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La sociedad de los lectores muertos Destacado

¿Se están extinguiendo  los lectores exigentes? ¿Se están extinguiendo los lectores exigentes? Especial/ Ricardo Reyes

Si el activismo denominado “promoción y fomento de la lectura” continúa con su escalada de banalidades y frivolidades, con la superficialidad y la ñoñez como herramientas iniciáticas y con la futilidad que ya es habitual entre escritores y promotores, que no nos extrañe que muy pronto aparezcan, como novedades editoriales, los éxitos de librería ¡Quiúbole con la lectura! y ¡Qué pecs con los libros!, y no precisamente amparados con la firma del superventas Yordi Rosado, sino con el renombre deslumbrante, apantallador, de autores que hoy se consideran, ellos mismos al menos, infinitamente superiores a Rosado, aunque en realidad, a juzgar por lo que escriben, no den muestras de ello.


No se necesita ser un amargado ni un aguafiestas para darse cuenta de que el ejercicio de la promoción y el fomento de la lectura se ha ido desplazando, en los últimos años, hacia un terreno de tal trivialidad que hoy hasta el discurso de la autoayuda y la superación personal parece más serio (casi filosofía socrática) frente a los mecanismos insustanciales de la lectura que privilegian, antes que cualquier cosa, el entretenimiento, el pasatiempo y la diversión como placebo para el espíritu: literalmente, “caldo de pollo para el alma”.
Hoy la lectura se presenta como un simple juego y, como afirma Borges, quien únicamente ve sólo juego y superficialidad en lo que lee y escribe corre el peligro de quedar “contaminado de puerilidad” para siempre. Por supuesto, todo esto tiene que ver con lo que se lee bajo el régimen de la frivolización. Quienes pugnan por la lectura del simple entretenimiento es porque ofrecen nada más insustancialidad. Si se tratara de otro tipo de lectura y de otros autores, habría que cambiar el discurso y las estrategias, pues como ha observado Mario Vargas Llosa, decir que los libros de los grandes autores “entretienen” y “divierten” es injuriarlos. En los libros, y en el arte, para que nuestra vida se transforme, tenemos que ir más allá del entretenimiento, mucho más allá del pasatiempo, del juego y la trivialidad que son los distintivos de la cultura emanada de la sociedad espectáculo.
Ya sea en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (donde puede observarse este fenómeno en todo su esplendor) o en otros recintos feriales, autores y promotores exhiben, sin rubor, un discurso chabacano, demagógico, ñoño, previsible y, a tal grado autocomplaciente, que ya no va hacia ningún lado que no sea la autorreferencia vanidosa: el “yo-yo-yo”, el yoyo con el que muchos hacen suertes y malabares para impresionar a los fans a quienes antes han domesticado con literatura de “tú puedes ser el mejor (lector)” y “encuéntrate en mis (divertidos) personajes (que son igual a ti)”.
Lo peor de los autores y de los promotores de banalidades es que, además, son intelectualmente pretenciosos. No dicen, por supuesto, que están promoviendo insustancialidades. Promueven cosas insulsas (entre ellas, sus propios libros), pero lo hacen como si de las obras de Séneca se tratara, y dado que confían en estar por encima de un público poco exigente y conformista, lo de menos es “igualarse” en los almíbares de la ñoñez (así sean cincuentones o sesentones) para que el público salga diciendo que son, de veras, “la onda”.
La deformación del gusto literario se ha convertido en tarea “cultural” ya no sólo por parte de las casas editoriales y de la tendencia global, sino también, y es lo peor, de las instituciones públicas, muchas de ellas de educación superior que organizan las ferias del libro y les ponen mesas y manteles largos a los vendedores de chatarra. En casi todas las ferias del libro, las actividades que están a reventar y para las que se destinan pantallas gigantes no son las que promueven la cultura o fortalecen la educación (en espacios pequeños y casi siempre vacíos), sino todo lo contrario: las destinadas al youtuber más famoso del mes o de la semana que, con la consabida flauta de Hamelin, atrae sus fans siempre regocijados, o bien al autor ruco más “buena onda” que les habla a los chicos, y a las chicas, “en su propio idioma”; es decir, el autor que, aunque ya muestra su provecta edad, imagina mimetizarse entre ellos y, sin pudor alguno, campechanamente, darles por su lado para salir en hombros. “¡Mírenme, por Dios, si soy igual que ustedes: un chamaco, un yutúber de sesenta años, pero me siento todo un chaval!”. (Lo que tienen que hacer algunos para mantener el éxito, al margen de sus libros, y para seguir colocando su mercancía.)
La chatarrización de la promoción y el fomento de la lectura se asienta en un discurso de futilidad que ve la lectura como entretenimiento banal incluso si habla de trascendencia cuando se refiere al acto de leer. “Los libros cambian la vida”, dicen autores y promotores, pero cuando uno ve a qué libros se refieren, o a partir de qué tipo de libros se produce, supuestamente, ese cambio, si uno piensa un poco acaba por no entender nada. Y esto es lógico: los libros que nos transforman no son precisamente los libros banales.
Se banaliza la lectura cuando todo se vuelve entretenimiento y diversión y no hay forma de ir más arriba ni de sumergirse: todo se queda en la superficialidad, en el ejercicio intrascendente del tipo Destroza este diario: instrucciones para quienes ni siquiera tienen que desarrollar una poquita de imaginación para ejecutar algo tan simple como la destrucción. Y, por cierto, quienes suben videos a YouTube ejecutando dichas instrucciones ni siquiera son personas tan jóvenes (niños o adolescentes), sino gente que ya debería pensar en algo más responsablemente crítico, pero que vive de esto: de esa demanda de intrascendencia que permite mantener su canal de internet con publicidad perfectamente dirigida a un determinado sector consumista de la sociedad del espectáculo.
Es necesario distinguir, para comprender. En un mundo donde, antes incluso del tango Cambalache, da lo mismo cualquier cosa, es indispensable precisar. Nuestra defensa por la lectura o, mucho mejor, por el gusto de leer que, si es tal, tarde o temprano nos llevará a los más extraordinarios escritores y a las obras insustituibles que han formado la herencia cultural y el sentido crítico de las generaciones, poco o nada tiene que ver con la gestión para vender más libros. Promover la lectura no es ser agente comercial o representante de las casas editoriales, sino incentivar el desarrollo de la cultura. Hay quienes entienden la promoción y el fomento de la lectura exclusivamente como la actividad publicitaria para colocar mercancía: vender sus libros y los de sus amigos, y en general promover una forma de cultura que no va más allá de “esto está padrísimo” y “esto es divertidísimo”. Pero la promoción y el fomento de la lectura es un activismo que nació para fortalecer la cultura, para elevar el nivel cultural.

Especie en peligro de extinción
La defensa de la lectura, en su sentido más noble y desinteresado, es realmente la defensa de la supervivencia de la especie lectora, una especie en peligro de extinción tal como la hemos conocido en el siglo XX y que fue evolucionando sobre todo a partir de la invención, por Gutenberg, de la imprenta de tipos móviles hacia 1450.
No es exagerado afirmar que estamos hablando de la sociedad de los lectores muertos o en vías de extinción, tal como la conocimos en el siglo XX y cuyos más altos representantes contribuyeron al desarrollo del conocimiento con la edición cultural y con los libros impresos del tipo universitario, que privilegiaron el saber, la ciencia, el arte y la agudeza intelectual y estética. Nunca se hubiesen ocupado de lo que hoy se ha dado en llamar “teorías de la conspiración” y que se ha vuelto todo un subgénero literario muy rentable.
¿Más allá de su parecido, como objetos, qué parentesco pueden tener las grandes obras que cimentaron el conocimiento y la cultura con los productos de la “modernidad rupestre” como Destroza este diario? ¿En dónde se conecta este tipo de pasatiempo bibliográfico con La sociedad abierta y sus enemigos y Moby Dick, por ejemplo? No aceptemos ingenuidades para responder a esta pregunta. Seamos serios. Hay libros y hay antilibros, y son éstos los que están socavando la importancia del libro como patrimonio cultural e instrumento del saber. Que con los libros se pueda hacer dinero y, excepcionalmente, mucho dinero, no nos libra de la inquietud de preguntarnos si lo que deseamos, con los libros, es hacer dinero, o animar y fortalecer la cultura y el conocimiento.
Siempre será oportuno, y necesario, traer las palabras de Giulio Einaudi: el editor que realmente transforma el medio y cambia la historia es aquel que “en vez de suscitar el interés epidérmico, de secundar las expresiones más superficiales y efímeras del gusto, favorece la formación duradera”. Satisfacer los deseos más obvios del público no requiere de un editor, sino de un comerciante. El problema que hoy enfrenta el libro, en todo el mundo, es la uniformidad de los consumidores: la cultura global del entretenimiento y las fórmulas rentables de los libros y autores superventas.
Con el modelo de los siglos anteriores, la especie lectora, en peligro de extinción, sobrevive apenas. Si los pocos individuos que quedan (pocos en relación con la enorme masa que incluso si tiene trato con los libros, el género de éstos es el de la banalidad) no consiguen involucrar a otros en la lectura de libros trascendentes, de obras unitarias serias y no de fragmentos y retazos en internet; de libros que vayan más allá del juego y el entretenimiento trivial propio de YouTube, esa especie lectora dejará de existir. Por ello sigue teniendo razón de ser el activismo de la promoción y el fomento de la lectura: no para conseguir clientes de lo efímero, sino para formar personalidades complejas en lo emocional e intelectual.
Podríamos decir incluso que, fuera de éste, no tiene otro sentido el activismo de la promoción y el fomento de la lectura. Para consumir los objetos de la canadiense Keri Smith y los demás no lectores productores de puerilidades de altas ventas no se necesita ningún activismo cultural; basta con la publicidad y con la propaganda que realizan en internet y en las ferias del libro los vendedores de estas cosas que se parecen a los libros pero que, por lo que contienen (o por lo que no contienen) están muy lejos de ser libros.
Hay que decir las cosas claramente. Para conseguir nuestro propósito cultural, la frivolidad y la banalidad de los adultos pueriles no ayudan en absoluto a la lectura, sino a la no lectura, de la edición cultural y universitaria. Si lo que se pretende es que más gente compre y lea esas banalidades que inundan las librerías, por lo que respecta a nosotros no hay que hacer nada: hay que dejarlos a su aire y que sigan convencidos de que los libros que se publican cada semana, con la etiqueta de divertidísimos, son lo mejor, aunque nadie de esos haya leído y probablemente nunca vaya a leer a Balzac, Chéjov, Flaubert y Tolstói.
No se trata, por lo demás, de obligarlos a leer lo que no quieren, pero para que lean lo que más se lee y lo que más se vende no es necesario destinar energías ni tiempo ni mucho menos recursos para que consigan su objetivo. ¿Destinar los afanes para que los consumidores lean la Guía del ligue? No tiene sentido. Los consumidores de productos como éste pueden llegar incluso a ciegas. No perdamos el tiempo en eso. Con alguna excepción, los lectores minoritarios que salvarán a la especie lectora y llegarán a Chéjov y Balzac no están en el segmento de los libros de entretenimiento y diversión. Identifiquemos a los públicos específicos, y sepamos dirigir nuestros esfuerzos hacia esos lectores que todavía creen que los libros deben tener algo más que entretenimiento banal.

Tufillo a autoayuda
Por desgracia, hoy incluso los libros de fomento y promoción de la lectura están escritos, narrativamente, con el tono y los recursos de la literatura motivacional, y hasta las referencias que dan sus autores han adoptado todos los elementos del denominado pensamiento positivo empresarial: “Leer es ser feliz y ser triunfador”, y si no lo creen véanme a mí, léanme a mí y se convertirán en alguien parecido a mí. Toda esta arrogancia modélica acaba por aburrir, y de esos objetos que se parecen a los libros, pero cuyo contenido está hecho de fórmulas del éxito comercial, no quedará huella alguna en poco tiempo, y por eso cada día, cada semana, cada mes, cada temporada, nace un nuevo producto, en forma de libro, con la consigna de sustituir a los anteriores.
Toda esa propaganda que tiene el tufillo de la autoayuda y la “sabiduría” de Bajo la misma estrella y Mil veces hasta siempre, de John Green, abunda en internet mediante las videorreseñas entusiastas no únicamente de jóvenes y adolescentes, sino también de adultescentes universitarios que venden esta mercancía, con argumentos tan incontestable como los siguientes: “Hace tiempo que descubrí a John Green y todas las veces que he empezado un libro suyo he pensado lo mismo: ‘no puede ser mejor que lo que he leído anteriormente de él’. Y así, una y otra vez, me demuestro a mí misma la capacidad que tengo para equivocarme”. Por eso las editoriales están felices con estos blogs que se han convertido en la última generación de los anuncios publicitarios, y, además, todo ello con el argumento irreprochable y noble del amor a la lectura.
En realidad, así como los autores merecen a sus lectores, los lectores propagandistas merecen a sus autores. Se hacen fervorosos fanáticos de ellos y contribuyen a vender más de esas cosas, mientras Dante, Virgilio, Cervantes y Tolstói languidecen en las estanterías. Por lo demás, la egolatría de los autores suele transmitirse a los lectores. Así como hay escritores de banalidades, autosatisfechos con las decenas de miles o cientos de miles de sus ejemplares vendidos, así también hay muchos lectores autosatisfechos de esas lecturas, al grado de decir que todo lo demás no les interesa.
Una cosa es tener tiempo y ganas de perderlo en insustancialidades, y otra muy diferente es creer que esas cosas son tan buenas como las grandes obras que han cimentado nuestra cultura a lo largo de los siglos, y a las que los posmodernos pedestres les han vuelto la espalda porque lo único que les interesa es entretenerse, divertirse, y porque no le encuentran mayor sentido trascendente a la existencia.
En su Oficio de leer, el iracundo Ricardo Garibay se exasperaba con los libros que no le dejaban nada valioso ni le enriquecían la existencia, escritos nada más para el entretenimiento barato, dice él, y que lo dejan a uno “embarrado de mucha ordinariez”. Por eso aseguraba que leer necedades te vuelve necio, de la misma manera que la profundidad de los autores, la agudeza de su genio, y su elevado espíritu, transportan al lector a un universo único luego de despegar los pies, y especialmente la cabeza, de los sitios donde “ninguna humanidad vive”.
Y se enfurecía a menudo con los autores que han hecho de los lectores unos consumidores de futilidades, “según clichés cien veces probados en la satisfacción de los babiecas”. Y montaba en cólera cuando, para satisfacer el morbo o para saber, simplemente, cuál era el secreto de esos autores para atraer clientes, él mismo tomaba alguno de esos libros en las manos. Rabiaba frente a tanta trivialidad tan exitosa, y concluía que ya no se escribe por vocación, sino por dinero, y que, con cada libro, y por cada página, el autor banal de éxito sólo pensaba en el dinero. Reconocía, encolerizado, que a veces hasta se gana prestigio escribiendo lo que el cliente pide y no lo que sobrevivirá para consolidar la cultura de hoy y de mañana y de pasado mañana. Y acababa harto, porque, decía, incluso destinar esfuerzos a criticar esta realidad tan vergonzosa quita tiempo, ese tiempo valiosísimo que mejor haríamos en dedicar a ese sector de lectores, de la edición cultural, que se niega a morir.
Para Garibay, escribir por dinero para el entretenimiento es un pecado; “es, cuando menos —dice—, un pecado de estupidez, de ceguedad delante de los misterios de la vida”. Y, arrebatado de iracundia, como el cristo que echó a los mercaderes del templo, ante la banalidad y lo superficial, le espeta al autor que se ha especializado en la inmediatez del simple entretenimiento y de la escritura como pasatiempo: “Donde se piensa y se sufre con las palabras, tú no estarás, nadie te abrirá la puerta”.

Juan Domingo Argüelles

Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Breve antología de poesía mexicana impúdica, procaz, satírica y burlesca (Océano, 2015), Dos siglos de poesía mexicana: el XIX y el XX (Océano/Gandhi, 2015), Un instante en  el paraíso: Antimanual para leer, comprender
y apreciar poesía (Universidad Autónoma de Aguascalientes/Laberinto Ediciones, 2016), El libro de los disparates: 500 barbarismos y desbarres que decimos y escribimos en español (Ediciones B, 2016), El último strike (UJAT/Laberinto Ediciones, 2016),
En la boca del lobo: La verdadera historia de Caperucita Roja (Fondo Editorial Estado de México, 2016),¿Qué leen los que no leen? (Océano, 2017, nueva edición definitiva), Antología esencial de la poesía mexicana (Océano/Sanborns, 2017), Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (Laberinto, nueva edición definitiva, 2018) y Las malas lenguas: Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas (Océano, 2018).

Modificado por última vez enJueves, 09 Agosto 2018 01:27
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