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El placer de la lectura: Más allá del entretenimiento y de la literatura Destacado

El placer de la lectura: Más allá del entretenimiento y de la literatura Especial/ Ricardo Reyes

El primer día de este mes participé en el Seminario de Investigación de Lectura “De la Lectura Académica a la Lectura Estética en la Biblioteca Universitaria”, organizado por la doctora Elsa Margarita Ramírez Leyva, gran lectora, investigadora, promotora de la lectura y directora general de Bibliotecas de la UNAM. Comparto con los lectores de Campus un fragmento de mi conferencia sustentada en el Instituto de Investigaciones Bibliotecológicas y de la Información (IIBI) de la UNAM, que dirige la doctora Araceli Torres Vargas.
Quizá debamos admitir que, como discípulos entusiastas de Daniel Pennac, fuimos demasiado ingenuos, o algo desprevenidos, en nuestro muy optimista activismo en pro del fomento y la promoción de la lectura, cuando, junto con el derecho a leer, reivindicamos enfáticamente, y sin matices, el concepto “placer de la lectura”.


Quisimos usar el sustantivo “placer” en la generalidad abarcadora que el diccionario de la lengua española ofrece en su primera acepción: “goce o disfrute físico o espiritual producido por la realización o la percepción de algo que gusta o se considera bueno”, pero hoy es evidente que el denominado “placer de la lectura” ha sido acotado por muchos, y especialmente por la industria editorial del entretenimiento y por los escritores que van en ese mismo furgón (ahítos de celebridad, negocio y regalías), como el reino de la banalidad, pues la acepción de “placer” que han elegido, para el caso, es exclusivamente la definición secundaria, y específica, del diccionario: “diversión, entretenimiento”.
Lo placentero se ha reducido, así, a la simple frivolidad que, de las redes sociales de internet, ha saltado (y ha asaltado) al libro impreso con el único valor del entretenimiento superficial, similar a los divertidos videos de gatitos y a otros que representan momentos ridículos o esperpénticos de nuestra, muchas veces, risible, pero también penosa, especie humana, y que acaparan la atención de la gente no sólo infantil y juvenil sino también adulta, precariamente adulta, superficialmente adulta.
Es cierto que el “placer de la lectura” entraña diversión y entretenimiento, pero reducirlo a esto es acotarlo a casi nada. Al referirse a las obras de Tolstói, Dostoievski, Thomas Mann, Faulkner, Kafka, Joyce y Proust, entre otros grandes autores literarios que han construido una buena parte del patrimonio intelectual y emocional y, en muchos casos, han conducido la educación sentimental de muchas generaciones, Mario Vargas Llosa afirma que decir que los libros de estos escritores “entretienen” es tanto como injuriarlos, “porque, aunque es imposible no leerlos en estado de trance, lo importante de las buenas lecturas es siempre posterior a la lectura, un efecto que deflagra en la memoria y en el tiempo”.
Sin negar que los libros también pueden ser divertidos y entretenidos, el placer de leerlos, especialmente cuando son trascendentes, conlleva o entraña pasión, emoción, inteligencia, conocimiento, atesoramiento del saber y aprendizaje ético y estético; asimismo, conciencia de la historia y de la realidad, ilustración, entendimiento de nuestro presente y atisbos de autoconciencia y autoconocimiento. Por ello, dedicar todo nuestro ejercicio lector a la “diversión”, entendida ésta como el entretenimiento banal y frívolo, superficial e intrascendente, es una simple forma de perder el tiempo para evadir la verdadera realidad y quedarnos anclados en la llamada “realidad virtual”, pues extensión de ésta es el corpus de los libros que surgen como hongos y que hoy nos salen al paso todo el tiempo, y cubren las superficies de las mesas de novedades, con el eslogan comercial “Leer es divertido”.
Y, por supuesto, que leer entraña diversión, pero si sólo se trata de esto da lo mismo hallarla en un libro que encontrarla en YouTube o en Instagram. No hay demasiada diferencia cuando el “placer de la lectura” se convierte, simplemente, en una mala irrealidad más que en una buena ficción, en un acto de huida para evadir lo importante y quedarnos únicamente con lo insustancial. Que en la literatura de ficción, esto es en la creación de los literatos, la novela se haya convertido nada más en un juguete ya sea para adolescentes o adultos, nos obliga a reflexionar sobre el tiempo en que vivimos y sobre lo que más importa en este tiempo a la mayor parte de las personas: la ganancia económica, el dinero que todo lo mueve y que todo lo puede si observamos sus efectos con las figuras del éxito social y comercial: desde el ignorante y peligroso magnate que está en la cima del poder político en la Casa Blanca, vendiendo su escandalosa imagen desquiciada, hasta el youtuber o vlogger que sin hacer nada creativo ni trascendente, en lo social y en lo intelectual, obtiene amplias ganancias por ocurrencias “divertidas” que lo llevan a ser modelo aspiracional en una sociedad que privilegia la vacuidad como esencia.
A diferencia de los de antes, los niños y los adolescentes de hoy ya no sueñan con ser médicos, ingenieros, matemáticos, bomberos, pilotos, marineros o astronautas. En el mejor de los casos (puesto que hay quienes quieren ser narcos), prácticamente todos quieren ser youtubers, no sólo porque los youtubers son famosos y modélicos, sino también, y no es poca cosa, porque de acuerdo con los datos que ven ahí mismo en internet los cinco youtubers o vloggers más ricos del mundo (todos ellos jóvenes y alguno casi adolescente) tienen ingresos de entre doce y diecisiete millones de dólares al mes por divulgar sandeces o simplezas, sin contar los cientos de miles de youtubers “pobres” que, con sus ocurrencias, ganan de todos modos más dinero que trabajando en cualquier otro oficio, y sin contar los millones de youtubers menesterosos, indigentes (aunque pertenezcan a la clase media), que no salen de su habitación y que están todo el día y toda la noche y la madrugada inclusive frente a sus cacharros electrónicos y que, ante la falta de ganancias millonarias, se consuelan con la discreta “fama” (éste es un oxímoron) que adquieren entre sus congéneres, subsidiados obviamente por los ingresos paternos y maternos.

La literatura se tornó irresponsable
Vargas Llosa es inclemente en cierto diagnóstico irrebatible. En su ensayo “Dinosaurios en tiempos difíciles”, incluido en su libro Elogio de la educación (2015), sostiene lo siguiente: “En nuestros días se escriben y publican muchos libros, pero nadie a mi alrededor —o casi nadie, para no discriminar a los pobres dinosaurios— cree ya que la literatura sirva de gran cosa, salvo para no aburrirse demasiado en el autobús o en el metro, y para que, adaptadas al cine o a la televisión, las ficciones literarias —si son de marcianos, horror, vampirismo o crímenes sadomasoquistas, mejor— se vuelvan televisivas o cinematográficas. Para sobrevivir, la literatura se ha tornado light — noción que es un error traducir por ligera, pues, en verdad, quiere decir irresponsable y, a menudo, idiota—. Por eso, distinguidos críticos, como George Steiner, creen que la literatura ya ha muerto, y excelentes novelistas, como V. S. Naipaul, proclaman que no volverán a escribir una novela, pues el género novelesco les da ahora asco”.
Esta crítica devastadora obedece al hecho de que Vargas Llosa considera que “el trabajo literario conlleva una responsabilidad que no se agota en lo artístico y está indispensablemente ligado a una preocupación moral y a una acción cívica”. Y en esto no puedo sino coincidir. Recuerdo además al gran narrador español Miguel Delibes en un apunte de su diario Un año de mi vida. Escribió: “La novela no debe permanecer anclada en su antigua misión de entretener a la burguesía, pero yo pienso que mayor interés aun que los experimentos formales tienen las innovaciones de fondo. La novela, hoy, antes que divertir —para esto ya están el cine comercial y la televisión—, debe inquietar. Es, tal vez, el instrumento más directo de que disponemos para barrenar la oronda seguridad de una burguesía satisfecha”.
Es preciso aclarar que no debemos malinterpretar el alegato de Delibes. No se trata de proscribir la ficción literaria que tanto entretenimiento y tanta diversión nos prodigó y nos prodiga, desde La isla del tesoro hasta Veinte mil leguas de viaje submarino, desde El Señor de los Anillos hasta Harry Potter inclusive. De lo que se trata es de distinguir entre la ficción ligera que al tiempo de divertirnos nos hace guiños de inquietud sobre la realidad y nuestro mundo íntimo, y la invención puramente mercantil e intrascendente que se ha convertido en un subgénero de la industria del entretenimiento cuyo único objetivo es lograr clientes acordes con el lema comercial “leer es divertido” que muy poco o nada tiene de eslogan cultural. El consumismo, así sea de libros, y especialmente de este tipo de libros, poco tiene de virtuoso., pues ningún consumismo es virtuoso y, por si fuera poco, este consumo exacerbado se dirige hacia productos bibliográficos cuyo contenido cultural o intelectual se acerca a cero.
Delibes, quien murió a los noventa años, en 2010, pudo entrever algo del auge de internet pero, anticipándose a ese auge (cuando el motor ideológico y comercial era la televisión y no se sospechaba siquiera el poder que tendría internet), hace casi medio siglo, hizo un diagnóstico perfecto para explicar por qué una novelita como Love Story, de Eric Segal, logró tanto éxito en su momento. El escritor español leyó en un par de horas ese “librito dinámico y superficial”, como él lo calificó, y concluyó que el gran éxito de cosas así se consiguen no sólo por el “entretenimiento” y la “diversión” que procuran a muchas personas de parecidos gustos de solaz y esparcimiento, sino también por la propaganda y la publicidad masivas y contundentes “lo mismo para lanzar un libro que un dentífrico”.
Con internet, obviamente, esta capacidad de convencimiento se ha multiplicado. Y, por ello, cuando hablamos del “placer de la lectura” hay que tomar en cuenta desde dónde viene el discurso que, por lo demás, acabó adoptando el poder político, para la demagogia, y terminó por absorber el poder económico para la publicidad que genera clientes y, en consecuencia, dinero, mucho dinero. Quizá lo que nos salve un poco de este mundo del entretenimiento banal, de la diversión pueril incluso en adultos que se han convertido en eternos “adultescentes”, no es el “placer de leer”, sino la “pasión por la lectura” en un sentido que vaya más allá de la dinámica superficial, y nos lleve, de vuelta, a la inquietud de aprender, de saber, de conocer, de replantearnos la existencia y no, únicamente, de “entretenernos” con un principio de evasión de la realidad cada vez más innegable y preocupante.

El goce del conocimiento
A todo esto hay que agregar que ni el placer de leer ni la pasión por la lectura son asuntos exclusivos de la literatura, esto es de los géneros ficcionales. No hay duda de que la creación literaria ha movido, a lo largo de milenios, la conciencia, la emoción y la inteligencia de los pueblos, pero tampoco debemos olvidar que muchísima de esa literatura, desde la Epopeya de Gilgamesh hasta Pedro Páramo y Cien años de soledad, pasando por la Ilíada, la Eneida, la Divina comedia y los dramas y comedias de Shakespeare, estaban y están muy lejos del simple entretenimiento o de la diversión entendida como futilidad. Su propósito no era la diversión (aunque alguna parte del teatro de Shakespeare haya sido, en su tiempo, “divertido”), sino la conciencia, la inquietud a la que se refería Delibes, el sentido de angustia del dilema de “ser o no ser”.
Y aun en la lectura de obras filosóficas, históricas, religiosas, sociológicas, psicológicas y científicas en general podría existir el entretenimiento, la diversión, y hasta el esparcimiento inteligente (como en Los acertijos de Canterbury, de Henry E. Dudeney, el más notable creador inglés de retos matemáticos), pero no es esto lo más importante ni siquiera en la literatura de ficción, y quien se conforme con ello lo único que demuestra es que carece de toda noción de trascendencia en la vida.
El placer y la pasión por la lectura pueden estar lo mismo en la experiencia de Romeo y Julieta que en el ejercicio lector del Leviatán, de Hobbes; La sociedad abierta y sus enemigos, de Popper, y Walden, de Thoreau, pero también, por supuesto, en la Crítica de la razón pura, de Kant; El nacimiento de la tragedia, de Nietzsche; El origen de las especies, de Darwin, y La interpretación de los sueños, de Freud. Más aún: ¿Cómo leer desapasionadamente, esto es sin profundo placer de conocimiento, la Historia del tiempo de Stephen W. Hawking?
Cuando hablamos del “placer de la lectura” éste no es exclusivo de las obras de ficción o de la creación literaria, aunque abusivamente la literatura se lo haya apropiado incluso cuando quiere tomarnos el pelo con libros francamente deleznables. El “placer de la lectura” incluye preferentemente el goce del conocimiento y la satisfacción del aprendizaje que también se adquiere por medio de la emoción y la imaginación. En su libro ya clásico Aprender a leer, Bruno Bettelheim y Karen Zelan advierten que lo que mueve a un niño en el aprendizaje de la lectura es “la firme creencia de que saber leer abrirá ante él un mundo de experiencias maravillosas, le permitirá despojarse de su ignorancia, comprender el mundo y ser dueño de su destino”. Por eso incluso el juego, en la infancia, es un asunto serio y no únicamente una simple “diversión”.
Hay que insistir en esto: Debemos tener muy en claro que, en el disfrute, lo que nos place es leer, independientemente de la materia o los temas que leamos. El denominado “placer de la lectura” no es exclusivo del género literario o no tendría por qué serlo. Leer ciencia, filosofía, sociología, psicología, religión, etcétera, puede significar también un gran placer, esto es un disfrute físico y espiritual, en gran medida deparado por el conocimiento pero también por el goce estético. No debemos encasillar el “placer de la lectura” en textos exclusivamente literarios (novela, cuento, poesía, teatro, etcétera). Si deseamos reivindicar el ejercicio gozoso de leer, debemos eliminar nuestros prejuicios en relación con las diversas posibilidades de leer que nos ofrecen los libros a los más diversos tipos de lectores y de lecturas. La “lectura profesional” sólo se echa a perder cuando el lector y el investigador no gozan lo que hacen, sino que lo detestan.
El problema, como ya dijimos, es que especialmente en nuestros días el denominado “placer de la lectura” se tornó “entretenimiento banal”, trivialidad, por los intereses del mercado editorial y de un ámbito literario que está dispuesto a hacer lo que el mercado mande con tal de convertirse en “autor superventas”. Muchos libros hoy no llevan a ningún conocimiento, únicamente a una pueril diversión, sea para niños, adolescentes o jóvenes o para lectores ya más grandecitos que, sin embargo, buscan en los libros lo mismo que encuentran en sus dispositivos digitales de juegos y entretenimientos.
Este fenómeno tiene una explicación bastante simple. En los siglos anteriores, con el auge de la imprenta, de la totemización y la sacralización del libro pasamos directamente a la sacralización de la literatura, porque en ella estaban contenidas ética y estética, historia y presente, anhelos y porvenir, pero con el auge de internet, en la sociedad del espectáculo, hoy la literatura se cotiza en la industria del entretenimiento (como el cine de Hollywood, los videojuegos y la pornografía), y la profundidad de significados le estorban en el amplio consumo, y por ello le son innecesarios el arte, la estética y, por supuesto, la ética. La literatura de amplio consumo (trivial, banal, frívola, fútil), lo avasalla todo, y los libros de no ficción (no necesariamente de “pensamiento”) que resultan exitosos es porque son coyunturales y subsidiarios de los escándalos políticos, la violencia, la corrupción, el sexo, etcétera, que venden la mar de bien en comparación con los buenos libros de filosofía, psicología, historia, sociología, política y las demás ciencias sociales y exactas.
Hay dos malentendidos en la promoción y el fomento de la lectura con los cuales hay que acabar de una vez para siempre: que “lectura” equivale a literatura y que “libro” equivale a papel. En el primer caso, debemos tener muy claro que nuestro voluntarismo, nuestro empeño, nuestro activismo, no son exclusivamente por la literatura de ficción ni mucho menos, en particular, por la novela, ese género literario que en la actualidad, como bien lo ha dicho Vargas Llosa, ha sufrido tal grado de involución que se ha vuelto un ejercicio intrascendente en lo intelectual, aunque muy rentable para el mercado. Que yo recuerde, nuestro activismo, el de los promotores y fomentadores del libro, es por la lectura en general y, mucho mejor, por el derecho de acceso al libro y a la cultura.
El segundo malentendido se presenta cuando asumimos que nuestra defensa del libro es por el papel, por el soporte tradicional. Esto es absurdo, pues lo que realmente defendemos es el libro, no la sustancia de que está hecho. Más allá de que nos guste, nos encante y nos parezca mil veces mejor el papel que cualquier otro soporte, a todos aquellos que nacimos en la tradición del libro impreso, y que no estamos dispuestos a cambiar nuestras bibliotecas tradicionales por un dispositivo digital, nuestra acción voluntaria no es por el papel, sino por el libro, independientemente de sus formatos, pues el libro es el que contiene, más allá de su soporte, las ideas y las manifestaciones que transforman nuestro pensamiento y nuestra sensibilidad.

Juan Domingo Argüelles
Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Breve antología de poesía mexicana impúdica, procaz, satírica y burlesca (Océano, 2015),
Dos siglos de poesía mexicana: el XIX y el XX (Océano/Gandhi, 2015), Un instante en el paraíso: Antimanual para leer, comprender
y apreciar poesía (Universidad Autónoma de Aguascalientes/Laberinto Ediciones, 2016), El libro de los disparates: 500 barbarismos y desbarres que decimos y escribimos en español (Ediciones B, 2016), El último strike (UJAT/Laberinto Ediciones, 2016), En la boca del lobo: La verdadera historia de Caperucita Roja (Fondo Editorial Estado de México, 2016), Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (UJAT/Universidad Autónoma de Aguascalientes/Laberinto Ediciones, 2017), ¿Qué leen los que no leen? (Océano, 2017, nueva edición definitiva) y Antología esencial de la poesía mexicana (Océano/Sanborns, 2017).

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