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Algo más de Las malas lenguas Destacado

Las figuras públicas suelen extender su ignorancia del idioma. Las figuras públicas suelen extender su ignorancia del idioma. Especial/ Ricardo Reyes

Vuelvo al tema de Las malas lenguas (Océano, 2018), mi más reciente libro, y comparto con los lectores de Campus otras reflexiones incluidas en el pró-logo. Extensión y complemento de mis libros Pelos en la lengua (2013) y El libro de los disparates (2016), Las malas lenguas recoge cientos de tonterías ni más ni menos graves que las incluidas en esos volúmenes; simplemente se trata de otras que se agregan a la muy larga lista de atropellos al idioma.
Podemos decir con corrección, aunque también con malsonancia, que alguien “se apendejó”, pues el verbo “apendejarse” es pronominal que significa “desprevenirse” o “tornarse pendejo” (“tonto, estúpido”). Ejemplo: Me apendejé y perdí el tren. Pero no debemos decir, en cambio, que alguien “se alentó” porque se tornó lento, pues “alentar” es un verbo transitivo que significa “animar o infundir aliento a alguien o algo” y, en su uso pronominal (“alentarse”), “darse ánimo”. Nada tienen que ver “alentar” y “alentarse” con hacer las cosas con lentitud o hacerse lento alguien o algo, es decir “lentificar” o “ralentizar”, verbos transitivos que significan “imprimir lentitud a alguna operación o proceso, disminuir su velocidad”.


Sin embargo, hoy los mejores maestros del peor idioma son quienes tienen un micrófono y, desde la radio y la televisión, la zurran diciendo cosas como las siguientes: “El partido se alentó en la segunda parte y ya no hubo más emociones”. Obviamente se trata de una futbolejada, y quien tal cosa dijo, para otros miles que le creen, quiso dar a entender que el partido se tornó lento y sin emociones. Esto ha hecho escuela, y ahora hay quienes afirman, por ejemplo, no en el futbol, sino en otro campo aun más amplio (el de los internautas), que “mi laptop se alenta cuando pongo algún juego”. Quiere decir el discípulo de los locutores del futbol que su computadora portátil se pone lenta, se lentifica, cuando descarga en ella un programa de juegos. Así hablamos hoy, y así escribimos.
¿Se puede “lucir” mal, muy mal o, lo que es peor, de la chingada? ¿Tiene sentido que alguien le diga a otro (o a otra): “luces de la chingada”? Aunque lo escuchemos todo el tiempo, nada de esto tiene sentido, ni lógico ni gramatical, pues el verbo intransitivo “lucir” significa, antes que cualquier cosa, “brillar, resplandecer; sobresalir, aventajar”. De ahí que uno pueda decir y escribir que alguien o algo “luce imponente” o “luce maravillosa”, pero no, por supuesto, que “luce horrible o espantosa”. Con un sentido lógico, ¡nadie puede “lucir” del carajo!, pues algo así no es “lucir”, sino por el contrario “no lucir” o “deslucir”. ¿Cómo podría alguien, entonces, “lucir de la chingada”?
El uso del idioma sin lógica, sin ortografía, sin la buena sintaxis que exige la semántica, sin pleno sentido gramatical, no sirve de mucho para expresarnos y hacernos entender; se presta a la confusión y nos impide la clara comunicación. Por ello es necesario que nuestro idioma sea preciso. Bien decía el sabio padre Ángel María Garibay que debemos hablar con propiedad y limpieza, pues “la lengua hablada es imagen y vehículo. Como habla uno, así piensa”. Por ello, “hablar limpio es pensar seguro”.
Se necesita leer muy bien, y buenos libros, para saber distinguir, en sus contextos, las diferencias que hay entre las expresiones “haz lo posible” y “hazlo posible” y entre “por venir” y “porvenir”. Ejemplos: Haz lo posible por venir; El porvenir puede ser maravilloso: hazlo posible. Y una frase puede significar cosas distintas, según se desee. Ejemplo: Ve más allá. Dependiendo del contexto y de la intencionalidad, podemos ir o ver más lejos, más profundo. “Ir” y “ver” son ideas contenidas en esta misma frase. Las personas distinguen las diferencias cuando leen a conciencia. Rosario Castellanos supo lo propio y lo dijo poéticamente, insuperablemente: “Y luego, ya madura, descubrí/ que la palabra tiene una virtud:/ si es exacta es letal/ como lo es un guante envenenado”. Así de exacta es la palabra, para que sepamos distinguir “ya madura” de “llama dura”. Quienes leen a los mejores escritores acaban sabiéndolo, pues no hay mejor manera de aprender a escribir que leyendo a los mejores escritores.
Se aprende a escribir escribiendo, pero sobre todo leyendo, y no leyendo cualquier cosa, sino a quienes saben escribir porque, por principio, saben leer. Es verdad que se aprende a dialogar dialogando, pero no menos cierto es que, para meter la cuchara en la conversación, también hay que aprender a escuchar (en silencio) lo que los otros dicen y no únicamente nuestro monólogo. Y, por cierto, no lo que dice cualquiera, sino lo que dicen los mejores. Así es, exactamente, el aprendizaje de nuestra lengua, hablada y escrita. Hay que escuchar (no únicamente oír) y hay que leer (leer realmente y no pasar las páginas al vuelo) a los más capaces y diestros en nuestro idioma.
Así como quien habla mal, piensa mal, también escribe mucho peor. Siendo la lengua un ente vivo y no un fósil, se renueva constantemente. Lo malo es echarla a perder con tonterías y barrabasadas, muchas de ellas calcadas de otros idiomas, y muy especialmente hoy del inglés, y del peor inglés de los peores angloparlantes, hoy también imitados por los peores y más serviles anglicistas y anglófilos. Aunque el préstamo léxico es natural en todas las lenguas, especialmente cuando nombran realidades hasta entonces ajenas a la lengua que adopta el préstamo, como muy bien lo advirtió José Manuel Blecua, cuando fue director de la Real Academia Española, “los anglicismos son hoy [y desde hace ya algunas décadas] un peligro para el castellano”. Esto se debe al prestigio que mucha gente hispanohablante descastada le atribuye al inglés, y al desprestigio y desprecio con el que trata su propia lengua. Es como tratar mal a la madre que nos parió e idolatrar a la madre de otros que, por lo demás, es despreciativa con la nuestra. Esto es exactamente lo que ocurre con los enfermos de anglicismo, con los anglicistas patológicos.
Lo más extraordinario es que justamente en el ámbito de la academia y de las profesiones, esto es de las carreras universitarias, es donde más se utilizan los anglicismos idiotas e innecesarios que minan, que socavan nuestro idioma: ¡en el ámbito que debería proteger, con mayor celo, el patrimonio cultural de la lengua! Que los estudiantes de licenciaturas y posgrados reciban becas y se vayan a estudiar a los países anglosajones, y que para esto deban aprender y usar el inglés, ello no debería implicar que se olviden de su madre y, lo que es peor, que la traten con las patas, es decir con patanería. Debe renovarse la lengua, y lo está haciendo constantemente, pero —lo enfatizaba el padre Garibay hace ya sesenta años— “no tomando modos ajenos, ni inventando al tuntún lo que cada uno quiera. Y si en otros campos la invasión es reprobable, mucho más en el de la lengua que es el medio de conservación de la cultura propia”.

El idioma es identidad nacional
Nuestra lengua es nuestro patrimonio cultural más valioso. Cuando hablamos y escribimos también pensamos, y si hablamos mal y escribimos mal, pensamos peor. El idioma, nuestro idioma, es identidad y pertenencia. Y si echamos basura en él es como ensuciar nuestra casa o, lo que es peor, nuestra boca. No le importa esto a mucha gente, pero que nos importe a nosotros: a los que deseamos tener la lengua limpia y el pensamiento ordenado, tal como nuestra casa, igual que nuestra cabeza.
En febrero de 2017, el Centro de Estudios Pew, con sede en Washington, dio a conocer los resultados de una investigación que realizó entre más de catorce mil ciudadanos de catorce países, mediante la cual se concluyó que el factor que más influye en la formación de la identidad nacional (por encima del país de nacimiento, las costumbres y las tradiciones) es el idioma. No deja de ser significativo que en España, arrasada cada vez más por el anglicismo, sólo el 62 por ciento de los entrevistados considera el factor lingüístico como el más importante, debajo del 84 por ciento de los holandeses, el 81 por ciento de los húngaros y los ingleses, el 79 por ciento de los alemanes, el 70 por ciento de los japoneses y los estadounidenses y el 69 por ciento de los australianos.
El mal uso del idioma obedece muchas veces a la ausencia de lógica y a la infeliz ignorancia. Más allá de quienes confunden un tsunami con un surimi y el sida con el VIH, si juzgamos por lo que leemos en internet, hay personas que creen, de veras, que pueden cumplir un compromiso el 31 de abril (o el 31 de junio, septiembre o noviembre) o bien el 30 de febrero; otras hay que suponen que se puede llegar por tierra a Australia, Cuba, Filipinas o Japón. Y las hay también que creen que existen palabras esdrújulas de dos sílabas. La cultura general y la lógica están extraviadas o de plano perdidas para muchas personas, y la educación escolar no ayuda mucho en esto.
Los cronistas radiofónicos y televisivos del futbol afirman, por ejemplo, que “el árbitro hace sonar su ocarina”. Pero qué ocarina ni qué ojo de hacha; lo que el árbitro hace sonar es un simple silbato, algo muy diferente a una ocarina. Dirán o pensarán los retóricos futboleros (metafóricos estáis) que se trata de un símil, pero en todo caso muy idiota, pues una “ocarina”, al igual que una flauta, produce sonidos dulces, es decir música, en tanto que un silbato produce silbidos o silbos, es decir sonidos o ruidos especialmente agudos o estridentes: ¡nada que ver con la música! La “ocarina” (del italiano ocarina), explica el diccionario, es el instrumento musical de timbre muy dulce y de forma ovoide “con ocho agujeros que modifican el sonido según se tapan con los dedos”. Pero bastó que un primer bruto dijera, ante un micrófono abierto a miles de oyentes y espectadores, que “el árbitro hizo sonar su ocarina”, para que esta idiotez en el español (mal) hablado, para que esta burrada, invadiera también la escritura de reporteros y cronistas del futbol en las publicaciones impresas. Lo que hace sonar el ár-
bitro es un elemental “silbato”. ¡Qué ocarina ni qué nada!
Otro ejemplo de tontería difundida al aire en México: un comentarista radiofónico que participa en un programa de deportes no sabe distinguir entre “amordazar” y “amarrar” o “atar”, pues dice lo siguiente, según él con mucho humor (además, repetido una y otra vez en el anuncio promocional del programa): “¡Me tienes aquí amordazado! ¿Por qué me traes, por qué me obligas a venir? ¡Yo no me dedico a los deportes!”. Quiso decir, en broma, como un mal chiste, que a ese programa lo llevan “atado”, a la fuerza, obligado, ¡pero no por cierto “amordazado”!, pues si estuviera realmente “amordazado” no podría hablar, no podría decir al aire sus malos chascarrillos. Lo que ocurre es que él es de los que creen, al igual que los reporteros de nota roja, que a la gente se le puede “amordazar de pies y manos”, y todo porque no saben que el sustantivo “mordaza” viene del verbo “morder” y que es el “objeto que se pone en la boca para impedir hablar”. La mordaza no puede ir en los pies ni en las manos ni en las nalgas. Únicamente en la boca, puesto que es “mordaza”.


Estragos de la ignorancia
La radio y la televisión e internet, por sus amplísimos alcances e influencias, son los medios que más daño causan al idioma cuando difunden barrabasadas que otros repiten. Pero también las publicaciones impresas (diarios, revistas, libros) dejan, cada vez más, mucho que desear. Todos sabemos que los muertos no cumplen años, pero leemos en los periódicos informaciones como la siguiente: “Frank Sinatra cumple hoy, 12 de diciembre, 100 años de nacido” o, peor aún: “Frank Sinatra cumple 100 años”. No, no los cumple ni los cumplió: dejó de cumplirlos cuando se murió. Con entera razón, el editor Mario Muchnik lamenta “el empobrecimiento lento e imparable de la lengua castellana, cuya culpa recae por entero en los medios de comunicación de masas, la tele y la prensa” y advierte que “los políticos suelen acuñar barrabasadas que, en caracteres de molde o flotando en las ondas hertzianas, penetran en las tiernas mentecitas del público hasta ganar una aceptación inmerecida”. Mucho antes, en 1962, Jorge Luis Borges dijo, para el caso de Argentina: “Si La Nación y La Prensa prohibieran a sus cronistas decir ‘el titular de la cartera’ por ‘el ministro’, ‘el primer mandatario’ por ‘el presidente’... en seis meses mejoraría el idioma”.
El uso del español cada vez es más equívoco y a muy poca gente le sorprende esto porque se ha acostumbrado a que el absurdo sea la regla. Hoy, en los aviones, las empresas aéreas ponen a decir lo siguiente a los pilotos al final del viaje: “Deseamos que haya disfrutado el vuelo y que todo haya sido placentero”. Se necesita ser muy caradura para expresar semejante tontería. Los vuelos, casi invariablemente, salen tarde, la espera es tediosa cuando no desesperante, y ya en el avión no hay atenciones, sino desatenciones. Y este lugar común que utilizan todas las líneas aéreas en el sentido de disfrutar el vuelo y que todo haya sido placentero lo emplean incluso las empresas particularmente desatentas, morosas y que cobran aparte al pasajero lo mismo por una maletita rodante que por un vaso de agua. Hemos perdido el verdadero significado de las palabras. El verbo transitivo “disfrutar” (gozar el fruto) significa “percibir o gozar los productos y utilidades de algo” y “gozar, sentir placer”. El adjetivo “placentero” se aplica a lo “agradable, apacible, alegre”. ¿Quién podría decir, realmente, que “disfruta” el vuelo y que todo en el avión es grato, apacible y alegre? Sólo alguien que haya viajado todo el tiempo borracho.
Una escuela de idiomas se anuncia del siguiente modo: “ESTUDIE CON NOSOTROS Y SEA EXPERTO EN INGLES”. En su anuncio no pone la tilde que, en español, exige la palabra aguda terminada en “s”: INGLÉS. Lo cierto es que una cosa es ser experto en ingles y otra muy distinta ser experto en inglés. Para ser experto en “ingles” (plural del sustantivo que significa “parte del cuerpo en que se junta el muslo con el vientre”) no se requiere dominar el idioma de Dickens.
Otros casos patéticos son los de las personas denominadas “figuras públicas” que, por ser muy conocidas y lenguaraces, pueden extender su ignorancia entre quienes las escuchan o las leen. Vicente Fox Quesada, profesor de altos estudios en gramática y ortografía, asegura que las MAYÚSCULAS no llevan acentos y, por ello, escribe “CARNE” en lugar de “CARNÉ”, “ESPECTACULO” en lugar de “ESPECTÁCULO”, “TOMATE” en lugar de “TÓMATE” y “REVOLVER” en lugar de “REVÓLVER”, entre otras muchas anfibologías. Y tiene alumnos aventajados que no sólo le creen sino que lo admiran. Por su parte, el futbolista Javier El Chicharito Hernández piensa que ni siquiera son necesarios los acentos o las tildes en las minúsculas, pues envió el siguiente tuit de carácter anfibológico: “Me toco solo en el cuarto”. He aquí el presente de indicativo del verbo pronominal “tocarse”: yo me toco, tú te tocas, él se toca, nosotros nos tocamos, ustedes se tocan, ellos se tocan. Lo que dijo, y que todo lector entendió perfectamente, es que, en su soledad o cuando está solo, en el cuarto, se toca (adivinen qué). Muy distinto es decir: “Me tocó [en suerte estar] solo en el cuarto”, con la tilde de rigor en el pretérito. Esto revela los estragos que ocasiona la ignorancia del idioma, desde el ex presidente del país hasta el más famoso futbolista de México. En internet, un avispado lector sentenció: “las tildes sí importan”, y ejemplificó: “No es lo mismo Me toco el nabo por la mañana que Me tocó el nabo por la mañana”. Es imposible contradecirlo.
Hoy, y no sólo en México, hasta las instituciones públicas maltratan el idioma en forma reiterada. Así la ciudad de México pasó a ser, oficialmente, Ciudad de México y terminó en un logotipo ilegible e impronunciable de marca registrada: “CDMX”, y en la Universidad Nacional Autónoma de México (la UNAM) se pretende que CU se pronuncie “ceú” cuando es del todo obvio que esa sílaba sólo la podemos leer, en español, como “ku”, a menos que se le impongan los puntos de rigor: C. U. (representación gráfica de “ciudad universitaria”) que separan una letra de otra, y, con ello, los nombres de dos letras del alfabeto: “ce” y “u”. ¿Pero qué se puede esperar si otra institución del gobierno, el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS, por sus siglas), lanzó un programa con la aberración “CHKT” como equivalente a “chécate”, imperativo del mexicanismo pronominal “checarse” (en España, “chequearse”)? Hoy, en las instituciones públicas, el uso del idioma lo determinan los cultísimos “creativos publicitarios”, a quienes los gobiernos les pagan un dineral para hacer gruñir a la gente.

Juan Domingo Argüelles
Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Breve antología de poesía mexicana impúdica, procaz, satírica y burlesca (Océano, 2015), Dos siglos de poesía mexicana: el XIX y el XX (Océano/Gandhi, 2015), Un instante en  el paraíso: Antimanual para leer, comprender
y apreciar poesía (Universidad Autónoma de Aguascalientes/Laberinto Ediciones, 2016), El libro de los disparates: 500 barbarismos y desbarres que decimos y escribimos en español (Ediciones B, 2016), El último strike (UJAT/Laberinto Ediciones, 2016),
En la boca del lobo: La verdadera historia de Caperucita Roja (Fondo Editorial Estado de México, 2016),¿Qué leen los que no leen? (Océano, 2017, nueva edición definitiva), Antología esencial de la poesía mexicana (Océano/Sanborns, 2017), Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (Laberinto, nueva edición definitiva, 2018) y Las malas lenguas: Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas (Océano, 2018).

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