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Marcelino Perelló y el 68 mexicano Destacado

Perelló fue un hombre que siempre transmitió una enorme energía vital. Perelló fue un hombre que siempre transmitió una enorme energía vital. Especial

El pasado 4 de agosto, Marcelino Perelló Valls, el carismático dirigente del Movimiento de 1968, cumplió un año de muerto. Compañeros, amigos y familiares de Marcelino  le tributaron un sentido homenaje.
En el olivo plantado en el jardín de la Facultad de Ciencias de la UNAM, que guarda parte de sus cenizas, entre otros tomaron la palabra su hermana Mercedes, Joel Ortega y Deborah Dultzin para recordar la figura de Marcelino, su visión y aportes al movimiento estudiantil de 1968.
El siguiente texto contiene fragmentos de un texto escrito por Marcelino en el 40 aniversario del movimiento, y que sin duda mantiene plena vigencia ahora que se cumplen 50 años de aquella gesta; lo tituló entonces: “A la espera del tiempo de las cerezas. Los siete círculos del 68”. Rito Terán dio lectura a la siguiente síntesis de dicho documento.



En espera del tiempo de las cerezas
Es preciso enfrentarse a las reducciones. Ingenuas unas, malintencionadas otras, estúpidas otras más, irresponsables todas. No fue una noche, fue una década. No fue un puñado de mesías iluminados, fuimos decenas de miles de jóvenes comprometidos y exaltados. Y lúcidos. Y no fue una plaza, fue el mundo entero.
En México y en el mundo, es común confundir el movimiento estudiantil de 1968 con la matanza que tuvo lugar el 2 de octubre de 1968 en la llamada Plaza de las Tres —desde entonces cuatro— Culturas.
No deja de ser una triste broma de la historia que el recuerdo del crimen propicie el olvido del movimiento. Que los reflectores enfoquen a los represores y dejen en la sombra a los oprimidos. A lo reprimido. Es como si los estudiantes, sus ideales y su combate, no hubieran existido.
En primer lugar, es preciso darse cuenta que no se puede abordar ni entender lo que sucedió en México de julio a diciembre de 1968, sin inscribirlo en un contexto mucho más amplio y determinante: la década de los sesenta.
Con los sesentas, se produce el vuelco. El color estalla, y no sólo en las sábanas y en los teléfonos, sino, sobre todo, en las conciencias. La posguerra termina y un ánimo de liberación, alegría, entusiasmo, rebeldía y desacato se apodera del mundo entero y, muy especialmente, del mundo meridional. Los sesentas son, ante todo, el desfallecimiento de lo que hoy llamamos Primer Mundo —de los vencidos, pero también de los vencedores en la contienda reciente— y la irrupción en el panorama del Tercero,  y del optimismo que acarrea.
Aquella década tuvo, como un brillante, múltiples facetas, un millón de luces. En el plano político son, en primerísimo lugar, la guerra de Viet Nam y la heroica —y exitosa— resistencia frente al invasor más poderoso de la historia. Son también, por supuesto, la Revolución Cubana y la guerrilla latinoamericana, con los Tupamaros en Uruguay, Mariguela en Brasil, Hugo Blanco en Perú, Tirofijo Marulanda en la Marquetalia de Colombia, Douglas Bravo en Venezuela, los sandinistas en Nicaragua, Yon Sosa en Guatemala. Incluso en nuestro país, donde la situación, debido a la aún reciente Revolución y a la vecindad con los Estados Unidos, era  distinta, surgen las guerrillas de Genaro Vázquez y Lucio Cabañas, sin olvidar el heroico intento del profesor Gámiz de tomar el cuartel de Ciudad Madera, en Chihuahua. Surgen también, no lo olvidemos, los movimientos armados revolucionarios en Europa. En el País Vasco y en Irlanda, claro. Pero también en Alemania y en Italia.
Pero son además la brusca y violenta descolonización africana, con los Lumumba, Nkruma, Neto y Senghor al frente. Es la revolución cultural china, es, en Estados Unidos, el movimiento chicano de Reyes Tijerina, y el negro, tanto de Luther King como de Malcom X y Stockely Carmichel, que también son, a pesar de su localización geográfica, fenómenos tercermundistas.
Es en este panorama, en este caldo de cultivo, que surgirá y crecerá, estridente e insolente, el movimiento estudiantil único y mundial, del que el mexicano no será sino un componente más, junto al francés, el alemán, el gringo, el brasileño, el japonés, el italiano o el portorriqueño.
Sólo así se puede entender, sólo así se puede intentar una aproximación a lo que constituyó y representó, a lo que aún representa a inicios del nuevo siglo, (cincuenta) años después, pese a todo y pese a todos, el Movimiento Estudiantil Mexicano de 1968.
Hay que decirlo bien claro, frente a necios, fariseos y mercenarios de toda laya: el movimiento estudiantil de 1968, el mexicano y el mundial, fue revolucionario, en ningún caso reformista o democrático. Revolucionario no en el sentido de pretender tomar el Poder, sino de transformar el Mundo y la vida. Nuestro combate no fue por la democracia, fue por la libertad.
Se trató de una insurrección libertaria, una algarabía irredenta y liberadora. No fue una movilización política, en sentido estricto y mezquino del término, en el sentido de proponerse objetivos específicos y alcanzables a corto o mediano plazo, y de establecer tácticas y estrategias adecuadas a esos objetivos. Fue un movimiento social que se negó a negociar lo innegociable, que era todo. Por ello se condenó el mismo a lo efímero, a consumirse en su propio fuego, dejando para las generaciones futuras, para esa historia que a lo mejor ya no existe, únicamente el ejemplo, el deleite, el brillo cegador de esa llamarada, el calor de la combustión.
A pesar de todo, el 68 vive, pervive, en la mente y el corazón de cientos de miles, los que lo vivieron y los jóvenes que lo saben, a contrapelo, más allá de campañas electorales, más allá de democracias descafeinadas, más allá de los pacifistas y de los neutrales defensores de los “derechos humanos”, que sólo perpetúan la negación de los más elementales derechos; más allá de cinismos y oportunismos, el 68 vive y germina en cada uno de ellos, a la espera del nuevo maremágnum, a la espera del tiempo de las cerezas.


¿Quien fue Bonfilio Cervantes Tavera?
Como los personajes hechos de buena madera, Bonfilio Cervantes, estudiante de Economía en la UNAM, es dueño de  una biografía de héroe anónimo de la lucha universitaria  y social de México. Bonfilio fue quien sacó prácticamente en vilo  a Marcelino Perelló, la noche del 18 de septiembre de 1968 cuando entró el ejercito a Ciudad Universitaria. Realizó una verdadera odisea al atravesar el Pedregal desde las 10:10  de esa noche hasta las  5 de la madrugada con Marcelino a cuestas.
Durante su huída se encontraron con el Ingeniero Heberto Castillo, pero cada quien siguió la fuga por caminos diferentes. Hubo momentos muy tensos cuando por Insurgentes, a la altura de lo que hoy es el Centro Cultural Universitario, se toparon con un convoy o patrulla  y con sangre fría Bonfilio  fingió pedir “aventón”, mientras Marcelino permanecía escondido entre la vegetación del Pedregal. Por fortuna la patrulla siguió de largo. Su caminata continuó hasta unas chozas muy pobres donde pidieron alojamiento y los moradores se los negaron. Finalmente consiguieron llegar a las cercanías del Estadio Azteca y en una de las vialidades incipientes de su entorno, escucharon el ruido de un  Volkswagen del que salió un grito:
¡Marcelino! —se quedaron petrificados— soy de Ciencias, vengo de regreso de Cuernavaca y escuché que entró el ejército a Ciudad Universitaria, súbanse al coche, exclamó. Después del milagro, se dirigieron a la vecindad de la colonia Moctezuma, domicilio de Bonfilio, recién casado. Ahí estuvo Marcelino escondido hasta que encontró refugio en la cabaña de Ricardo Ludlow,  camino al desierto de quien lo sacó del país. Cuando el ejército salió del país, Perelló estuvo resguardado en el sexto piso de rectoría, donde le dio refugio el Ingeniero Javier Barros Sierra.

Recordando a Marcelino

Bonfilio Cervantes Tavera
Al acto de homenaje a Marcelino el pasado 4 de agosto, Bonfilio mandó el texto siguiente:
Me siento honrado por la  invitación a decir unas palabras en el homenaje que hoy se le rinde a Marcelino al cumplirse un año de su partida. No me es posible acompañarlos en la realización de este acto, pero desde aquí les mando mi agradecimiento.
Tengo  de Marcelino recuerdos de un compañero y amigo que siempre fue fiel a sí mismo, que actuó como pensaba y decía lo que sentía. Fue un luchador social que se identificaba con las causas más nobles y que mantuvo siempre un pensamiento crítico. Aunque este pensamiento  significara estar contra la corriente. Fue un actor en las luchas de su tiempo y no un espectador pasivo.
Fue crítico implacable del sistema y dirigente del movimiento con una sorprendente claridad. Pero siempre se mantuvo  con una actitud de sencillez y fraternidad para sus compañeros. Con él no se trataba de solemnidades, participaba en el movimiento con alegría y contagiaba con su fino sentido del humor, que hacia amenas y divertidas las reuniones en las que participaba. Mantuvo su entereza y su sentido del humor aún en los momentos más difíciles de su vida.
A mí me tocó estar con él en un momento difícil. Fue cuando entró el ejército a Ciudad Universitaria  y tuvimos que salir huyendo para no ser detenidos. Marcelino a pesar de que tenía problemas para caminar se mantuvo siempre decidido a salir adelante y hacía de su dolor para caminar un motivo más para bromear. No flaqueó en ningún momento y se mantuvo firme hasta que salimos de ese trance.
Hoy que se le rinde este merecido homenaje, me siento triste porque se fue pero aprecio el haberlo conocido y lo recordaré siempre con respeto y admiración.

Redacción Campus

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