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Anecdotario epigramático Destacado

Los escritores, esos “pequeños dioses” frecuentemente son homenajeados ya en la vejez. Los escritores, esos “pequeños dioses” frecuentemente son homenajeados ya en la vejez. Ricardo Reyes/ Especial

Nunca he llevado propiamente un diario, pero sí, a lo largo de los años, muchas libretas en las que anoto cosas leídas y vividas que, algunas veces, se transforman en textos más elaborados, pero que, otras tantas, se quedan en fragmentos. Ya publiqué, de hecho, en 2010, un tomito con esas menudencias, bajo el título explicativo Fragmentario parcial: Trazos de un diario trunco/ Parte de vida/ Casi aforismos (México, Ediciones del Ermitaño). Fragmentario parcial, porque no es total, sino tan solo una muestra de 160 brevedades. Mis libretas siguen recibiendo, en aluvión, esos sedimentos. Pedacería de espejo llamó a las suyas el gran Ricardo Garibay. Y esto es, exactamente: pedacería del reflejo de lo que somos. Como los cuadernos se llenan con textos que no irán más allá, de vez en cuando rescato algunos que pueden compartirse con los lectores. Es el caso de los siguientes.



1. Hace poco regresé a uno de mis libros favoritos de uno de mis autores indispensables: La reforma intelectual y moral, de Ernest Renan (1823-1892). En realidad, el libro debería intitularse en español La reforma intelectual y moral de Francia o en Francia, pues el título en francés es muy preciso: La reforme intellectuelle et morale de la France, pero cuando, en 1972, se publicó en España, en la traducción de Carme Vilaginès (Península, Barcelona), los editores cercenaron la precisión “de la France” porque, de este modo, el enunciado del título se hacía abstracto y, por tanto, intemporal y universal. Lo importante es que lo que escribió Renan para una nación y para una época (el libro se publicó en 1871) sigue tan actual como si se hubiera escrito hoy para cualquier nación. No puedo evitar compartir con los lectores dos reflexiones de Renan, rematadas con una verdad aforística:
“No hay desarrollo auténtico de la cabeza sin libertad; la energía moral no es el resultado de una doctrina en particular, sino de la raza y del vigor de la educación”. [Es a este concepto de “raza” al que se refirió Vasconcelos al fijar el lema de la Universidad Nacional: “Por mi raza hablará el espíritu”.]
“La libertad de pensamiento, aliada a la alta cultura, lejos de debilitar a un país, es una condición del gran desarrollo de la inteligencia. Lo que enfortece al espíritu no es esta o aquella condición; lo que lo enfortece [raro verbo, pero sinónimo de “fortalecer”, y que no debemos confundir con “entorpecer”] es la discusión, la libertad. Se puede decir que para el hombre culto no hay doctrina mala, pues para él toda doctrina es un esfuerzo hacia la verdad, un ejercicio útil a la salud del espíritu”. [Una vez más, a este concepto de “espíritu” se refirió Vasconcelos al fijar el lema de la Universidad Nacional: “Por mi raza hablará el espíritu”.]
“Todo lo que ejercita al cerebro es saludable”.


2. Cuando algo tan profano, y tan prosaico, como el voto electoral adquiere, en boca de los políticos, el calificativo de “sagrado”, podemos estar seguros de que la sacralidad es algo incomprensible para ellos. En el buscador de Google hay miles de resultados de quienes afirman, literalmente, que “el voto es sagrado”. Les falta ir al diccionario. El adjetivo “sagrado” califica a lo “digno de veneración por su carácter divino o por estar relacionado con la divinidad”. En un sentido figurado, en la cuarta acepción, el Diccionario de la Real Academia Española afirma que se aplica a lo “digno de veneración y respeto”. Y pone un ejemplo: Para mí la familia es sagrada. En este sentido, lo es la patria, la mujer, la madre, el padre, los ancianos, etcétera. Pero ¿el voto electoral? Al rato dirán que el Congreso es sagrado y que cada diputado y cada senador es sagrado, y no se diga el presidente del país y sus secretarios y los secretarios de los secretarios. La sacralidad se ha devaluado de tal modo que hay quienes únicamente la encuentran en las urnas.

3. La idea de que se puede ser novelista sin haber leído a los más grandes novelistas es producto de una confusión reciente, de la era de internet. De hecho, gente que hoy triunfa en las ventas de novelas de consumo masivo siguió cursos y talleres por internet. ¿Cómo aspirar a escribir no digamos ya un libro de poesía y ni siquiera un poema, sino tan sólo un verso digo o una buena imagen o una afortunada metáfora, si no se ha leído a los grandes poetas clásicos? Del mismo modo, ¿cómo pretender lograr un cuento perdurable si no se ha leído a los genios del género? Hay quienes confiesan no haber leído a Chéjov y, no conformes con ello, aseguran que no lo necesitan. Por eso mucha gente supone que ser escritor es únicamente juntar palabras.

4. Hacen homenajes oficiales a los escritores, más o menos conocidos, medianos y lo que sigue, cuando llegan a las edades de 70, 75, 80, 90, 100 años. Algunos, con muchos trabajos caminan o ya no caminan. Van en sillas de ruedas. Quizá esto (el homenaje y todo lo que conlleva) lo esperaron por mucho tiempo, hasta que les llegó. Les llovió en su milpita cuando ya ni siquiera pueden comer elotes. Hoy los ensalzan con mucha salsa. Pero esto, no pocas veces, casi nada tiene que ver con un gran mérito literario. Es simplemente longevidad y fortaleza. Ramón López Velarde tuvo la desdicha de una pésima salud que se lo llevó a la tumba a la edad de Cristo. Todo lo cual indica que, para llegar a las edades de los homenajes, no se necesita demasiado talento: únicamente resistencia y un poco, o un mucho, de buena salud. Con esto alcanza para que el ungido de gloria (literalmente, “la gloria untada”) goce de su “inmortalidad” entre aplausos y vítores de sus familiares y parroquianos, encaramado el gloriado —como dijo con diabólico sarcasmo Carlos Pellicer— “en su pedestal de huacales”.

5. Dan premios literarios a los viejos escritores que se están muriendo, que se encuentran ya casi en la agonía. Las instituciones y los animadores de estos premios “por trayectoria” (no sabemos si ascendente o descendente) hacen cuentas y llegan a la conclusión de que el anciano Tal (o la anciana Cual) no ha recibido el galardón Talcual. Hay que dárselo de inmediato, hay que concedérselo a la voz de ya, “porque está muy enfermo (o muy enferma)”. Un ingenuo colega me dijo un día: “Sí, está bien; por lo menos que tenga para pagar el hospital”. Entonces—le dije—que mejor les den premios literarios a los hospitales, porque es una gran tontería ir a dejar, íntegro, a la unidad de cuidados intensivos, el dinero de un galardón de literatura para que luego el galardonado salga del hospital con las patas por delante. En todo caso, sería mejor que el galardón consista (para Sócrates fue un triunfo sobre sus verdugos) en una copa de cicuta.

6. Los escritores, incluidos los excelsos, los malos, los pésimos y los buenos para nada, con frecuencia se asumen como seres humanos de excepción, como “pequeños dioses”, según palabras de Vicente Huidobro. Esto quiere decir que no desean ser parte de la tribu, sino los presentados ante ella para su veneración. En el fondo, esto es lo que ha apartado al arte del peatón. Por ello es tan maravilloso el sentido del poema “El peatón”, de Jaime Sabines (1926-1999), el último gran poeta popular que ha tenido México, quien nos habla a todos los lectores peatones desde la poesía “de a pie” y no desde el Olimpo (o desde el “pedestal de huacales”): “Se dice, se rumora, afirman en los salones, en las fiestas, alguien o algunos enterados, que Jaime Sabines es un gran poeta. O cuando menos un buen poeta. O un poeta decente, valioso. O simplemente, pero realmente, un poeta./ Le llega la noticia a Jaime y éste se alegra: ¡qué maravilla! ¡Soy un poeta! ¡Soy un poeta importante! ¡Soy un gran poeta!/ Convencido, sale a la calle, o llega a la casa, convencido. Pero en la calle nadie, y en la casa menos: nadie se da cuenta de que es un poeta. ¿Por qué los poetas no tienen una estrella en la frente, o un resplandor visible o un rayo que les salga de las orejas?/ ¡Dios mío!, dice Jaime. Tengo que ser papá o marido, o trabajar en la fábrica como otro cualquiera, o andar, como cualquiera, de peatón./ ¡Eso es!, dice Jaime. No soy un poeta; soy un peatón./ Y esta vez se queda echado en la cama con una alegría dulce y tranquila”.

7. En el libro Los escritores, publicado por las ediciones Proceso en 1981, se incluye una entrevista espléndida que Vicente Francisco Torres le hizo a José Revueltas (1914-1976) y que vio la luz en la revista Proceso el 10 de abril de 1978. Las opiniones que vierte Revueltas sobre Carlos Fuentes (1928-2012) revelan cómo comprendía, cada uno, la literatura. Hoy, Fuentes tiene más lectores que Revueltas (tampoco demasiados, hay que decir), pero la literatura no es una carrera de velocidad, sino de larga distancia. Dentro de cien años, cuando ya no estemos nosotros, podrá saberse quién tuvo razón. Pero hoy las palabras de Revueltas siguen siendo contundentes:
“En medio de la sociedad de consumo, el vivir es lo único no desechable, y si es desechable, pues te vuelves ministro o jefe del PRI. Ellos viven para desechar la vida, ese es su sino. [...] De Fuentes solo me atrevo a opinar literariamente. Me parece que es un novelista que prefiere la brillantez a la verdad. Es muy fácil escribir desde el escritorio o inventar desde ese escritorio sin vivencias particulares. Y sus vivencias parece que las inventa. Él va a Peralvillo a ver y a anotar ‘qué jais ocurre ahí’. Pero no ha vivido en Peralvillo, ha vivido en su casa de San Ángel. No estoy criticando los niveles de vida, que me parecen legítimos, estoy hablando de literatura”. Y, a propósito de La región más transparente, Revueltas es lapidario: “Pero Fuentes no ha vivido, no sabe eso. Va como riquillo a un cabaret, baila con una prostituta, y ya cree que ahí encontró la cosa”. Hay fans fuentianos que nunca le perdonaron este retrato a Revueltas.

8. Escritores y artistas hay que supuestamente hacen, con sus obras, una crítica de la cruda realidad social: la corrupción, el narcotráfico, la violencia, la impunidad, el crimen en toda hediondez. Para los editores esto pinta bien, porque los temas están de moda y los lectores se abalanzan sobre esos libros que refulgen en las mesas de novedades. La moda hace que hasta el asesinato adquiera glamur, y lo paradójico de todo es que, con las novelas, llenas de sangre, de sufrimiento, de violencia... y de glamur, lo que se consigue, por lo general, es la apología de la corrupción, el narcotráfico, la violencia, la impunidad, el crimen en toda su hediondez.

9. Si las editoriales supieran, exactamente, cómo publicar únicamente éxitos de venta, no andarían haciendo el ridículo de escribirles sus libros vergonzosos y sosos a las figuras mediáticas que no saben escribir, para luego vender, apenas, cinco mil ejemplares de basura. En realidad, todos los editores saben (y si no lo saben, peor para ellos) que es más fácil tener cien fracasos que un superventas en sus listas. Y saben (porque también lo saben) que la mayor parte de las veces el autor superventas les llega de casualidad, por puro azar, cuando nadie creía en él y ya lo habían rechazado en diez editoriales. Por supuesto, luego del éxito, al autor superventas (que ya se siente Shakespeare) se le suben los humos y los zumos y exige que lo consientan, que lo traten a cuerpo de rey porque, si no, se va con la competencia. Y es así como pierden los editores a los escritores de éxito que ellos “descubrieron” y que otros hoy aprovechan, hasta que, nuevamente, después de cien fracasos, les llegue otro modesto escritor que se convertirá en superventas, no porque sea Balzac, sino precisamente porque no es Balzac, y alcance los primeros sitios en las listas de los más vendidos. En esto consiste, resumidamente, el arte editorial en la actualidad.

10. Hace cosa de tres años, en una feria del libro, de las muchas que se hacen ya en todo el país, compartimos mesa de presentación René Avilés Fabila y yo. El maestro de ceremonias (muy ceremonioso, valga decir) dijo ante el micrófono: “Tenemos el gran honor de que nos acompañen, en esta feria del libro de San Torcuato, los grandes escritores y destacadísimos intelectuales, maestros de las letras nacionales e incansables promotores de la lectura Fulano [RAF] y Mengano [yo], para quienes pido el muy fuerte aplauso que se merecen”. RAF, siempre oportuno, me dice al oído: “¡Ah, chingao!, ¿todo eso somos?”. Le respondo, también en secreto: “En realidad, no. Si fuéramos todo eso, no estaríamos aquí”.

11. Si llego al 27 de diciembre (faltan algunas semanas) cumpliré 60 años. Son muchos; en realidad, muchísimos. Poetas extraordinarios murieron antes de los 30, y algunos apenas al rebasar los 33. Ya no es lógico hacer milagros después de los 40, cuando, dicen los que saben, ya tienes la cara (y la obra) que te mereces. Y justamente porque ya no espero nada, ni quiero nada (como lo dijo Cernuda), prefiero perder el tiempo en lo que me gusta que en lo que no me gusta o, lo que es peor, perderlo en aquello que me disgusta (presentaciones, caravanas, elogios por compromiso, politiquería literaria, etcétera), pero que les encanta a los demás. Incluso si no hiciera nada, prefiero no hacer nada en lo que yo quiero que no hacer nada en lo que quieren los demás. Creo que lo que digo, con el mejor estilo literario de Mario Moreno, es suficientemente claro.

12. Yo no dejaría de leer a Chéjov para leerme. De esto no me cabe la menor duda. Y sé que otros también dirán lo mismo, pero en relación con mis libros, no con los propios. A eso se debe que tanta gente, del medio literario, no conozca a Chéjov. Además, si realmente lo leyera, no andaría tan ufana de sus “éxitos editoriales”. Como dijo George Steiner, a manera de elogio, tendría que sentirse, en lo más alto que alcanzará en su vida, “un parásito en la melena del león”.

13. Existen diversas definiciones de “autor de culto”. Yo, modestamente, tengo una: Escritor que publicó o publica libros ilegibles e invendibles, celebrado por especialistas en libros ilegibles e invendibles que hablan y escriben de él, cotizándolo alto en la bolsa del prestigio, y haciéndolo indispensable en tanto menos lectores sepan de él.

14. Hay tres cosas que ninguna tecnología, en ningún tiempo, ha podido abolir. Son las que enumera, magistralmente, Osvaldo Farrés en su célebre bolero “Toda una vida”, y estas son “ansiedad, angustia y desesperación”. Juntas nos hacen sentir la vulnerabilidad y el temor a la muerte. Por eso la llamada realidad virtual, asentada sobre la banalidad, no es una realidad, sino lo contrario: una simple irrealidad. Quitémosle el hardware y el software y no queda nada.

15. La vanidad acompaña casi siempre al escritor, y frecuentemente es su motor y su combustible. No hay que confiarse ni siquiera con los muertos. Hay escritores que son capaces de morirse con tal de llamar la atención.

Juan Domingo Argüelles

Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Breve antología de poesía mexicana impúdica, procaz, satírica y burlesca (Océano, 2015), Dos siglos de poesía mexicana: el XIX y el XX (Océano/Gandhi, 2015), Un instante en  el paraíso: Antimanual para leer, comprender
y apreciar poesía (Universidad Autónoma de Aguascalientes/Laberinto Ediciones, 2016), El libro de los disparates: 500 barbarismos y desbarres que decimos y escribimos en español (Ediciones B, 2016), El último strike (UJAT/Laberinto Ediciones, 2016),
En la boca del lobo: La verdadera historia de Caperucita Roja (Fondo Editorial Estado de México, 2016),¿Qué leen los que no leen? (Océano, 2017, nueva edición definitiva), Antología esencial de la poesía mexicana (Océano/Sanborns, 2017), Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (Laberinto, nueva edición definitiva, 2018) y Las malas lenguas: Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas (Océano, 2018).

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