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Libros, lectura, ideología y poder Destacado

Tanto Hitler como el Che Guevara eran grandes aficionados a leer. Tanto Hitler como el Che Guevara eran grandes aficionados a leer. Especial/ Ricardo Reyes

Hay quienes aún no comprenden por qué el libro, siendo un invento material del ser humano, es distinto a otros objetos. Es necesario explicarlo. Por principio, el libro no es, nunca, un objeto neutro. El cuchillo, por ejemplo, que sí lo es, como extensión del brazo y de la mano, prueba su provecho en la eficacia para punzar y cortar. No hay más. El libro, en cambio, es extensión o prótesis del pensamiento y de la memoria del ser humano y, como tal, contiene, en sí mismo, las ideas y motivaciones de su autor. No es únicamente un objeto de uso (como el cuchillo), sino también un objeto con voluntad latente, con espíritu: letra muerta que revive con cada lector.


¿Qué es lo que se espera y se desea de un cuchillo? Que corte bien. Y en esta respuesta no hay ambigüedad. “¡Este cuchillo está buenísimo!”, exclama el cocinero. “Este cuchillo está perfecto”, se dice el asesino. Objeto punzocortante, el cuchillo será menos eficaz si está mellado o carece de punta, y será excelente si su filo es el más cortante, lo mismo si se usa para rebanar la cebolla, el jitomate, la zanahoria, el pan, el queso, que si se utiliza para degollar a un cristiano. La eficacia cortante, y neutra, del cuchillo es ser cuchillo. Nada más.
Nadie, en su sano juicio, responsabilizará al cuchillo (y ni siquiera al forjador y al afilador del cuchillo) de la utilización que se le dé ni por el hecho de ser tan efectivo. En cambio, desde la Antigüedad y aún en nuestros días, se responsabiliza a los libros por sus efectos. Por algo será. El poder les teme, especialmente, a ciertos libros más que a los cuchillos: a los libros que inoculan ideas o pensamientos críticos; los prohíbe, los censura, los quema, los condena, persigue o encarcela a sus autores, y a veces también los acuchilla.
El ser útil del cuchillo es que cumpla, excelentemente, su función: punzar, cortar, trozar, destazar. Debe ser efectivo lo mismo en las manos del cocinero que en las del asesino. Y si, con el mismo cuchillo, se fileteó bien el pescado y, después, se cortó con eficacia la garganta de alguien, se trata, sin duda, de “un buen cuchillo”: quien lo diseñó, quien lo forjó, quien lo afiló y quienes lo usaron no se quejan en absoluto de él.
Diferente es, en cambio, el libro, objeto que es extensión de nuestro pensamiento, nuestra imaginación y nuestra memoria, y que, por lo mismo, jamás es neutro. Refleja, revela, delata y comunica el ser de quien lo escribe y hasta de quien lo publica, lo distribuye, lo vende o lo regala. ¿Qué es lo que se espera o se desea, mínimamente, de un libro? Que nos complazca. Pero en esta respuesta, la ambigüedad es obvia. Un mismo chuchillo, que corta bien, complace a todos, pero un mismo libro resulta placentero para unos y soporífero para otros; puede para unos ser estupendo, y para otros, una basura. Como extensión o prótesis de nuestra mente, el libro ya trae en sus páginas, y, desde mucho antes de su escritura, en su propósito, ciertas ideas y convicciones, juicios y prejuicios, simpatías y diferencias, apertura mental o moralismos, capacidad y lucidez de análisis o fanatismos, reflexiones propias o ideas recibidas, conocimientos o ignorancia.
Ni Adolf Hitler ni Karl R. Popper tenían neutralidad alguna cuando, respectivamente, escribieron y publicaron Mi lucha (1925) y La sociedad abierta y sus enemigos (1945), libros que, como es lógico, carecen de neutralidad. Cada cual tiene propósitos específicos y busca lectores afines. Un fascista lee con simpatía el aborrecible libro de Hitler, y un lector abierto al pensamiento y a la libertad, leerá, en todo caso, Mi lucha, para conocer y comprender sus motivaciones y tratar de explicarse la barbarie de su autor. Nunca lo leerá con empatía, como es probable que lea, examine, comprenda y admire el libro de Popper.
Quiere esto decir que, puesto que ni los autores ni los libros son neutros, de esta misma manera tampoco lo son sus lectores. Un autor triunfa entre los lectores que coinciden con él o que se le parecen, y fracasa, como es obvio, entre los lectores (y los editores) que no comparten su visión del mundo. Así como los autores se merecen a sus lectores, groupies y demás fans, así también los lectores se merecen a sus autores favoritos. Ningún autor ha triunfado gracias a la compra y la lectura de sus libros por parte de sus detractores. Los admiradores de Hitler se transfiguran en él, y lo mismo podríamos decir de los lectores de Baudelaire, Verlaine, Rimbaud, Flaubert, Zola, Proust, etcétera.
Ahora bien: El propósito ideal de los libros es la redención por medio de la cultura y el enriquecimiento intelectual y emocional. Es un idealismo y no, necesariamente, una realidad. Además, no todos los libros contribuyen a ese ideal, aunque casi todos los autores y propagadores de los libros, por amor propio o por motivaciones políticas, económicas sociales o religiosas, crean, o quieran hacerle creer a los demás, que cumplen con ese ideal. Rousseau lamentó: “No puedo imaginar qué clase de bondad puede tener un libro si es incapaz de hacer buenos a sus lectores”. Y Mark Twain acotó: “Los grandes libros son aquellos que todo el mundo recomienda y nadie lee, o los que todo el mundo tiene la intención de leer y no lee nunca”.
Hay en estas dos reflexiones un evidente pesimismo. ¿Quiénes leen libros “buenos” y se hacen “buenos” con ellos?, ¿quiénes leen los grandes libros que todo el mundo recomienda y que son grandes porque pueden hacer “buenos” a sus lectores? Sólo hay una certeza: Cada cual lee aquellos libros que están en su nivel de comprensión y en el ámbito de su gusto. El historiador inglés Thomas Fuller afirmó: “La cultura ha progresado gracias principalmente a los libros que han producido pérdidas a sus editores”. A la inversa, también es cierto: La mayor parte de los libros que dejan enormes ganancias a sus autores y editores no han servido, casi nunca, para el progreso de la cultura, sino para la acumulación de dinero.
Al no ser objetos neutros, los libros pueden oponerse al poder o estar al servicio de algún poder: sea éste económico político, militar o religioso. Con frecuencia, los libros motivan hipocresías. Quienes viven para el poder político, por ejemplo, tienen un gran desprecio por la cultura, pero “se quitan el sombrero” ante ella y pregonan, de dientes para afuera, que “leer es maravilloso”, aunque no ocupen su tiempo en leer, sino en perseguir y conservar el poder. Si leer fuera tan bueno, tendrían que abandonar el poder y entregarse a la lectura, y no a cualquier lectura, por cierto, sino a la de los grandes libros que, como dice Twain, todo el mundo recomienda, pero nadie lee.

Electores, no lectores
La megalomanía, el delirio demagógico, de hacer “un país de lectores” y, más aún, “un mundo de lectores” (eslóganes que muestran un desconocimiento de la historia) no es una idea ni siquiera de los autores que más regalías ingresan en sus cuentas bancarias (a estos autores les importan sus lectores, no los lectores en general), sino de los políticos. Los políticos no están en el poder por leer libros (ni siquiera por leer los peores libros), sino porque les encanta más el poder que la lectura. Rob Riemen lo ha dicho: “La mayoría de los dirigentes y gobernantes no lee sino contenidos de entretenimiento. Hay que entender que en los políticos no está la solución a los problemas, porque ellos son el problema”.
Los políticos ven en los ciudadanos a electores, no a lectores, aunque les dé por la argucia “noble” de decir que quieren “un país de lectores”. Si los políticos leyeran realmente, si supieran en qué consiste la perdición por la lectura, no querrían en absoluto un país de lectores, porque el ideal de la lectura es la formación de ciudadanos insumisos, de personas cuestionadoras, de individuos que no le aplauden al poder ni mucho menos lo enaltecen con loas y genuflexiones. Uno de los ideales de la lectura (y no, por cierto, de la lectura de masas, sino de la lectura de las élites ilustradas) es la formación de una conciencia crítica que somete a examen racional todas las decisiones del poder y que siempre ha comprobado que, cuando el poder es más autoritario, más controlador y más demagógico, tiende a limitar o a conculcar las libertades en nombre de una abstracción que llama “pueblo”, “progreso”, “justicia” o “felicidad”. (Tarea para políticos y funcionarios culturales: leer 1984 de George Orwell.)
Por otra parte, los lectores que abrevan en la cultura de masas y que consumen lo más epidérmico de la lectura depositan su interés en lo que está de moda, en lo que marca, como pauta, la sociedad del espectáculo. Se puede ser lector y estar muy lejos del ideal de la lectura de libros como ejercicio de redención cultural, emancipación individual y social y desarrollo de un espíritu crítico que contradiga y se oponga, especialmente, a los estropicios del poder. Una gran cantidad de libros de la cultura de masas, en esta sociedad del espectáculo, lo que divulga es una serie de prejuicios, creencias, fanatismos, conformismos y un arsenal de ignorancias que, por supuesto, muy bien le sirven al poder para evitar cuestionamientos.
Lo cierto es que todo el mundo puede estar alfabetizado y, sin embargo, no todo el mundo es lector. Podrían también los políticos cuando dicen que quieren un país de lectores, querer simplemente un país de eficientes decodificadores técnicos de la escritura para que se ocupen de leer la propaganda oficial: Lo hicieron Hitler, Stalin, Mao, Kim Il-sung, y lo siguen haciendo muchos otros para propagar la ideología del Estado. Una vez más, volvemos a comprobar que el libro no es nunca un objeto neutro. Los Estados y los gobiernos divulgan, invariablemente, lo que les conviene: las verdades oficiales, las versiones que aprueban, para que los ciudadanos las consuman, pero no aquellas que los contradicen o que pudieran ser el germen de una conciencia crítica que los cuestione. (En México, los libros de texto gratuitos, especialmente los de historia, están llenos de ideología oficial: cada sexenio, la del gobierno en turno. Porque cada gobierno que llega, trae su versión de la historia.)
En los países con gobiernos totalitarios, no hay ningún problema en conseguir libros de los autores afectos al régimen; lo difícil es hallar los libros que contradigan las verdades oficiales. Por muchos años, en Cuba, hubo un Index librorum prohibitorum (como, el que tuvo la Iglesia durante cuatro siglos) que prohibía las obras herejes y “perniciosas”. En cambio, los discursos de Fidel Castro y los diarios del Che Guevara estaban al alcance de todos, baratísimos o regalados. La “ideología revolucionaria” tenía que propagarse y reforzarse con propaganda para el caso. Y había artistas, escritores e intelectuales afectos al régimen (por comodidad, cobardía o convicción), siempre consentidos, y artistas, escritores e intelectuales desafectos que eran hostigados, perseguidos y encarcelados. No deja de ser una lastimosa contradicción la fascinación que muestran ciertos escritores e intelectuales por los hombres que empuñan las armas, mucho mayor que la que muestran por quienes empuñan la pluma y manejan ideas. Compensan su incapacidad: puesto que ellos únicamente empuñan la pluma o ametrallan con los dedos el teclado, se imaginan en las botas de los santones fusileros y se les hace agua la boca de sólo pensar que, en lugar de librazos, tiran balazos.

Lectores genocidas
En mi libro Historias de lecturas y lectores, el poeta y psicólogo Efraín Bartolomé hace la siguiente observación al responder a una pregunta sobre el bien que proporcionan los libros, en caso de que leer, y leer bien, haga mejores, moral e intelectualmente, a las personas: “Dicen que el Che Guevara leía a Neruda, lo que no dudo; pero Neruda no mató a nadie ni dejó huérfanos ni viudas a su paso por la tierra”. ¿Qué quiere decir esto? Que el Che Guevara podía ser un lector asiduo, pero le interesaban más las armas que los libros, y que en los libros buscaba, en realidad, la justificación de sus acciones. Leyó, sin duda, al peor Neruda: al cantor del estalinismo. Ya no conoció al Neruda que, al final de su existencia, admitió, no sabemos si con sincera vergüenza, que Stalin fue un criminal al que le rindieron tributo poetas, artistas e intelectuales y gente supuestamente “de bien” y muy lectora.
Los fanatismos no se eliminan fácilmente, incluso en la gente que lee mucho. Después de muchas odas a Stalin, Neruda admitió en un poema, que no publicó (está en su libro póstumo Elegía), que Stalin (del que recibió orgullosamente honores) fue un tirano genocida, y, no obstante, al escribir su poema, lo justifica como si no hubiera sido el mismo Stalin el criminal, sino otro Stalin a quien no conocía y que, por obra de una magia deífica y diabólica, sufrió una mutación casi a nivel de víctima. Escribió: “Luego, adentro de Stalin,/ entraron a vivir Dios y el Demonio,/ se instalaron en su alma./ Aquel sagaz, tranquilo georgiano,/ conocedor del vino y muchas cosas,/ aquel capitán claro de su pueblo,/ aceptó la mudanza:/ llegó Dios con un oscuro espejo/ y él retocó su imagen cada día/ hasta que aquel cristal se adelgazó/ y se llenaron de miedo sus ojos./ Luego llegó el Demonio y una soga/ le dio, látigo y cuerda./ La tierra se llenó con sus castigos,/ cada jardín tenía un ahorcado”.
¡“Aquel capitán claro de su pueblo”! Hasta el último momento, Neruda divulgó, en su poesía, con fanatismo, que Stalin era un hombre bueno que, de pronto, se hizo malo. Esto prueba lo que George Steiner sostiene en Lenguaje y silencio: La cultura, el libro, el arte, la alta escolarización no nos inmunizan contra el mal. Y no sólo es que los artistas, los escritores y los intelectuales hayan guardado silencio ante los horrores del estalinismo (o del nazismo), sino que más de una vez (como Neruda) los justificaron ¡y los celebraron!
Es falso que los libros, en general (entendido el objeto libro como un tótem, un fetiche, un talismán), mejoren moral e intelectualmente a los lectores. Es cierto que tampoco los hacen peores. Pero si queremos comprender, debemos distinguir: Hay de libros a libros y de lectores a lectores. Si, como dijo Quevedo, “libros cultos doctoran ignorantes”, también libros criminales revelan matarifes, pues (dicho por Proust) “cada lector es, cuando lee, el propio lector de sí mismo. La obra del escritor no es más que una especie de instrumento óptico ofrecido al lector para permitirle discernir lo que, sin ese libro, no hubiera podido ver en sí mismo”. O dicho menos amablemente por Lichtenberg: “Un libro es como un espejo: si un mono se asoma a él, no puede ver reflejado a un apóstol”.

Juan Domingo Argüelles
Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Un instante en el paraíso: Antimanual para leer, comprender y apreciar poesía (Universidad Autónoma de Aguascalientes/Laberinto Ediciones, 2016), El libro de los disparates: 500 barbarismos y desbarres que decimos y escribimos en español (Ediciones B, 2016), El último strike (UJAT/Laberinto Ediciones, 2016), En la boca del lobo: La verdadera historia de Caperucita Roja (Fondo Editorial Estado de México, 2016), ¿Qué leen los que no leen? (Océano, 2017, nueva edición definitiva), Antología esencial de la poesía mexicana (Océano/Sanborns, 2017), Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (Laberinto, nueva edición definitiva, 2018), Las malas lenguas: Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas (Océano, 2018) y La lectura: Elogio del libro y alabanza del placer de leer (Fondo Editorial del Estado de México, tercera edición, 2018).

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