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Consumo e Historia Destacado

Consumo e Historia

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Desde el último cuarto del siglo pasado (1983), la Organización de las Naciones Unidas (ONU), declaró el 15 de marzo como el Día Mundial de los Derechos de los Consumidores, ello para conmemorar el discurso del ex presidente John F. Kennedy, quien un día como hoy pero de 1962, ofreció un discurso donde destacaba al consumidor como un elemento fundamental dentro del proceso productivo de su nación, en ese entonces en una bonanza sin tregua.

Actualmente, independientemente de nuestra postura social, política o económica, hay una cierta conciencia con respecto nuestros hábitos de consumo. Por ejemplo, se sabe que debido a nuestra huella de carbono, nuestro consumo no puede ser una jauja sin pausa. Si los más de seis mil millones de habitantes que hay en el planeta consumieran lo que consume un norteamericano promedio, se necesitarían tres planetas para soportar ese consumo.
Pero en la inmediatez, en el corto plazo, en el presente más rampante, todavía hay mas: en México se desperdician más de 20,000 millones de toneladas de comida al año, cuando existen más de 20 millones de personas que padecen pobreza alimentaria. Este dato de la publicación de la Secretaría de Economía (SE), “Consumo saludable. Hacia nuevos hábitos de consumo”, es una radiografía de nuestro país. Si a lo anterior, añadimos el problema de obesidad infantil que tiene nuestro país (primer lugar a nivel mundial), nos debería de llamar la atención nuestra forma de consumir e incitar al consumo.
Dos datos más. En México, el costo anual del tratamiento por diabetes es de 7,784 millones de dólares. Otro más: hace 50 años, cuando comenzaron a establecerse las cadenas de comida rápida, sólo había una medida de papas fritas, que hoy corresponde al tamaño más chico. En el cine, hoy es posible consumir 20 tazas de palomitas de maíz en lugar de tres, y casi un litro de refresco en lugar de un vaso de 240 mililitros, como sucedía hace cinco décadas. Pero si de conciencia y consumo hablamos, permítame lector querido, recomendarle “Los errores” de José Revueltas (1914), una novela intelectual, filosófica y profundamente política, para tal propósito, una breve reseña.

Los errores:
Con el peso de la verdad histórica, leer a José Revueltas en el primer cuarto de este siglo, tan vorazmente socavado por el consumismo y las prisas, me resulta, al menos, tan asombroso como imprescindible. ¡Todo converge! En Revueltas todo se entremezcla, su narrativa es el testimonio insigne del viejo principio anaxagórico: <<todo tiene que ver con todo, nada puede permanecer aislado>>, de ese modo encontramos “una lucidez torturante, como la que tienen las ratas de la cárcel”, la razón abyecta  que se vacía como un rio en el océano de lo extraño, aquello que es nuestro pero aún no nos pertenece, a pesar de nuestra verdad histórica y nuestro presente palpable como dogma intransferible.
El comunismo sin credo, el aire sin tierra; son como una catástrofe sin heridos donde se yergue la realidad imaginable: un mundo que no existe. ¡Error! El error. “El hombre es un ser erróneo… (por supuesto tiene la facultad de errar, si a eso se le puede llamar facultad)... un ser que no termina de establecerse del todo en ninguna parte: aquí radica precisamente su condición revolucionaria y trágica, inapacible”. En “Los errores”, José Revueltas escribe: inapacible en vez de impasible,  un ser que no termina de establecerse del todo en ninguna parte… ¿desde cuándo?... Si desde que se es, se ha establecido para sí, desde sí, en sí, etc. Tal vez el acierto, lo encontramos, entonces, al principio; cuando las cosas se vuelven autónomas e impersonales: “Igual que a través de un estado de sordera en la que también se ha perdido el tacto… absuelto de antemano por aquella irrealidad blanca e inexorable en la que existía esa amnesia del futuro que sin duda debe sobrevenirles a los condenados a muerte… puros de tanto pensar que nos son ellos mismos”.
Nuestra muerte, se sabe, es nuestra hipótesis más segura; y sin embargo…como dijera Julio Torri, amamos y odiamos como si fuéramos inmortales, como si alguien pudiese pararse junto a la ventana y observar las cosas como recién llegado de algún punto distante en el universo y pudiera evadir, con esto, el raciocinio, ese orgulloso dolor de muelas, esa resignación terrible de “pinche puta desdichada” como plantea Revueltas.
El hombre ha sido atado a sus hipótesis presupuestas, tal vez por ello, a lo que apela Revueltas es, a un comunismo unánime de la conciencia, que al reflexionarlo, hace de nuestra actual civilización: un error. “Hace mucho tiempo, le dice don Juan a Castaneda, cuando el hombre comprendió que sabía y quiso estar consciente de lo que sabía, perdió de vista aquello que sabía”. Así, las cosas, los objetos, sus relaciones, su semántica y su sentido, no son sino racionalmente absurdos. Por su puesto que aún así, se puede considerar “el pensamiento teórico como un ejercicio absoluto, la práctica del ser, como diría Jacobo, a su nivel más alto posible, al nivel de la acción casi pura”.
Una mueca sin muina, sabe que la locura quizá no sea sino la sabiduría misma, que cansada de las vergüenzas del mundo, ha tomado la sabia resolución de volverse loca; es posible que de ahí emane la inercia, “la loca tarea de transformar el infierno mediante su propio combustible” y cada hombre desde su soberano fuego, aplaste sin reservas, su indiferencia reaccionaria, detenga el juicio y la adjetivación que lo precipita al mundo que lo constituye. “La historia ha sido la historia del fuego contra el fuego; fuego como conciencia del sometimiento del infierno al hombre, contra el incendio y reducción a cenizas de lo humano. Queremos al hombre-llamarada en ardimiento infinito y no al infinito en ardimiento sin hombre”. Conscientes, pues, del tiempo, uno no se puede cruzar de brazos frente al espectáculo de las llamas en el infierno que nos consume. Leer a José Revueltas en los primeros pasos de este siglo, es por tanto, tan revolucionario como la verdad concreta, la autocrítica radical, el desencanto de sí mismo, la práctica del ser, hasta lograr que verdad, justicia y realidad, sean de una vez por todas, uno y lo mismo. La revolución de la conciencia, donde la pelea es paz y el amor que nunca tuvo Lucrecia.

Héctor Martínez Rojas

Periodista

Modificado por última vez enJueves, 15 Marzo 2018 10:54
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