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Javier Barros Sierra: el rector de la autonomía y la dignidad universitaria Destacado

El rector izó la bandera a media asta en Ciudad Universitaria después del ataque contra la preparatoria de San Ildefonso  que puso en juego el destino democrático de México. El rector izó la bandera a media asta en Ciudad Universitaria después del ataque contra la preparatoria de San Ildefonso que puso en juego el destino democrático de México. Especial

El ingeniero Javier Barros Sierra, rector de la UNAM, durante el movimiento de 1968, correspondió con hombría inteligente, dignidad académica y responsabilidad ciudadana, a los retos de aquel crucial momento de la historia de México.
En los meses del verano de 1968, ninguna figura pública fue exigida  tan gravemente y en condiciones de adversidad   política como el rector de la UNAM.
Son los grandes retos los que prueban al hombre: el injustificado y criminal bazucazo  contra la puerta de la Preparatoria de San Ildefonso el 30 de julio, donde grupos de estudiantes y profesores perseguidos por los granaderos de la policía capitalina habían encontrado refugio durante las refriegas que desde el 26 de julio habían invadido el barrio universitario, fue uno de los  momentos decisivos en la vida del descendiente del fundador de la moderna Universidad Nacional de México, don Justo Sierra.


Han pasado 50 años, y las preguntas sin respuesta lógica siguen llenando esta historia de represión siniestra. ¿Cuál fue la razón de fondo de aquella sobrerreacción, como le llamaron periodistas extranjeros al disparo de mortero contra la puerta de la Preparatoria de San Ildefonso? Antes de dar una respuesta, se puede decir que delataba cómo podría acabar una lucha que se oponía a un sistema cerrado, ciego, incapaz de renunciar a su carácter autoritario. Nadie esperaba, —y eso es parte de la pureza e ingenuidad de quienes iniciaban esta lucha—  una reacción tan cruenta e inmediata. Octavio Paz interpretó la represión del gobierno de Gustavo Díaz Ordaz que culminó  con el 2 de octubre, que sirve para responder a las causas de aquella acción feroz y al mismo tiempo premonitoria,  con estas palabras: “Una reacción exagerada delata, en cualquier organismo vivo, miedo e inseguridad, y la esclerosis no es sólo signo de vejez de incapacidad de cambiar”. (Posdata, 1969)

El comienzo
El 30 de julio, horas después del atentado, acompañado de estudiantes, funcionarios, profesores, directores de la UNAM,  Barros Sierra izó la bandera a media asta en la Ciudad Universitaria.  Ahí dijo:
 “Universitarios: hoy es un día de luto para la universidad; la autonomía está amenazada gravemente. Quiero expresar que la institución, a través de sus autoridades, maestros y estudiantes, manifiesta profunda pena por lo acontecido.
“La autonomía no es una idea abstracta; es un ejercicio responsable que debe ser respetable y respetado por todos.
“En el camino a este lugar he escuchado un clamor por la reanudación de las clases. No desatenderemos ese clamor y reanudaremos a la mayor brevedad posible las labores.
“Una consideración más: debemos saber dirigir nuestras protestas con inteligencia y energía. ¡Que las protestas tengan lugar en nuestra casa de estudios!
“No cedamos a provocaciones, vengan de fuera o de adentro; entre nosotros hay muchos enmascarados que no respetan, no aman y no aprecian a la autonomía universitaria.
“La universidad es lo primero, permanezcamos unidos para defender, dentro y fuera de nuestra casa, las libertades de pensamiento, de reunión, de expresión y la más cara: ¡nuestra autonomía! ¡Viva la UNAM! ¡Viva la autonomía universitaria!”(1).
El 31 de julio, un día antes de la manifestación del 1 de agosto,  el rector,  en la explanada de rectoría de Ciudad Universitaria, señaló:  
“Varios planteles de la Universidad Nacional Autónoma de México han sido ocupados por el ejército. Durante casi cuarenta años la autonomía de nuestra Institución  no se había visto tan seriamente amenazada como ahora.
Culmina así una serie de hechos en los que la violencia de la fuerza pública coincidió con la acción de provocadores de dentro y de fuera de la Universidad.
La autonomía de la Universidad es, esencialmente, la libertad de enseñar, investigar y difundir la cultura. Estas funciones deben respetarse. Los problemas académicos, administrativos y políticos internos deben ser resueltos exclusivamente por los universitarios. En ningún caso es admisible la intervención de agentes exteriores, y por otra parte, el cabal ejercicio de la autonomía requiere del respeto de los recintos universitarios.
La educación requiere de la libertad.
La libertad requiere de la educación.
La comunidad universitaria debe darse cuenta de la importancia de mantener el régimen de legalidad en la Universidad y fuera de ella. Nada favorecería más a los enemigos de la autonomía que la acción irreflexiva. Hoy más que nunca es necesario mantener una enérgica prudencia y fortalecer la unidad de los universitarios. Dentro de la ley está el instrumento para  hacer efectiva nuestra protesta. Hagámosla sin ceder e la provocación.  
Las autoridades universitarias se mantendrán al servicio de la Universidad y cumplirán con los compromisos contraídos ante el país, contando con la unidad de los estudiantes, los profesores, los investigadores y los empleados”. (2)
Ordenado desde las zonas más altas del sistema político, como medida intimidatoria contra un movimiento estudiantil en ciernes, aquella demostración excesiva de violencia definió en muchos sentidos cuál iba a ser el papel de los distintos actores en el movimiento.
Aquel agravio a la Universidad y a su autonomía, en realidad puso en juego el destino democrático de México. El rector Barros Sierra lo entendió  mejor que nadie.
Por ello la vehemencia y claridad de sus mensajes en los días cruciales de la gestación del movimiento. Como autoridad universitaria estaba obligado a fijar una línea discursiva que mantuviera a los estudiantes dentro de la legalidad y la prudencia. Lo hizo con pasión y compromiso, seguro de la justa demanda estudiantil y convencido de la torpeza inadmisible del gobierno.
El rector, desde los primeros momentos de la protesta, intentó sembrar en los jóvenes y en el conjunto de los universitarios que el tránsito de lucha que emprendían  debería transcurrir  por las vías constitucionales, y de manera especial, que cultivaran  el significado político y moral de la autonomía y de la dignidad universitaria, el de que entendieran la propia grandeza de la institución que los cobijaba.
Antes de la manifestación del 1 de agosto, que será la puerta de salida para la organización estudiantil en el Consejo Nacional de Huelga, persuadió a los líderes de que la movilización, además de conducirse pacíficamente, se extendiera de Ciudad Universitaria a la esquina de Insurgentes y Félix Cuevas y no dar pie  provocaciones. Así ocurrió.
Su actitud ante el poder (que no era un poder cualquiera sino el ejercido por un Estado despótico), fue trazando una línea de conducta en los principales actores estudiantiles, al menos en algunos de ellos, que habría de darle identidad y fuerza moral al movimiento.
Lo cierto es que sus mensajes, sus palabras y sus actos, generaron un modelo ejemplar de comportamiento universitario, basado en un conjunto de ideas y un lenguaje que permitieron fijar en la conciencia colectiva de las comunidades de país, los valores de la autonomía y la dignidad universitaria, cuya vigencia algunos líderes soslayan por oportunismo y falta de compromiso con la universidad.

La manifestación
Poco antes de la manifestación que encabezó con varios de sus funcionarios y maestros de la UNAM, el rector se dio tiempo para advertir que:
Compañeros universitarios: Al saludarlos fraternalmente, quiero comenzar por indicar que, por petición de numerosos sectores de maestros y estudiantes de la Universidad y  para demostrar una vez más que vivimos en una comunidad democrática, nuestra manifestación se extenderá hasta la esquina de Insurgentes y Félix Cuevas…
Pero dijo algo más: Será también para nosotros un motivo de satisfacción y orgullo que estudiantes y maestros del Instituto Politécnico Nacional, codo con codo, como hermanos nuestros, nos acompañan en esta manifestación.
Sin ánimo de exagerar, podemos decir  que se juegan en esta jornada no sólo los destinos de la Universidad y el Politécnico, sino las causas más importantes, más entrañables para el pueblo de México…”(3)
Ante esta actitud, es comprensible la presión que Barros Sierra recibió de las autoridades del gobierno federal, en especial del Secretario de Gobernación, para que no asistiera a la que pronto habría de ser definida como la Manifestación del rector.
Recuerda el escritor e historiador Gastón García Cantú, en sus indispensables Conversaciones con Barros Sierra, publicado a principios de los años setenta, poco antes de morir el ingeniero, que:
“Al regreso a la Ciudad Universitaria, hubo un mitin en el que Barros Sierra improvisó un discurso que nadie, desafortunadamente recogió. Sólo recordamos sus primeras palabras*:
“Hoy me siento orgulloso ser un universitario mexicano”.

La renuncia
Barros Sierra vivirá todavía otros momentos cruciales del movimiento. El 15 de agosto, el Consejo Universitario de la UNAM, presidido por él, aprobó apoyar las demandas del movimiento. Aquella decisión institucional fue una suerte de clarinada para las universidades del país. En aquella declaración pública,  al reivindicar las libertades democráticas y el papel de los estudiantes “como agentes del cambio social con la convicción de que el conocimiento científico y la cultura están en las bases de la transformación —escribe Gerardo Estrada en 1968: Estado y Universidad— el Consejo Universitario reafirmaba el ideal de Justo Sierra: el país no sorprendería a la Universidad en sus momentos difíciles elucubrando y reflexionando abstracciones”. (4) Varias universidades escucharon el mensaje y se solidarizaron con el movimiento.
El 10 de septiembre el rector hizo un llamamiento público al movimiento a regresar a la normalidad, advirtiendo que la Universidad, de continuar el paro, podía ser la “mayor víctima”.
Lo fueron la Universidad y los estudiantes: el 18 de septiembre el ejército ocupó Ciudad universitaria. El 2 de octubre, la plaza de Tlatelolco  se manchó con la sangre de decenas de estudiantes.
La ocupación de CU vino acompañada de una impúdica ola de ataques  de los medios de comunicación y de la Cámara de de Diputados, ambos al servicio del presidente.   Ante la insidia y la mentira, el rector presentó su renuncia a la Junta de Gobierno, la cual rechazaron todos y cada uno de los miembros del organismo.
El texto de renuncia de Barros Sierra es el alegato ejemplar de la dignidad humana, de la sobriedad y la inteligencia al servicio del saber y de los valores más altos de una sociedad civilizada y democrática.
El rector de la autonomía —no es ninguna afrenta llamarle así—ratificó la vocación crítica a la que debe apelar siempre quien está al frente de una comunidad universitaria. Con elegancia florentina, Barros Sierra ironiza sobre quienes lo atacan y su mandamás, el presidente: “ataques que proceden de gentes menores, sin autoridad moral pero que México todos sabemos a qué dictados obedecen”.(5)
Barros Sierra nos hará recordar siempre que la libertad y la autonomía van unidas a la vocación crítica de la universidad, la que debe ser irrenunciable siendo ésta receptáculo de los valores humanos esenciales que hacen posible la búsqueda de la verdad y la justicia.
El ingeniero Javier Barros Sierra murió el 15 de agosto de 1971.
 



*Y digo primeras palabras, porque las horas y los días siguientes, Javier Barros Sierra, como el reconocido Maestro que era, llenó el discurso universitario de su más coherente significado democrático.
1. Octavio Paz, Posdata, FCE, 1969-
2. Gastón García Cantú, Idea de México,  Javier Barros Sierra. 1991 Pags. 291-292
3: Opus cit. Pags. 293-294
4. Gerardo Estrada, 1968: Estado y Universidad, Plaza y Janes, 2004
5. Ibidem.


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