladoras: “Ya somos todo aquello/ contra lo que luchamos a los veinte años” y “El que derrota al monstruo/ y ocupa su lugar/ se vuelve el monstruo”. El dístico pertenece a su libro Desde entonces (1980), y lleva por título “Antiguos compañeros se reúnen”; el terceto tiene por título “Dragones” y es parte del libro El silencio de la luna (1994). La poesía siempre tiene más razón que la política. De ahí, tanta tristeza. “Tristeza de la verdad”, para decirlo con palabras de André Gide. La verdad siempre es incómoda. Uno no puede dormirse sobre ella. En cambio, la mentira o el optimismo irresponsable, ¡qué buenas almohadas son! Y es obvio que Revueltas dormía poco.

4. La cita completa de André Gide tiene que ver con la reacción condenatoria que suscitó (entre los “estalinistas del mundo, uníos”) su libro testimonial Regreso de la URSS (1936): “Es casi inevitable conocer la tristeza de la verdad cuando ella corta nuestro impulso entusiasta del día anterior, cuando es dicha y nadie quiere oírla, cuando tus amigos de ayer y tus enemigos de siempre prefieren, juntos, lincharte antes que permitir que tus dudas dialoguen con sus certezas”. La fe ideológica, el dogma político, la ciega utopía renuevan, cíclicamente, las cruzadas del extremismo religioso bajo el disfraz de la libertad: un “fundamentalismo democrático” que excluye todo acto auténtico de reflexión crítica y autocrítica. Milenios y siglos pasan y el ser humano no aprende nada, o casi nada: a pesar de la historia, prefiere la memoria corta o la desmemoria, para seguir haciendo lo mismo y para, en una brevísima pausa, decepcionarse, y luego recobrar el entusiasmo para entregarse a lo mismo. Es triste la verdad, sin duda. Pero es preferible estar triste. Borges recuerda que “Johnson censuraba a los escoceses por preferir Escocia a la verdad”. Ésta es la coartada del “patriotismo”: Poner por delante el nombre de la patria para escamotear la verdad.

5. Raymond Aron denominó “el opio de los intelectuales” a la ideología dogmática que profesan quienes tienen una fascinación especial por los “carismáticos” que detentan el poder “revolucionario”, ya sean marxistas o de pensamiento mágico. Ahí donde hay un carismático, hay, ¡siempre!, un grupo de intelectuales seducidos por el poder, dispuestos a defender hasta lo indefendible, y a guardar silencio ante los abusos de ese poder autoritario o totalitario. Stalin pastoreó a los suyos, y no sólo en la URSS. Es vergonzoso que el gran Pablo Neruda le rindiera honores y le dedicara las odas más vergonzosas, aun a sabiendas de que su héroe (“el montañés del Kremlin, con ojos de cucaracha”, como lo caracterizó Osip Mandesltam) perseguía y confinaba al Gulag y a la muerte a sus opositores: hombres y mujeres de pensamiento libre, entre las mayores inteligencias de su tiempo.
La obediencia complaciente de los intelectuales frente al poder es una incongruencia monstruosa, pues los “intelectuales” (que, dice el diccionario, manejan ideas y privilegian el “entendimiento”: la “potencia cognoscitiva racional”) tendrían que funcionar como un dique para ponerle límites al poder, y no como un ariete que rompe ese dique y le concede plenos poderes. El gran escritor colombiano Gabriel García Márquez asumió, sin sonrojo, la complicidad con la dictadura castrista, a sabiendas de la persecución y la cárcel que sufrieron artistas y escritores cubanos. Él era “amigo íntimo e incondicional” de “Fidel”, y lo demás no le importaba. Es comprensible que a los adictos al opio de los intelectuales les resulte irritante la dura verdad de Jorge Luis Borges: “No sé hasta dónde un país debe ser juzgado por los políticos, que, en general, son la gente menos admirable que hay en cada país”.

6. En Mil palabras (Debate, 2018), Gabriel Zaid hace la siguiente precisión: “Los diccionarios suelen referir el sustantivo intelectual a ciertas capacidades, gustos o especialidades, omitiendo la referencia decisiva: el papel social. Intelectual no es la persona especialmente inteligente, especialmente inclinada a la vida intelectual o especializada en algún campo del trabajo intelectual. Aunque los intelectuales son algo así como la inteligencia pública de la sociedad civil, y aunque son vistos como personas muy inteligentes, no se distinguen por su inteligencia. Es fácil encontrar intelectuales menos inteligentes, menos preparados, menos cultos, que tal o cual persona que no figura como intelectual. La verdadera diferencia no es de capacidad sino de función social”.

7. Ni Neruda ni García Márquez fueron muy inteligentes, dado que prestaron su fama pública para avalar a Stalin y a Fidel Castro, respectivamente. Tampoco lo fueron Fernando Benítez y Carlos Fuentes cuando respaldaron, y llamaron a respaldar, a Luis Echeverría, al grito de “¡Echeverría o el fascismo!”. Con frecuencia, los intelectuales se adhieren al poder, como un mecanismo de compensación, para sentir que transforman “ideas” en “acciones”.

8. Ante la crítica, los temperamentos de los presidentes de Estados Unidos y México son bastante parecidos. El mismo día (12 de enero de 2019) que Trump llamó “diario fallido” al The New York Times, López Obrador calificó de “no serio” a The Wall Street Journal.

9. Cayendo en “el abuso de las palabras”, diagnosticado por John Locke, el presidente de México llama “mentirosos” a quienes opinan diferente a él, porque sólo él posee la “Verdad”. Refiriéndose a sus críticos, los denomina “mis adversarios”. Siendo así, lo son todos los que no forman parte de los treinta millones de votantes que lo llevaron al poder o incluso de quienes lo votaron, pero hoy lo cuestionan. Y se atrinchera en el clamor del “pueblo bueno y sabio”. Con este capital político, que no es poca cosa, se inflama, literalmente, al ufanarse, y estigmatiza e injuria a esos sus “adversarios”, sus “enemigos”, con los más pintorescos descalificativos en la que es un consumado maestro, como bien lo documentó Gabriel Zaid. México tiene casi 130 millones de habitantes y el padrón electoral es de 90 millones. Si exceptuamos a los menores de edad, las “personas contrarias o enemigas”(DRAE), los “adversarios” del Señor Presidente son 60 millones de mexicanos.
Si la forma es fondo y el medio es el mensaje, el Señor Presidente revela, con sus dichos y su actitud, que gobierna para todos los mexicanos sólo cuando impone su voluntad democrática (“ese abuso de la estadística”, diría Borges), pero en realidad únicamente desea gobernar para complacer a su clientela que constituye un tercio de la población total de ciudadanos mexicanos. Todos los días lo dice: “Mis adversarios”, y los califica, descalificándolos, cosa que ya hacen, también, por imitación e incondicionalidad, sus colaboradores, que, con soberbia, igual que él, fruncen el ceño cuando avisan que ya llegaron, que ya están aquí, impolutos, carentes de pasado. Es un gobierno que deja muy en claro que los únicos buenos y sabios son los que lo eligieron; todos los demás, son malvados, golpistas, camajanes, mirones, fifís, mezquinos, neofascistas, alcahuetes, rufianes, rateros, pillos, momias, simuladores, tapaderas, en fin, “malos mexicanos”, que, dicho así, es casi un elogio.
El Señor Presidente confunde la crítica con el ataque; deliberadamente, pone la diana en el blanco de sus desprecios para que sus seguidores identifiquen al “enemigo”. A qué grado esto es contrario a las formas democráticas de convivencia y a las formas que debe guardar un gobernante con sus gobernados, que la organización internacional Article 19, que tiene una representación en México, le ha pedido al presidente, en una carta abierta, que deje de referirse a la prensa que lo critica como “prensa fifí” o aliada de “la mafia del poder”, pues esto “genera un clima que impide una deliberación razonable y plural sobre los asuntos públicos” y pone en riesgo a los periodistas que expresan su desacuerdo, asunto gravísimo en México, que es uno de los países más peligrosos para ejercer el periodismo. ¡Pero estigmatizar, hoy, desde el poder, a los periodistas, es una forma de represalia gubernamental que los periodistas afectos al gobierno no sólo no condenan, sino que incluso aplauden!
Article 19 “insta al gobierno a ser tolerante a la crítica”, y le dice al presidente de México que “desde el 1 de julio, a lo largo del período de transición y durante el primer mes de la toma de posesión, Artículo 19 ha documentado con preocupación algunas referencias que estigmatizan la labor de la prensa”. El presidente se justifica, y afirma que usa ese lenguaje como “derecho de réplica”, pero la organización defensora de periodistas en el mundo le clarifica que “es importante advertir que las descalificaciones no son parte del derecho de réplica”, pues “dicho derecho no entraña descalificar o estigmatizar a quien tiene un discurso contrario”. “Además al ejercer el derecho de réplica debe atenderse el carácter de quien lo hace. No tiene las mismas implicaciones y alcances para un ciudadano o una ciudadana común que para un alto funcionario del Estado, quien cuenta con todos los medios a su alcance para hacerlo de manera prudente y razonable, sin un afán de inhibir la cobertura controversial o las opiniones críticas”.
Inhibir, desde el gobierno, la libertad de expresión, con descalificaciones y estigmatizaciones a la prensa crítica, es propio de los regímenes autoritarios, sean de izquierda (Nicolás Maduro, Daniel Ortega) o de derecha (Donald Trump, Jair Bolsonaro). Comienzan así y luego usan todo el peso del poder para aplastar a la oposición que es indispensable en un país para el equilibrio de fuerzas. El presidente de México aparenta no darse cuenta de que ya es presidente, y ya se le olvidó que, como opositor, exigió callar al presidente (“¡Ya cállate, chachalaca!”). Respecto de “la mafia del poder”, hay que avisarle que el poder ya lo tiene él, y que seguir hablando de la “mafia del poder” se presta a confusión: ¿la “mafia del poder” es la que lo acompaña?
En relación con quienes antes eran supercritiquísimos del poder, pero que ahora ya no critican al Señor Presidente, sino que forman parte de su gobierno, queda claro que no eran críticos del poder, sino sólo del poder del que no formaban parte. He ahí las incongruencias de las personas, según tengan o no tengan el poder, que hoy justifican lo que sea en las acciones y dichos de quien posee el poder: ¡justamente lo que criticaban en relación con el poder de los anteriores gobernantes!
¿No tendrá el Señor Presidente, en su círculo cercano, a nadie que le diga que se está comportando como si no tuviera el poder? Lo contrario es peor: sí tiene, entre sus cercanos, a algún despabilado que le dice que ese comportamiento, intolerante e imprudente, soberbio e injurioso, es una desmesura en un gobernante, en relación con sus gobernados, pero él no lo escucha ni desea sus consejos: Sólo se escucha a sí mismo. “Oírse o irse”, diría Paz.
  
10. De Diderot, el enciclopedista: “Cuidado con el hombre que habla de poner las cosas en orden. Poner las cosas en orden significa siempre poner las cosas bajo su control”.

Juan Domingo Argüelles

Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Un instante en el paraíso: Antimanual para leer, comprender y apreciar poesía (Universidad Autónoma de Aguascalientes/Laberinto Ediciones, 2016), El libro de los disparates: 500 barbarismos y desbarres que decimos y escribimos en español (Ediciones B, 2016), El último strike (UJAT/Laberinto Ediciones, 2016), En la boca del lobo: La verdadera historia de Caperucita Roja (Fondo Editorial Estado de México, 2016), ¿Qué leen los que no leen? (Océano, 2017, nueva edición definitiva), Antología esencial de la poesía mexicana (Océano/Sanborns, 2017), Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (Laberinto, nueva edición definitiva, 2018),
Las malas lenguas: Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas (Océano, 2018) y La lectura: Elogio del libro y alabanza del placer de leer (Fondo Editorial del Estado de México, tercera edición, 2018).

Modificado por última vez enJueves, 24 Enero 2019 01:51
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