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El sarcasmo ante un mundo sin valores: Una entrevista recuperada con Sergio Pitol Destacado

El sarcasmo ante un mundo sin valores: Una entrevista recuperada con Sergio Pitol Especial

Hace ya casi tres décadas, en febrero de 1989, tuve el privilegio de entrevistar al gran escritor mexicano Sergio Pitol (1933-2018), fallecido el 12 de abril del presente. En estos días que se le rinde, póstumamente, un más que merecido homenaje nacional, recupero dicha entrevista muy reveladora de su vocación y su ejercicio literario. Autor de libros de cuentos, ensayos y novelas de primer orden en la literatura de lengua española, sus obras fueron traducidas a múltiples idiomas, y mereció diversos reconocimientos nacionales e internacionales, entre ellos el Premio Xavier Villaurrutia, el Premio Nacional de Letras, el Premio Internacional Juan Rulfo, el Premio Internacional Alfonso Reyes y el Premio Miguel de Cervantes, máximo galardón que se entrega a un escritor de lengua española. Fue también un traductor espléndido que divulgó en español a los mejores autores, en una colección ya emblemática de la Universidad Veracruzana (“Sergio Pitol Traductor”). Conversé con él cuando, después de varias décadas de vivir en el extranjero, retornó definitivamente a México. He aquí la entrevista.


Después de persistentes viajes y largas estancias en el extranjero, parece ser que Sergio Pitol ha regresado a México para quedarse. Escritor atípico en la literatura mexicana, Sergio Pitol trae una nueva novela que ya ha sido saludada con entusiasmo por la crítica y los lectores españoles: Domar a la divina garza (Barcelona, 1988). Varios de sus quince libros (entre colecciones de cuentos, ensayos y novelas), han sido traducidos al inglés, francés, italiano, alemán ruso, polaco y húngaro.
Traductor él mismo de Ché-jov, Conrad, James, Austen, Gombrowicz, Firbank, Pilniak, Zeronmsky, Brandys y Andrezjewski, entre otros grandes autores, Sergio Pitol es el introductor en México de una literatura que hasta antes de sus traducciones carecía de lectores en nuestro país.
Margarita García Flores lo llama el Henry James de la literatura mexicana y para nadie es un secreto que su obra no tiene parecido con ninguna otra escrita por compatriota suyo. Es un solitario cuyo núcleo es la literatura, para decirlo también con otra definición de García Flores.
Entre su vasta obra destacan siete libros de cuentos: Tiempo cercado (1959), Infierno de todos (1965), Los climas (1966), No hay tal lugar (1967), Del encuentro nupcial (1970), Nocturno de Bujara (1981) y Vals de Mefisto (1982); cuatro novelas: El tañido de una flauta (1972), Juegos florales (1982), El desfile del amor (1984) y Domar a la divina garza (1988), y, finalmente, dos volúmenes antológicos que recogen una buena cantidad de sus excelentes cuentos: Asimetría (1980) y Cementerio de tordos (1982).
Sergio Pitol accede a hablar de su obra, comenzando por referirse a sus inicios como escritor, los cuales se remontan a los años cincuenta y principios de los sesenta.

Universo cercado
En esa época—recuerda— todos estábamos deslumbrados por la novela italiana de la posguerra, la cual se había puesto de moda, y por la novela norteamericana, por William Faulkner en especial, y en menor grado por la literatura francesa y el existencialismo. Además de los grandes autores mexicanos: Alfonso Reyes, por ejemplo, que era un director tutelar de nuestra cultura, un estímulo permanente.
En ese entonces se produjeron dos acontecimientos fundamentales que fueron de importancia capital para todos los que escribíamos novela o cuento; esos acontecimientos fueron las apariciones de Juan Rulfo y Carlos Fuentes. Ambos planteaban nuevas maneras, absolutamente distintas, de novelar y de utilizar el lenguaje, de profundizar en el idioma, de modernizar la sintaxis.
En este sentido, quienes empezamos a escribir en ese entonces tenemos una influencia más o menos visible de ellos, además de la de los Contemporáneos, cuyos componentes estaban vivos. Más tarde, al viajar, me fui interesando por las literaturas de los países donde viví. Es en esta etapa, probablemente, cuando recibí corrientes distintas, alimentos distintos a los que son comunes a la tradición mexicana y, en general, a la tradición latinoamericana.

—¿Cuáles fueron esos alimentos?
En primer lugar me desprendí de los grandes núcleos hegemónicos de poder cultural y fui interesándome en las culturas periféricas. En la literatura china, por ejemplo; o en la polaca, y en las literaturas eslavas en general. En los últimos años, fundamentalmente en la literatura rusa, no deteniéndome ya sólo en los cinco o seis nombres que, en general, se conocen en lengua española, sino ampliando esos límites.

—En este sentido, ¿sí cree que su literatura sea diferente a la de las corrientes literarias que se siguen en México?
—Bueno, en este sentido sí creo que hay ingredientes que por fuerza tienen que colaborar en un modo distinto de novelar. Sin embargo, creo que la literatura mexicana y la literatura española nunca han estado ajenas a mis preocupaciones. Los Siglos de Oro español, el teatro, la picaresca y las novelas de Cervantes, etcétera, han sido para mí fundamentales. Respecto al cierto carácter distintivo que menciona, en efecto casi todos los críticos extranjeros lo destacan. Ello no quiere decir que mi literatura sea mejor o peor, sino simple y sencillamente distinta. Me acaba de llegar, por ejemplo, la edición francesa de El desfile del amor y en la cuarta de forros se señala, efectivamente, mi carácter específico de fundador de una nueva corriente de la cual soy el único integrante.

—¿Qué me dice de la temática de su obra?
—En un principio, mis libros tratan de recrear el espacio geográfico donde nací; tratan de limitarlo y destacar ciertos personajes y características de ese espacio de mi infancia y adolescencia. Las regiones de los alrededores de Córdoba, el ingenio de Potrero; esta tierra caliente de cañaverales que aparece en casi todos mis primeros libros y en algunos de los últimos. La región de Huatusco, la colonia Manuel González, una región de colonos italianos a la cual llegaron mis abuelos.

—¿Cómo fue esa infancia?
—Viví toda mi infancia y parte de la adolescencia con mi abuela materna. Mis padres murieron cuando yo era muy pequeño. Un tío, hermano de mi madre, fue mi tutor. En este mundo mi abuela era fundamental: era el enlace entre mi hermano y yo y el pasado familiar. La mayor parte de su conversación giraba en torno a lo ocurrido treinta o cuarenta años antes, es decir el periodo de la Revolución. El mundo para ella se dividía en un parteaguas enorme que era la Revolución: los de antes eran los buenos tiempos y lo que vino después, las dificultades, la angustia.
Fui un niño enfermizo. Por ser un niño con muy mala salud vivía demasiado apegado a mi abuela. La acompañaba en sus visitas, y así pasé muchas horas oyendo sus diálogos con otras tías-abuelas, con otras amigas de ella, de la misma o mayor edad, e inclusive con su nana que aún vivía. Pasaba, pues, escuchando durante mucho tiempo esas historias: un pasado mítico que de repente había sido detenido y destrozado. De esos recuerdos, de ese mundo legendario se nutre casi todo lo primero que escribí: los cuentos sobre la familia Ferri y sobre Córdoba. Hay una necesidad de situar mi estancia en el mundo y buscar sus raíces oníricas hacia atrás, como una condenación también del pasado, de ese pasado en el que yo no creía como ella, de ese universo cercado.

Los viajes
—Después vinieron los viajes...
—Sí, vino una segunda etapa. Los viajes se volvieron en mí una especie de manía. En 1961 me fui de México. Todos estos últimos años he viajado. Hasta hace poco que acabo de llegar. Salvo dos estancias en el país de un año y medio cada una y algunas vacaciones, todo fue viajar. Recorría países y vivía como podía: trabajos más o menos ocasionales, traducciones sobre todo. Hasta 1972, año en que me incorporé a los servicios culturales de la Secretaría de Relaciones Exteriores y esto me dio un modo más sedentario de vida. Los viajes entonces ya no se rigieron exclusivamente por mi voluntad.
Estos viajes representan una segunda etapa en mi vida de autor, y creo que el primero de mis libros que responde a ella se titula Los climas: son cuentos que narran el mundo de mexicanos enfrentados a otras realidades, a otras culturas, poniendo a prueba lo que son frente a elementos y modos de vida desconocidos que les suscitan, por lo general, una serie de problemas morales y espirituales sobre su ser, sobre su estancia en el mundo, al poner en crisis su soledad y lo que ellos son socialmente con otros usos. De este contraste, el protagonista se salva o resulta destruido por la revelación de su maldad, su insignificancia o su pequeñez moral. Estos cuentos, viéndolos ahora a la distancia, son un poco quizás el diario decenal que yo escribía tratando de situar algunos de los escenarios por los que yo iba deambulando.

El mismo que canta y baila
—¿Qué me dice de su obra más reciente?
—Como en las anteriores etapas de mi obra, en esta última fase hay también una preocupación enorme por la forma. Son novelas que relatan también rituales de encuentros y desencuentros, pero en donde el elemento dramático que ya existía en los primeros escritos se ha desatado y se vuelve bufonesco, sarcástico, se convierte en un mundo de carnaval, desfigurado, en donde el humor me interesa muchísimo.
Esto se siente sobre todo en mi última novela: Domar a la divina garza. Es un libro que escribí en condiciones penosísimas, después de una operación quirúrgica muy complicada, durante una convalecencia especialmente pesada donde parecía que mis fuerzas vitales habían desaparecido. Como si se tratara de una tabla de salvación me puse a escribir en los sanatorios donde estuve, primero en Carlo di Bari, en Checoslovaquia, y después en Canarias. En realidad no sabía yo bien a bien por dónde iba. Lo único que hacía era seguir una serie de intuiciones, de voces que parecían estarme dictando la novela. En cada fase de su desarrollo me sorprendía sin saber exactamente qué era lo que estaba yo haciendo. Incluso, casi al final, cuando ya tenía la novela lista y me faltaban nada más pequeños retoques de estilo, casi mecanográficos diríamos, fue a verme mi editor a Lanzarote, en Canarias, y me preguntó cuáles eran los temas de esta novela. Me quedé mudo: me era imposible saber de dónde salía, de qué zona. Después, al familiarizarme ya con ella, luego de corregir las planas, la veo y la sitúo mucho mejor.

—¿De qué manera?
— Domar a la divina garza toma muchos elementos de la picaresca. Es una novela un tanto expresionista en cuanto a su humor, su desfiguración de la realidad, y es una historia contada por un pícaro que, curiosamente, nunca logra dar una, un pícaro que fracasa en todas sus acciones y que, en una especie de paroxismo demencial, va narrando a unas gentes que conoce poco y en cuya casa se introduce, momentos de su vida que ellas no solicitan. Es, a final de cuentas, un duelo entre dos elementos: entre uno que desprecio que es la miseria mental, el ahorro de los instintos y de los goces, la maldad, el mediopelo, lo no creativo y no productivo, y otro elemento irracional que representa la Divina Garza y que es el juego, el placer de la palabra, el placer de la vida, la broma, la aventura. En esta lucha la pequeñez sale derrotada por esa fuerza vital que se sostiene en el juego.

—En un principio usted cultivó exclusivamente el cuento. ¿Por qué desembocó, en los últimos seis años, en la novela?
—Cuando comencé a escribir yo pensé que estaba haciendo novelas. Casi todos mis cuentos, o buena parte de ellos, fueron pensados como novelas o como obras de teatro. Posteriormente, al irlos escribiendo, encontraba un cierre ante el que parecía que prolongarlos era un esfuerzo inútil que iba a desgastar el efecto logrado y que estaba dictado por la dinámica misma del relato. Transformarlos en novelas hubiese sido inflarlos. Esto sucedía siempre de una manera normal y yo me dejaba llevar por ese instinto. Seguí escribiendo cuentos sintiendo que ese era mi destino literario, tan válido como los demás. Y en un momento el espacio del cuento empezó a no ser suficiente para contener lo que quería yo decir. Rompió mis esquemas. En realidad, mi incursión en la novela no obedece a ninguna búsqueda voluntaria.
Quizás también, y de esto uno no se da cuenta, obedece a una presión del medio. Los editores generalmente se interesan más en la novela que en el cuento. Este último es un género que encuentra poca acogida entre los lectores. La gente quiere novelas, y mientras más largas, mejor. No sé a qué corresponda esta necesidad nueva, en cuanto a sociología del lector; se está volviendo a las novelas extensas, como en la segunda mitad del siglo XIX.
Lo que me ha sucedido en los últimos años es que en mi obra he pasado de la escritura a formas orales, las cuales funcionan muchísimo mejor en una novela que en un cuento. Las formas orales, me parece, están desde los inicios del género. El novelista escribía una obra para que ésta fuese leída en voz alta. El efecto oral era fundamental porque una persona la iba a leer en voz alta ante un círculo familiar o ante un grupo. Y esto creo que se expresa mejor en ciertas formas de extensión.
El desfile del amor es el ejemplo más claro. En esta novela quiero que el texto se vaya siguiendo al mismo tiempo tanto por los ojos como por el oído. Para mí es fundamental en lo que escribo actualmente la entonación de la voz, los efectos de cambio de voz entre uno y otro narrador.

—Finalmente, ¿a qué se debe, en sus últimas novelas, la predilección de un tipo de humor diríamos despiadado?
—Todo se ha producido en su momento. En una novela anterior, El tañido de una flauta, hay un personaje que se llama la Falsa Tortuga que introduce una nota de humor no convencional e inclusive aberrante en la obra y que trata de romper la solemnidad del relato. Lo mismo hace Pedro Balmorán, “el mismo que canta y baila”, en El desfile del amor. En lo que escribo actualmente este humor se ha disparado. Hay gente que me ha dicho que Domar a la divina garza la ha hecho reír a carcajadas en varios momentos. Sin embargo, estos últimos dos libros son, quizás, los más dramáticos que yo haya escrito, porque denotan a un mundo sin valores. Son el sarcasmo ante un mundo que ha perdido dirección.  

Juan Doming Argüelles
Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Breve antología de poesía mexicana impúdica, procaz, satírica y burlesca (Océano, 2015), Dos siglos de poesía mexicana: el XIX y el XX (Océano/Gandhi, 2015), Un instante en  el paraíso: Antimanual para leer, comprender
y apreciar poesía (Universidad Autónoma de Aguascalientes/Laberinto Ediciones, 2016), El libro de los disparates: 500 barbarismos y desbarres que decimos y escribimos en español (Ediciones B, 2016), El último strike (UJAT/Laberinto Ediciones, 2016),
En la boca del lobo: La verdadera historia de Caperucita Roja (Fondo Editorial Estado de México, 2016),¿Qué leen los que no leen? (Océano, 2017, nueva edición definitiva), Antología esencial de la poesía mexicana (Océano/Sanborns, 2017), Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (Laberinto, nueva edición definitiva, 2018) y Las malas lenguas: Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas (Océano, 2018).

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