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Las malas lenguas destructoras del idioma Destacado

La Real Academia considera que algunas expresiones como “Sube para arriba?” son admisibles en el uso oral y coloquial de la lengua, pero debemos evitarse por escrito. La Real Academia considera que algunas expresiones como “Sube para arriba?” son admisibles en el uso oral y coloquial de la lengua, pero debemos evitarse por escrito. Especial

Hace un par de meses, el secretario de Economía, Ildefonso Guajardo, “alertó sobre la tentación de regresar hacia atrás”, tal como lo informó MILENIO(15 de febrero de 2018). “Regresar hacia atrás”. Así lo dijo, de manera literal, en la Cámara de Diputados, al inaugurar un foro sobre la “mejora regulatoria”. El funcionario mexicano, miembro del Partido Revolucionario Institucional, tiene estudios doctorales por la Universidad de Pensilvania, pero se nota que no suele consultar el diccionario de la lengua española. Si lo hiciese podría saber que el verbo intransitivo “regresar” significa “volver al lugar de donde se partió” y, siendo así, la expresión “regresar hacia atrás” es feísima redundancia, pues todo “regreso” es un “retroceso” y toda “regresión”, la “acción de ir hacia atrás”.


No sólo los políticos con doctorados hablan y escriben así, maltratando el idioma, sino también otras muchísimas personas que no dudan ni un instante de lo que dicen y escriben. Si dudaran irían al diccionario. Esta realidad es la que me ha llevado a publicar el libro Las malas lenguas (Océano, 2018) en cuyas más de seiscientas páginas recojo y examino Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas que decimos y escribimos en español más allá de nuestra baja o alta escolarización. Este libro ha comenzado a circular en estos días y comparto con los lectores de Campus algunos de los motivos que expongo en el prólogo.
En Las malas lenguas el lector encontrará lo mismo anglicismos que pochismos, barbarismos y sinsentidos, disparates y pendejadas, redundancias y barrabasadas, y en fin toda clase de desbarres y dislates que, en cualquier momento, todos (prácticamente sin excepción) estamos expuestos a cometer y a acometer. Lo importante es que también tengamos buena disposición para evitar tales burradas, luego de saber que lo son. De otro modo no tendremos remedio y nuestra lengua seguirá llenándose de porquería y media. Con sinceridad devastadora, que comprueba el dicho de Borges según el cual el español es un idioma arduo especialmente para los españoles, la escritora y académica de la lengua Soledad Puértolas confiesa: “Dudo a veces con la g y la j. Con palabras como ‘cojo’ o ‘recoger’ tengo que pararme y pensar. Una palabra como ‘aguja’ se me hace dificilísima”. ¡Y éste es el tipo de especialistas que la Real Academia Española (RAE) acoge en su seno!
Uno de los desbarres en los que pongo mucho énfasis en este tomo es el que corresponde a las tautologías, las redundancias (o rebuznancias) y los malos pleonasmos. Diré muy ampliamente por qué. Las tautologías, las redundancias y los pleonasmos que abundan en la lengua española, son en general, salvo en los casos de intencionalidad literaria, esto es estética, formas viciosas en el habla y en la escritura. Sustancialmente, no hay diferencia entre unas y otros, salvo cuando tenemos el deliberado uso retórico, y además efectivo, en el arte literario; solamente así dichas formas viciosas adquieren relevancia virtuosa. En casi todo lo demás (ya sea en el habla o en la escritura), lo que tenemos son disparates pleonásticos o redundantes, pues un pleonasmo, contra lo que pudiera suponerse de manera simplista, no es mejor que una redundancia si carece de buen efecto estético o de eficaz énfasis retórico.
Es necesario explicar esto a detalle. De manera general, se le conceden virtudes al pleonasmo (como figura retórica), contraponiéndolo a la redundancia o tautología (como vicio del lenguaje oral o escrito). Y, sin embargo, incluso importantes especialistas en retórica no encuentran una fácil delimitación entre una cosa y otra. Lo cierto es que somos demasiado indulgentes con los pleonasmos de sentido enfático o literario, pese a que muchos de ellos, aun con su intencionalidad, resultan chocantes cuando no chabacanos. Es el caso de “bésame con el beso de tu boca”, del poeta romántico mexicano Manuel M. Flores, a pesar de su premeditación y del hecho mismo de que tal verso sea imitación textual (o plagio literal) del inicio del bíblico Cantar de los cantares: “¡Oh, si él me besara con besos de su boca!” o “¡Que me bese con los besos de su boca!”.
Solemos perdonar el poético pleonasmo, al diferenciarlo de la tosca redundancia, remitiéndonos a ejemplos modélicos de la antigüedad del idioma español. Pero se nos olvida que en el cantar del Mio Cid (pleno de pleonasmos, tautologías y redundancias) lo que tenemos son los balbuceos de la lengua española. Ejemplos: “De los sos ojos tan fuerte mientre lorando”, “plorando de los ojos tanto avien el dolor”, “lora de los ojos tan fuerte mientre sospira”, “loravan de los ojos las dueñas de Alvar Fañez”, “de las sus bocas todos dizian une razón”, “de la su boca compeço de fablar”, “diziendo de la boca: ¡Non vere Carrión!”, “sonrisando se la boca hívalo abraçar”, etcétera. Igualmente en el gran Gonzalo de Berceo encontramos este carácter redundante y pleonástico que es consustancial, como ya dijimos, de las raíces idiomáticas de lo que luego será el frondoso árbol del castellano. Ejemplo: “Daban olor soveio las flores bien olientes,/ refrescavan en omne las caras e las mientes,/ manavan cada canto fuentes claras corrientes,/ en verano bien frias, en yvierno calientes”. En un conocido romance viejo leemos: “Un sueño soñaba anoche”, y “te echaré cordón de seda/ para que subas arriba”. En otras lenguas, como el hebreo, es el mismo caso, y un ejemplo claro es la traducción de la Biblia al castellano por Casiodoro de Reina en el siglo XVI. He aquí unos ejemplos redundantes o pleonásticos que encontramos desde los primeros versículos del Génesis: “y sean por lumbreras en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra”, “y se dijeron unos a otros: vamos, hagamos ladrillo y cozámoslo con fuego”, “entonces Jehová hizo llover sobre Sodoma y sobre Gomorra azufre y fuego de parte de Jehová desde los cielos”, “y aborreció Esaú a Jacob por la bendición con que su padre le había bendecido”, etcétera. Intentar justificar hoy el uso anacrónico del pleonasmo, la tautología y la redundancia es no comprender la historia y la evolución de nuestra lengua.
Al definir el pleonasmo y, de paso, la redundancia, Helena Beristáin, quien fuera una de las máximas conocedoras de la retórica, expresó lo siguiente en su invaluable Diccionario de retórica y poética (1985): “El pleonasmo resulta de la redundancia o insistencia repetitiva del mismo significado en diferentes significantes total o parcialmente sinónimos y, en ocasiones, de naturaleza parafrástica: lo vi con mis propios ojos. Produce un efecto enfático (de energía, pasión, frenesí) y es muy usual en el habla (superiorísimo, mucho muy altísimo, entren para adentro). A veces proviene de la ignorancia de la etimología de una palabra (tuvo una hemorragia de sangre, es un melómano de la música). En las expresiones en que la repetición es enteramente superflua se llama redundancia, o macrología (cuando se agrega toda una oración); perisología, cuando la oración agregada (una perífrasis) es viciosa, y también batología o datismo, cuando se repite por torpeza, y tautología, cuando se repite el concepto innecesariamente”.

Licencia poética
Resulta obvio que, sean ya pleonasmos o redundancias, en la poesía suenan extraordinariamente las combinaciones “temprano madrugó la madrugada”, del gran poeta español Miguel Hernández, y “el lloro de recientes recentales” y “el amor amoroso de las parejas pares” (del vate mexicano Ramón López Velarde), porque hay intencionalidad estética en busca de música, y afán deliberado de sorpresa y énfasis expresivo, pero no menos obvio resulta que hay otros (pleonasmos o redundancias, también) que suenan afectados cuando no ridículos, como “lo vi con mis propios ojos” y “lo hizo con sus propias manos”. En México quizá ya no sea posible vivir sin nuestra célebre y prehispánica “red de agujeros” (¿existe acaso una red que no tenga agujeros?), pero no hay que creer demasiado en la buena prensa que tiene el pleonasmo. La eficacia depende del contexto, la intencionalidad y la estética, pues un pleonasmo no es otra cosa que una redundancia pero con un nombre ilustre o un pasado prestigioso.
En su Diccionario de retórica, crítica y terminología literaria (1986), Angelo Marchese y Joaquín Forradellas definen el pleonasmo como “expresión redundante que, estilísticamente, puede servir para subrayar una expresión o evitar un ruido en la comunicación”, y ponen como ejemplo una frase de un libro de Camilo José Cela: yo lo he visto con estos ojos que se ha de comer la tierra, “frase en la que todos los elementos, excepto lo he visto, son pleonásticos”, es decir, son redundantes, pues Marchese y Forradellas, cuando se refieren específicamente a la “redundancia” afirman que “se podría decir que un mensaje es redundante cuando contiene elementos que no son necesarios para su correcta decodificación, pero que son útiles —si no indispensables— para que la comunicación tenga lugar”. Y el ejemplo que ponen es también literario: “bien oiréis lo que dijo” (Mio Cid). Por supuesto, casi invariablemente, cuando se justifican los pleonasmos (literarios) y las redundancias (intencionales}, los especialistas ponen ejemplos para lo cual recurren a la escritura con fines estéticos o a la oratoria clásica o, en su defecto, a la antigua oralidad. Pero lo que hoy tenemos en gran parte de nuestros usos pleonásticos y redundantes (incluso en la literatura) son más bien clichés y formas viciosas producto de la ignorancia de los significados.
En este tema llama la atención cómo en España hasta las personas más sensatas se esfuerzan en torcer la lógica para justificar su disparatada forma cotidiana de hablar y escribir. En Las 500 dudas más frecuentes del español (2013), la Real Academia Española justifica algunas barbaridades del habla castellana. Ahí leemos: “¿Está bien dicho Sube para arriba?”, y ésta es la respuesta: “Sí, aunque se trata de una expresión redundante. Estas expresiones: subir para arriba, bajar para abajo, entrar adentro, salir afuera, son admisibles en el uso oral y coloquial de la lengua, donde se utilizan generalmente con valor expresivo o enfático, pero debemos evitarlas en los textos escritos”. Lo que pasa es que, neciamente, se niegan a decir que hablan y escriben desaseadamente, y que si en el uso oral o coloquial utilizan las expresiones “subir para arriba”, “bajar para abajo”, “entrar adentro” y “salir afuera”, la fuerza de la costumbre hace también que lo pongan por escrito. Hasta María Moliner, generalmente sensata, necea con esto. En el segundo apéndice de su Diccionario de uso del español (DUE), al referirse a la “redundancia” escribe lo siguiente: “Hay redundancias realmente viciosas y que dan tosquedad a la expresión, como ‘una bola hueca por dentro’; en algunos casos, la aparente redundancia no lo es: en ‘subimos arriba’ y ‘bajamos abajo’, por ejemplo, ‘arriba’ y ‘abajo’ pasan a tener valor sustantivo y designar lugares”. ¡O sea que, en estos casos, las redundancias ni siquiera son redundancias! ¡Vaya manera de justificar, “científicamente”, una forma disparatada de hablar y de escribir!

Virtudes y vicios
Para la misma RAE, la diferencia entre una redundancia y un pleonasmo no es tan fácil de identificar. Según el diccionario académico, el sustantivo femenino “redundancia” (del latín redundantia) tiene tres acepciones: “Sobra o demasiada abundancia de cualquier cosa o en cualquier línea”; “repetición o uso excesivo de una palabra o concepto”; y “cierta repetición de la información contenida en un mensaje, que permite, a pesar de la pérdida de una parte de este, reconstruir su contenido”. Para empezar, no deja de ser gracioso, pero también sintomático de la españolidad, que la Real Academia Española defina la redundancia con otra redundancia: ¡“demasiada abundancia”!, y antes, al definir el sustantivo masculino “pleonasmo” (del latín tardío pleonasmus), la primera de dos acepciones se refiere exclusivamente al ámbito retórico (“empleo en la oración de uno o más vocablos, innecesarios para que tenga sentido completo, pero con los cuales se añade expresividad a lo dicho, como en en fuga irrevocable huye la hora”), en tanto que la segunda es tan simple como esto: “demasía o redundancia viciosa de palabras”. Siendo así, si una redundancia es ¡“demasiada abundancia”! y un pleonasmo es “demasía o redundancia viciosa”, no hay diferencia alguna entre una cosa y otra, con la pequeña salvedad del arte retórico que acomete la redundancia (denominada pleonasmo) de manera deliberada y con efecto estético, porque no es lo mismo ser Francisco de Quevedo y escribir, maravillosamente, “en fuga irrevocable huye la hora”, que ser Venancio Pérez y decir “¡callaos la boca, chaval!”.
Hay que distinguir. Y, si distinguimos, veremos que los pleonasmos poéticos o retóricos no son otra cosa que redundancias, pero empleadas con arte, en tanto que todo lo demás (pleonasmos y redundancias sin distingo) son vicios del lenguaje mediante la repetición innecesaria de palabras o conceptos equivalentes, gramatical o semánticamente. ¡Pero nada de esto último dice el DRAE! En cambio pregona, viciosamente, la “demasiada abundancia”, la “repetición o uso excesivo de una palabra o concepto” y la “demasía o redundancia viciosa de palabras”, como para que nadie entienda nada o se quede en las mismas al tiempo que justifica su demasiada abundancia.
Digámoslo claramente: no todos los pleonasmos son virtuosos, pero sí todas las redundancias son viciosas, incluidos muchos pleonasmos, pues por supuesto hay pleonasmos fallidos, aun con una intención estética. Lo difícil es hacer el distingo, pues hasta la Real Academia Española admite una sinonimia en los términos “pleonasmo” y “redundancia”. Pongámoslo así, para no darle demasiadas vueltas al asunto ya de suyo confuso: si no hay intención retórica y poética (con fines expresivos y estilísticos) en el uso de las repeticiones de palabras o conceptos equivalentes, ¿quién distingue los límites entre una redundancia y un pleonasmo? ¡No hay modo! Porque lo mismo pleonasmos que redundancias se hacen con vocablos innecesarios que, en su repetición o en sus equivalencias, demuestran el pobre o nulo conocimiento del significado de las palabras.
El filólogo y periodista español Álvaro Peláez escribe, en medio de tanta confusión y mareo, la siguiente precisión: “En muchas ocasiones, la redundancia se produce por un proceso semántico de pérdida de significado de una de las palabras que hace que el hablante necesite el apoyo de otra”, como en “acceso de entrada”, “accidente fortuito”, “colofón final”, “crespón negro”, “nexo de unión” “puño cerrado” y demás barbaridades que se llaman redundancias únicamente porque no hay intencionalidad del hablante en construir una figura retórica (con expresividad y estilo), pero igual podrían llamarse pleonasmos, de acuerdo con la segunda acepción que para el término “pleonasmo” ofrece el DRAE: “redundancia viciosa de palabras”. Para Peláez, si en algo queremos distinguir una cosa de otra, debe tomarse en cuenta que “la redundancia aparece como un error, en muchos casos fruto del desconocimiento”, en tanto que “el pleonasmo adquiere la categoría de figura retórica, caracterizada por la intencionalidad del hablante”, aunque, después de todo, y esto es lo mejor y lo que puede zanjar o ahondar más la discusión, “un pleonasmo no es más que una redundancia bien vestida”, incluso si lo encontramos en el Quijote, como cuando Cervantes describe a Sancho “con lágrimas en los ojos”.
En un anuncio comercial, transmitido con bastante frecuencia en la televisión mexicana, un personaje femenino, en un aeropuerto, dice: “No voy a volar a Roma con sabor a café en mi boca”. ¿Y en dónde, si no en la boca, podría tener alguien el sabor a café o a cualquier otra cosa? Considérese que el anuncio publicitario pretende vender goma de mascar contra el mal aliento y, supuestamente, “para dientes limpios y sanos”. Es decir, si es goma de mascar, ésta se “masca” o se “mastica” en la boca, justamente donde tenemos la lengua que es el órgano en el que reside el sentido del gusto que llamamos “sabor”. ¡No podríamos percibir el sabor mediante las orejas o los pies! En consecuencia, “sabor en mi boca” es una bárbara redundancia publicitaria. En el anuncio comercial bastaba con hacer decir al personaje: “No voy a volar a Roma con sabor a café” o, aún mejor: “No voy a volar a Roma con aliento a café”.
Por supuesto, como ya advertimos, además de redundancias y pleonasmos, este volumen incluye barbarismos, anglicismos y galicismos mal empleados y pochismos ridículos, así como otros desbarres, dislates, palabros (sí, palabros) y demás barrabasadas del español hablado y escrito. La gente que suele decir que no hay que ser puristas en el idioma es justamente la que habla y escribe con puros disparates y barbarismos, y suele embarrar la lengua (¡y no sólo la suya!) en los peores lugares. No se necesita ser purista para saber que nuestro idioma es patrimonio, pertenencia e identidad. Estropearlo no es precisamente algo digno, sino todo lo contrario. Es como descuidar el jardín y dejar que se arruine y llene de maleza sin que nos importe en absoluto. Nuestra lengua es nuestra casa y es también nuestro pensamiento. Las malas lenguas favorecen la invasión de alimañas en nuestra casa. Para hablar pulcramente hay que tener la lengua limpia y la casa aseada. Sólo así nuestro idioma puede conseguir esplendor o, más exactamente, resplandor.  

Juan Domingo Argüelles
Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Breve antología de poesía mexicana impúdica, procaz, satírica y burlesca (Océano, 2015), Dos siglos de poesía mexicana: el XIX y el XX (Océano/Gandhi, 2015), Un instante en  el paraíso: Antimanual para leer, comprender
y apreciar poesía (Universidad Autónoma de Aguascalientes/Laberinto Ediciones, 2016), El libro de los disparates: 500 barbarismos y desbarres que decimos y escribimos en español (Ediciones B, 2016), El último strike (UJAT/Laberinto Ediciones, 2016),
En la boca del lobo: La verdadera historia de Caperucita Roja (Fondo Editorial Estado de México, 2016),¿Qué leen los que no leen? (Océano, 2017, nueva edición definitiva), Antología esencial de la poesía mexicana (Océano/Sanborns, 2017), Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (Laberinto, nueva edición definitiva, 2018) y Las malas lenguas: Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas (Océano, 2018).

Modificado por última vez enJueves, 26 Abril 2018 03:49
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