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La imaginería estética de Chucho Reyes Destacado

El pintor Jesús Reyes Ferreira (1880-1977), creador autodidacta y tenaz. El pintor Jesús Reyes Ferreira (1880-1977), creador autodidacta y tenaz. Especial

A mi muy querida amiga Iris Santacruz Fabila

Mejor conocido como Chucho Reyes y considerado una de las personalidades artísticas más originales de la plástica mexicana del siglo XX, Jesús Reyes Ferreira (Guadalajara, 1880-Ciudad de México 1977) fue un creador a la vez autodidacta y tenaz. Aprendiz en un taller litográfico, se emplearía más tarde en la Casa Pellandini, una famosa tienda de su natal Guadalajara que importaba de Italia materiales de arte, grabado y figuras, y donde por otra parte entró en contacto con la decoración de aparadores que tanta fortuna le traería. Así se iría gestando el gran coleccionista, el creador de historias y personajes mágicos, aquel seductor personaje casi emanado de una narración garciamarcesca.


Asociado con un amigo para comprar maderas finas con las cuales fabricaban muebles para vender, al mismo tiempo que empezaba a practicar su afición de coleccionista de objetos antiguos, este siempre inquieto artista tapatío llegó a tener como una de sus más extrañas prácticas el amortajar cuerpos de personas conocidas. Excéntrico oficio por el que “cobraba con alguna pieza de su interés”, se sabe que entre las personalidades que más respetaba y admiraba tuvo entre sus manos a su paisano José Clemente Orozco, en una cercana experiencia con la muerte que pasaría a formar parte de su acervo imaginario y por supuesto de su estética.
Ya independizado acondicionó una tienda de antigüedades donde vendía tanto piezas de origen europeo como figuras de arte popular, en una sincera afición que a la postre lo convertiría en uno de los primeros en resaltar el valor y el gusto por lo auténticamente mexicano, dentro de una sociedad orientada entonces todavía hacia lo extranjero. Es más, gracias al florecimiento cultural de Guadalajara por ese entonces, en su casa de antigüedades se reunían artistas como el Dr. Atl, Montenegro, Orozco, Guerrero Galván, Orozco Romero, Anguiano y Soriano, en un ambiente que mucho los influiría a tomar los pinceles con mayor deleite y a echar a volar sus propios temas e inquietudes artísticas.
Creador de un arte auténtico y original, Chucho Reyes pintó sus primeros papeles de china con el fin de utilizarlos para envolver las antigüedades que compraban sus clientes, hasta que estos “papeles” cobraron un valor estético por sí mismos y comenzaron a pagar por ellos. De una maduración artística más bien lenta, otro dato no menos curioso es que hasta 1938 dejó su natal Guadalajara y se trasladó a la ciudad de México, y precisamente a partir de entonces, cuando contaba ya con 58 años de edad, empezaría a producir el 85% del grueso de su obra. Ya en la capital, compró y decoró una casa en la calle de Milán, en la colonia Juárez, que convirtió también en su taller y habitó hasta su muerte.
Chucho Reyes nunca utilizó el caballete, ya que pintaba sobre una mesa en la cual desplegaba sus papeles de china de todos colores; tomaba los pinceles a mediana distancia (después de haber preparado personalmente sus tintas, pues utilizaba sus propias composiciones y mezclas) y desarrollaba el temple con verdadera maestría. Empleaba pliegos de papel de china importados, hechos a base de arroz y con una cama de seda; en ellos colocaba sus mezclas de pintura, algunas veces con clara de huevo, a través de una técnica de craquelado a la cual se le puede atribuir su buena resistencia.
Más conocido por unos temas que por otros, su siempre vigorosa y sugestiva obra está poblada, entre otros seres, por gallos, caballos, ángeles, muertos, cristos, calaveras. Sus calaveras, por ejemplo, nos recuerdan el sentido sarcástico que José Guadalupe Posada imprimió a los espectros, si bien las muertes de Chucho Reyes carecen del sentido revolucionario del artista hidrocálido y se enriquecen más bien por su carácter festivo y popular, más en la línea mágica de pintoras extraordinarias como María Izquierdo, Remedios Varo o Leonora Carrington.
La maestría de este notable ilusionista jalisciense fue reconocida por figuras de la talla de Luis Barragán, Mathias Goeritz, Juan Soriano, Paul Westheim y Octavio Paz, a la par de que artistas relevantes del arte universal como Picasso y Chagall admiraron la fuerza inventiva y el colorido de su pintura. Entre sus amigos arquitectos con los que intercambió interesantes ideas sobre decoración urbana, caso especialmente trascedente fue Barragán, con quien trabajó de cerca en el desarrollo del proyecto de urbanización del Pedregal de San Ángel, en una provechosa complicidad donde el mundialmente reconocido arquitecto también tapatío siempre reconoció la persistente influencia del colorido universo de la obra de su entrañable amigo.
A partir de los años 50 se podría decir que Chucho Reyes inició su etapa de madurez creativa, manifestando su peculiar gusto por las texturas y los empastes, por las curvas que producen movimiento y un sentido del equilibrio que surge de manera espontánea. En obras posteriores se puede apreciar la aplicación de polvo de oro en un intento por provocar un nuevo efecto visual, igualmente mágico e ilusorio, poético, tal y como lo había hecho en su plástica el por él tan admirado Klimt. He ahí al inefable lírico de la acuerela, del guach, de la tinta, del lápiz.
Artista de lenta decantación, no menos curioso resulta que un creador de su envergadura haya hecho su primer viaje a Europa hasta los 87 años de edad, y uno después, ya casi nonagenario, al Medio Oriente. Chucho Reyes compartió con mucha gente sus observaciones estéticas, y quizá muchos de los nuevos planteamientos de la arquitectura, la decoración y la pintura mexicana tuvieron cabida dentro del cosmos que contuvo el talento visionario de un artista tan singular como influyente en el curso del arte mexicano del siglo XX. Su estatura crece con el paso de los años.
Bien valió la pena ir a disfrutar y admirar la copisa y exhaustiva exposición Chucho Reyes: La fiesta del color (como precisamente se llama uno de sus más famosos telones por supuesto en papel de china) en el Palacio de Bellas Artes, quizá una de las más completas y panorámicas muestras para poder reconocer la maravillosa obra de este gran artista mexicano y universal. Hace unos años vimos una más que introductoria exhibición ofrecida por la Fundación “Luis Barragán” que conserva cerca de 200 piezas que Chucho le obsequió en vida a su dilecto amigo y paisano, pero la ahora ofrecida por el INBA pudo acceder a otros importantes acervos y coleccionistas, y así presentar un rostro más completo de quien muy bien supo además traducir a la plástica buena parte de las más entrañables manifestaciones de nuestro rico imaginario colectivo que hace de México un país de variada e inconfundible riqueza cultural.

Mario Saavedra

Ensayista

Modificado por última vez enJueves, 07 Junio 2018 00:27
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