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Leer es un asunto personal Destacado

Uno leeprimeramente porque un libro le ha atraído. Uno leeprimeramente porque un libro le ha atraído. Especal/ RR

La lectura es una adquisición cultural y, por tanto, un aprendizaje social. Sin embargo, la experiencia lectora de cada cual no sólo es personal, sino íntima: un vicio solitario y, a decir de Valery Larbaud, impune. Lo cierto es que, en la lectura, todo es personal. Y el fracaso de las “cruzadas” de lectura, que insistentemente lleva a cabo el Estado, se debe a que acaba moralizando lo que, estrictamente, es una perdición íntima. “Leer hace buenas a las personas”, dicen, beatamente, quienes, desde el gobierno y sus instituciones, se asumen, obviamente, y con arrogancia, como modelos de bondad. ¡No tienen ni la más remota idea! A finales de 2018, el escritor y promotor Gerardo Segura, de Coahuila, me envió un cuestionario con algunas preguntas que le respondí por escrito, para un libro de entrevistas sobre el tema: Invitación a leer: Conversaciones con gente de libros (Gobierno del Estado de Coahuila), presentado hace unos días, el 4 de marzo, en la FIL Minería 2019. He aquí algunas de mis respuestas.

¿De qué manera llegaste a la lectura? ¿Cuáles fueron los primeros libros en tus manos? ¿Cuál recuerdas con especial cariño? ¿Por qué?
Aunque ya leía historietas y algunas biografías condensadas e ilustradas, llegué propiamente a la lectura, hacia los nueve años, con el libro Corazón, diario de un niño de Edmundo de Amicis. Nadie me dijo que lo leyera. Cayó en mis manos por azar. En Chetumal, Quintana Roo, en la escasa biblioteca paterna, entre otros libros, encontré éste que me interesó especialmente porque, al comenzar a leer, me di cuenta de que los episodios que ahí se relataban ocurrían en la escuela. Cada página y cada capítulo fue interesándome más y más hasta que lo terminé. Nunca había leído un libro completo de puro texto, con sólo una pequeña ilustración por capítulo. Tampoco tuve conciencia de que acababa de leer una novela. Las historias de este libro me cautivaron, me atraparon, y punto. Muchos años más tarde yo haría y prologaría una edición de este libro que despertó mi gusto por otros libros. También, en casa, comencé a leer poemas en antologías, especialmente porque mi profesor de la primaria descubrió en mí al bicho raro ideal para que declamara en las actividades cívicas. El famoso, entonces, Álbum de oro de declamador, que también encontré en la exigua biblioteca paterna, me acompañó hasta el sexto año de primaria y en sus páginas aprendí a amar la poesía. Sólo muchos años después pude distinguir entre la buena y la mala poesía, entre la intensidad lírica y la ampulosa cursilería. Pero incluso la poesía cursi me sensibilizó para poder distinguir después entre la emoción concentrada e intensa y la sensiblería o emoción fallida y grandilocuente. Lo importante fue que descubrí la música, el ritmo de las palabras. Y aprendí a leer en voz alta, con pausas, con inflexiones, con entonación, con claridad, con buena dicción, cosa que hoy no se enseña en las escuelas, por desgracia.

¿Qué buscas en la lectura? ¿Hay alguna parte “incompleta”, “insatisfactoria” en ti que remedia la lectura?
Dice Alessandro Baricco, y dice bien, que todos los lectores y los escritores somos la consecuencia de una herida no resuelta. Yo no sé cuál sea, exactamente, la mía. Pero sí sé que uno lee, primeramente, porque le atrae o le gusta lo que lee. El juicio sobre lo que lee, vendrá después; pero lo principal es la atracción que opera, no por otra cosa, sino por la seducción de lo que uno encuentra en las páginas de un libro. Puede ser incluso el libro menos grandioso, y hasta posiblemente muy malo, pero cuando uno se inicia toda lectura es buena en tanto nos ayude a diferenciar, con el tiempo, entre lo extraordinario y lo mediocre o intrascendente. Lo pernicioso es que uno se quede en las lecturas triviales, banales, insustanciales que no aportan nada, absolutamente, al desarrollo cultural, intelectual y emocional. Por lo demás, le creo a Mario Vargas Llosa cuando afirma que en todo lector hay alguien insatisfecho con el mundo real, con la realidad que, a veces, es insoportable. Lo que no hay que perder de vista es que la realidad sigue ahí, después de sumergirnos y salir de la lectura. El grave problema de algunas personas excesivamente librescas es que acaban confundiendo ficción con realidad. La ficción tiene sus reglas y debemos entenderlas como tales: podemos creer que hay alfombras voladoras, que hay genios dentro de las lámparas dispuestos a cumplir nuestros deseos, que hay demonios encerrados en una botella, a condición de que vivamos eso únicamente dentro de los libros. La gente que asegura que los libros son mejores que la vida, es decir que la existencia real, me causa desconfianza; en realidad, no me resulta simpática. Que alguien diga eso me parece una enorme contradicción y una confusión de lo más torpe, pues los libros existen gracias a que existen las personas reales que los escriben (y que los leen). Ningún libro es mejor que la vida, y eso que hay libros maravillosamente vivos.

¿Ha habido títulos, temas o autores que desborden tu pasión, que sean reveladores? ¿Alguno de ellos te llevó a cancelar o posponer compromisos para no interrumpir su lectura? ¿Alguno de ellos te dio la idea germinal para escribir un poema, un ensayo, un artículo?
El primer libro que leí con una pasión febril, al grado de no poder dejarlo y de amanecerme leyéndolo fue Guerra y paz, de Tolstói, en 1973. Me volvió a suceder, pero con menor intensidad, con Crimen y castigo, de Dostoievski, y La peste, de Albert Camus. Los leí cuando estaba en la preparatoria, pero no porque fuesen lecturas recomendadas en la preparatoria. En realidad, yo vivía afectado del virus de la lectura de un modo profundo, y en esos años todo era para mí leer y leer. He vuelto a esos libros, más de una vez. Y La peste ya no me parece tan extraordinario, porque descubrí en él intenciones ideológicas, cosa que la “lectura salvaje” no puede fácilmente identificar. Guerra y paz y Crimen y castigo me siguen pareciendo grandiosos, extraordinarios, pero no repetí la pasión febril con que los leí la primera vez. Esto es muy propio de la relectura. Relee uno con más experiencia y, por ello mismo, con menos ingenuidad. En cambio, hay autores que van acrecentándose, agigantándose, ante nuestros ojos con el paso de los años: se transforman de grandes escritores, en figuras tutelares de nuestra vida. Esto me pasa con Antón Chéjov, a quien considero el más grande genio literario universal. Chéjov es Dios. En mi más reciente libro de poesía, El último strike (Laberinto, 2016), hay un poema, “Verano en Yalta” que trata de recrear la experiencia de mi lectura y relecturas (muchas) de ese cuento perfecto de Chéjov que es La dama del perrito. Por supuesto, he escrito no sólo poemas, sino también artículos y ensayos, a partir de lo que ha despertado en mí la lectura de otros autores, desde Vallejo, Neruda y López Velarde, hasta Octavio Paz, Efraín Huerta, Jaime Sabines, Renato Leduc, Rubén Bonifaz Nuño y Eduardo Lizalde

¿Tienes hábitos o manías de lectura? ¿Cuáles? ¿En qué consisten? ¿Cómo los obtuviste o los desarrollaste?
Los hábitos y manías de lectura seguramente son tan personales que es difícil encontrar a dos lectores iguales. Pero, en mi caso, a lo largo de toda mi juventud me impuse un deber que, por fortuna, cuando cumplí 50 años, rompí y no regresaré a él por ningún motivo: el deber de siempre terminar un libro. Por ello, aunque el libro me resultara menos apasionante de lo que había imaginado al comenzarlo a leer, o francamente decepcionante al llegar a la mitad, lo terminaba con disciplina férrea; únicamente para después rumiar mi inconformidad, reprochándome haber perdido el tiempo. Hoy ya no hago esto (será porque estoy por cumplir 60 años) ni lo recomiendo: libro que no me interesa o no me apasiona (y el interés y la pasión por un libro pueden estar incluso en obras con las que uno está en desacuerdo) lo abandono sin remordimientos. Tampoco me comprometo ya a leer libros para escribir de ellos por encargo. ¡Al diablo, con eso!: Uno no tiene por qué sufrir la lectura: no me refiero a las angustias, al dolor, al pesar que obtiene uno como lector de las historias de profundo conflicto humano; me refiero, más bien, a sufrir un libro soporífero o intrascendente o bobo o estúpido, nada más porque “hay que leerlo”. Otra manía, pero ésta la debo compartir con muchísimos lectores, es la de anotar siempre al margen de mis libros (con lápiz, siempre; jamás con bolígrafo o con marcador de tinta permanente), pero mis libros ya leídos quedan como si estuvieran nuevos: no los ajo, no los quiebro del lomo, no los ensucio, no los maltrato, no los doblo en sus páginas: los trato siempre como se trata lo que uno quiere: con delicadeza, con respeto, con amor; y pienso que las personas pueden hacer lo que quieran con sus libros, puesto que son suyos, pero en el caso de los míos, únicamente se los presto a mi esposa y a mis hijos, recomendándoles siempre que les den el trato que yo les doy. La gente que no ama las cosas, generalmente tampoco ama a las personas. Y nunca leo de “prestado”. El libro que leo debe ser mío y de nadie más: para que yo pueda anotar en ese ejemplar mis impresiones de lectura. Y, en mi biblioteca, formada ya a lo largo de casi medio siglo, en los márgenes de mis libros leídos está mi historia de vida: mi existencia, en síntesis.

¿Se reflejan tus lecturas, conscientemente o no, en tu creación literaria?
Todo lo que leemos, incluso lo que nos disgusta, impregna nuestra vida. En este sentido, estoy seguro de que en mi poesía y en mis ensayos literarios hay un reflejo de lo que he leído, pues como dijo José Emilio Pacheco, “lo leído es tan nuestro como lo vivido”; o, mejor aún: lo leído es parte de lo vivido. No podría ser de otra forma. Puedo reconocerme en lo que escribí hace veinte años con el lector que era yo hace veinte años. Y me doy cuenta de que no podía ser de otro modo, es decir, como soy ahora, porque entonces era yo un lector al que le faltaban veinte años más de lectura. Pero hay una gran alegría incluso en el lector viejo, cuando la lectura forma parte de nuestra existencia diaria, en descubrir, en dar con el libro que no leyó uno en la juventud. Cada libro que descubro que no leí en mis años juveniles es para mí una experiencia que se añade a mi vida cotidiana. Por lo demás, mi premisa es que un escritor no puede serlo si pasa un solo día sin tener la imperiosa necesidad de escribir, del mismo modo que un lector no es tal si no necesita de la lectura todos los días y en todo momento. Comer y dormir también quitan tiempo para leer y escribir, pero para poder leer y escribir hay que dormir y hay que comer: Sabemos que somos lectores, en serio, cuando aceptamos esto resignadamente, pero a la vez deseamos que el día tenga más de 24 horas.

¿Hubo algún libro que te decidiera a dedicarte profesionalmente a la promoción de la lectura?
Mis libros de cabecera en este tema son Los demasiados libros (1972), de Gabriel Zaid, y el bientraído y maltraído Como una novela (1992), de Daniel Pennac. Estos, más los de Michèle Petit (Nuevos acercamientos a los jóvenes y la lectura, 1999; Lecturas: del espacio íntimo al espacio público, 2001; El arte de la lectura en tiempos de crisis y Una infancia en el país de los libros, ambos de 2008) y los de Alberto Manguel (Una historia de la lectura, 2006; Lecturas sobre la lectura, 2011, y El viajero, la torre y la larva, 2014) me son indispensables. Regreso a ellos a cada momento. Son libros sabios, de autores sabios, que jamás te echan “rollo”; con un acercamiento gentil y una gran sinceridad. Estoy harto de los libros “rolleros” y autorreferenciales de quienes se juzgan lectores modélicos dignos de imitarse, y estoy harto también de lo que Gabriel Zaid denomina, con precisión, “los discursos beatos sobre el libro”. Por principio, sin los libros de Zaid y Pennac, quizá no me hubiese atrevido a escribir ¿Qué leen los que no leen? (2003), que es un libro que va a contracorriente del discurso convencional de la promoción y el fomento de la lectura.

Después de tantos años como promotor de lectura, ¿sigues leyendo para ti o lees para recomendar? ¿Conservas el placer de la lectura en sí mismo como en las primeras páginas que te deslumbraron o ahora lees fríamente pensando en el otro?
Mi concepto sobre la lectura se ha enriquecido con las lecturas de otros autores que han reflexionado sobre el libro, la lectura y su promoción y fomento. Leo siempre para mí, pero también creo que puedo compartir con otros, si no mi experiencia, sí mi pasión. Sigo creyendo, como al principio de mis reflexiones en torno al libro, que la lectura se transmite por contagio; nunca por imposición. Además, también creo que leen los que quieren leer, y llegan a la lectura incluso aquellas personas que enfrentan mil y un obstáculos para lograrlo. Por el contrario, no llegarán a ser lectores adictos muchos, a quienes la lectura no les interesa, incluso con todos los incentivos que se les brinde. Y, si en lugar de un lector, se forma un músico, un pintor o un artista de otra disciplina, me parece estupendo, aunque ese músico, ese pintor o ese artista, en general, no sean lectores ávidos como muchos de nosotros, que somos lectores febriles a cambio de no tocar ningún instrumento musical ni pintar un cuadro ni desarrollar otra forma de arte. La lectura, al igual que la escritura, es un arte que exige paciencia y que, a veces, exige también la mayor fidelidad, al grado de ser excluyente en relación con otros placeres. Hoy pienso que lo importante no es que toda la gente se vuelva lectora enfebrecida, sino que, entre las muchas posibilidades que ofrece la vida para disfrutarla, esté también, para todos, cuando quieran (y si lo quieren) la lectura de libros transformadores. Que quede claro que tampoco me interesa promover y fomentar la lectura para que la gente llegue a los libros de autoayuda, los éxitos que se cocinan en internet y los antilibros como el Keri Smith, Destruye este diario. Para eso no pienso poner ni un gramo de esfuerzo ni el mínimo activismo. Para leer esas cosas, y más que leerlas, consumirlas, se puede llegar a ciegas y, desgraciadamente, también salir a ciegas.

Después de tantos años dedicado a leer, ¿cuál es tu definición personalísima de lectura?
Haciendo un gran esfuerzo de síntesis, diría: La lectura es la fuente del conocimiento y el placer que otros descubrieron para compartirla con sus iguales. Nuestra pasión lectora no le dice nada a nadie que vea en los libros una pérdida de tiempo. Quizá también sea una pérdida de tiempo, incluso para nosotros, pero nosotros estamos dispuestos a perder ese tiempo con tal de duplicar o multiplicar nuestra vida por medio de los libros. Quienes sienten disgusto por la lectura, no pueden entender esto. Y tampoco es necesario ningún esfuerzo para hacérselo entender.

Juan Domingo Argüelles
Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Un instante en el paraíso: Antimanual para leer, comprender y apreciar poesía (Universidad Autónoma de Aguascalientes/Laberinto Ediciones, 2016), El libro de los disparates: 500 barbarismos y desbarres que decimos y escribimos en español (Ediciones B, 2016), El último strike (UJAT/Laberinto Ediciones, 2016), En la boca del lobo: La verdadera historia de Caperucita Roja (Fondo Editorial Estado de México, 2016), ¿Qué leen los que no leen? (Océano, 2017, nueva edición definitiva), Antología esencial de la poesía mexicana (Océano/Sanborns, 2017), Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (Laberinto, nueva edición definitiva, 2018), Las malas lenguas: Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas (Océano, 2018) y La lectura: Elogio del libro y alabanza del placer de leer (Fondo Editorial del Estado de México, tercera edición, 2018).

 

Modificado por última vez enJueves, 07 Marzo 2019 01:31
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