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Retórica y pedagogía de un candidato Destacado

Pese a considerarse de Izquierda, el candidato presidencial de Morena siempre se ha catalogado como “juarista y guadalupano”. Pese a considerarse de Izquierda, el candidato presidencial de Morena siempre se ha catalogado como “juarista y guadalupano”. Especial

Pienses lo que pienses sobre la próxima elección presidencial en México, ha quedado claro algo. Para quienes no apoyan al candidato puntero en las encuestas se le ha expuesto como un personaje sin muchas ideas sobre cómo cambiar el país que pretende gobernar. Cuando se le pregunta sobre estrategias para ello, siempre tiene la misma respuesta: una consulta, un futuro consenso con expertos o su simple presencia en la silla presidencial será la solución. Para alguien que cree en la corrupción como el problema más grande de México, considerar que su elección basta para combatirla, parece algo ingenuo. Por decir lo menos. Y más cuando se ha rodeado de políticos con escándalos monumentales que han sido cobijados por él y por su partido. Algo que sus seguidores deciden ignorar.
Su fenómeno se ha comparado mucho con el de Donald Trump y es que hay notables similitudes: es inmune a las críticas, repite las mismas mentiras y conspiraciones hasta el cansancio, y puede hacer, literalmente lo que sea, y sus seguidores le encontrarán justificación. Cuando la prensa lo confronta con algo inadmisible, sus seguidores recurren a lo que en Estados Unidos llaman el whataboutism. Que es, la defensa típica de un seguidor cuando atacan a su ideología: pues sí es fallida, pero que hay de las fallas en la tuya. Que, honestamente, es una forma deficiente de enfrentar una verdad o postura contraria.


Sus seguidores lo admiran por decir lo que ellos asumen son “verdades impopulares”. Pero la gran mayoría de las veces, se trata de simples falsedades.
Y aquí lo importante es que encaja en una retórica, en la historia que está vendiendo: que se trata de un hombre lejano a la política, ajeno a la corrupción y atacado por la Mafia del Poder, el Estado oculto.
En un texto para The Guardian titulado La gran división de nuestros tiempos no es Izquierda vs Derecha sino Verdad vs Mentira, Jonathan Freedland habla sobre la “epistemología tribal en la que la veracidad o falsedad de una declaración de depende en si la persona haciéndola es considerada uno de nosotros o uno de ellos”.
De acuerdo al escritor David Roberts, “la información es evaluada basándose no en conformidad con estándares comunes de evidencia o correspondencia a un entendido común del mundo, sino en si soporta o no los valores de la tribu y es aprobada por sus líderes”.
El propio Freedland acepta que todos somos parciales a la comunicación. Pero cita el ejemplo de Scottie Nell Hughes, vocero de Trump, quien declaró que “la verdad, desafortunadamente, ya no existe”. Y eso sucede con López Obrador.
Pese a considerarse de Izquierda por alguna extraña razón, el candidato presidencial de Morena siempre se ha auto catalogado como “juarista y guadalupano”, una evidente contradicción. Su coordinador de campaña, afirmó en su cuenta de Twitter, tras perder la elección de su partido a la candidatura por la Ciudad de México, “que el mejor escudo para derrotar la adversidad son la familia y la fe en el creador”.
Al tomar posesión como candidato por el Partido Encuentro Social (PES), su dirigente, Hugo Eric Flores, le dijo: “Usted para nosotros es Caleb a punto de conquistar el Monte Hebrón”.
En su columna del 21 de febrero, Héctor de Mauleón escribió que “Entonces, el candidato de la izquierda mexicana no pudo contenerse y dejó aflorar lo que había tratado de ocultar a lo largo de seis años: su perfil religioso, de un autoritarismo sin límites, que le ha hecho rumiar en silencio, durante seis años, la idea de una Constitución qué le diga a la gente cómo actuar, qué pensar.
“Una Constitución moral en la que, para colmo del juarismo, todas las iglesias incluyan “preceptos que sean aceptados y respetados por todos’”.
Por su parte, Roger Bartra, el reconocido antropólogo, exmiembro del Partido Comunista y escritor, señaló recientemente que el candidato “ha dejado de ser de izquierdas, y más ahora que ha comenzado un viraje hacia posiciones cercanas al viejo PRI [Partido Revolucionario Institucional]. Es el PRI previo a [Miguel] de la Madrid, a [Carlos] Salinas… En cierto sentido es el peor PRI. Un partido autoritario y represivo que representa el antiguo régimen en su máxima expresión”.
López Obrador ha utilizado el descontento de la población para generar la ilusión de que él es lo opuesto de los políticos de siempre, que va a lograr que México crezca “a tasas del 7 por ciento anual, sin endeudamiento, inflación, ni devaluación de la moneda… que sin corrupción con un gobierno austero podremos sacar a México de la crisis económica, del malestar y la pobreza, de la espiral de inseguridad y violencia”.
Cuando se le pregunta cómo, su respuesta es simple: La fe: y sus seguidores basan su apoyo en el eso. En la fe. Cuando se le descalifica con hechos, él recurre a lo intangible, como lo hace la religión. Si se le señala por algo, hace lo mismo.
Lleva diciendo tres sexenios el mismo discurso porque su mente funciona así. Y de igual manera la de sus seguidores. Para sus seguidores (no son votantes, son eso: seguidores), no importa lo que se diga en su contra. Tienen fe en el castillo de naipes. Repite lo mismo una y otra vez porque así es la religión. Ni Ricardo Anaya ni José Antonio Meade tienen reputación intachable. Pero tampoco la tiene él, cómo lo ha demostrado a lo largo de su carrera, en particular estos últimos 11 años en los que no ha tenido un puesto público o de elección popular.
Y la fe tiene un principio esencial: nos deja desprovistos de raciocinio. Deja a un lado eso que nos hace seres pensantes y capaces de análisis y nos deja expuestos a la ignorancia, a dejar a un lado a los hechos.
Sí, México necesita un cambio pero pensar alguien sin propuestas claras pueda lograrlo, no parece algo lógico. Pero, de nuevo, su popularidad y arriago no se basan en la lógica: se basan en la fe.
Sus aliados, sus seguidores aseguran que las cosas van a cambiar con él, pero jamás han sabido explicar el CÓMO. Nadie, dentro de su partido o fuera de él, ha podido dar cuenta de sus políticas, porque simplemente no las tiene. Sus propuestas concretas son simbólicas, y están basadas más en el descontento que en logros: la venta del avión presidencial, las pensiones de ex presidentes, etc.
No hay nada en sus posturas que signifique un cambio a mediano o largo plazo. La intención de echar atrás las reformas se basa simplemente en clientelismos. No hubo tal gasolinazo: el gobierno dejó de subsidiar las gasolinas en su totalidad. Es todo. Ahora están sujetas al mercado. ¿O el gobierno tiene que pagar también la gasolina a sus ciudadanos? ¿Acaso a eso hemos llegado, a exigir eso?
Cuando habla sobre el dinero que se pierde con la corrupción, sus cálculos son echados abajo por las simples cuentas. Pero asumamos que está en lo correcto: ese dinero tenía un destino final, que era infraestructura, salud, programas sociales, etc. ¿Su plan es quitarle ese dinero a los beneficiarios? ¿O cómo planea resarcir esos presupuestos?
Es decir, sus propuestas son un castillo de naipes construido a base de la fe y la esperanza de que una sola persona es capaz de cambiar un país. Y eso es lo más peligroso de todo. Quienes se apegan a sus propuestas esperan que cambie las cosas. Pero no saben el cómo. Y ahí es donde entra la columna vertebral de su plataforma: la fe. Simple y llana fe.

Atacando los símbolos
Pese a todo ello, no podemos dejar de lado que se trata de un político sumamente astuto. Muy a la manera de Donald Trump, pretende ir sobre los logros de la presidencia de Enrique Peña Nieto, como lo hizo el candidato republicano con los logros Barack Obama.
Si bien con inversionistas, aseguró que la viabilidad del Nuevo Aeropuerto simplemente se analizaría, ya ha dicho abiertamente que una de sus primeras decisiones será su cancelación, favoreciendo la habilitación de la base aérea de Santa Lucía. Pero, como han probado expertos, se trata de una propuesta inviable.
El director internacional del Centro para el Desarrollo de Sistemas Avanzados para la Aviación, de la corporación Mitre, Bernardo Lisker, señaló que esta propuesta para tener dos aeropuertos en Ciudad de México carece de estudios aeronáuticos sobre la factibilidad en sus operaciones. Es decir, sus rutas, literalmente, chocarían. Pero él insiste en Santa Lucía.
En cuanto a la reforma energética, la vialidad y pertinencia de su propuesta “ha sido cuestionada tanto por los adversarios electorales como por expertos y analistas del sector energético. Las críticas van desde que la entrada de Pemex como competidor a un mercado de combustibles en ciernes podría acabar con las condiciones de libre mercado buscadas por la reforma energética, hasta la afirmación categórica de que la refinación no es un negocio productivo per se”, escribieron León A Martínez y Thamara Martínez Vargas.
Y sobre la reforma educativa, ha sido más tajante: en diciembre de 2017, en su natal Tabasco, “se comprometió con el magisterio nacional —incluidos maestros del SNTE y de la CNTE— que al triunfo del movimiento que encabeza se cancelará la mal llamada reforma educativa”.
“No se va a seguir humillando al magisterio nacional, se va a respetar a nuestras maestras y nuestros maestros que es por ellos que sabemos mucho o sabemos poco”.
Pero lo cierto es que expertos en la materia coinciden en que la implementación de la reforma educativa y sus derivaciones, rompieron un mecanismo básico de control y poder del viejo gremialismo sindical.
Sí, se trata de algo perfectible, pero su implementación es absolutamente necesaria para México a corto, mediano y largo plazo.
Y es que no basa sus políticas y propuestas en la lógica, sino en qué le sirve mejor a su ideología, a la fe que han puesto sus seguidores en él.
Las trampas de la fe radican en hacer creer a los fieles que si simplemente creen, las cosas cambian para bien. No importa si aquél al que seguimos tiene la capacidad o no de guiarnos por el sendero correcto. Sus fieles habrán de seguirlo no porque tengan certeza, propuestas viables o ideas claras. Lo hacen, simplemente, por eso: porque tienen fe.  

Salvador Medina

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