Menu
Ascienden ocho preparatorias más de la UASal nivel I del Padrón de Calidad del SINEMS

Ascienden ocho preparatorias más de…

La Universidad Autónoma d...

Crea IPN vehículo eléctrico multipropósito sustentable para la CdMx

Crea IPN vehículo eléctrico multipr…

Para contribuir al medio ...

Investigadora de la UdeG describe perfil psicosocial de sicarios mexicanos

Investigadora de la UdeG describe p…

Plantea un modelo de inte...

Oferta editorial en diseño de la UAM, más allá de destrezas teórico-prácticas

Oferta editorial en diseño de la UA…

El Tronco General de Asig...

Poca investigación acerca de la práctica periodística se realiza en nuestro país: investigadora en la UdeG

Poca investigación acerca de la prá…

En México hay pocas inves...

Reitera Comisión Ciudadana disposición para realizar en Sinaloa el Foro por la Pacificación en la UAS

Reitera Comisión Ciudadana disposic…

Los integrantes de la Com...

Estrés en edad temprana, aumenta riesgo de enfermedades mentales en la adultez: Experta en la UdeC

Estrés en edad temprana, aumenta ri…

Luz Torner Aguilar, del C...

Presentan en el IPN 184 proyectos para el desarrollo del país

Presentan en el IPN 184 proyectos p…

Investigadores, académico...

Realizan conferencia sobre el arte y la discapacidad en la Facultad de Artes de la UABC

Realizan conferencia sobre el arte …

Se realizó la conferencia...

Necesarios, caminos universitarios para aprovechar la centralidad ya construida: Expertos en la UAM

Necesarios, caminos universitarios …

Una respuesta a la proble...

Prev Next

Las tecnologías digitales son más contaminantes que el papel Destacado

Lo  electrónicos no es necesariamente más verde Lo electrónicos no es necesariamente más verde Especial/ Ricardo Reyes

Desde que surgió internet se difundió la mentira de que, mediante las tecnologías de información y comunicación (TIC), se beneficiaba al medioambiente porque, en lugar de tumbar árboles y arrasar bosques para hacer papel y publicar libros, las computadoras sustituirían, gracias a las pantallas, los viejos y rebasados sistemas de impresión, y, además, con energía limpia. Muchos lo creyeron, pero las tecnologías digitales no sólo no son más limpias que la tecnología del libro tradicional, sino que el papel es biodegradable en plazos muy cortos y, además, fácilmente reciclable.


En 1995, Nicholas Negroponte, en su libro Ser digital, profetizaba: “El cambio de los átomos por los bits es irrevocable e imparable”. Más de dos décadas después, lo que antes parecía una afirmación contundente, con bases científicas (el Laboratorio de Multimedia, Media Lab, del Instituto Tecnológico de Massachusetts, MIT), hoy parece una ingenuidad y hasta una bobería. Los bits no se comen ni se beben. Hasta los mayores adictos a internet necesitan, de vez en cuando, alguna ración de átomos, así sea de comida chatarra. Los profetas digitales se han equivocado en muchas cosas: una de ellas, y no la menos importante, es la que se refiere a la mejoría medioambiental gracias a las TIC.
Por ejemplo, de acuerdo con informes científicos, el papel y el cartón tardan en degradarse unas pocas semanas o algunos meses, pues se trata de celulosa, una biomolécula orgánica; en el peor de los casos, su degradación completa tarda entre uno y dos años, a diferencia de los desechos sólidos de las computadoras y demás dispositivos digitales (la llamada “basura electrónica”) que, según sean sus componentes (vidrio, cobre, hierro, aluminio y, especialmente, plástico), pueden tardar cientos e incluso miles de años en descomponerse totalmente en el ambiente no sin antes dejar una larga y profunda huella de contaminación en el planeta.
Pero, además, los materiales impresos en papel y, especialmente los libros, en condiciones ideales, pueden durar hasta mil años, lo cual demuestra que el formato tradicional del libro en papel sigue siendo el mejor soporte para preservar y difundir la cultura, a diferencia de los medios digitales cuyo problema es su caducidad y su obsolescencia casi inmediatas o, en el mejor de los casos, a muy mediano plazo.
Libros que se copiaron y guardaron en formatos electrónicos que ya han sido superados por otros formatos son hoy imposibles de leer, e incluso de recuperar, del mismo modo que dejaron de verse las películas en el hoy descatalogado formato de video analógico conocido como Betamax, y del mismo modo que dejó de ser útil el famoso disquete o disco flexible (floppy disk), un soporte de almacenamiento de datos de tipo magnético surgido en 1971, desarrollado por IBM, y descatalogado en el año 2000.
Las computadoras de hoy ya no tienen, como forma de almacenamiento de información, unidad de disquete, disquetera o unidad de disco flexible (Floppy Disk Drive) para leer los disquetes y para guardar en ellos lo escrito. Su tiempo de vida fue apenas de treinta años, aproximadamente el mismo período de vida del casete compacto para grabación, almacenamiento y reproducción de sonido que fue lanzado en 1962 y prácticamente desechado a principios de los noventa.
Incluso ya son pocos los que utilizan, como unidad de almacenamiento y reproducción de audio y datos el CD y el DVD, lanzados en 1979 por Philips y Sony, que alcanzaron su auge en el año 2000 y cuyas ventas han disminuido hoy hasta en un 50 por ciento, según datos de la Wikipedia. Las memorias USB y las tarjetas de memoria SD (Secure Digital) los han sustituido pero quién sabe por cuánto tiempo más, en una tecnología (la digital) que cambia literalmente todos los días.
A esto hay que añadir la angustia consumista generada en su clientela por la industria tecnológica digital. Hoy, cualquier dispositivo digital (computadora, tableta, smartphone o teléfono inteligente) dura apenas, en manos de los usuarios, entre dos y tres años, porque es sustituido rápidamente (la sustitución suele ser automática en muchos esquemas de venta) por nuevos dispositivos, “más avanzados”, pero sobre todo para estar a la moda y con la novedad en las manos. Se desechan no porque sean inservibles, sino porque la versión que los sustituye incluye algunas innovaciones sin las cuales el poseedor del aparato se siente incompleto.
La industria no se detiene y fabrica hasta la náusea nuevos modelos que los usuarios desean al grado de sentirse frustrados si no tienen el modelo literalmente más excitante del momento, pues la excitación del consumidor, en cuanto a tecnología digital se refiere, es el motor de las ventas. A veces, ya sea por pérdida o por robo, muchos dispositivos digitales portátiles no duran en las manos sino algunos meses, pero quien ha perdido su celular o quien ha sufrido robo de él, lo repondrá por uno “más avanzado”: seguramente, uno que ya trae integrado un sistema de bloqueo automático para que nadie, salvo el dueño, pueda hacer uso del aparato y, en caso de robo o pérdida, quede inservible, imposible de reactivar.

Basura transformada en más basura
En su extraordinario libro Vidas desperdiciadas: La modernidad y sus parias (Barcelona, Paidós, 2005), Zygmunt Bauman señala que “la novedad de hoy es la que torna obsoleta y abocada al vertedero la novedad de ayer”. Con las tecnologías digitales la “modernización perpetua” se ha vuelto compulsiva, obsesiva y adictiva. Y con la basura electrónica, de una industria que no se detiene en su paroxismo mercantil, se producen también “residuos humanos” o “para ser más exactos ―enfatiza Bauman―, seres humanos residuales”, los excedentes y superfluos, en la pobreza extrema, en la miseria, que no forman parte del mercado y que son la “consecuencia inevitable de la modernización”, además de ser los que más sufren los efectos tóxicos generados por la industria.
Si, como afirma Bauman, “allí donde hay diseño, hay residuos”, una sociedad diseñada para consumir “la novedad” lo hace a costa de quienes no consumen. La industria moderna está diseñada sobre la base del consumismo y alienta la idea de que todos necesitamos esa novedad para estar completos. Bauman refiere la siguiente anécdota:
“Ivan Klima recuerda una cena con el director de la empresa Ford en su residencia de Detroit. El invitado preguntó al anfitrión, que alardeaba del creciente número de nuevos y flamantes automóviles Ford que salían de la cadena de montaje, ‘cómo se deshacían de todos los coches fuera de uso’, y el director le contestó que ‘aquello no era difícil. Todo lo que se fabrica puede desaparecer sin dejar rastro, es un mero problema técnico. Y él mismo sonrió ante la idea de un mundo totalmente vacío, limpiado’. Después de la cena, Klima fue a ver cómo se abordaba aquel ‘problema técnico’. Coches usados, coches declarados agotados y, por consiguiente, ya no deseados, eran estrujados por prensas gigantescas que los reducían con esmero a cajas de chapa. ‘Las cajitas de chapa, sin embargo, no desaparecen del mundo. [...] De la chapa, tal vez, fundirán nuevo hierro y nuevo acero para nuevos coches, y de este modo la basura se transformará luego en basura, ligeramente aumentada’”.
Lo más grave de la industria tecnológica digital es que su eficacia para transformar basura en más basura, “ligeramente aumentada”, es muchísimo menor que la de la industria automotriz. La “basura electrónica” en lugar de decrecer aumenta en todo el mundo, y es tal la rapidez con la que se fabrican novedosos dispositivos electrónicos que es imposible equipararla con el reciclaje. El reciclaje de la basura electrónica, que suele presumirse en la industria digital, es una de sus mayores mentiras. Las tecnologías digitales y, especialmente internet, sirven mucho para denunciar masivamente los problemas del cambio climático y las catástrofes medioambientales, en tanto el uso de las propias tecnologías digitales agrava dichos problemas.
Para tener una idea aproximada, Europa Press informó que la basura electrónica en 2016 fue de casi 45 millones de toneladas en el mundo, y en 2017 aumentó a 47 millones de toneladas. Se prevé que, para 2021, el aumento será de 17  por ciento, y alcanzará la cifra de más de 52 millones de toneladas métricas de desechos electrónicos que van desde una batería y un cable con enchufe hasta computadoras de escritorio, televisores, teléfonos fijos, celulares y todo tipo de dispositivo digital obsoleto. Para mencionar un aspecto mínimo, “el peso de todos los cargadores para teléfonos móviles, laptops, tabletas, etcétera, que se producen cada año se estima en un millón de toneladas”.
Según una nota del 27 de junio de 2018 (La Jornada), “la agencia GSMA, en coordinación con el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), realizó el estudio Tecnología para la acción climática en América Latina y el Caribe, sobre cómo las soluciones móviles y las tecnologías de la información y comunicación (TIC) contribuyen a un futuro sostenible y bajo en carbono”. Pero la verdadera noticia no es la buena intención que se refleja al final de este párrafo entrecomillado; la verdadera noticia es que “los desechos electrónicos crecerán 10  por ciento anual en América Latina para 2020”, en una región que produce el 9 por ciento de la basura electrónica del mundo; lo cual quiere decir que será imposible reciclar estos desechos al mismo ritmo con el que se fabrican más dispositivos y, con ello, más basura electrónica “ligeramente aumentada”. Así de sencillo.
Alberto Manguel, escritor y promotor del libro, merecedor, en México, del Premio Internacional Alfonso Reyes, en 2017, en su elocuente ensayo “Cómo Pinocho aprendió a leer”, incluido en su libro homónimo (Siglo XXI / Universidad Autónoma de Nuevo León, 2017), hace la siguiente reflexión: “En ciertas sociedades en las que el acto intelectual posee un prestigio propio, como en muchas sociedades indígenas, al maestro (al mayor, al chamán, al instructor, al encargado de preservar la memoria de la tribu) le es más fácil cumplir sus obligaciones, puesto que en esas sociedades la mayor parte de las actividades están subordinadas al acto de enseñar. Pero en otras, en Europa y en América del Norte, por ejemplo, el acto intelectual no tiene ninguna clase de prestigio. El presupuesto asignado a la educación es el primero que se reduce, la mayoría de nuestros gobernantes apenas sabe leer [y de una inmensa mayoría se puede afirmar que son analfabetos funcionales]; nuestros valores nacionales son puramente económicos. Se elogia de la boca para afuera el concepto de alfabetización y los libros se celebran en actos oficiales, pero de hecho, en las escuelas y en las universidades, por ejemplo, la ayuda financiera de la que se dispone es altamente insuficiente. Además, en la mayor parte de los casos, ésta se convierte más en equipos electrónicos (gracias a una feroz presión de la industria) que en la letra impresa, con la excusa voluntariamente errónea de que el soporte electrónico es más barato y más perdurable que el del papel y la tinta. Como consecuencia, las bibliotecas de nuestros centros de estudio están perdiendo rápidamente un terreno esencial. Nuestras leyes económicas favorecen el continente en lugar del contenido, ya que aquél puede comercializarse de una manera más productiva y parece más seductor”.

El verdadero impacto ecológico
A ello hay que añadir que los evangelistas digitales y los gobiernos ocultan o tratan de ocultar hoy lo que ya es inocultable, de acuerdo con los datos ya expuestos: que la mayor parte de los dispositivos móviles (incluidos la tableta y el eReader) pueden llegar a ser más contaminantes que el libro tradicional en papel. El editor español Manuel Gil, que de esto sabe enormidades, publicó a principios de 2018 el revelador ensayo “Ecología del papel versus ecología digital”, y ahí afirma:
“Ni el papel ni lo digital ni internet son tecnologías limpias ni verdes ni inocuas. Pero dicho esto, en la comparación con una edición en papel más limpia, lo digital e internet pierden ahora mismo por goleada. [...] Soy un defensor del mundo digital, pero las tecnologías que sustentan internet no son limpias”. Y bastan cinco simples datos para probarlo: “El consumo de energía de los buscadores en cuanto a huella digital es enorme. Google: 1000 millones de búsquedas al día: 365,000 millones al año. Traducido a huella ecológica: emite lo mismo que 40,515 coches. Los centros de computación son responsables de más CO2 que países como Argentina u Holanda. Las empresas de tecnología representan el 2 por ciento de todas las emisiones globales de carbono, más o menos lo mismo que el sector de la aviación. En 2017 las TIC consumieron el 8 por ciento de la energía mundial”.
El colofón de Manuel Gil debería llevarnos a reflexionar sobre este punto y replantear el irracional optimismo que prácticamente todos los sistemas educativos en el mundo suelen mostrar (en contubernio con las empresas de la industria electrónica): “Cada año, en los países desarrollados, se producen hasta 50 millones de toneladas de residuos electrónicos, el 75 por ciento de los cuales desaparece de los circuitos oficiales de reciclaje. Su destino habitual son vertederos africanos o asiáticos donde contaminan el agua, la tierra y el aire, y envenenan a miles de personas”.
No se trata de satanizar a las tecnologías de información y comunicación, sino de decir la verdad en relación con ellas luego de que se fueron extendiendo y adentrando en el mundo acompañadas del discurso del mayor beneficio intelectual y cultural y el menor daño para el planeta. Pasada la euforia, y asentados en la realidad, podemos saber que los libros en papel son menos contaminantes, y más durables y más fácilmente reciclables que los dispositivos digitales en general e internet en su conjunto. Que todavía los gobiernos y las empresas (en muchas ocasiones con auxilio de la academia y de los intelectuales) se empeñen en mantener en su discurso la cualidad “inocua” de las TIC tiene que ver más con negocio, con dinero y con ideología que con ciencia y con conciencia.
Hoy la mayor parte de los gobiernos y no pocos especialistas en educación, con la “feroz presión de la industria”, como dijera Manguel, sostienen en su discurso que el presente y el futuro del conocimiento tiene que pasar forzosamente por internet; de ahí las enormes inversiones no en bibliotecas tradicionales, sino en dotación de tabletas electrónicas y otros dispositivos parecidos destinados a los alumnos y a los profesores. Resulta por demás gracioso, o sintomático, que sea, precisamente, en el ámbito de la educación donde el uso de internet haya encendido las alarmas. En Francia, a partir de septiembre de 2018, se prohibirá a los estudiantes, de los ciclos básico y medio, utilizar sus teléfonos celulares en los establecimientos educativos, incluso en el tiempo de recreo. El ministro de Educación francés, Jean-Michel Blanquer, con la instrucción directa del presidente Emmanuel Macron, aseguró que se trata de “un asunto de salud pública”, y explicó: “Con los directores, maestros y padres, debemos encontrar una manera de proteger a los alumnos de la pérdida de concentración a través de pantallas y teléfonos”. Y ante las críticas y las inconformidades de un sector, “Blanquer consideró que si el gabinete de Macron, durante las reuniones de ministros, puede guardar sus dispositivos móviles, entonces cualquier grupo humano, incluida una clase, puede hacer lo mismo”.
Quienes se oponen a esta medida, aducen no sólo la “necesidad de comunicarse”, sino, ¡increíblemente!, la exigencia del hábito que ha creado “modernidad”. Lo cierto es que en Francia, nación de pensadores, ya se dieron cuenta de que el sistema educativo no va a incentivar la formación de pensadores si los niños y los adolescentes viven pegados a un teléfono móvil como si éste fuera parte inseparable de su naturaleza.  

Juan Domingo Argüelles

Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Breve antología de poesía mexicana impúdica, procaz, satírica y burlesca (Océano, 2015), Dos siglos de poesía mexicana: el XIX y el XX (Océano/Gandhi, 2015), Un instante en el paraíso: Antimanual para leer, comprender
y apreciar poesía (Universidad Autónoma de Aguascalientes/Laberinto Ediciones, 2016), El libro de los disparates: 500 barbarismos y desbarres que decimos y escribimos en español (Ediciones B, 2016), El último strike (UJAT/Laberinto Ediciones, 2016),
En la boca del lobo: La verdadera historia de Caperucita Roja (Fondo Editorial Estado de México, 2016),¿Qué leen los que no leen? (Océano, 2017, nueva edición definitiva), Antología esencial de la poesía mexicana (Océano/Sanborns, 2017), Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (Laberinto, nueva edición definitiva, 2018) y Las malas lenguas: Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas (Océano, 2018).

Modificado por última vez enJueves, 26 Julio 2018 00:21
volver arriba