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Fabulaciones (147)

Vida literaria, libros y lectura por Juan Domingo Argüelles

1. Cuando se dice que un país tiene “una vida literaria muy animada” es porque padece, invariablemente, de una literatura muy desanimada; por lo general, mediocre, pues “la vida literaria” poco tiene que ver realmente con la literatura y con los libros. Quienes escriben en serio, no hacen “vida literaria”, y quienes hacen “vida literaria”, están tan ocupados en esta insulsa actividad que no tienen tiempo de escribir, y cuando escriben algo, de lo único que tratan sus libros es de “la vida literaria”. Y no hay cosa más aburrida ni más banal que “la vida literaria”.

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Libros, lectura, ideología y poder

Hay quienes aún no comprenden por qué el libro, siendo un invento material del ser humano, es distinto a otros objetos. Es necesario explicarlo. Por principio, el libro no es, nunca, un objeto neutro. El cuchillo, por ejemplo, que sí lo es, como extensión del brazo y de la mano, prueba su provecho en la eficacia para punzar y cortar. No hay más. El libro, en cambio, es extensión o prótesis del pensamiento y de la memoria del ser humano y, como tal, contiene, en sí mismo, las ideas y motivaciones de su autor. No es únicamente un objeto de uso (como el cuchillo), sino también un objeto con voluntad latente, con espíritu: letra muerta que revive con cada lector.

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Leer es un asunto personal

La lectura es una adquisición cultural y, por tanto, un aprendizaje social. Sin embargo, la experiencia lectora de cada cual no sólo es personal, sino íntima: un vicio solitario y, a decir de Valery Larbaud, impune. Lo cierto es que, en la lectura, todo es personal. Y el fracaso de las “cruzadas” de lectura, que insistentemente lleva a cabo el Estado, se debe a que acaba moralizando lo que, estrictamente, es una perdición íntima. “Leer hace buenas a las personas”, dicen, beatamente, quienes, desde el gobierno y sus instituciones, se asumen, obviamente, y con arrogancia, como modelos de bondad. ¡No tienen ni la más remota idea! A finales de 2018, el escritor y promotor Gerardo Segura, de Coahuila, me envió un cuestionario con algunas preguntas que le respondí por escrito, para un libro de entrevistas sobre el tema: Invitación a leer: Conversaciones con gente de libros (Gobierno del Estado de Coahuila), presentado hace unos días, el 4 de marzo, en la FIL Minería 2019. He aquí algunas de mis respuestas.

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El saber sin fronteras de los gobernantes

Es inevitable reír ante las declaraciones disparatadas de las reinas de la belleza, como aquella, mundialmente famosa, de Giosue Cozzarelli, una concursante que participó en la elección de Miss Panamá en 2009 y que nos dejó boquiabiertos: “Confucio fue uno de los que inventó la confusión, y, por eso, de lo más antuiguo (sic) fue uno de los chinos japoneses que fue de lo más antiguo. Gracias”. Con esta lógica, Hipócrates inventó la hipocresía, Platón, los platos, y Hans Küng, el kungfú.
Igual reímos de lo dicho por Britney Spears: “Nunca he querido ir a Japón, simplemente porque no me gusta el pescado y sé que es muy popular allá en África”. Y de lo dicho por Brooke Shields (“el fumar mata y, si te mueres, has perdido una parte muy importante de tu vida”), y Claudia Schiffer, refiriéndose a Naomi Campbell (“esa rastrera sinvergüenza merece ser muerta a patadas por un asno, y yo soy justo la indicada para hacerlo”) y Jennifer Lopez (“no he cometido ningún delito; lo que hice fue no cumplir con la ley”), etcétera. Pero, así como estas figuras públicas de la farándula quedan expuestas, mundialmente, en sus desbarres, por la amplificación que de éstos hace la prensa, especialmente con la ayuda de internet, no son más cultos ni más avispados muchos de los gobernantes a quienes, en los últimos años, los electores o los aparatos del Estado, les han confiado los destinos de su respectiva nación.

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Otro sexenio, otro programa de lectura

1. Cada sexenio México se reinventa a partir de cero. Nada tiene continuidad. Las obras y programas duran seis años. En la promoción y el fomento de la lectura no es la excepción: se arrumba lo que hicieron otros, y se anuncia, con altavoces, la buena nueva de que ¡ahora sí llegaron los que saben y que están como hachas! El pasado 27 de enero, con tambora y entre ¡vivas!, en Mocorito, Sinaloa, se hizo la presentación del nuevo programa de lectura que ahora se denominó “Estrategia Nacional de Lectura”. De la estrategia (“arte de dirigir un asunto para lograr el objeto deseado”) se dijo muy poco o casi nada, pero se enunciaron los “tres ejes rectores” que tendrá la “Estrategia”: “1°. Quién y cómo lee; 2°. La disponibilidad de lo que puede leer, y 3°. El atractivo que se puede sentir por la lectura”. (Los enunciados son textuales.)

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El opio de los intelectuales y la razón de Estado

1. Yerran quienes oponen, intelectualmente, a Octavio Paz y a José Revueltas, ambos de la misma generación (nacieron en 1914). Tenían visiones estéticas distintas, pero las mismas preocupaciones en relación con el poder, la ideología, las utopías y las incongruencias éticas y morales. En su libro Itinerario (FCE, 1993), Paz escribió:
“Nuestro siglo —y con el nuestro todos los siglos: nuestra historia entera— nos ha enfrentado a una cuestión que la razón moderna, desde el siglo XVIII, ha tratado inútilmente de esquivar. Esta cuestión es central y esencial: la presencia del mal entre los hombres. Una presencia ubicua, continua desde el principio del principio y que no depende de circunstancias externas sino de la intimidad humana. Salvo las religiones, ¿quién ha dicho algo que valga la pena sobre el mal? ¿Qué nos han dicho las filosofías y las ciencias? Para Platón y sus discípulos —también para San Agustín— el mal es la Nada, lo contrario del Ser. ¡Pero el planeta está lleno hasta los bordes de las obras y los actos de la Nada! Los diablos de Milton construyeron en un abrir y cerrar de ojos los maravillosos edificios del Pandemónium. ¿La nada es creadora? ¿La negación es hacedora? La crítica, que limpia las mentes de telarañas y que es el guía de la vida recta, ¿no es la hija de la negación? Es difícil responder a estas preguntas. No lo es decir que la sombra del mal mancha y anula todas las construcciones utópicas. El mal no es únicamente una noción metafísica o religiosa: es una realidad sensible, biológica, psicológica e histórica. El mal se toca, el mal duele”.

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El mayor riesgo del libro es la banalidad

En relación con la gran literatura, con muy buenas razones, Antón Chéjov pronosticó lo siguiente en 1900: “¡Cuando Tolstói muera todo se irá al cuerno!”. Y explicó: “Cuando la literatura tiene a Tolstói, es muy sencillo y agradable ser escritor; incluso resulta menos terrible reconocer que no has hecho nada y nunca lo harás, ya que Tolstói lo hace por todos. Su actividad justifica las esperanzas y aspiraciones que se ponen en la literatura. [...] Tolstói se mantiene firme, tiene una autoridad enorme y, mientras viva, el mal gusto literario, cualquier trivialidad, impertinente y lacrimógena, cualquier amor propio áspero y enfurecido estarán lejos y recluidos. Sólo su autoridad moral es capaz de mantener a cierta altura las así llamadas tendencias y estilos literarios. Sin él, sería un rebaño sin pastor o un embrollo muy difícil de deshacer”. Da tristeza saber que, ni siquiera en esto, se equivocó Chéjov.

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La cultura en la Cuarta Transfiguración

Con el arribo de López Obrador al poder, sus colaboradores (mimetizados con el transfigurado y revelado “como un personaje místico, un cruzado, un iluminado, un auténtico hijo laico de Dios y un servidor de la patria”: Muñoz Ledo dixit), compiten entre ellos para ver quién lo merece más y quién descubre mejor el agua tibia. Rotundos, seguros de sí, transfigurados también, como el propio Muñoz Ledo y otros más que han participado y se han beneficiado de partidos, gobiernos y regímenes de los que hoy abjuran como si nunca hubieran estado ahí, pero ¿no fue este mismo Porfirio el lisonjero que aduló “el valor moral y la lucidez histórica” del presidente Gustavo Díaz Ordaz, poco después de la matanza de estudiantes en 1968? (No es pregunta retórica; es confirmación histórica.)

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Evocación de Jorge Medina Viedas

Jorge Medina Viedas (1945-2018), fundador y animador de Campus, falleció la noche del pasado 28 de noviembre, en vísperas de la aparición del número 781 de este suplemento universitario con el cual celebramos dieciséis años de publicación ininterrumpida. Ya no lo vio impreso, pero su espíritu y su vocación de libertad están presentes en este hebdomadario cuyo propósito fue siempre la reflexión sobre la educación y sus retos y problemas en un país urgido no de escolarización, sino de educación.
Tuve la fortuna de compartir el último tramo de la vida de Jorge, y me sentí honrado de que, con trece años él más que yo, me considerase su amigo: Alguien con quien conversé no sólo sobre educación superior y periodismo, sobre política y vida social, sino también, y yo diría que especialmente, sobre literatura, pues fue un lector entusiasta y empedernido de esos que ya casi no hay porque la mayoría de las personas (incluso viejas) han cambiado la lectura de libros por la escritura de curiosidades y puerilidades en redes sociales.

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¿Constitución moral?

No hay cosa que pueda llamarse “Constitución moral” si ya existe la Constitución que es la “ley fundamental de un Estado, con rango superior al resto de las leyes, que define el régimen de los derechos y libertades de los ciudadanos y delimita los poderes e instituciones de la organización política”, tal como la define el diccionario de la lengua española. El Estado y el gobierno nada tienen que hacer en la soberanía del individuo. Una determinada moral, establecida por el poder político, llevaría a hacer realidad la distopía que George Orwell presenta en su novela 1984: El gobierno totalitario fuerza la voluntad del ciudadano hacia un pensamiento único; el Gran Hermano vigila y castiga, con sus Ministerios de la Verdad, del Amor y de la Paz, y con su Policía del Pensamiento. Conocemos el desenlace.

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