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El pequeño Alyosha (Matvey Novikov)  es un estorbo para los planes de su madre. El pequeño Alyosha (Matvey Novikov) es un estorbo para los planes de su madre. Especial

Hay pocos cineastas en el mundo que son capaces de delinear detalladamente el universo de los personajes de una historia, mientras al mismo tiempo exponiendo nuestros defectos y los de nuestros tiempos. Andrey Zvyagintsev es uno de ellos.
Sin Amor (Nelyubov), nominada como mejor película de hablar extranjera en los Óscar y los Globos de Oro, cuenta la historia de una pareja en un proceso de divorcio que está tan preocupada por separarse, que se olvidan de todo.


En ese contexto, el pequeño Alyosha (Matvey Novikov) no es sólo daño colateral, sino literalmente, un recordatorio permanente del error que cometieron. Su madre Zhenya (Maryana Spivak) sabe poco o nada de su hijo. Es un estorbo para los planes con su actual pareja. Boris (Aleksey Rozin), quien continúa viviendo con ellos aunque no sea parte de sus vidas, tiene ya una novia embarazada pero que vive todavía con su madre.
Ambos están estancados en un limbo emocional que provoca confrontaciones cada vez más explosivas. Y en el más reciente enfrentamiento, Alyosha no soporta más. Pero Zvyagintsev, en lugar de mostrarnos qué pasa con el pequeño, nos muestra a sus padres, el origen de todo el conflicto.
Ella interesada en recuperar el tiempo perdido. Él, preocupado por la percepción de su divorcio en su trabajo
Zvyagintsev nos da el contrapunto de sus vidas actuales. Boris, con la joven embarazada de quien parece estar genuinamente enamorado, después de tener relaciones en la casa de su madre. Zhenya, viviendo en redes sociales, compartiendo los lujos de su nueva pareja.
En una escena reveladora, ella, recargada en el pecho desnudo de su nuevo amante le confiesa amarlo. Y le dice que jamás ha amado a nadie. Y le creemos.
El cineasta nos enfoca en ellos, en esta pareja patética que cree estar viviendo una segunda adolescencia. Dejan atrás esa vida que tenían juntos. Y con ella, a Alyosha.
Además, Zvyagintsev deja pequeñas semillas de lo superfluo de las relaciones personales, como una chica que sale del baño cuando un hombre, a quien no vemos, le pide su teléfono. Ella se lo da y se dirige a la mesa con quien vemos es su pareja. Minutos después, la vemos pasar tomada de la mano de otro hombre.
Es una película que genera enorme impotencia en el espectador. Estos personajes son una advertencia, una lección.
Se trata de una película devastadora y reveladora, una muestra de los tiempos que vivimos.  

Salvador Medina

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