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José Vasconcelos en Piedras Negras Destacado

En los terrenos de su niñez, el escritor sintió el llamado de la filosofía. En los terrenos de su niñez, el escritor sintió el llamado de la filosofía. Especial

Hace unos días estuve en Sabinas, Coahuila, y pasé por Piedras Negras. Mien-tras viajaba, de Piedras Negras a Sabinas, recordé las apasionadas impresiones del impar José Vasconcelos (1882-1959) en las primeras páginas del Ulises criollo (1936). El niño José Vasconcelos vivió en Piedras Negras y estudió en Eagle Pass, Texas, Estados Unidos, entre 1888 y 1895, cuando su padre trabajó allá como empleado aduanal y con él se trasladó toda la familia.
José Joaquín Blanco, en Se llamaba Vasconcelos: Una evocación crítica (1977), escribe: “En 1888 la familia se trasladó de Sásabe [en Sonora] a Piedras Negras, un poblado mayor. Ahí prosperó rápidamente por los porcentajes que el padre ganaba sobre las multas al contrabando y los privilegios de zona libre de comercio internacional”. Y explica: “El puesto fronterizo mexicano en que trabajó su padre y residió su familia se convirtió para él en un símbolo obsesivo de la patria: un bastión pequeño e improvisado como única civilización en mitad del desierto”.


La conclusión de Blanco es que “Vasconcelos confirió a este ambiente la formación decisiva de su personalidad: la contradicción entre el Norte violento y criollo y el Sur indígena sometido a una variación del conflicto latinoamericano entre civilización y barbarie”.
En Piedras Negras, en Sabinas y en Agujita, Coahuila, me resultó inevitable recordar las páginas que Vasconcelos dedica en su Ulises criollo a evocar el calor (“el verano fronterizo es polvoriento y sofocante”) y “las calles recién regadas y olientes a tierra humedecida”, ya en la tarde, donde “rodaban carruajes de tiro, alquilables por hora”. Pero lo más importante y decisivo (una proeza en medio de ese clima extremo, de ese sofoco sólo aliviado a medias por la ducha con manguera, al aire libre, en el patio) fue para ese niño la lectura. La evocación que hace de ella, al recordarse en ese punto perdido de la patria, en medio del desierto, es soberbia. Escribe:
“Mi pasión de entonces era la lectura, y me poseía con avidez. Devoraba lo que en la escuela nos daban y cada año nos ampliaban el círculo de clásicos ingleses y norteamericanos. Leía por mi cuenta en la casa todos los libros hallados a mano. Acogido al umbral de mi puerta, frente a la calle arenosa, todavía sin pavimento, pero ya de bombilla eléctrica en lo alto de un poste, recapacitaba una noche sobre mi saber, y al consumar el recuento de libros leídos pensaba: ‘Ningún niño en los dos pueblos [Piedras Negras y Eagle Pass] ha leído tanto como yo’. Tal vez entre los niños de la capital habría alguno que hubiese leído igual; pero, de todas maneras, era evidente que estaba yo llamado a manejar ideas. Sería uno a quien se consulta y a quien se sigue”.
Por ello, su conclusión, aforística, se torna insuperable orgullo intelectual, pueril premonición no del todo ingenua: “Antes que la lujuria conocí la soberbia. A los diez años ya me sentía solo y único y llamado a guiar”.
Esa soberbia era lo más parecido a la lujuria: erótica del saber, sensualidad del conocimiento, deseo intelectual, pasión por el perfeccionamiento. En cada lector ávido de conocimiento existe esa arrogancia parecida a la lujuria, que lo hace sentir distinto, porque en realidad las profundas lecturas que se asimilan lo convierten en otro. No hay mejor manera de definir la educación y lo que los libros hacen en el lector que diciendo que lo transforman, y, cuando esa educación y esos libros son decisivos, esa transformación es radical.
Más tarde, con 13 años, al dejar Piedras Negras, luego de pasar allá quizá los siete años más importantes de su vida, Vasconcelos ya sabe quién es, como lo sabía Alonso Quijano en su locura libresca que se vuelve extrema e inolvidable cordura para todo lector: “Yo sé quién soy, y sé que puedo ser no sólo los que he dicho, sino todos los doce Pares de Francia y aun todos los nueve de la fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron, se aventajarán las mías” (el Quijote, capítulo V).
La erótica del saber está presente en toda la vida y la obra de Vasconcelos, y aunque podamos dudar, si queremos, de la veracidad sobre su precocidad, tampoco ésta es inverosímil. En el Catecismo del padre Ripalda había leído que “la ociosidad es madre de todos los vicios”, y un día lo comprobó: “Esta última palabra [vicio] ya la había buscado en el gran Diccionario de la Lengua, junto con otras acerca de las cuales la malicia infantil se cuida bien de interrogar. Jugando una tarde en el jardín de enfrente con mis hermanas y sus amiguitas, una de éstas, al saltar de un banco, dejó ver que no llevaba calzones. La fuerte impresión recibida me hizo pensar en los vicios de que habla Ripalda. No es que a los diez u once años tuviera inquietud erótica; pero la imaginación se adelanta a la fisiología. Tampoco me preocupaba ninguna jovencita. Mi ilusión, ya que no mi ambición, apuntaba más alto”.
Esa ilusión, que apuntaba más arriba, era la del saber y el patriotismo. Aunque vivía en Piedras Negras, Vasconcelos iba a la escuela en Eagle Pass. Por años cruzó el puente internacional para tal efecto: “Salto audaz sobre el abismo de dos naciones, ruta suspendida en el aire”. Refiere: “El diario choque sentimental de la escuela del otro lado me producía fiebres patrióticas y marciales. Me pasaba horas frente al mapa recorriendo con la mente los caminos por donde un ejército mexicano, por mí dirigido, llegaría alguna vez hasta Washington para vengar la afrenta del cuarenta y siete y reconquistar lo perdido. Y en sueños me veía atravesando nuestra aldea de regreso de la conquista al frente de una cabalgata victoriosa”.
La infancia de Vasconcelos en Piedras Negras y su primera educación en Eagle Pass reforzaron su sentimiento nacional, y aunque reconoce que esa escuela, al otro lado del río, “era sinceramente democrática”, había en él una sorda pugna entre el atraso y la pobreza mexicana (“inseguros del mañana, olvidados del ayer, los nuestros derrochaban con desprecio de la previsión, indiferentes aun al aseo”) y el adelanto del vecino. Pero tan pronto como pensaba en eso, concluía también que la mexicanidad era superior, por refinamiento cultural, por tradición, a la barbarie protestante, a pesar de sus “bellas rubias” y sus “manteles albos y vajillas plateadas”.
Pensando en ello, reflexionando, haciendo uso de la razón, discurriendo, supo también, en Piedras Negras, que el destino que deseaba era la filosofía, luego de leer el pasaje del angelito que se le apareció al filósofo San Agustín “para disuadirlo del empeño de explicar los misterios de la fe”. A la pregunta de “qué es un filósofo”, su madre le respondió: “Filósofo es el que se atiene a las luces de la razón para indagar la verdad; sofista es el que defiende lo falso, por interés o por simple soberbia y ufanía”. Y allá, en ese extremo de la patria, el niño Vasconcelos, el futuro apóstol de la educación mexicana, es recordado así por el hombre que evoca esa infancia: “La palabra filósofo me sonaba cargada de complacencia y misterio. Yo quería ser un filósofo. ¿Cuándo llegaría a ser un filósofo?”.
El niño que quería ser filósofo pensaba y leía, leía y cavilaba. Leía porque meditaba, y especulaba porque leía. En Piedras Negras y Eagle Pass había agotado los libros de casa y de la escuela y todos aquellos que caían en sus manos. En Ulises criollo, ya escritor y filósofo (ya derrotado, también, políticamente), Vasconcelos recuerda: “Mi pasión de viajero por el mundo del conocimiento no conocía preferencias. Imaginaba misterios mágicos en la tabla de Pitágoras. Las lecciones orales de geografía con mapas de ríos, de montañas y relatos etnográficos equivalían a la más amena literatura. Libertad de imaginación y disciplina para estimar sus resultados, precisión y aseo en la faena; todo esto exigía la humilde escuela texana de los remotos años del 94”.

Despilfarro en libros
Sus lecturas en el hogar: México a través de los siglos, la Geografía y los Atlas de Antonio García Cubas, los dramas de Pedro Calderón de la Barca, las obras de Jaime Balmes, Tertuliano, San Agustín, la Historia de Jesucristo de Louis Veuillot. Los primeros, prescritos por don Ignacio Vasconcelos, su padre, con el afán patriótico de protegerlo “contra la absorción por parte de la cultura extraña”; los segundos, de la “biblioteca ambulante” de su madre, doña Carmen Calderón, lectora empedernida.
No deja de ser significativo que parte de la herencia en monedas de plata que recibió su madre, y que le fue enviada desde Oaxaca hasta Piedras Negras, la haya “despilfarrado” en “ropas y libros”. ¡Libros!, objetos indispensables en ese hogar en una época en la que el 80 por ciento de la población era analfabeta. Esto marcó la vida del niño José Vasconcelos Calderón, del mismo modo que la marcó el haber sido él quien preparó la hoguera, por orden de su madre, para prender fuego a los “libros herejes” del tío Esteban Calderón. “Toda una pira de letra impresa se consumió entre las llamas...”, escribe Vasconcelos en el Ulises criollo. Esos “libros herejes” los abandonó el hermano mayor de la madre de José Vasconcelos, cuando dejó Piedras Negras y volvió a la capital.
Esa fue la drástica forma que encontró su madre para que aquellos libros no cayeran en manos del niño lector que, ya adulto, evocará así a ese hombre que pasó fugazmente por su casa: “Acababa de recibirse de ingeniero y manejaba muchos libros. Mirando su frente leída, creía yo descubrir la ilimitada sabiduría. Con mi madre discutía de religión, y ambos se apasionaban. Otra vez lo oí desde una habitación contigua referirse a mí... ‘—Pobrecito; no sabe lo que le espera’. Hablaba en general de la vida y sus problemas; pero el ‘pobrecito’ me molestó. Del porvenir yo poseía ya alguna certidumbre... La vida mía no iba a ser cosa corriente. Una serie de alternativas magníficas se agitaban en mis presentimientos, en nada acreedoras de aquel ‘pobrecito’. Con todo, en aquella época, me iba por algún rincón del traspatio a llorar de angustia sin causa y cavilaba, pensaba hasta sentir fuego en las sienes”.
Sus lecturas en la escuela y en la casa: The Fair God, de Lew Wallace; la Ilíada, de Homero, en inglés (“una de las más fuertes sacudidas espirituales de mi infancia”, dirá después); La vida es sueño, de Calderón; Don Juan Tenorio, de Zorrilla (en cuya representación incluso participó), y poesía de Longfelow, Juan de Dios Peza, Núñez de Arce y otros. Escribirá después en el Ulises criollo, al evocar esa época de “vida consciente”: “Por la literatura penetraba en el mundo, pero tomando los libros a saco, buscando en ellos el material de mis tareas futuras. Me hubiera encerrado en una biblioteca —lo he heHace unos días estuve en Sabinas, Coahuila, y pasé por Piedras Negras. Mien-tras viajaba, de Piedras Negras a Sabinas, recordé las apasionadas impresiones del impar José Vasconcelos (1882-1959) en las primeras páginas del Ulises criollo (1936). El niño José Vasconcelos vivió en Piedras Negras y estudió en Eagle Pass, Texas, Estados Unidos, entre 1888 y 1895, cuando su padre trabajó allá como empleado aduanal y con él se trasladó toda la familia.
José Joaquín Blanco, en Se llamaba Vasconcelos: Una evocación crítica (1977), escribe: “En 1888 la familia se trasladó de Sásabe [en Sonora] a Piedras Negras, un poblado mayor. Ahí prosperó rápidamente por los porcentajes que el padre ganaba sobre las multas al contrabando y los privilegios de zona libre de comercio internacional”. Y explica: “El puesto fronterizo mexicano en que trabajó su padre y residió su familia se convirtió para él en un símbolo obsesivo de la patria: un bastión pequeño e improvisado como única civilización en mitad del desierto”.
La conclusión de Blanco es que “Vasconcelos confirió a este ambiente la formación decisiva de su personalidad: la contradicción entre el Norte violento y criollo y el Sur indígena sometido a una variación del conflicto latinoamericano entre civilización y barbarie”.
En Piedras Negras, en Sabinas y en Agujita, Coahuila, me resultó inevitable recordar las páginas que Vasconcelos dedica en su Ulises criollo a evocar el calor (“el verano fronterizo es polvoriento y sofocante”) y “las calles recién regadas y olientes a tierra humedecida”, ya en la tarde, donde “rodaban carruajes de tiro, alquilables por hora”. Pero lo más importante y decisivo (una proeza en medio de ese clima extremo, de ese sofoco sólo aliviado a medias por la ducha con manguera, al aire libre, en el patio) fue para ese niño la lectura. La evocación que hace de ella, al recordarse en ese punto perdido de la patria, en medio del desierto, es soberbia. Escribe:
“Mi pasión de entonces era la lectura, y me poseía con avidez. Devoraba lo que en la escuela nos daban y cada año nos ampliaban el círculo de clásicos ingleses y norteamericanos. Leía por mi cuenta en la casa todos los libros hallados a mano. Acogido al umbral de mi puerta, frente a la calle arenosa, todavía sin pavimento, pero ya de bombilla eléctrica en lo alto de un poste, recapacitaba una noche sobre mi saber, y al consumar el recuento de libros leídos pensaba: ‘Ningún niño en los dos pueblos [Piedras Negras y Eagle Pass] ha leído tanto como yo’. Tal vez entre los niños de la capital habría alguno que hubiese leído igual; pero, de todas maneras, era evidente que estaba yo llamado a manejar ideas. Sería uno a quien se consulta y a quien se sigue”.
Por ello, su conclusión, aforística, se torna insuperable orgullo intelectual, pueril premonición no del todo ingenua: “Antes que la lujuria conocí la soberbia. A los diez años ya me sentía solo y único y llamado a guiar”.
Esa soberbia era lo más parecido a la lujuria: erótica del saber, sensualidad del conocimiento, deseo intelectual, pasión por el perfeccionamiento. En cada lector ávido de conocimiento existe esa arrogancia parecida a la lujuria, que lo hace sentir distinto, porque en realidad las profundas lecturas que se asimilan lo convierten en otro. No hay mejor manera de definir la educación y lo que los libros hacen en el lector que diciendo que lo transforman, y, cuando esa educación y esos libros son decisivos, esa transformación es radical.
Más tarde, con 13 años, al dejar Piedras Negras, luego de pasar allá quizá los siete años más importantes de su vida, Vasconcelos ya sabe quién es, como lo sabía Alonso Quijano en su locura libresca que se vuelve extrema e inolvidable cordura para todo lector: “Yo sé quién soy, y sé que puedo ser no sólo los que he dicho, sino todos los doce Pares de Francia y aun todos los nueve de la fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron, se aventajarán las mías” (el Quijote, capítulo V).
La erótica del saber está presente en toda la vida y la obra de Vasconcelos, y aunque podamos dudar, si queremos, de la veracidad sobre su precocidad, tampoco ésta es inverosímil. En el Catecismo del padre Ripalda había leído que “la ociosidad es madre de todos los vicios”, y un día lo comprobó: “Esta última palabra [vicio] ya la había buscado en el gran Diccionario de la Lengua, junto con otras acerca de las cuales la malicia infantil se cuida bien de interrogar. Jugando una tarde en el jardín de enfrente con mis hermanas y sus amiguitas, una de éstas, al saltar de un banco, dejó ver que no llevaba calzones. La fuerte impresión recibida me hizo pensar en los vicios de que habla Ripalda. No es que a los diez u once años tuviera inquietud erótica; pero la imaginación se adelanta a la fisiología. Tampoco me preocupaba ninguna jovencita. Mi ilusión, ya que no mi ambición, apuntaba más alto”.
Esa ilusión, que apuntaba más arriba, era la del saber y el patriotismo. Aunque vivía en Piedras Negras, Vasconcelos iba a la escuela en Eagle Pass. Por años cruzó el puente internacional para tal efecto: “Salto audaz sobre el abismo de dos naciones, ruta suspendida en el aire”. Refiere: “El diario choque sentimental de la escuela del otro lado me producía fiebres patrióticas y marciales. Me pasaba horas frente al mapa recorriendo con la mente los caminos por donde un ejército mexicano, por mí dirigido, llegaría alguna vez hasta Washington para vengar la afrenta del cuarenta y siete y reconquistar lo perdido. Y en sueños me veía atravesando nuestra aldea de regreso de la conquista al frente de una cabalgata victoriosa”.
La infancia de Vasconcelos en Piedras Negras y su primera educación en Eagle Pass reforzaron su sentimiento nacional, y aunque reconoce que esa escuela, al otro lado del río, “era sinceramente democrática”, había en él una sorda pugna entre el atraso y la pobreza mexicana (“inseguros del mañana, olvidados del ayer, los nuestros derrochaban con desprecio de la previsión, indiferentes aun al aseo”) y el adelanto del vecino. Pero tan pronto como pensaba en eso, concluía también que la mexicanidad era superior, por refinamiento cultural, por tradición, a la barbarie protestante, a pesar de sus “bellas rubias” y sus “manteles albos y vajillas plateadas”.
Pensando en ello, reflexionando, haciendo uso de la razón, discurriendo, supo también, en Piedras Negras, que el destino que deseaba era la filosofía, luego de leer el pasaje del angelito que se le apareció al filósofo San Agustín “para disuadirlo del empeño de explicar los misterios de la fe”. A la pregunta de “qué es un filósofo”, su madre le respondió: “Filósofo es el que se atiene a las luces de la razón para indagar la verdad; sofista es el que defiende lo falso, por interés o por simple soberbia y ufanía”. Y allá, en ese extremo de la patria, el niño Vasconcelos, el futuro apóstol de la educación mexicana, es recordado así por el hombre que evoca esa infancia: “La palabra filósofo me sonaba cargada de complacencia y misterio. Yo quería ser un filósofo. ¿Cuándo llegaría a ser un filósofo?”.
El niño que quería ser filósofo pensaba y leía, leía y cavilaba. Leía porque meditaba, y especulaba porque leía. En Piedras Negras y Eagle Pass había agotado los libros de casa y de la escuela y todos aquellos que caían en sus manos. En Ulises criollo, ya escritor y filósofo (ya derrotado, también, políticamente), Vasconcelos recuerda: “Mi pasión de viajero por el mundo del conocimiento no conocía preferencias. Imaginaba misterios mágicos en la tabla de Pitágoras. Las lecciones orales de geografía con mapas de ríos, de montañas y relatos etnográficos equivalían a la más amena literatura. Libertad de imaginación y disciplina para estimar sus resultados, precisión y aseo en la faena; todo esto exigía la humilde escuela texana de los remotos años del 94”.

Despilfarro en libros
Sus lecturas en el hogar: México a través de los siglos, la Geografía y los Atlas de Antonio García Cubas, los dramas de Pedro Calderón de la Barca, las obras de Jaime Balmes, Tertuliano, San Agustín, la Historia de Jesucristo de Louis Veuillot. Los primeros, prescritos por don Ignacio Vasconcelos, su padre, con el afán patriótico de protegerlo “contra la absorción por parte de la cultura extraña”; los segundos, de la “biblioteca ambulante” de su madre, doña Carmen Calderón, lectora empedernida.
No deja de ser significativo que parte de la herencia en monedas de plata que recibió su madre, y que le fue enviada desde Oaxaca hasta Piedras Negras, la haya “despilfarrado” en “ropas y libros”. ¡Libros!, objetos indispensables en ese hogar en una época en la que el 80 por ciento de la población era analfabeta. Esto marcó la vida del niño José Vasconcelos Calderón, del mismo modo que la marcó el haber sido él quien preparó la hoguera, por orden de su madre, para prender fuego a los “libros herejes” del tío Esteban Calderón. “Toda una pira de letra impresa se consumió entre las llamas...”, escribe Vasconcelos en el Ulises criollo. Esos “libros herejes” los abandonó el hermano mayor de la madre de José Vasconcelos, cuando dejó Piedras Negras y volvió a la capital.
Esa fue la drástica forma que encontró su madre para que aquellos libros no cayeran en manos del niño lector que, ya adulto, evocará así a ese hombre que pasó fugazmente por su casa: “Acababa de recibirse de ingeniero y manejaba muchos libros. Mirando su frente leída, creía yo descubrir la ilimitada sabiduría. Con mi madre discutía de religión, y ambos se apasionaban. Otra vez lo oí desde una habitación contigua referirse a mí... ‘—Pobrecito; no sabe lo que le espera’. Hablaba en general de la vida y sus problemas; pero el ‘pobrecito’ me molestó. Del porvenir yo poseía ya alguna certidumbre... La vida mía no iba a ser cosa corriente. Una serie de alternativas magníficas se agitaban en mis presentimientos, en nada acreedoras de aquel ‘pobrecito’. Con todo, en aquella época, me iba por algún rincón del traspatio a llorar de angustia sin causa y cavilaba, pensaba hasta sentir fuego en las sienes”.
Sus lecturas en la escuela y en la casa: The Fair God, de Lew Wallace; la Ilíada, de Homero, en inglés (“una de las más fuertes sacudidas espirituales de mi infancia”, dirá después); La vida es sueño, de Calderón; Don Juan Tenorio, de Zorrilla (en cuya representación incluso participó), y poesía de Longfelow, Juan de Dios Peza, Núñez de Arce y otros. Escribirá después en el Ulises criollo, al evocar esa época de “vida consciente”: “Por la literatura penetraba en el mundo, pero tomando los libros a saco, buscando en ellos el material de mis tareas futuras. Me hubiera encerrado en una biblioteca —lo he hecho después en muchas ocasiones—, pero sólo para salir de allí equipado y dispuesto a la aventura del destino espiritual egregio. Para darle principio era menester andar, caminar por el ancho territorio. Apenas entreví una oportunidad, quise aprovecharla. El ambiente de mi aldea era limitado como su panorama y, como éste, vacío”.
En Piedras Negras, Vasconcelos siente ese llamado de la patria, ese destino que no imaginaba ser cosa corriente. Al dejar el lugar la familia, José Vasconcelos tenía trece años, y el director de la escuela de Eagle Pass le propone que se quede bajo el cuidado de una familia estadounidense, para luego, mediante una beca, ingresar a la universidad del estado, en Austin. El director veía en el adolescente un destino también brillante. En el Ulises criollo, el autor lo relata así: “Mi padre se ofendió primero; después comprendió que la desinteresada oferta merecía una negativa cortés, agradecida, y fue a darla. Mi madre no necesitó intervenir, pero tampoco hubiera consentido entregarme con personas excelentes, mas de otra religión. En la frontera se nos había acentuado el prejuicio y el sentido de raza; por combatida y amenazada, por débil y vencida, yo me debía a ella. En suma: dejé pasar la oportunidad de convertirme en filósofo yanqui. ¿Un Santayana de México y Texas?”.
Y, sin embargo, la partida no fue sin nostalgia. Llegado el momento de dejar Piedras Negras, su pueblo, la melancolía lo quebró: “Y aunque quería vivamente irme por ensanchar mi destino, por las noches solía despertar llorando”. Con entrañable prosa poética, escribe: “De mi parte, la metrópoli era una ambición. Imaginaba que en sus escuelas me anegaría de saber; soñaba en las bellezas de su arquitectura. Pero me entró la melancolía de arrancarme de Piedras Negras. Las bajadas del río, antiguo paso de aguadores, parecían retener jirones de mi personalidad. El puente, la plaza, cada sitio estaba ligado a horas intensas de mi vivir. Yéndome del pueblo disminuía. Llegaría a la capital desgarrado y como incompleto por lo que de mí dejaba en el pueblo, igual que crustáceo sin carapacho. Y un vago temor angustiaba el júbilo de la próxima partida. En mi tierra era yo el primero por el prestigio del saber. Entre la multitud de aquellos niños metropolitanos, bien trajeados y ágiles, seguramente que no todos eran del tipo inútil que había visto desfilar por la escuela de Eagle Pass. Era muy posible que hubiese otros con más letras que las mías y seguramente me dejarían deslucido”.
Junto con la nostalgia estaban el temor y, otra vez, la soberbia, el amor propio del lector que no acepta ser menos que otros, especialmente para alguien que, a los diez años, ya se sentía “solo y único y llamado a guiar”. No había otro paso sino cumplir el destino: “Una extraña saudade me invadía al echar las últimas miradas de adiós a mi escuela de Eagle Pass. La gratitud y el afecto me ablandaban el ánimo. Imposible consumar el recuento de lo que debía al plantel; y una cierta acidez se mezclaba a mi añoranza, por la huella de los conflictos raciales patrióticos que allí había padecido. Los campos devastados de nuestros juegos y peleas me harían menos falta que los salones de clase donde la curiosidad robó tesoros. Sin embargo, advertía que me iba después de haber sacado todo el fruto posible de aquellos años ingenuos. Por delante se hallaba una serie de épocas fecundas; la vida entera se me aparecía como tarea explotable con miras de eternidad”.

La ciudad del porfiriato
No deja de ser significativo que Vasconcelos se guarde de mencionar en sus memorias que, durante el tiempo que vivió en Piedras Negras, esta población fronteriza no únicamente adquiere la categoría de ciudad (el 1 de diciembre de 1888), sino que también es renombrada “Ciudad Porfirio Díaz” (lo será hasta 1911, cuando Venustiano Carranza decreta que regrese a su antiguo nombre). Ello a pesar de que tiene múltiples oportunidades para hacerlo, como cuando refiere la ceremonia inaugural del edificio de la Aduana, que se festejó con un baile suntuoso, en donde se develó “ante la pública veneración el retrato de cuerpo entero del Caudillo. Encendido el rostro mestizo, hinchado el busto de galones, cordones, medallas y cintajos; severa la mirada, y bajo el brazo el sombrero de Divisionario del Ejército; plumas y tiras como toca de odalisca. La concurrencia entera, de pie, aplaudió largamente a su jefe máximo, el Padre de la Patria, soldado desleal de Tuxtepec y burlador de la Constitución que cada seis años juraba cumplir. ‘¡Viva Porfirio Díaz!’, gritó tres veces el maestro de ceremonias. Y el pobre rebaño bien bañado —acababa de inaugurarse el servicio de agua entubada— respondía: ‘¡Viva!’”.
Años antes, doña Carmen Calderón había hecho las vendas para curar las heridas del caudillo, en Tlaxiaco. Y el niño le pregunta a su padre por qué el sobrenombre del “Caudillo”, y obtiene la respuesta “pues será por aquello de ‘mátalos en caliente’”. Deliberadamente, José Vasconcelos nunca quiso asociar el nombre de Piedras Negras con Porfirio Díaz, a pesar de que era imposible que ignorase que “su pueblo” había sido renombrado “Ciudad Porfirio Díaz”, para halagar al Caudillo. Rigoberto Losoya Reyes, en su texto “Ciudad Porfirio Díaz (hoy Piedras Negras) en 1890”, escribe lo siguiente en el inciso correspondiente al “censo”: “De acuerdo a las cifras registradas en 1890, la Ciudad de Porfirio Díaz (hoy Piedras Negras) arrojaba un total de 6,145 habitantes, siendo de estos 3,183 hombres y 2,962 mujeres, de los cuales sabían leer 3,842, más del 50 por ciento de la población, lo que denotaba un alto nivel de educación en esta población fronteriza” (El Periódico de Saltillo).
Entre esos habitantes que sabían leer estaban los integrantes de la familia Vasconcelos Calderón. El halago de que esa población tuviera su nombre llevó al Caudillo a tener atenciones especiales para esta ciudad que hoy tiene más de doscientos mil habitantes. (Si en la actualidad, Eagle Pass tiene unos treinta mil habitantes, en el tiempo que Vasconcelos estudió allá, su población era muy pequeña.)
Para Vasconcelos, Piedras Negras y Eagle Pass fueron incubadoras de su temperamento y de su genio. El niño que allá se formó se convertiría en el hombre sin el cual no podríamos entender el México moderno. cho después en muchas ocasiones—, pero sólo para salir de allí equipado y dispuesto a la aventura del destino espiritual egregio. Para darle principio era menester andar, caminar por el ancho territorio. Apenas entreví una oportunidad, quise aprovecharla. El ambiente de mi aldea era limitado como su panorama y, como éste, vacío”.
En Piedras Negras, Vasconcelos siente ese llamado de la patria, ese destino que no imaginaba ser cosa corriente. Al dejar el lugar la familia, José Vasconcelos tenía trece años, y el director de la escuela de Eagle Pass le propone que se quede bajo el cuidado de una familia estadounidense, para luego, mediante una beca, ingresar a la universidad del estado, en Austin. El director veía en el adolescente un destino también brillante. En el Ulises criollo, el autor lo relata así: “Mi padre se ofendió primero; después comprendió que la desinteresada oferta merecía una negativa cortés, agradecida, y fue a darla. Mi madre no necesitó intervenir, pero tampoco hubiera consentido entregarme con personas excelentes, mas de otra religión. En la frontera se nos había acentuado el prejuicio y el sentido de raza; por combatida y amenazada, por débil y vencida, yo me debía a ella. En suma: dejé pasar la oportunidad de convertirme en filósofo yanqui. ¿Un Santayana de México y Texas?”.
Y, sin embargo, la partida no fue sin nostalgia. Llegado el momento de dejar Piedras Negras, su pueblo, la melancolía lo quebró: “Y aunque quería vivamente irme por ensanchar mi destino, por las noches solía despertar llorando”. Con entrañable prosa poética, escribe: “De mi parte, la metrópoli era una ambición. Imaginaba que en sus escuelas me anegaría de saber; soñaba en las bellezas de su arquitectura. Pero me entró la melancolía de arrancarme de Piedras Negras. Las bajadas del río, antiguo paso de aguadores, parecían retener jirones de mi personalidad. El puente, la plaza, cada sitio estaba ligado a horas intensas de mi vivir. Yéndome del pueblo disminuía. Llegaría a la capital desgarrado y como incompleto por lo que de mí dejaba en el pueblo, igual que crustáceo sin carapacho. Y un vago temor angustiaba el júbilo de la próxima partida. En mi tierra era yo el primero por el prestigio del saber. Entre la multitud de aquellos niños metropolitanos, bien trajeados y ágiles, seguramente que no todos eran del tipo inútil que había visto desfilar por la escuela de Eagle Pass. Era muy posible que hubiese otros con más letras que las mías y seguramente me dejarían deslucido”.
Junto con la nostalgia estaban el temor y, otra vez, la soberbia, el amor propio del lector que no acepta ser menos que otros, especialmente para alguien que, a los diez años, ya se sentía “solo y único y llamado a guiar”. No había otro paso sino cumplir el destino: “Una extraña saudade me invadía al echar las últimas miradas de adiós a mi escuela de Eagle Pass. La gratitud y el afecto me ablandaban el ánimo. Imposible consumar el recuento de lo que debía al plantel; y una cierta acidez se mezclaba a mi añoranza, por la huella de los conflictos raciales patrióticos que allí había padecido. Los campos devastados de nuestros juegos y peleas me harían menos falta que los salones de clase donde la curiosidad robó tesoros. Sin embargo, advertía que me iba después de haber sacado todo el fruto posible de aquellos años ingenuos. Por delante se hallaba una serie de épocas fecundas; la vida entera se me aparecía como tarea explotable con miras de eternidad”.

La ciudad del porfiriato
No deja de ser significativo que Vasconcelos se guarde de mencionar en sus memorias que, durante el tiempo que vivió en Piedras Negras, esta población fronteriza no únicamente adquiere la categoría de ciudad (el 1 de diciembre de 1888), sino que también es renombrada “Ciudad Porfirio Díaz” (lo será hasta 1911, cuando Venustiano Carranza decreta que regrese a su antiguo nombre). Ello a pesar de que tiene múltiples oportunidades para hacerlo, como cuando refiere la ceremonia inaugural del edificio de la Aduana, que se festejó con un baile suntuoso, en donde se develó “ante la pública veneración el retrato de cuerpo entero del Caudillo. Encendido el rostro mestizo, hinchado el busto de galones, cordones, medallas y cintajos; severa la mirada, y bajo el brazo el sombrero de Divisionario del Ejército; plumas y tiras como toca de odalisca. La concurrencia entera, de pie, aplaudió largamente a su jefe máximo, el Padre de la Patria, soldado desleal de Tuxtepec y burlador de la Constitución que cada seis años juraba cumplir. ‘¡Viva Porfirio Díaz!’, gritó tres veces el maestro de ceremonias. Y el pobre rebaño bien bañado —acababa de inaugurarse el servicio de agua entubada— respondía: ‘¡Viva!’”.
Años antes, doña Carmen Calderón había hecho las vendas para curar las heridas del caudillo, en Tlaxiaco. Y el niño le pregunta a su padre por qué el sobrenombre del “Caudillo”, y obtiene la respuesta “pues será por aquello de ‘mátalos en caliente’”. Deliberadamente, José Vasconcelos nunca quiso asociar el nombre de Piedras Negras con Porfirio Díaz, a pesar de que era imposible que ignorase que “su pueblo” había sido renombrado “Ciudad Porfirio Díaz”, para halagar al Caudillo. Rigoberto Losoya Reyes, en su texto “Ciudad Porfirio Díaz (hoy Piedras Negras) en 1890”, escribe lo siguiente en el inciso correspondiente al “censo”: “De acuerdo a las cifras registradas en 1890, la Ciudad de Porfirio Díaz (hoy Piedras Negras) arrojaba un total de 6,145 habitantes, siendo de estos 3,183 hombres y 2,962 mujeres, de los cuales sabían leer 3,842, más del 50 por ciento de la población, lo que denotaba un alto nivel de educación en esta población fronteriza” (El Periódico de Saltillo).
Entre esos habitantes que sabían leer estaban los integrantes de la familia Vasconcelos Calderón. El halago de que esa población tuviera su nombre llevó al Caudillo a tener atenciones especiales para esta ciudad que hoy tiene más de doscientos mil habitantes. (Si en la actualidad, Eagle Pass tiene unos treinta mil habitantes, en el tiempo que Vasconcelos estudió allá, su población era muy pequeña.)
Para Vasconcelos, Piedras Negras y Eagle Pass fueron incubadoras de su temperamento y de su genio. El niño que allá se formó se convertiría en el hombre sin el cual no podríamos entender el México moderno.

Juan Domingo Argüelles
 
Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Breve antología de poesía mexicana impúdica, procaz, satírica y burlesca (Océano, 2015), Dos siglos de poesía mexicana: el XIX y el XX (Océano/Gandhi, 2015), Un instante en  el paraíso: Antimanual para leer, comprender y apreciar poesía (Universidad Autónoma de Aguascalientes/Laberinto Ediciones, 2016), El libro de los disparates: 500 barbarismos y desbarres que decimos y escribimos en español (Ediciones B, 2016), El último strike (UJAT/Laberinto Ediciones, 2016), En la boca del lobo: La verdadera historia de Caperucita Roja (Fondo Editorial Estado de México, 2016),¿Qué leen los que no leen? (Océano, 2017, nueva edición definitiva), Antología esencial de la poesía mexicana (Océano/Sanborns, 2017), Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (Laberinto, nueva edición definitiva, 2018) y Las malas lenguas: Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas (Océano, 2018).

Modificado por última vez enJueves, 01 Noviembre 2018 03:06
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