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Por un retorno a la lectura salvaje Destacado

Para leer no necesitamos un intérprete o hacerlo de modo correcto. Para leer no necesitamos un intérprete o hacerlo de modo correcto. Especial/ Ricardo Reyes

Mucha gente tiene la absurda creencia de que, en literatura, los comentarios y la interpretación sustituyen a la obra. En parte, esto es consecuencia de los estudios profesionales que han privilegiado la exégesis y la crítica en detrimento de los valores de la obra, y le han hecho creer, consciente o inconscientemente, al estudiante o al lector incipiente, e insipiente, que la interpretación es más importante que la obra misma. Italo Calvino, ya advertía sobre esto en Por qué leer los clásicos: “La escuela y la universidad deberían servir para hacernos entender que ningún libro que hable de un libro dice más que el libro en cuestión; en cambio hacen todo lo posible para que se crea lo contrario”.


Así, el estudiante y el lector que se inicia (y que a veces son uno en la misma persona) pueden convertirse en repetidores de interpretaciones con valor de “verdades únicas” y creer que lo más importante de una obra literaria es el “contenido”, que hay que “descubrir” e “identificar”, y no la propia experiencia de leer que ya en sí misma contiene su recompensa. Cuando se extravía, o de plano se pierde, esta idea, se pierden también, con ella, la espontaneidad, la exploración, los hallazgos de la “lectura salvaje”, esa lectura que Ricardo Garibay hizo y recomendó: sin prejuicios, sin sendas trazadas, sin prólogo incluso (¡porque todo prólogo debería leerse siempre como epílogo!), abriéndose paso, como a machete, entre lo intrincado de la imaginación y el lenguaje. “Leer como quien conquista tierras vírgenes”, dijo Garibay, al definir ese casi perdido paraíso que es el arte de leer para descubrir el mundo o, mejor dicho, los mundos: el del autor, el nuestro y el de los demás.
Primero con la entronización interpretativa y después con la retacería de internet (hoy cualquiera puede saber de qué trata un libro sin necesidad de leerlo, y además sacar buenas notas en lectura) hemos ido perdiendo el rumbo de la lectura del descubrimiento y, con ello, el placer de leer y el gozo de encontrarle tres pies al gato. En 1964, Susan Sontag publicó su demoledor ensayo Contra la interpretación. Ahí se refirió a nuestro paraíso perdido: “Ninguno de nosotros podrá recuperar jamás aquella inocencia anterior a toda teoría, cuando el arte no se veía obligado a justificarse, cuando no se preguntaba a la obra de arte qué decía, pues se sabía (o se creía saber) qué hacía. [...] Es precisamente el hábito de acercarse a la obra de arte con la intención de interpretarla lo que sustenta la arbitraria suposición de que existe realmente algo asimilable a la idea de contenido de una obra de arte. Naturalmente, no me refiero a la interpretación en el sentido más amplio, el sentido que Nietzsche acepta (adecuadamente) cuando dice: ‘No hay hechos, sólo interpretaciones’. Por interpretación entiendo aquí un acto consciente de la mente que ilustra un cierto código, unas ciertas ‘reglas’ de interpretación”. Y concluía su ensayo con la siguiente sentencia: “En lugar de una hermenéutica, necesitamos una erótica del arte”.
Lo que rechaza Sontag es justamente la forma de “decodificar” el arte y la literatura desde la profesión de intérpretes entre la obra y el receptor de la obra. Esa forma, generalmente dogmática, que olvida que la función de la crítica “debiera consistir en mostrar cómo es lo que es, inclusive qué es lo que es, y no en mostrar qué significa”. Recomendaba, a quienes aún no habían caído en las garras de los interpretadores, “recuperar los sentidos”. Y para que no quedara duda de su propuesta, estampó a la cabeza de su ensayo un epígrafe de Oscar Wilde: “Son las personas superficiales las únicas que no juzgan por las apariencias. El misterio del mundo es lo visible, no lo invisible”.
Para Wilde, como para Sontag, la manía profesional de interponerse entre la obra y el receptor acabó convenciendo a la gente de que no entendía nada o que nada podría entender si no era a través de un intérprete que le “tradujera” lo que el artista o el escritor “quiso decir”, o lo que “dijo entre líneas”: el “significado escondido” que, deliberadamente, ocultó para que los receptores resolvieran enigmas y acertijos, para que los críticos y exégetas escarbaran y para que los profesores “descubrieran” y formaran, con esos “descubrimientos”, a los alumnos. Ya encontrado el “significado oculto”, la obra “entregaba” su secreto y quedaba “vacía” en tanto llegaba otro barretero “descubridor” a explotar la veta en la que nadie había reparado.
No hay forma más grosera de entender el arte y la literatura que como un ejercicio creativo del autor para darle trabajo a la gente, ¡trabajo!, y no placer, ¡ni siquiera el placer de ver lo evidente!, sino la labor de encontrar lo oculto y, además, con herramientas ajenas por completo a la literatura y el arte. Como si a los artistas y a los escritores únicamente los moviera el deseo perruno de “enterrar cosas” para que los demás las “desenterraran”. Como si la imaginación y la fantasía, como si los sueños y la subjetividad, no existieran.
Profesores y hasta promotores de la lectura en lugar de animar a las personas a que lean “salvajemente”, sin reglas, y experimenten el placer y el conocimiento que siempre son íntimos y personales, preferimos darles a los posibles lectores nuestras interpretaciones que sustituyen no sólo la buena costumbre de pensar y hallar algo (incluso insospechado), sino el incomparable placer de practicar el ejercicio de la imaginación que no es intercambiable con los ejercicios interpretativos ajenos que, por si fuera poco, hacen pasar por exégesis “refinadas” y osadas ocurrencias.
Sabemos que los escritores, como dijo el profesor español Juan Mata, si pudieran, evitarían que se les estudiase en las aulas, porque los alumnos terminan odiándolos. Pero nos hacemos los desentendidos, porque de otro modo tendríamos que jubilarnos y dejar la profesión de “intérpretes”: dejar de hablar y escribir para “traducir” lo que, según nosotros, “el autor quiso decir entre líneas”. Juan Marsé ha satirizado a los que denomina, sin misericordia, “los malditos tambores de las cátedras y de los institutos, los avinagrados columnistas de diarios de provincias, los rastreadores de estilos y figuras de la alfombra, los rebuznos de la crítica trascendente”. Y, para que no quede duda de su molestia, aclara a sus estudiosos que, contra lo que pregonen en sus tesis y tesinas, sus libros de crítica y sus manuales interpretativos para futuros licenciados en letras, “el Pijoaparte jamás se propuso desenmascarar a la burguesía catalana, sino simplemente enamorar a Teresa”.

Buscando significados inexistentes
Gabriel García Márquez aseguraba que sólo se enteraba de sus “verdaderas intenciones” como escritor cuando leía los estudios y las tesis que aseguraban, por ejemplo, que su coronel que esperaba una carta era “el símbolo de la angustia social de Colombia”, o que la “E” invertida de la palabra “SOLEDAD”, en la portada que Vicente Rojo hizo para Cien años de soledad, representaba el carácter introvertido de los Buendía. “Nunca se me hubiera ocurrido”, le dijo Rojo a García Márquez. “A mí tampoco”, respondió él.
“Tengo un gran respeto, y sobre todo un gran cariño, por el oficio de maestro, y por eso me duele que ellos también sean víctimas de un sistema de enseñanza que los induce a decir tonterías”, escribió García Márquez. Lo malo es que cuando los buenos profesores dicen la verdad y comunican a sus estudiantes no sus interpretaciones de la literatura, sino su pasión de leer, reciben el rechazo y hasta la inquina de otros profesores que no saben enseñar literatura sino por medio de “verdades únicas” que, además, con egolatría y vanidad, encuentran superiores a las de los propios autores que estudian y divulgan.
Eso le pasó a George Steiner con sus colegas universitarios en Cambridge (donde hay “una vanidad descomunal”) cuando dijo que los críticos y los profesores de literatura, incluso los grandes críticos y los grandes profesores de literatura, son los “parásitos en la melena del león” y que “el más grande de los críticos es minúsculo comparado con cualquier creador”. Steiner dice llevar, con orgullo, ese oficio parasitario en la melena de leones como Dante y Cervantes o como Tolstói, Dostoievski y Kafka, entre otros reyes de la selva sin los cuales el mundo sería peor.
Stephen Vizinczey escribió que únicamente los estudiantes de sensibilidad indestructible consiguen sobrevivir a la enseñanza de la literatura en las aulas, para convertirse en lectores autónomos, pues la autonomía del lector está siempre acotada y combatida por la “interpretación oficial” y por la verdad única que ha pretendido hacer “ciencia” (una ciencia falaz, regida por dogmas) de los productos de la imaginación y la fantasía, y de la inteligencia también (porque la inteligencia puede ser imaginativa, fantástica). La imaginación es un alimento de primera necesidad en este mundo en el que la realidad nos avasalla todo el tiempo. “Estudiar” la imaginación bajo una férrea disciplina sociologista es tener muy poca imaginación: es destruirla. Formalistas, biografistas, marxistas, freudianos, lacanianos, etcétera, se han esforzado en esto y, con frecuencia, consiguen desviar a los lectores del placer y el conocimiento.
Harold Bloom ha denunciado a sus colegas que más de una vez lo han acusado de socavar la enseñanza al no leer “con un propósito social y académico”. Pero la lectura, además de ser social, es también íntima, y un buen profesor, argumenta Bloom, debe conseguir que sus alumnos amen la lectura y descubran el placer del conocimiento. Julio Ramón Ribeyro, en sus Dichos de Luder escribe con sarcasmo: “El peor de los lectores es el intelectual zapatón que espera marxistamente sentado en el poyo de los libros la aparición de un mensaje”, e ironiza: “Deja entrar a quien sea, menos a sociólogos barbudos que están haciendo una tesis sobre El escritor y su tiempo”; “Dile que no estoy. Es un semiólogo que anda en busca de una estructura”.
Julio Cortázar refiere la sorpresa que se llevó cuando leyó la tesis de un doctor en literatura que, con el método freudiano, llegó a la conclusión de que en su cuento “Casa tomada” había una proyección del deseo que tenía el autor de cometer incesto con su hermana. En efecto, en “Casa tomada” se sugiere sutilmente que los personajes (hermano y hermana) tal vez mantienen una relación incestuosa, pero no saber distinguir el “yo” del autor del “yo” literario es no tener idea de nada ni haber leído jamás el Contra Saint-Beuve de Proust. En Pedro Páramo hay una pareja incestuosa (Donis y su hermana) que cohabita como un matrimonio. ¡Pero esto no tiene nada que ver con la vida íntima de Juan Rulfo! Haciendo eco de la tontería, y con la autoridad que le da el estudio de la literatura como chisme interpretativo, un “biógrafo” de Cortázar dice a modo de justificación: “Yo me he limitado a poner una linterna en el otro lado de esa puerta, siguiendo pistas que los demás biógrafos han abandonado”.
Y, según él (quien tendría que haber vivido todo el tiempo bajo la cama de Cortázar), el escritor argentino “tenía deseos incestuosos con su hermana Ofelia, que se le manifestaban en forma de pesadillas, y que fueron en realidad uno de los motores que lo obligaron a irse de la Argentina con destino a París. De hecho esto explica por qué varios relatos de Cortázar tratan el tema del incesto”. Y va más allá (con su linterna tuerta), según se lee en la nota periodística: “Sostiene que el argentino no podía tener hijos, y que en su matrimonio con Aurora Bernárdez no tenían relaciones sexuales”.
¿Leer obras literarias para concluir tales majaderías? Tendríamos que concluir que Nabokov era un pederasta porque escribió Lolita. Otros interpretadores profesionales, pero con sesgos sociológicos y marxistas, han concluido que “Casa tomada” de Cortázar es “una alegoría sobre la angustia que generaba la situación política en la Argentina”, y que “las fuerzas extrañas que toman la casa serían los sectores populares sobre el poder político de la época, concretamente representados por el peronismo”. A estos interpretadores, sean freudianos, marxistas, biografistas, estructuralistas, etcétera, no se les ocurre pensar que simplemente se trata de un cuento fantástico, en todo caso emparentado con “La caída de la Casa Usher”, de Edgar Allan Poe, un escritor a quien Cortázar no sólo idolatraba, sino que tradujo íntegramente. Les cuesta trabajo a los interpretadores profesionales comprender que la fantasía es parte de las necesidades del ser humano sin que medien propósitos de “utilidad social” o “revelación autobiográfica”.

Arte explicado por quien no sabe crear
Hay incluso sueños que se transforman en cuentos, como bien ha señalado el neurólogo y escritor mexicano Bruno Estañol, y no tienen ningún propósito interesado más allá del ejercicio de la fantasía que ni siquiera duerme cuando nosotros dormimos. Para Estañol, así como “no hay recetas para la creatividad”, tampoco las hay para “explicar” una obra de arte. Advierte que hay explicaciones que pueden ser incluso interesantes, pero lo que pasa es que, “en general, son aburridas, porque quienes las realizan no entienden la subjetividad de los procesos creativos”. Los sueños, al igual que la literatura fantástica, reparan nuestra existencia. Pero en la interpretación literaria hay sobre todo cháchara (refinada o no) de quienes, muchas veces, no tienen ni la más remota idea de la creación literaria, tal como lo ha señalado George Steiner.
En su ensayo ¿Cómo debería leerse un libro? (hay edición española, con traducción de Ángela Pérez, en Olañeta, Barcelona, 2012), Virginia Woolf señala: “En primer lugar, deseo subrayar que el título es una pregunta, ya que va entre signos de interrogación. Si yo supiera la respuesta, sólo sería válida para mí. En realidad, el único consejo sobre la lectura que puede dar una persona a otra es que no acepte consejos, que siga sus propios instintos, que use su propia razón, que saque sus propias conclusiones. Si estamos de acuerdo en esto, me siento autorizada para exponer unas cuantas ideas y sugerencias, porque no permitiréis que las mismas encadenen la cualidad más importante que puede poseer el lector: la independencia. Al fin y al cabo, ¿qué leyes pueden dictarse sobre los libros? La batalla de Waterloo se libró determinado día, sin duda, pero ¿acaso es Hamlet una obra mejor que El rey Lear? Nadie lo sabe. Cada cual ha de decidirlo por sí mismo. Aceptar autoridades —por muchas pieles y togas que luzcan— en nuestras bibliotecas y permitirles que nos digan cómo leer, qué leer y el valor que hemos de dar a lo que leemos, es destruir el espíritu de libertad que se respira en esos santuarios. En todos los demás lugares podemos vernos atados por normas y convenciones; allí no tenemos ninguna”.
La gente que piensa que la lectura es un oficio que debe ser regido por normas y categorizado por técnicas interpretativas justifica, con ello, una profesión. Pero el lector que se deja engatusar, cede, como señala Woolf, el bien más preciado de todo lector: su libertad, y la deja en manos de quienes, con frecuencia, ni siquiera desean que existan más lectores, sino tan sólo que haya repetidores de sus teorías.
Ni Gabriel García Márquez ni Juan Rulfo, por poner únicamente dos ejemplos, “explicaron” jamás qué “significaban” Cien años de soledad, Pedro Páramo y sus protagonistas y personajes. No lo hicieron porque estas grandes novelas con sus protagonistas y personajes inolvidables no “significan” nada: son lo que son, y así se quedan en la memoria y en la educación sentimental e intelectual de los lectores. Sin embargo hoy, la manía de la interpretación ha contaminado incluso a los escritores. Resulta patético leer y escuchar a los autores, ante las preguntas de los periodistas, cuando “explican” qué quisieron decir con sus novelas, con sus cuentos y con sus personajes. Claro que esto es comprensible cuando se trata de autores que escriben libros de tesis, con temas “candentes”, de “coyuntura” o “actualidad”. Por eso se sienten obligados a “explicar” qué quisieron, qué intentaron decir y no pudieron.
Los buenos libros, los realmente trascendentes, no “intentan decir nada”: dicen lo que dicen, son lo que son. Por eso deberíamos retornar a la lectura primitiva, a la lectura salvaje: invicta nuestra libertad de hallar en los libros lo que realmente dicen, incluso en la ficción.  

Juan Domingo Argüelles
Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Breve antología de poesía mexicana impúdica, procaz, satírica y burlesca (Océano, 2015), Dos siglos de poesía mexicana: el XIX y el XX (Océano/Gandhi, 2015), Un instante en  el paraíso: Antimanual para leer, comprender
y apreciar poesía (Universidad Autónoma de Aguascalientes/Laberinto Ediciones, 2016), El libro de los disparates: 500 barbarismos y desbarres que decimos y escribimos en español (Ediciones B, 2016), El último strike (UJAT/Laberinto Ediciones, 2016),
En la boca del lobo: La verdadera historia de Caperucita Roja (Fondo Editorial Estado de México, 2016),¿Qué leen los que no leen? (Océano, 2017, nueva edición definitiva), Antología esencial de la poesía mexicana (Océano/Sanborns, 2017), Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (Laberinto, nueva edición definitiva, 2018) y Las malas lenguas: Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas (Océano, 2018).

Modificado por última vez enJueves, 05 Julio 2018 00:39
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