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En el centenario de Juan José Arreola Destacado

Quizá el mayor homenaje que recibió Arreola en vida fue el prólogo escrito por Jorge Luis Borges para Confabulario. Quizá el mayor homenaje que recibió Arreola en vida fue el prólogo escrito por Jorge Luis Borges para Confabulario. Especial

¿Por que nos hemos limitado a la educación libresca? Por qué cuando enseñamos historia pecamos de historicistas? Mucha letra , decía Juan Jose Arreola,  y poca conducta digna de seguir: “Mucha filosofía, mucha poesía, bella literatura, hermosísimo arte, y sin embargo poco ejemplo cotidiano”.
Para él, el aprendizaje ritual no era admisible ni siquiera para las ciencias y las técnicas. En vez de implantar autoritariamente un conocimiento, el maestro “debe verlo surgir en su interlocutor, casi espontáneamente porque él mismo no estaba seguro de la bondad de la semilla que había dejado caer en el surco sino cuando la veía florecer en bellos y ajenos pensamientos”.


Juan Jose Arreola alguna vez me dijo que pertenecía a la orden de los confesionales, “ como San Agustín, como Villon, como Montaigne pero en miniatura”. Necesitaba contarlo todo, decirlo todo, compartir todos sus asombros y no llevarse nada oculto a la tumba. “Soy como un camión de volteo que arroja todo a veces a un desconocido”.
Y era verdad. Casi no se necesitaba preguntarle nada para escuchar su caudal de historias, reflexiones, incertidumbres.
Compartía el vino, las anécdotas, sus amplios saberes en literatura y la vida que miraba pasar por el cause de los años.
Una de sus últimas preocupaciones tenía que ver con el mundo que le dejamos a los jóvenes “cuando descubren que las reglas del juego son tramposas”. Por sus malos manejos los hijos pierden respeto a su padres: “el joven ve que las acciones contradicen a las palabras ejemplares”. En realidad, decía Arreola, “el mundo creado por los adultos tiene desde hace mucho tiempo poca grandeza que ofrecer a los jóvenes que tratan de tomarlo por asalto”. Lamentablemente tenía razón.
Y gracias a esa gana de contarlo todo me enteré, después de participar con él en un conversatorio, que la primera casa donde vivió al llegar a la Ciudad de Mexico fue la de 5 de mayo, en el número 62, en pleno centro histórico. Era una casona con paredes de tezontle que pertenecía a Rosita Montenegro, hermana del pintor Roberto Montenegro , situada a un lado del  Monte de Piedad.
—¿Y su primer trabajo?
—Vender sandalias de Colima en abonos.
Existe una foto en la que se le ve con su cargamento de zapatos y no es casual que uno de sus mejores cuentos se refiera a un oficio que tiene que ver con el calzado: “Carta a un zapatero”.
En 1985 en el homenaje que le hicieron en Bellas Artes, Salvador Elizondo dijo que Juan José Arreola era uno de los escritores más importantes de nuestro tiempo. Una especie de Rey Midas de la palabra:
 “Su obra es como un acto de magia misericordiosa, un acto de caridad dirigido a los humillados y ofendidos del escrito literario. Dicen que Cervantes y Goethe tuvieron también el secreto de esa alquimia que encuentra el oro en el texto”.
Pero sin duda el mayor homenaje que recibió Arreola en vida, fue el prólogo escrito por Jorge Luis Borges para Confabulario:
 “Creo descreer del libre albedrío, pero si me obligaran a cifrar a Juan José Arreola en una sola palabra que no fuera su propio nombre, esa palabra estoy seguro sería libertad. Libertad de una ilimitada imaginación regida por una lúcida inteligencia. Desdeñoso de las circunstancias históricas, geográficas y políticas, Juan José Arreola, en una época de recelosos nacionalismos, fija su mirada en el universo en sus posibilidades fantásticas. Que yo sepa, Juan José Arreola no trabaja en función de una causa y no se ha afiliado a ninguno de los pequeños ismos que parecen fascinar a las cátedras y los historiadores de la literatura. Deja fluir su imaginación para deleite suyo y para deleite de todos”.
Este año  se cumplen cien del nacimiento de Juan Jose Arreola, de ese maestro trashumante que nos dejó espléndidas lecciones en conferencias, programas de television, en la calle, en un coctel,  donde al dialogar socratizaba a sus escuchas, los hacía razonar sobre el mundo y sus circunstancias, como si lo hubieran visto por primera vez. 

Javier Aranda Luna

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