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Leer y estudiar son verbos diferentes Destacado

Leer con placer es un gusto adquirido por el contagio que causa ver a nuestros padres o amigos haciéndolo Leer con placer es un gusto adquirido por el contagio que causa ver a nuestros padres o amigos haciéndolo Especial/ Ricardo Reyes

Cuando se habla de promover y fomentar la lectura, hay dos cosas que, asombrosamente, suelen perderse de vista: los conceptos mismos de promover y fomentar. Según define estos verbos María Moliner, promover es activar una acción o producir cierto suceso que lleva en sí agitación o movimiento, y fomentar es dar a una cosa calor natural o templado que la vivifique o anime: puede ser sinónimo de avivar (en el sentido de hacer más viva una cosa), pero también, y básicamente, de dar vida a algo. El ejemplo que pone Moliner es excelente: la gallina fomenta los huevos, es decir les da su calor, para que se desarrollen los embriones y eclosionen los polluelos.
No pocas veces he preguntado a personas que se dedican a promover y fomentar la lectura el significado de estas dos acciones, y no las saben definir del todo, o simplemente no las saben, porque, en general, se habla tanto de “promover y fomentar la lectura” (desde las burocracias y los programas educativos institucionales) que estos dos verbos han perdido incluso su significación y su peso: se han convertido en “objetivos” abstractos que, en los programas oficiales, corresponden a muy pálidas y desfiguradas “acciones”.
Si por princi

pio no definimos, con precisión, qué es lo que queremos hacer, es absurdo plantearnos de qué forma lo vamos a realizar. En los programas burocráticos, a esto —indefinido—, que no se sabe qué es pero que se va a hacer, se le llama “estrategia”. Y de disparatadas estrategias están llenos los programas y las campañas de lectura que no saben a dónde van ni, por supuesto, qué quieren hacer pero que, invariablemente, establecen indicadores y metas, para medir y alcanzar lo que no saben que van a hacer.
Así han sido las políticas de lectura en México desde hace, al menos, cuatro décadas, cuando el entonces presidente José López Portillo, en 1979, decretó el 12 de noviembre como Día Nacional del Libro, y estableció que “el 12 de noviembre será dedicado a la divulgación del libro, a nivel nacional, considerando que la educación dentro del proceso de desarrollo del país es prioritaria”.
Desde entonces ya se hablaba de la necesidad de conseguir una población lectora. Y desde entonces, y aun antes, desde el Año Internacional del Libro, establecido por la Unesco en 1972 (en el que nuestro país participó), se hablaba de “formular nuevos objetivos para el incremento de la lectura”, en el entendido de que “una sociedad que lee es una sociedad más educada y con un mayor desarrollo cultural”. Se enfatizaba ya la necesidad de elaborar planes y programas para “desarrollar el hábito de la lectura y el fomento del libro”.
En México, lo más parecido al fomento y a la promoción de la lectura es lo que hace, exitosamente, desde hace muchos años, el Programa Nacional de Salas de Lectura, con un amplio voluntariado. Lo seguirá siendo, y haciendo, en tanto no se burocratice y se ponga a los voluntarios a llenar formatos de seguimiento y cumplimiento de “metas” convirtiendo a los voluntarios en empleados públicos. Los voluntarios promueven y fomentan el libro y la lectura (es decir, hacen que suceda la lectura y prestan calor al nacimiento de nuevos lectores) por pasión, no por el cumplimiento de metas ni por la elevación de los índices de lectura.
Pero esto es insuficiente, porque la escuela no hace casi nada por la lectura placentera (que es especialmente la que hay que promover y fomentar), ya que todo en el ámbito escolar se entiende como “tarea” y conspira contra el placer. Y esto no es para nada nuevo. En 2009 le pregunté a Carlos Monsiváis lo siguiente: ¿hubo algún profesor que haya contribuido a que tú leyeras?, y esto es lo que me respondió: “No. Me temo que no. La atmósfera misma, sí, porque no era todavía la atmósfera del resentimiento antiintelectual que luego se produce, ni era todavía la masificación, pero no tuve un profesor que fuera a la vez un lector que me haya animado a seguir leyendo. Eso para nada”.
Esto quiere decir que el lector Carlos Monsiváis no se hizo en la escuela, sino en el círculo de amigos (José Emilio Pacheco, Sergio Pitol, Elena Poniatowska, etcétera) y en el hogar, donde, según comenta, se leía la Biblia como reafirmación de la vida cotidiana, como un acto de todos los días en la belleza y profundidad del idioma.
Al preguntarle a Monsiváis si consideraba, entonces, que la escuela había fallado en la tarea de propiciar el gusto por la lectura, sentenció: “No es que haya fallado, lo que sucede es que nunca la ha impulsado. No ha fallado en el sentido de que alguna vez quisiera impulsarla y no supiese los métodos conducentes; lo que pasa es que nunca lo ha intentado”, y esta ausencia incluso del intento la atribuyó “a la burocratización de la enseñanza, a la decisión de no ver en los maestros a personas con un desarrollo necesario culturalmente hablando, a sujetarlo todo a un proceso de hecho industrial donde los maestros son capataces del conocimiento y no formadores en el sentido digamos clásico que, por otra parte, tampoco se ha dado en México”.
El corolario de Monsiváis no puede ser más deprimente ni más exacto: “Basta leer las crónicas de Altamirano para percibir hasta qué punto no ha habido nunca un verdadero aprecio por el maestro, y esa reducción salvaje del maestro a sus mínimas posibilidades en el siglo XIX tiene un momento de cambio con todo el espíritu de las misiones culturales y educativas, pero dura muy poco y en ese lapso no se consigue fomentar el culto a la lectura. José Vasconcelos lo intenta y lo intenta también Jaime Torres Bodet, pero el proyecto no cuaja”.
¿Qué hacer? Es la pregunta. Hay que detectar a los profesores con vocación lectora y con entusiasmo por compartir esa vocación e iniciar con ellos un programa piloto; hay que involucrar a los profesores, alumnos y padres de familia ―sin obligarlos― en círculos de lectura; hay que hacer un programa con escritores y divulgadores (de todos los géneros) para que éstos compartan con los alumnos el gusto de leer y la pasión de escribir, hay que conseguir que los profesores no incluyan la lectura entre las tareas obligatorias e inflexibles, sino que lean y compartan, en las aulas, la lectura con sus alumnos; hay que buscar, en fin, mecanismos cordiales e imaginativos que promuevan y fomenten la lectura en el ámbito escolar más allá de los programas curriculares.

La lectura instrumental
La escuela, en México, sigue siendo una gran isla refractaria a todo lo placentero. El aire fresco no ha entrado aún en el sistema educativo. La burocracia educativa todavía no ha entendido que todo programa de lectura está destinado al fracaso, o a un éxito muy pequeño, mientras no sepa distinguir entre leer y estudiar. Para estudiar es sin duda necesario leer, pero a esta lectura se le denomina “instrumental” porque está destinada a un fin práctico. Leer es otra cosa: es realizar un ejercicio intelectual y emocional sin que medie ningún propósito utilitario; es disfrutar de una capacidad potencial que posee toda persona alfabetizada y que mucha gente no realiza porque la escuela le enseñó que únicamente se lee para cumplir con la tarea y presentar exámenes.
México es un país de discursos. Discursos que la realidad contradice. Se puede hablar, con mucho ahínco y estruendo, de los derechos de la mujer y, al mismo tiempo, castigar a las mujeres que denuncian el acoso sexual al que son sometidas por sus jefes no sólo en las empresas privadas sino, especialmente, en las instituciones públicas; y para castigarlas, por atreverse a denunciar, son utilizadas otras mujeres que las asedian y colaboran con el abuso del poder patriarcal, a fin de no perder su empleo. Es sólo un ejemplo.
Los discursos sobre la lectura son, igualmente, abundantes, estruendosos y de muy buena labia, pero, al mismo tiempo, monolíticos e incongruentes. Desde hace décadas, en México, funcionan para enaltecer, desde las instituciones públicas y las fundaciones culturales privadas, el carácter noble del pensamiento, el saber y las ideas, pero no van ni ven más allá del propio discurso.
Ir y ver más allá implicaría montar esos discursos sobre sólidas estructuras funcionales y programas expresos que realmente contribuyeran a hacer de la lectura y de la escritura dos experiencias cotidianas formativas no sólo en lo escolar, sino sobre todo en lo escolar y en lo ciudadano. Hoy los programas gubernamentales y de la empresa privada se quedan en buenas intenciones cuando no en ejercicios cínicos, como es el hecho de presuntamente promover la lectura de libros a través de las empresas televisoras que se encargan todo el tiempo de socavar el pensamiento crítico de los televidentes.
Todo el tiempo es lo mismo. Un discurso “beato” sobre la lectura, diría Gabriel Zaid, y un ejercicio contrario a lo que se pregona. Un discurso oficial sobre la lectura que viene desde hace medio siglo al menos y que no difiere mucho de otro de hace una semana. Es lo mismo y es igual porque lo que importa es el discurso, no la lectura ni su presunto propósito.
El analfabetismo funcional universitario, que existe de manera amplísima en nuestro país, es la consecuencia de todo lo que se ha dejado de hacer por la lectura en los niveles previos de la educación: desde preescolar hasta el bachillerato, pasando por el ciclo básico y por la secundaria. Los universitarios, obviamente alfabetizados, carecen en un alto porcentaje del gusto por la lectura y del dominio de la escritura. Los hay que ya no quieren leer sino mensajes de texto. Son los que, en realidad, siempre quisieron deshacerse de los libros, y los medios digitales les brindaron esa calva oportunidad. Un artículo de cuatro páginas les parece muy largo, excesivamente cansado, pero recuerdo que lo mismo les sucedía a algunos de mis compañeros ¡en la carrera de Letras! cuando los profesores incluían, entre las tareas, la lectura de “libros gordísimo” (así los llamaban ellos) ¡de 300 páginas! Siempre me intrigó el motivo por el cual fueron a dar la carrera de Letras. Quizá sólo para tener una carrera universitaria y, como eran pésimos para la química, las matemáticas, la física, etcétera, y no tenían vocación para la medicina o la abogacía, pensaron que un buen lugar para perder el tiempo (¡sin hacer nada!) era la universidad y, más exactamente, esa nebulosa carrera llamada Letras.
No deja de ser irónico que un escritor autodidacto, como lo fue Juan José Arreola, quien, pese a su condición autodidacta (es decir, no profesional), fue profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, haya hecho en La palabra educación una defensa tan plena de esa institución milenaria llamada universidad (desde la de Bolonia y Oxford), acerca de la cual afirmó: “El egresado de la universidad ostenta uno de los deberes más altos que existen: difundir en torno suyo no solamente los conocimientos que adquirió, sino los valores humanos que en él se han desarrollado, a partir de su propósito inicial de adopción a la comunidad del saber”.
Y con excelente humor no exento de verdad advirtió, refiriéndose a la universidad pública: “La universidad no atrae solamente a los que quieren “ennoblecerse” con un título profesional, sino a una multitud de ociosos que vienen a divertirse en el más grande y barato lugar de esparcimiento del país”. Mucho de esto sabía Arreola, pues desde las aulas de las facultades de Filosofía y Letras y de Derecho, de la UNAM, se podía (y aún se puede) apreciar a esa multitud en las denominadas “islas” siempre de fiesta.

Leer más allá del deber escolar
Si tuviéramos que hablar de un “problema de lectura” en México, tendríamos que señalar el de los universitarios incapacitados para el dominio de la cultura escrita: muchos de ellos son incluso incapaces de escribir el resumen de un libro. Al comentar la Encuesta nacional de lectura del 2006 en México, ante los resultados desalentadores o, más bien, desoladores, Gabriel Zaid sentenció: “Un aspecto interesante de la encuesta es que muestra claramente que el interés (o desinterés) de los padres en la lectura se reproduce en los hijos. Habría que medir esto, no sólo en los hogares, sino en las escuelas y universidades. Una encuesta centrada en el mundo escolar y universitario mostraría que los maestros no leen, y que su falta de interés se reproduce en los alumnos, por lo cual multiplicar el gasto en escuelas y universidades sirvió para multiplicar a los graduados que no leen”.
Es sobre todo con la ampliación de públicos lectores y creadores de textos que la educación puede adquirir un sentido más pleno. De otro modo seguiremos asociando las prácticas de leer y escribir al exclusivo dominio de los deberes escolares. Lo cierto es que la autonomía de los lectores es la que conseguirá elevar no sólo el índice de lectura nacional, sino también el nivel de la educación en nuestro país. Y nada de esto será posible mediante la coacción, sino a través de mecanismos lógicos, coherentes y gentiles en donde la cultura escrita esté plenamente integrada a la vida cotidiana y a la realidad y no separada de las demás capacidades de las personas.
Hablar de la lectura es hablar también de la realidad, y hablar de la realidad es situarnos, especialmente, en la realidad nacional. Los conceptos generales sobre lectura son importantes, porque dan amplitud a nuestro ejercicio de reflexión, pero si únicamente bordeamos en esa generalidad, y nunca profundizamos en nuestra concreta realidad, perdemos la oportunidad de atender a nuestra propia circunstancia. La lectura es un amplísimo universo; la lectura en México reduce el universo pero puede ampliar, para nosotros, la comprensión.
En mi arrogancia juvenil llegué a creer que mis reflexiones sobre la lectura pertenecían a la actividad de un escritor que se interesaba por su oficio. Hoy, ya lejos de esa arrogancia por fortuna, tengo la seguridad de que mis reflexiones sobre este tema pertenecen a las de un lector que escribe y no a las de un escritor que lee. Esto soy: especialmente, principalmente, un lector. Escribir es un accidente (como lo es cualquier vocación); leer, en cambio, es una necesidad que debería satisfacerse en todas las personas.
En realidad, el gusto por la lectura, la pasión por la lectura y lo que muchos llaman (inexactamente) el hábito de la lectura (que puede ser tal, pero que no necesariamente se vincula al placer) se transmiten de persona a persona por medio del contagio viral incurable y no mediante spots edificantes y simulacros de 20 minutos. El entorno es, en este sentido, decisivo, mucho más que cualquier propaganda, pues el principio de todo aprendizaje es, en esencia, la emulación. (El ambiente de lectura prohíja lectura, el ambiente de deporte favorece el deporte, el ambiente criminal incentiva el crimen.)
Además, el placer de leer, el gusto de saber, el gozo de conocer mediante el uso cotidiano de la cultura escrita, poco o nada tienen que ver con un propósito pragmático mediato o inmediato como adquirir un mayor vocabulario (típico argumento de profesores) o un mayor desenvolvimiento para obtener un mejor empleo con una mejor remuneración (típico argumento de empresarios).
En uno de los excelentes ensayos de su libro Dinero para la cultura, Gabriel Zaid explica: “El vicio de leer se contagia de padres a hijos, entre compañeros y amigos, de maestros a discípulos, de unos grupos sociales a otros, de una generación a la siguiente. Ver a una persona desconectada de la realidad y absorta en el trance de leer, escuchar que habla con felicidad de su experiencia, saber que secretamente alguien lee, despiertan la curiosidad, la emulación, el deseo de participar en la aventura, de pertenecer a ese mundo. Tiene el prestigio de lo aventurado y distinto. Conduce a leer por gusto, aunque al principio no guste (como sucede con las primeras experiencias de fumar). Es un gusto adquirido por contagio, que se va refinando por exploraciones propias y la conversación con otros lectores”.
En pocas palabras, el contagio de la lectura es, como concluye Zaid, “una tradición de lector a lector” que no se puede conseguir con propaganda ni tampoco con publicidad, o con la conjugación de ambas. Nadie sale corriendo a una librería o a una biblioteca nada más porque escuchó un spot o vio y leyó un mensaje acerca de lo muy divertido que es leer, emitido por una figura mediática del espectáculo. Quienes leen y saben de lectura, quienes tienen a la lectura como una de sus necesidades, saben perfectamente que no es así como se llega a los libros y al gusto de leer. Y lo saben por propia experiencia. No importa cuántas veces te digan (te insistan) que debes leer; lo que realmente importa es quién te lo dice (un lector, por supuesto) y cómo te lo dice: con sinceridad, con entusiasmo y, por supuesto, con la autoridad del ejemplo.  

Juan Domingo Argüelles
Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Breve antología de poesía mexicana impúdica, procaz, satírica y burlesca (Océano, 2015), Dos siglos de poesía mexicana: el XIX y el XX (Océano/Gandhi, 2015), Un instante en  el paraíso: Antimanual para leer, comprender
y apreciar poesía (Universidad Autónoma de Aguascalientes/Laberinto Ediciones, 2016), El libro de los disparates: 500 barbarismos y desbarres que decimos y escribimos en español (Ediciones B, 2016), El último strike (UJAT/Laberinto Ediciones, 2016),
En la boca del lobo: La verdadera historia de Caperucita Roja (Fondo Editorial Estado de México, 2016),¿Qué leen los que no leen? (Océano, 2017, nueva edición definitiva), Antología esencial de la poesía mexicana (Océano/Sanborns, 2017), Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (Laberinto, nueva edición definitiva, 2018) y Las malas lenguas: Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas (Océano, 2018).

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