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El cálculo del poder Destacado

Maquiavelo afirmaba que un buen príncipe debía tomar decisiones claras. Maquiavelo afirmaba que un buen príncipe debía tomar decisiones claras. Especial

En tiempos turbulentos pero interesantes, nunca está de más acudir a la sabiduría de los antiguos para tratar de entender lo que hoy ocurre frente a nuestros propios ojos. Revisitar sus obras es siempre un recurso útil para mirar con otros lentes la sensación de presente interminable que domina el espectáculo público. Los cambios en los humores, en el perfil de los políticos y de la política, en los gestos y lenguajes al uso, forman el material inevitable del presente pero en su momento también fueron objeto de reflexión y estudio para pensadores clásicos y contemporáneos. Desde diferentes circunstancias y perspectivas, tres de ellos pueden ser adecuados para pensar en las complejidades viejas y nuevas del cálculo del poder: Maquiavelo, Oakeshott y Fouché.


Maquiavelo afirmaba que un buen príncipe siempre tiene que aspirar a conjugar dos cosas fundamentales: “fortuna y virtud”. Es decir, tomar decisiones claras que guíen sus acciones en un sentido deseado —que no puede ser otro que la obtención y el reconocimiento de su poder y del gobierno que dirige— pero que debe también considerar las determinaciones que la fortuna —es decir, la suerte, el azar, el destino—, juegan en los resultados del ejercicio político práctico cotidiano.
Esa combinación suele ser complicada y, a menudo, imposible, algo que reconocía de entrada el propio Maquiavelo cuando afirmaba que “ninguna cosa hace estimar tanto a un príncipe como las grandes empresas y el dar de sí excepcionales ejemplos”. Grandes empresas como grandes reformas, o transformaciones, o iniciativas (la Cuarta Transformación Nacional, por ejemplo), exigen por lo tanto una combinación adecuada de prudencia, fortuna y virtud, acompañadas siempre de un relato convincente, persuasivo y claro, sobre la necesidad o la bondad de emprender un nuevo camino de transformaciones desde el gobierno.    
Pero para los profesionales de la política las circunstancias siempre determinan los comportamientos. La voluntad individual importa, el control de las decisiones, el cálculo de su propio poder, pero hay factores que no se pueden predecir ni anticipar con exactitud. Por ello, por el grado mayor o menor que tiene la incertidumbre en los asuntos políticos, Maquiavelo afirmaba que casi no hay político que no tenga “el ánimo dispuesto a girar según los vientos y variaciones que la fortuna le ordene”. Esa plasticidad es una característica fundamental del oficio político, una característica que suele ser incómoda, a veces moralmente reprobable, frecuentemente incomprensible para los no políticos, para los científicos o para muchos ciudadanos.
Esa ductibilidad de la actividad política también suele ser vista como una especie de “arte de la navegación”, tal y como lo sugirió Michael Oakeshott en el contexto reflexivo de la filosofía política de la primera mitad del siglo XX, cuando señalaba: “En la actividad política, los hombres navegan en un mar sin límite, sin fondo; no hay puerto para protegerse ni suelo en el que anclar, ni siquiera lugar de origen ni destino fijado. La empresa consiste en mantenerse a flote en equilibrio; el mar es a la vez amigo y enemigo; el cometido del arte de la navegación es usar los recursos de un modo de actuar tradicional a fin de convertir en amiga cualquier situación hostil”.  
La prosa elegante de Oakeshott contrasta no solo con la crudeza realista de Maquiavelo, sino también con el lenguaje pragmático de Joseph Fouché (1759-1820), un personaje polémico de la política francesa de los tiempos de la revolución, que fue entre otras cosas Asambleísta, Duque de Otranto, y Ministro de la Policía General de Napoleón, a quien Stefan Zweig dedicó su conocida biografía novelada. Sin rubor y sin reparos, este personaje fue conservador y liberal, jacobino y realista, hombre de izquierdas y de derechas, extremista y reaccionario, que fue capaz de acomodarse a los vaivenes de las circunstancias políticas de su época. En sus Memorias, señalaba que lo más importante en politica era reconocer el “Régimen del Directorio”, ese puñado de individuos que deciden sobre los principales asuntos de la vida polítca, y que determina el rumbo, los conflictos y las rutas del acuerdo en la vida pública de cada momento. (Otros le denominaran a ese régimen, según las circunstancias y tiempos, las élites políticas, la clase política, la “mafia del poder”).
Para estos tres autores, en política el corazón del instante marca inexorablemente el cálculo del poder. Pero la gestión del tiempo político, de sus calendarios y relojes, marca la estrategia de los gobernantes. Esa gestión supone de entrada un elevado principio de incertidumbre, de factores no controlables, pero también asume que es indispensable asegurar una imagen de coherencia, de capacidad y claridad política.  Para ello, las auscultaciones, las reuniones, el cabildeo, los referéndums, son parte del instrumental que los gobernantes de las democracias contemporáneas utilizan para colocar mínimos de factibilidad a sus proyectos. Claramente, el propósito de este instrumental no es técnico sino abiertamente político: mantener y acrecentar las bases de la limagen y legitimidad coyuntural de un gobernante electo, independientemente de su eficacia gubernativa futura.
Vista de esta manera, las consultas que hoy promueve el Presidente electo en temas como los del aeropuerto o la educación son mecanismos para identificar los vientos y humores a los cuales se tiene que ofrecer una respuesta política. Ya vendrá más adelante el programa de gobierno para hacer historia, o para la cuarta gran transformación nacional (o algo así), el plan nacional de desarrollo, los programas sectoriales, los presupuestos públicos. Paralelamente a estos ejercicios mediáticos, el príncipe y sus consejeros se reunirán con personajes y organizaciones representativas de los diversos intereses sociales y públicos, tal vez se tomarán algunos acuerdos, con suerte hasta algunas decisiones. Serán reuniones discretas, de baja luminosidad, algunas francamente privadas, otras absolutamente secretas. Es el espectáculo del ejercicio del cálculo del poder que hay detrás de toda la trama política nacional. Y, desde los tiempos de Maquiavelo, a través de las reflexiones de Oakeshott, o desde la frialidad autocomplaciente y cínica de Fouché,  mantiene su encanto.  

Adrián Acosta Silva
Investigador del Centro Universitario de Ciencias Económico Administrativas de la Universidad de Guadalajara.

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