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Los jóvenes mexicanos en su 68 Destacado

El movimiento del 68 incluyó aspectos culturales y sociales además de políticos. El movimiento del 68 incluyó aspectos culturales y sociales además de políticos. Especial

Los 50 años del movimiento estudiantil de 1968 es una oportunidad muy acertada para revalorar la lucha por la democracia y la libertad de expresión que, en aquellos años, estaba opacada y entrampada por un poder presidencialista limitado.
Esa fue quizás una de las principales aportaciones de aquellos días; una movilización que se ganó el respaldo de muchos sectores que ya venían empujando, años atrás, por una mayor apertura.


Lo que inició con una gresca entre grupos estudiantiles tomó un viraje mucho más sólido, el cual marcó un antes y un después en los movimientos sociales en el país.
Eran los años del despertar social y sexual de los jóvenes. Con la llegada de los primeros métodos anticonceptivos, con las minifaldas, con el rock and roll a flor de piel.
El crecimiento económico de aquellos años no era pretexto para el descontento social, algunos analistas hablaban de 7 por ciento anual y la educación pública garantizaba y favorecía el ascenso social.
Sin embargo, ciertos vacíos en materia de desigualdad social, prometidos por el sistema surgido después de la revolución quedaban pendientes.
Ya una década atrás, entre 1957 y 1958, el movimiento magisterial de Othón Salazar y el de los ferrocarrileros, liderado por Demetrio Vallejo, ya habían enfrentado la escasa disposición del régimen para el diálogo y para escuchar las demandas de ciertos sectores sociales.
Recuerda Severiano Sánchez, uno de aquellos brigadistas del Instituto Politécnico Nacional (IPN), que participaron en el movimiento, que la represión que ejerció el gobierno en los últimos días de julio, tras una gresca entre alumnos, fue el detonante, el despertar de toda una generación.
“Somos aquellos jóvenes que protestamos y rechazamos la violencia ejercida por el Estado contra estudiantes y profesores de la Vocacional 2 y 5 y la Preparatoria de San Ildefonso, aquellos días de julio del 68 que desembocaron en la huelga estudiantil”, señala.
Para Félix Hernández Gamundi, líder del Consejo Nacional de Huelga (CNH), representante de la Escuela Superior de Ingeniería Mecánica y Eléctrica (ESIME) del Politécnico, y ahora miembro del Comité Organizador de la UNAM para los 50 años del 68, la reacción de los estudiantes ante esta represión y falta de tacto derivó en movilizaciones y protestas que fueron tomando fuerza.
Pero sobre todo, fue una respuesta a los excesos del poder público, a la concentración del poder, a la escasa o casi nula representatividad de amplios sectores de la sociedad, incluidos los jóvenes, en el sistema político de aquellos años.
“Deseamos que sea la reivindicación de un proceso histórico vigente, que se recuerde como un movimiento de jóvenes: alegre, independiente, rebelde, insumiso, irreverente, insolente”, dice.

El inicio apenas
Y es que si bien el movimiento estudiantil fue una sacudida muy fuerte para el actual sistema, fue apenas, como lo ha planteado Roger Bartra, la punta de lanza de una lucha por la democracia que tardó todavía otras varias décadas.
Como el mismo Bartra lo plantea, la clase gobernante se mantuvo por el mismo camino a pesar de que había iniciado una “lenta transición política”.
Ya después vendrían, recuerda, las elecciones presidenciales de 1988 y la ruptura del partido en el poder y posteriormente la alternancia en la presidencia. Aunque las raíces de la transición se ubican en la izquierda, fue la derecha la que asumió el poder.
Los jóvenes en México habían iniciado ese camino. Era un país, como lo apuntaba el hoy extinto Luis González de Alba, un país de prohibiciones. Y de ese contexto, independientemente de las ideologías, provino el hartazgo de los estudiantes.
“Había prohibición de cómo vestirte, cómo dejarte el cabello; no había conciertos de rock, las películas eran censuradas, algunas eran permitidas con cortes pero otras simplemente eran prohibidas. Y en el movimiento estudiantil todo el mundo, de izquierda o derecha, encontró esa libertad que nunca había sentido”, puntualizó en su momento.
Y tal vez por eso el poder de convocatoria que logró el Consejo Nacional de Huelga (CNH), a pesar de la pluralidad de la comunidad universitaria y politécnica.
A final de cuentas, el movimiento de 1968 no germinó de la nada, ni tampoco, como muchos plantean, se originó a partir de ese año, sino que fue el resultado de un largo periodo previo de protestas estudiantiles, obreras y sociales que buscaban ya horadar el régimen presidencialista que no daba espacio a la crítica, al disentimiento, a la pluralidad de ideologías, de pensamientos y de expresiones.
El país, como lo evidenciaron los jóvenes de aquellos años, requería cambios e instituciones que en aquel entonces se negaban a consolidar porque no era momento, a decir del gobierno, dar pie a esas libertades.

Honrar la autonomía
Hoy, las autoridades universitarias recuerdan estos acontecimientos a 50 años. Hoy, cuando la autonomía universitaria enfrenta otros desafíos y otras amenazas.
Es como decía el entonces rector Javier Barros Sierra, un ejercicio responsable, y hoy corresponde, además de evocar uno de los episodios que le dieron más sentido, a honrarla. Porque la autonomía fue asumida por esa generación de jóvenes que contribuyó a la transformación democrática.
Como lo plantea Gerardo Estrada, miembro del Comité Universitario de Conmemoración a partir de 1968 la escena política del país tuvo una transformación considerable.
“Debemos estar claros y conscientes que todos los avances políticos y sociales no están dados para siempre, son vulnerables; la historia no sólo marcha hacia adelante”, dice quien participó en aquellos días.
Y esos valores, lo dejó muy en claro, deben ser preservados por las instituciones de educación superior y seguir siendo reducto de la pluralidad, de la discusión, de la crítica y de esa autonomía que les permite estar ajenas a cualquier injerencia que ponga en riesgo su gobernabilidad. De eso se trató el 68.
“Sí sirvió, fue mucho lo que le dio a México y mucho lo que tiene que aportar. La vida social y política del país inició su transformación a partir de ese año, todos los cambios y movimientos políticos tienen una deuda con él”, finaliza.


Los días de julio marcan el derrotero
El 22 de julio, en la plaza de la Ciudadela, estudiantes de las vocacionales 2 y 5 del Instituto Politécnico Nacional (IPN) se enfrentaron a jóvenes de la preparatoria privada Isaac Ochoterena, incorporada a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
Un día después, el 23 de julio, estudiantes de la preparatoria Ochoterena acudieron a las instalaciones de la vocacional 2, acompañados de estudiantes de la Escuela Nacional Preparatoria (ENP) de la UNAM, en busca de revancha.
Policías persiguieron a los muchachos hasta las vocacionales 5 y 2, a donde ingresaron sin una orden judicial, para golpear y detener a estudiantes y profesores.
Para el 28 de julio, se realizó a la primera reunión entre el Comité Coordinador de Huelga del IPN, con representantes de la UNAM y de la Escuela de Agricultura de Chapingo.
Ahí se comenzó a discutir la posibilidad de extender la huelga hasta expulsar a los porros de las escuelas, indemnizar a los familiares de los jóvenes heridos y muertos, liberar a todos los estudiantes encarcelados, desaparecer al Cuerpo de Granaderos de la Ciudad de México, y derogar el artículo 145 penal, que sancionaba los delitos llamados de “disolución social.
Un día después, fue disuelto un mitin que los estudiantes pretendían realizar en el Zócalo. Se registraron enfrentamientos con los cuerpos de seguridad hasta las primeras horas del 30 de julio.
Fue ese día cuando con un disparo de bazuca el Ejército destruyó la puerta de la Preparatoria 1, y fueron tomadas las instalaciones de la 2, la 3 y la 5.
Más tarde, las autoridades universitarias acuden a la explanada de la Rectoría, donde el rector ingeniero Javier Barros Sierra iza la Bandera Nacional a media asta en señal de luto por la violación de la autonomía, en tanto que el ejército toma la Vocacional 7, en Tlatelolco.
A partir de ahí, el movimiento estudiantil de 1968 encontró un derrotero que cambiaría la historia del país.

Carlos Reyes

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