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Educación superior ¿hachas o bisturíes? Destacado

Esta etapa no ha sido visiblemente prioridad política de los integrantes del próximo gobierno. Esta etapa no ha sido visiblemente prioridad política de los integrantes del próximo gobierno. Especial

La inminencia del cambio de gobierno ha agudizado las ansiedades, multiplicado las incertidumbres y confirmado no pocas dudas en torno a la política del nuevo gobierno hacia la educación superior. A casi un mes de que el lopezobradorismo se convierta en gobierno formal mediante los rituales republicanos de rigor,  la educación superior es un tema ausente de pronunciamientos contundentes sobre temas clave: financiamiento, organización, cobertura, calidad, evaluación, gobierno. Luego de más de tres décadas de caminar sobre los mismos ejes y bajo las mismas reglas del juego instrumentadas por gobiernos de distinto signo político (PRI y PAN), la acción pública federal ha conducido de manera errática y contradictoria a ese conjunto heterogéneo, complejo y masificado de instituciones que por economía de lenguaje se le suele denominar como  “sistema” nacional de educación superior. Y hasta ahora, no hay ningún ejercicio morenista conocido de balance y agenda sobre los resultados obtenidos a lo largo de estos años, un ejercicio que se antoja hoy obligatorio para el nuevo oficialismo.


Es seguro que en estas semanas los próximos funcionarios del sector educativo superior han estado ocupados preparando diagnósticos, diseñando programas, consultando decisiones. Tal vez en los días siguientes tengamos alguna noticia que indique con claridad que está pensando el nuevo gobierno sobre el sector. ¿Cómo se articula el anuncio de las cien nuevas universidades con lo que ya hacen las instituciones públicas universitarias y no universitarias, federales y estatales, en temas como la absorción de la demanda de sectores marginados por razones económicas, sociales, culturales o étnicas? ¿Qué pasará con los programas de becas que ya benefician a miles de jóvenes de muchas instituciones públicas de todo el país?  ¿Qué pasará con el sistema nacional de investigadores? ¿Cómo se piensa resolver el gravísimo déficit presupuestal de varias universidades públicas? ¿Cómo se coordinarán las acciones del gobierno federal y los gobiernos estatales en la gestión de los presupuestos educativos de las universidades públicas? ¿Cómo se contempla la regulación del sector privado?
Opacados por temas como el de las consultas populares sobre el aeropuerto de la ciudad de México, la construcción del tren de la ruta maya, o la reforma educativa del nivel básico, la educación superior es un tema menor, no relevante en la agenda del nuevo gobierno. No lo fue en la campaña electoral ni lo es en la fase de transición entre un gobierno que se va y uno que llega. Y ello, en sí mismo, es una señal preocupante de la coyuntura, pues revela una continuidad sombría heredada de los gobiernos anteriores: la educación superior no ocupa una prioridad política ni de políticas entre las preocupaciones de la nueva élite gubernamental.
Quizá ello explica el silencio cósmico del presidente electo sobre el tema, que da origen a no pocas especulaciones malignas o a creencias bienintencionadas. Acaso considerará que las cosas están funcionando bien como están, y que los temas de las universidades públicas habrá que resolverlos uno por uno según vayan llegando a las oficinas presidenciales, de acuerdo a la gravedad, el grado de  conflictividad,  o la magnitud manifiesta o potencial del escándalo respectivo. Tal vez, con prudencia republicana, AMLO y sus consejeros estarán valorando poco a poco pero a profundidad la situación del sector y de los efectos de las políticas públicas anteriores para calibrar nuevas orientaciones, modificaciones menores, ajustes mayores o fortalecimientos contundentes a lo que ya se hace en cada uno de las dimensiones o aspectos del sector.
En todo caso, cualquier tipo de agenda, de intervenciones y acciones públicas federales sobre la educación superior tendrá que lidiar invariablemente con el legado de las políticas, acciones, prácticas y rutinas que se han adueñado de las instituciones de educación superior tanto públicas como privadas. Las políticas de modernización y de calidad del pasado reciente basadas en el uso intensivo de recompensas e incentivos han dejado huellas importantes en el comportamiento de las universidades, una colección extraña de usos y costumbres que son una fuente potente de conservadurismo institucional. Frente al escenario, poblado de actores y espectadores representando sus respectivos intereses, el nuevo gobierno tendrá que mostrar en algún momento sus ideas, argumentos e instrumentos para explicar cómo se articulará la educación superior en el relato  político de la cuarta gran transformación nacional.  De lo contrario, es posible que, en ausencia de esa narrativa y de señales del cielo lopezobradorista, la tentación de usar hachas y no bisturíes sobre el sector pueda ser demasiado grande para algunos de los compañeros de viaje del morenismo en el poder.
Quizá ello explica que en este como en otros temas, el idealismo de la 4T se confunda o se pierda con el legendario pragmatismo político del nuevo presidente. Y aquí, como en otros campos de la política, los límites del idealismo hacen frontera con los límites del realismo pragmático. Esa frontera configura un espacio que suele denominarse habitualmente como vacío.  

Redacción Campus

Modificado por última vez enJueves, 01 Noviembre 2018 03:03
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