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La era del parloteo Destacado

Los usuarios de la red buscamos comunicación, pero muchas veces solo encontramos ruido. Los usuarios de la red buscamos comunicación, pero muchas veces solo encontramos ruido. Especial/ Ricardo Reyes

Como parte del discurso apocalíptico del fin del libro en papel y del inicio de la edad de oro del libro electrónico, desde la penúltima década del siglo XX los más importantes evangelistas de la era digital profetizaron que no hoy, sino al menos desde hace una década (esto es, en 2008), todos estaríamos leyendo e-books en nuestras pantallas, en tanto que los libros impresos (vejestorios para nostálgicos) pasarían a ser parte de los museos del libro en los que se convertirían las grandes y medianas bibliotecas anticuadas, mientras que las pequeñas simplemente desaparecerían, sin dejar rastro alguno, en un oscuro abismo del tiempo, con todo su material obsoleto.


Con esta misma lógica, los profetas digitales anunciaron al mundo que, en cosa de unos pocos años, las librerías físicas dejarían de tener sentido y utilidad. Todas serían librerías virtuales, y no habría libros en papel. ¿Quién querría leer en papel impreso si ya se habían inventado las pantallas que, además, se irían mejorando año con año para alcanzar calidades nunca vistas? Y sin embargo, Amazon, la tienda más grande del comercio electrónico, abrió entre 2016 y 2017, en Estados Unidos (Seattle, San Diego, Chicago, Portland, Massachussets y Nueva York), librerías minoristas con material físico (libros en papel), aunque no acepte compras en efectivo.
Está visto que los “expertos” y los “especialistas” (cualquier cosa que esto signifique especialmente hoy) son buenos para marear a los que se dejen, pero son malísimos para concretar milagros. Tienen muy buena labia, pero como profetas o como brujos, han fallado en casi todo. En España, toda la industria editorial apenas factura el 5 por ciento de libro electrónico o, dicho de otro modo, el 95 por ciento de su facturación corresponde exclusivamente al libro impreso en papel. En México, la facturación del libro electrónico es de risa: no llega ni al uno por ciento, aunque hay quienes dicen que lo rebasa: 1.1 por ciento. Está bien, lo creemos, incluso si nos dicen que es 1.2. Pero hasta en las naciones donde se suponía que habría de cumplirse a plenitud la profecía del libro digital, desde hace al menos una década, esto es en Estados Unidos y el Reino Unido, la producción no ha conseguido pasar del 30 y el 20 por ciento, respectivamente. Dicho de otra manera, para que no quepa duda a qué nos estamos refiriendo: en Estados Unidos el 70 por ciento de la producción librera corresponde a materiales impresos en papel (pasta dura, rústica y formato de bolsillo), en tanto que en el Reino Unido, esta producción es del 80 por ciento. Los profetas fallaron, aunque, a diferencia de los mariachis, no callaron: siguen en las mismas, porque de algo tienen que vivir y no han encontrado otro oficio.
Hay que decirles que su profecía apocalíptica no se cumplió porque sus artes adivinatorias se toparon con la pared de la realidad, es decir, con los lectores. Son los lectores, y no los expertos ni los accionistas, los que deciden que leer libros en papel (y cierto tipo de libros, hay que añadir) les resulta más grato y más cómodo que leerlos en las pantallas e incluso en los dispositivos más avanzados y de mayor calidad. Temáticamente, el grueso del libro digital tiene que ver con algo de “ficción contemporánea” y algo de “novela romántica y erótica”, y luego con algo de información, referencia, consulta y material académico especialmente en inglés. Casi todo lo demás (incluidas la autoayuda y la superación personal que tanto se venden) es preferido en papel.
Albert Labarre (1927-2010) concluye su Historia del libro (París, 1970; edición en español, México, Siglo XXI, 2002), con una observación y un diagnóstico sensatos, producto del sentido común, formulados en el Festival de Niza en 1969 por el ingeniero Louis Armand (1905-1971), como respuesta a las predicciones de Marshall McLuhan (1911-1980) sobre la era electrónica, según las cuales ésta acabaría por barrer al “hombre tipográfico”. Miembro de la Academia Francesa, Armand observó y diagnosticó: “El libro ha perdido una parte de su monopolio, como el ferrocarril. Pero observen lo que está sucediendo con éste. Habríamos podido imaginar que el avión y el automóvil acarrearían su desaparición. Nada de eso. En contraste con las aglomeraciones de las carreteras, los trenes hacen posible que lleguemos puntuales. [...] Las ondas no están menos aglomeradas que las carreteras. En otro tiempo, las personas sufrían de penuria de información, hoy en día sucede lo contrario. [...] El texto impreso sigue siendo indispensable para quien quiere ser responsable de su información y tener una actitud activa frente a la cultura. En este mundo inundado de ondas y de imágenes, el libro presenta un esfuerzo personal y saludable”.

Pescando retazos
Se va a cumplir ya medio siglo de esta conclusión y este diagnóstico de Louis Armand, anclados ambos en la realidad y en el conocimiento (si de algo sabía Armand era de libros, trenes y electricidad, e incluso de energía atómica), y que, más allá de entusiasmos “posmodernos”, no han podido desmentir los más radicales evangelistas de la religión digital. Se olvidan o más bien ignoran que, al finalizar el siglo XX, el propio Bill Gates admitió lo siguiente (como lo consigna Robert Darnton en uno de sus excelentes ensayos, “La nueva era del libro”, de El coloquio de los lectores): “La lectura en la pantalla sigue siendo muy inferior a la lectura en papel. Yo mismo que tengo pantallas muy caras y me considero un pionero del estilo de vida electrónico, cuando tengo que leer algo de más de cuatro o cinco páginas, lo imprimo y me gusta guardarlo para llevarlo a todas partes y hacerle anotaciones. Y alcanzar ese nivel de utilidad representa uno de los grandes obstáculos para la tecnología”.
Si, desde entonces, para el propio fundador y director de Microsoft, leer cinco páginas en pantalla (¡lo que seguramente definiría como muchísimo texto!) no resultaba el paraíso que había profetizado Nicholas Negroponte en su biblia de la informática Ser digital (1995), es comprensible que las computadoras e internet sirvan para muchas cosas, pero no para leer libros; cuando mucho para picar fragmentos, tal como lo hacen hoy muchísimos profesores y estudiantes, incluidos los universitarios, que cambiaron los fragmentos fotocopiados por los fragmentos y bullets en la pantalla. En lugar de libros íntegros, síntesis o capítulos e incluso síntesis de capítulos. De ser consumidores de Xexox, pasaron a la Wikipedia y a Yahoo Tareas. Ya son bastantes los destacados profesionistas a quienes les han descubierto sus malos oficios en el dudoso arte del copy paste.
La causa es simple: no es que estén leyendo y asimilando libros; están pescando retazos, y de esa retacería están hechos sus “trabajos” y sus “conocimientos”. Lo que se planteó como una “nueva era para la lectura” se acabó convirtiendo en una nueva era para el analfabetismo funcional y el plagio, que vino acompañada de la inmediatez, el ansia de “actualidad”, la necesidad de evidenciar “obra” para el escalafón y la falta casi absoluta de responsabilidad (no ya digamos de ética), análisis y meditación sobre lo que se dice, sobre lo que se escribe (o se transcribe) desde el teclado para todo aquel que pueda y quiera escuchar y leer en internet. Aunque suele admitirse que el crimen no paga, la vanidad (incluso si proviene del crimen, esto es del plagio literal o disfrazado) suele dar buenos dividendos. El currículum bibliográfico permite ascensos y mejores salarios. Súmese a ello, hoy, la activa participación en las redes sociales, espacio informe donde la vanidad banal y frívola se mueve a impactos de exhibicionismo pueril incluso entre ancianos.
Opiniones, votos, afirmaciones, negaciones, increpaciones, puntos de vista (porque, como se dice, en relación otras cosas, todos tenemos uno) saltan y resaltan en internet, sin el menor análisis, sin la mínima reflexión, en la inmediatez de la cháchara, en la prontitud y en la urgencia de decir algo, de escribir algo, de participar en la discusión “democrática” del mundo. Y a todo esto se le presume, con cándida arrogancia, como lo que carece de control (cuando más controlados estamos, ¡justamente con internet!), como la libertad por antonomasia (cuando, ¡justamente con internet!, nunca habíamos estado más prisioneros, más vigilados y, además de todo, facilitándole el trabajo a nuestros vigilantes al exhibir y hacer pública nuestra vida privada). Y a esto le decimos, muy orondamente, “sin filtro”.
No es lo mismo el diálogo cultural que el parloteo. No sólo en internet, también en la radio y en la televisión (espejos hoy de internet), la catarata de opinantes “enfermos de inmediatez” (como dijera con gran tino Ricardo Garibay que ni siquiera imaginó la inmediatez de hoy) abunda en sus urgentes opiniones, en sus puntos de vista instantáneos, lo mismo si se trata de política que de deporte, igual si es economía o es cultura, igual si es arte o es lectura. Y el oficio de leer libros que es, básicamente, un ejercicio meditativo, se ha extraviado en la era digital convertida ya, y ni más ni menos, en la era del parloteo donde todos hablan al mismo tiempo, se arrebatan la palabra para decir la última aunque sepan que después de la última suya vendrán las últimas de los demás y así hasta la náusea.

Cultura vs. acumulación de información
Esas opiniones urgentes no salen precisamente después de la lectura de libros, sino como reacción de la lectura de internet. El fragmento se alimenta de fragmento, el vacío se alimenta de vacío, y nadie quiere ser razonable, sino únicamente, pero ni más ni menos, tener el monopolio de “la razón”. La “cultura libresca”, que algunos muy pronto volvieron insulto o epíteto descalificador, pero que exige detenimiento, morosidad, dedicación, disciplina, esfuerzo, emoción, pasión, sí, pero también inteligencia, ha sido relevada por la incultura de la reacción instantánea. No hace falta saber nada de nada para opinar de todo sobre todo. Es suficiente con meter la cuchara. Y todos quieren hacerlo, como expertos que son en esto, en lo otro y en todo lo demás. La era del parloteo lo absorbe todo.
En 2004, en uno de sus artículos que luego recogería en su libro póstumo Pape Satàn aleppe (2016), traducido al español como De la estupidez a la locura porque los editores advirtieron que, en esta época inculta, pocos sabrían del enigmático verso del Infierno de Dante, Umberto Eco (1932-2016) sentenció lo siguiente, al referirse a la desgracia por la que atraviesan la educación y la cultura que los “expertos” suponen que resolverán con tabletas electrónicas: “Llegará el día en que habrá ordenadores para todos. Pero el problema es otro. El problema es que internet no está destinado a sustituir a los libros; no es más que un formidable complemento de los mismos y un incentivo para leer más. El libro continúa siendo el instrumento principal de la transmisión y la disponibilidad del saber y los textos escolares representan la primera e insustituible ocasión para educar a los niños en la utilización del libro”.
La conclusión de Eco posee el tino de quien llevó una vida a la sombra formativa y apasionante de los libros. Sentenció: “Internet proporciona un repertorio extraordinario de información, pero no los filtros para seleccionarla, y la educación no consiste sólo en transmitir información, sino en enseñar los criterios para su selección. Ésta es la función del maestro y es también la función de un manual escolar, que ofrece precisamente el ejemplo de una selección efectuada entre el maremágnum de toda la información posible. Y esto ocurre incluso con el peor de los textos... Si los chicos no aprenden esto, que la cultura no es acumulación de saber sino discriminación, no hay educación sino desorden mental”.
Que producto de este desorden mental hoy no sólo los niños, sino también los adultos, confundan información con conocimiento (completamente ajenos al poder suave de la lectura de libros formativos y apasionantes), y que sean incapaces de aceptar la frustración en especial si se trata de quedar desconectados, puede explicar, por ejemplo, el que un adolescente en España haya acuchillado a su madre. Ocurrió en enero de 2018, en Granada. Según la nota del diario El Mundo, “pasaba horas y horas delante del ordenador jugando a videojuegos y quedarse sin conexión a internet fue más de lo que podía soportar. Ésa es la aparente explicación de la última agresión de un hijo a sus progenitores, un adolescente de sólo 14 años que atacó a su madre y le clavó en la mano una cuchilla tras decirle ésta que no podía ayudarle a recuperar la conexión”. Seguramente, no lo hubiera hecho por la falta de un libro, pues los libros carecen hoy de la menor importancia para la mayor parte de los adictos a internet.
La adicción a internet puede ser tan grave como la drogadicción y la ludopatía. En el mejor de los casos, con esta adicción que algunos llevan al extremo de dedicarle más de dos tercios de su vida, se pierde miserablemente el tiempo. Casi todo es nadería y banalidad, aunque también crimen, en todas las posibilidad y potencias del anonimato. Y esto es lo que, recientemente, ha llevado a no pocas personas inteligentes a bajarse de ese tren en marcha que, a toda velocidad, suele llevar a ningún destino. Un ejemplo es el caso del escritor español Lorenzo Silva quien, al iniciar 2018, se desconectó para siempre de Twitter con un argumento: “Esto dejó de compensar”. (Antes se había bajado de Facebook.) “No volveré a tuitear”, escribió Silva, y explicó: “Ya no se irán mis horas, o mis minutos, en la interacción empobrecedora con embozados que generan audiencia a la plataforma de otros, y por ende valor económico para ellos, pero merman la calidad de mi existencia y no aportan nada a mi espacio de conocimiento y creación”.
Otro argumento de Silva: “No sólo eran las injurias o los trolls. Twitter es una distorsión que me apartaba de cosas más importantes”. Una semana después de darse de baja reconoció: “Han pasado pocos días y sólo aprecio ventajas”. Estas ventajas, para el conocimiento, la escritura, la lectura y la reflexión, son las que conoce Paul Auster, quien jamás se ha asomado a las redes sociales y que no usa siquiera la computadora como procesador de palabras, pues sigue escribiendo con lápiz y bolígrafo para luego pasar a mecanuscrito de sus extraordinarios libros con los que beneficia a la humanidad.
Otro español, el poeta y periodista Antonio Lucas, redactor y columnista del diario El Mundo, también al iniciar 2018, se bajó de Twitter y explicó: “No es mejor esto de ahora. No se dicen más cosas, sino más ruido. No somos buena gente entre nosotros. Suelo asomarme a una sola red social, Twitter. Y cada vez menos. En algún momento creí que ensanchaba las posibilidades de hablar, de comunicarse, de prolongar algunos debates necesarios. Eso era al principio (al principio de sumarme), pero casi nada de aquello se ha cumplido. Twitter, Facebook y demás junglas se convirtieron en territorios de vigilancia. En lugares hostiles. Twitter no puede garantizar la seguridad de sus usuarios. Ni la dignidad de sus clientes. Ni proteger la identidad de quien se apunta a su tinglado. Todo es turbio por dentro. Si alguien te ‘asalta’ el nombre, te jodes. Si insultan a tu padre, te jodes. Si publican una foto privada, te jodes. Si amenazan a tu mujer, te jodes. Si te amenazan a ti, te asustas”. Y concluyó, muy razonablemente: “En Twitter cabe el chantaje. En Twitter cabe la extorsión. La soledad es el láudano de Twitter. El odio es su karma. Dentro se discute en chiquito, en corto, en eslogan, en el espacio de un baldosín... No tiene ningún interés desde el momento en que se convirtió en una herramienta política. De publicidad para la política mala, quiero decir. Chucherías y navajas. De eso trata”.
Todos sabemos (hasta los que no estamos en Twitter) que cuando Trump tuitea es para incrementar el valor de sus marcas. Es política y es negocio, como muchos otros también lo han descubierto, para su provecho, para su negocio. Leyendo los Diarios de Max Aub (ninguna novedad literaria; sólo maravillosos libros viejos para viejos lectores obsoletos como yo), me encuentro con esta frase que copio: “¿Contra qué montan en cólera tantos jóvenes? La culpa no es nuestra ni de sus padres, sino de ellos”. Deberíamos dársela de lección a nuestros hijos, a nuestros sobrinos, a nuestros nietos. “En su mente ―dijo Alain―, cada quien construye sus prisiones e inventa a sus carceleros; pero no construye su libertad, por falta de imaginación”. Cada quien es responsable de sí mismo, y ya se sabe que, después de cierta edad, cada quien tiene la cara (y el alma) que se merece.
No existe el mundo perfecto, plenamente acabado, para que los demás ya no tengan que ocuparse en transformarlo. El mundo siempre ha sido provisional, y no hay otra forma de hacerse humano que humanizándose en la educación y en la cultura, independientemente de las tecnologías en turno, y lejos del parloteo ensordecedor y el inefable exhibicionismo narcisista. Al dirigirse a sus potenciales lectores, Miguel de Unamuno les dijo: “El lector que busque novelas acabadas, no merece ser mi lector”. En otras palabras, les exigió poner de su parte, y se negó a escribir acomodándose al gusto general imperante, nada más para quedar bien con el auditorio. Y si hoy la gente no lee a Unamuno, ¡peor para ella!

Juan Domingo Argüelles
Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Breve antología de poesía mexicana impúdica, procaz, satírica y burlesca (Océano, 2015),
Dos siglos de poesía mexicana: el XIX y el XX (Océano/Gandhi, 2015), Un instante en el paraíso: Antimanual para leer, comprender
y apreciar poesía (Universidad Autónoma de Aguascalientes/Laberinto Ediciones, 2016), El libro de los disparates: 500 barbarismos y desbarres que decimos y escribimos en español (Ediciones B, 2016), El último strike (UJAT/Laberinto Ediciones, 2016), En la boca del lobo: La verdadera historia de Caperucita Roja (Fondo Editorial Estado de México, 2016), ¿Qué leen los que no leen? (Océano, 2017, nueva edición definitiva), Antología esencial de la poesía mexicana (Océano/Sanborns, 2017) y Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (Laberinto, nueva edición definitiva, 2018).

Modificado por última vez enJueves, 15 Marzo 2018 00:55
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