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El poder, las causas, los intereses/ II Destacado

Durante los 18 años del panismo jalisciense, la coalición liderada por el ex rector mantuvo relaciones de tensión y conflicto con dicho gobierno. Durante los 18 años del panismo jalisciense, la coalición liderada por el ex rector mantuvo relaciones de tensión y conflicto con dicho gobierno. Especial

Parte I

Durante tres gubernaturas consecutivas (1995-2012), el contexto político jalisciense experimentó una profunda transformación simbólica y práctica, durante la cual nuevos conflictos, tensiones y equilibrios marcaron el territorio de los intercambios entre sus diversos actores y fuerzas. La U. de G., como otras universidades públicas en otros contextos estatales, es un grupo de interés y un grupo de poder al mismo tiempo, clave para entender la dinámica política estatal. Durante los 18 años del panismo jalisciense, la coalición padillista hegemónica  en  la U. de G. mantuvo relaciones de tensión y conflicto con los gobernadores panistas en turno, relaciones marcadas por la lucha entre dos legitimidades: la de gobiernos democráticamente electos, y la  de la autonomía política e institucional de la universidad, algo que Rollin Kent definió muy bien como “la disputa por la legitimidad” en el campo de la política y de las políticas de educación superior en Jalisco.


Desde la oposición política al oficialismo panista, RPL articuló una complicada y ecléctica red de alianzas con el PRI y con el PRD a nivel estatal y nacional, lo que le permitió tramitar sus intereses en ambos frentes, a través del impulso a candidaturas de funcionarios y diputados locales, federales y regidores municipales de origen universitario. Uno de los desenlaces de esa historia de tensiones fue conocido, dramático e inesperado: el suicidio de un exrector (Carlos Briseño) que fue seducido por los cantos de sirena del último gobernador panista (Emilio González), obsesionado por terminar con la carrera política de RPL y del “grupo universidad”, como el panismo y otras fuerzas políticas (y periodísticas) suelen caracterizar a la “coalición padillista”.
A lo largo de ese período de tensiones (poblado de múltiples anécdotas y  microhistorias políticas), el poder de RPL, paradójicamente, se fortaleció de manera significativa.  Las imágenes de cacique,  líder legítimo, político visionario, empresario universitario,  caudillo cultural, político astuto, se convirtieron en calificativos distribuidos heterogéneamente entre sus simpatizantes y detractores. Esos calificativos en sí mismos revelan la compleja caracterización que se puede hacer de RPL, de su trayectoria y representaciones, y de la comprensión del orden de lealtades que habita el corazón de las prácticas políticas en la U. de G. y en el régimen político jalisciense contemporáneo.   
De lo que no parece haber duda es que Padilla es un político profesional que ha construido un capital político propio en el campo de la gestión cultural, un político heterodoxo que ha edificado su reputación con los códigos propios de la política, no con los de la fe religiosa. Negociar, cabildear, intercambiar favores y apoyos, distribuir recursos, impulsar algunas ideas y fortalecer algunos intereses, vetar adversarios y construir o saber escoger a sus enemigos, forman parte de los hábitos, usos y costumbres que explican las prácticas y los reflejos de la política real del padillismo, como expresión local del más viejo de los oficios, una expresión alejada de la política imaginaria, rebelde a las prescripciones normativas o a la moralina politológica, y muy cercana a la epidermis dura de la política práctica de todos los días. Por ello, su incursión en la ligas de la política nacional durante una campaña electoral reñida y complicada es un riesgo personal, profesional y político para RPL, pues pondrá en evidencia sus límites, incertidumbres y capacidades.  Sería ingenuo o remoto suponer que esa decisión lo alejará de sus intereses políticos en Jalisco y en la U. de G. Lo que hará es hacer más compleja, y probablemente más interesante, la trayectoria política de Padilla y de las corrientes que le apoyan dentro y fuera de Jalisco. 
Tal vez la experiencia de RPL en el ámbito cultural y político jalisciense puede ser un componente novedoso para repensar, discutir y debatir la política cultural nacional. La propuesta de ocho ejes que él mismo presentó en la conferencia de prensa del 4 de abril, en la cual Anaya anunció su incorporación a la Coalición que encabeza, sintetizan una agenda ambiciosa para colocar a la cultura como parte central de un nuevo proyecto de desarrollo nacional. Esos ejes contemplan el fortalecimiento presupuestal al sector cultural, la reorganización (“reingeniería”) de la Secretaría de Cultura, el impulso a las industrias culturales, y nuevas formas de gobernanza y gestión en el sector cultural. Ya habrá oportunidad de conocer y comentar con más detalle los contenidos específicos de esas propuestas.

Adrián Acosta Silva
Investigador del Centro Universitario de Ciencias Económico Administrativas de la Universidad de Guadalajara.

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