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Lectoescritura y redes sociales Destacado

Lectoescritura y redes sociales Especia

Nos hemos acostumbrado a hablar de “red” y “redes sociales”, refiriéndonos siempre a la informática, a internet, a las tecnologías de información y comunicación, a tal grado que se nos olvida que las “redes sociales” ya estaban en nuestro mundo muchísimo antes de la llegada de internet, la llamada “red de redes” que no es otra cosa que el acrónimo de la International Network of Computers que designa a la red informática mundial formada por la conexión entre computadoras mediante un protocolo de comunicación.


Resulta obvio que, para los nativos digitales, que constituyen ya el grupo demográfico dominante en el mundo, la “red” y las “redes sociales” únicamente son las de internet, porque, efectivamente, nacieron con ellas, forman parte de su cotidianeidad, de su realidad real y no sólo virtual, y no entienden su mundo sin ellas, pues son consustanciales a su uso de razón, y llega a ser tal su dependencia en relación con ellas que se sienten incompletos, literalmente amputados, y emputados, cuando de pronto se hallan sin conexión. Lo de “emputados” no es únicamente una fácil y oportuna aliteración. Constantemente leemos noticias de adolescentes iracundos que agreden a sus padres por la falta de internet.
Si vamos al diccionario de la lengua española, veremos que el sustantivo femenino “red” (del latín rete), además de la acepción principal (“aparejo hecho con hilos, cuerdas o alambres, trabados en forma de mallas, y convenientemente dispuesto para pescar, cazar, cercar, sujetar, etc.”), posee otras dos acepciones, anteriores a la informática, que no hacen sino clarificar la definición: “Conjunto de elementos organizados para determinado fin” y “conjunto de personas relacionadas para una determinada actividad, por lo general de carácter secreto, ilegal o delictivo”. En el primer caso, podemos ejemplificar con una red ferroviaria o una de bibliotecas; en el segundo, con una red de narcotraficantes o una de pedófilos.
En cuanto al concepto informático de “red”, el diccionario señala que es el “conjunto de computadoras o de equipos informáticos conectados entre sí y que pueden intercambiar información”. También define el sustantivo “red” como equivalente de “internet”: la red informática por antonomasia. En cuanto al término “red social”, el Diccionario de la Real Academia Española, sin precisar que se está refiriendo a la informática, lo define del siguiente modo: “Plataforma digital de comunicación global que pone en contacto a gran número de usuarios”. El problema con esta definición es que es incompleta, pues las “redes sociales”, como ya hemos dicho, existían mucho antes de internet.
Si no queremos ir a una enciclopedia impresa, basta con entrar a la Wikipedia para saber que, para la sociología, “una red social es una estructura compuesta por un conjunto de actores (tales como individuos u organizaciones) que están relacionados de acuerdo con algún criterio (relación profesional, amistad, parentesco, etc.)”.
Desde finales del siglo XIX, Émile Durkeim ya hablaba de redes sociales y las describía, como “sociedades modernas, con solidaridad orgánica, que desarrollan cooperación entre individuos diferenciados con roles independientes”. También se les denominaba “redes comunitarias”. Lo que ocurre es que, con las plataformas de internet, se facilitó la comunicación e interacción de los grupos sociales, dando como resultado las “redes sociales virtuales” o las “redes sociales de internet”, denominadas abreviadamente “redes sociales”, como si nunca hubieran existido otras, dándose por sentado que todos debemos entender que son las de internet.
Esto prueba que internet es una herramienta, como otras tantas de las que ha dispuesto el ser humano a lo largo de su historia (incluida la primera laja producida para hacer una flecha o una lanza), y que las herramientas se utilizan de acuerdo con la sociedad que las crea en una determinada época y para un fin determinado.
Hace exactamente veinte años, cuando, por encargo del Club de Roma, Juan Luis Cebrián publicó su libro La red, era obvio que la mayor parte de los lectores entendía o daba por hecho que dicho libro se refería a internet y no a la red de pesca. Pero lo que era necesario precisar, y el autor lo hizo en ese libro desde las primeras páginas, es que esta nueva tecnología de información y comunicación viene acompañada de una potente ideología: no implica, nada más, un aspecto social, sino sobre todo un interés económico y otro político, e incide de manera determinante en todos los ámbitos, incluidos los que se le oponen.
Internet provocó una tensión social precisamente por el uso político y económico. Cebrián afirmó: “En esta nueva economía, las redes digitales y el conocimiento humano están transformando casi todo aquello que producimos y hacemos. En la vieja economía, la información, las comunicaciones y las transacciones eran físicas, representadas por dinero en efectivo, cheques, facturas, conocimientos de embarque, informes, reuniones cara a cara, llamadas telefónicas analógicas o transmisiones a través de la radio o la televisión, recibos, dibujos, proyectos, mapas, fotografías, discos, libros, periódicos, revistas, partituras y publicidad postal, por citar unos pocos ejemplos. En la nueva economía, de forma creciente, la información en todas sus formas, las transacciones y las comunicaciones humanas se vuelven digitales, reducidas a bits almacenados en ordenadores que se mueven a la velocidad de la luz a través de redes que, en su conjunto, constituyen la red”.
Cebrián afirma que “la digitalización y difusión de información y conocimiento, centradas en la red, tienen implicaciones de gran alcance”, en particular por la mutación de los mercados, que se han vuelto electrónicos: “Estamos cambiando nuestra forma de crear, comercializar y distribuir bienes y servicios: se trata de la primera transformación fundamental en el modo de hacer negocios desde hace más de un siglo”.
Hoy todos sabemos, o deberíamos saber, que, detrás de toda novedad en internet, hay siempre alguien que quiere vendernos algo: vestimenta, entretenimiento, arte, formación y títulos académicos, mascotas, maquillaje, armas, religión, sexo, pornografía, etcétera. Y ya es común que los influencers, youtubers y vloggers se vendan, literalmente, por internet, a las empresas que mantienen sus canales. Estos nuevos intermediarios publicitan y hacen sentir la necesidad de consumo de los productos. Son los nuevos promotores del gusto y la opinión, encargados de dirigir el consumo. El Diccionario de Inbound Marketing define del siguiente modo a un influencer: “Persona que cuenta con cierta credibilidad sobre un tema concreto, y por su presencia e influencia en redes sociales puede llegar a convertirse en un prescriptor para una marca”. Por supuesto, lo que ayuda a vender un influencer no es precisamente ciencia o cultura.

Atrapados por la telaraña
Hay, por supuesto, otros usos de las redes sociales en internet. Por ejemplo, y especialmente, los que se oponen a la ideología consumista del mercado: aquellos que cumplen una función social de beneficio público, lo mismo si generan conciencia sobre algo, que si divulgan la ciencia y el conocimiento o apoyan a organismos y ciudadanos organizados por un bien común. Pero por un proyecto de esta naturaleza hay en internet miles que sólo buscan la ganancia económica. Hay que decirlo: Incluso en los casos de proyectos y sitios virtuales aparentemente con un objetivo social, hay un interés económico subterráneo, para disfrazar de cultura desinteresada la publicidad de cierta mercancía. Y esto ocurre hasta con los sitios destinados a la lectura, muchos de ellos convertidos, sutil o descaradamente, en pequeñas agencias publicitarias de la industria editorial, y no precisamente de la mejor industria editorial. En internet, no siempre es fácil diferenciar a un promotor de la lectura de un publicista interesado en cobrar su comisión por las videorreseñas en su canal.
La telaraña es la mejor imagen de una red. Cualquier bicho que cae en la red de la araña, puede darse por muerto. Por ello, en su acepción principal, una red sirve, como bien lo precisa el diccionario, para pescar, cazar, cercar, sujetar, atrapar. De ahí la locución “aprisionar alguien (a otro) en sus redes”: sujetarlo “valiéndose de malas artes o enamorándolo”, precisa María Moliner. De ahí también “caer en la red”: ser víctima de un engaño, una trampa o un ardid, pero admitiéndose también la posibilidad de “enredar” a alguien en algo que le gustará y será de su beneficio.
Quien cae en la red puede muy bien ser aquel que no imaginaba, quizá, ser atrapado por un libro, por un oficio, por un gusto, que es algo así, también, como enamorarse o dejarse seducir: enamorarse de la lectura y la escritura, por ejemplo, a causa de una red muy bien dispuesta. Si internet sirve para lo malo, también sirve para lo bueno, como cualquier otra herramienta: como el cuchillo, que sirve para herir y matar o para rebanar el pan y separar las hojas de un libro intonso.
No quiero hacer lirismo sobre esto, pero tampoco discurso grave. Más allá de los soportes, la cultura escrita ha demostrado ser capaz de adaptarse y sobrevivir manteniendo su sentido de preservar y difundir el pensamiento y la creación estética, y el más elemental, pero no menos importante, de comunicar y establecer lazos de identidad (cuerdas, fibras, hilos, entrelazados, entramados, como en la definición de la red) y de necesidad con otras personas, configurando así “redes comunitarias”, “redes sociales”, ámbitos ideales para compartir lo que nos une, más allá de nuestras diferencias individuales o, como dijera, Durkheim, de nuestros roles independientes.
Al referirme a la adaptabilidad de la cultura escrita, es imposible no llegar a la conclusión de que la lectura y la escritura en los medios digitales no tendrían por qué sustituir al libro, sino potenciarlo. Esto incluso lo supo Nicholas Negroponte, uno de los mayores evangelistas de la era digital, cuando publicó su obra Ser digital en 1995, un libro que, por cierto, y por paradoja, se publicó en papel, a pesar de la premisa de su autor: “El cambio de los átomos a bits es irrevocable e imparable”.
Negroponte, profeta de la era digital, afirma en su libro que “la realidad virtual puede convertir lo artificial en algo tan real como la realidad o, quizá, aún más real que ésta”. Añade: “Por ejemplo, la simulación de vuelo, una de las aplicaciones más sofisticadas y más antiguas de la realidad virtual, produce una mayor sensación de realidad que volar en un avión real. Pilotos recién recibidos, pero perfectamente capacitados se hacen cargo de los controles de un avión de pasajeros repleto al realizar su primer vuelo en un 747 real, porque en el simulador de vuelo han aprendido mucho más de lo que podrían haber aprendido manejando un avión verdadero”.
Lo cierto es que al entusiasta profeta de la realidad virtual no se le olvidaba comer y beber átomos en lugar de bits y, probablemente, sabía la diferencia entre el sexo real y el sexo virtual. Él no lo dice en su libro, pero si se hiciera un símil del aprendizaje de los pilotos en el simulador de vuelo, con el aprendizaje de los amantes en el sexo virtual, creo que sería más fácil para éstos aterrizar un 747 repleto de pasajeros que conseguir la plena satisfacción amorosa, porque si algo hay que poner en el amor, como bien lo advirtió Erich Fromm, es imaginación. Con ello quiero decir que tampoco hay que exagerar la nota o que, en este punto, le voy más a Hans Magnus Enzensberger cuando afirma que quien confunde el sexo virtual con el amor está listo para el psiquiatra.
Negroponte mismo, que, como ven, es muy exagerado en su entusiasmo virtual, a pesar de ello, en el tema de la cultura escrita se mostró muy razonable. Escribió lo siguiente en Ser digital: “La multimedia interactiva deja muy poco libre a la imaginación. Como una película de Hollywood, la narrativa de multimedia incluye representaciones tan específicas que cada vez es menos lo que se puede imaginar. La palabra escrita, por el contrario, describe imágenes y evoca metáforas cuyo sentido profundo surge a partir de la imaginación y de las experiencias personales del lector. Cuando se lee una novela, gran parte del color, de los sonidos y del movimiento los crea el lector”.

Leyendo pixeles
Quizá sea el momento de decirlo: los bits no sustituyen, ni creo que sustituyan jamás, a los átomos, del mismo modo que las palabras no sustituyen a lo que designan, en todo caso lo representan. Esto lo hemos sabido siempre, salvo hoy, cuando hay muchísimas personas que confunden lo virtual con lo real. En caso de duda es facilísimo acudir a un libro o a internet mismo y ver la obra de René Magritte “Esto no es una pipa”. No lo es, en efecto, porque es la imagen o la representación de una pipa en una pintura que, por lo demás, independientemente de su fama, André Comte-Sponville (Sobre el cuerpo, 2009) califica de mediocre, pues considera que lo mejor de esa obra no es la pintura, sino la idea. Pero, de cualquier forma, agradecemos la idea que, para el buen entendedor, no debe ser superflua, sobre todo hoy cuando muchos confunden la representación con lo real.
Uno de los mayores equívocos sobre las tecnologías digitales es pretender que internet es un sustituto del libro y, en general, de la cultura escrita, cuando en realidad es únicamente un medio, una herramienta y, en todo caso, un continente. Continente es la botella, contenido es el vino; continente es el soporte, contenido es lo que se pone en ese soporte. Cuando tengamos duda sobre esto, acordémonos de nuestras ya lejanas clases de química sobre forma y volumen: “el agua líquida toma la forma del recipiente que la contiene”. O, dicho poéticamente por José Gorostiza, en su Muerte sin fin: “por el rigor del vaso que la aclara/ el agua toma forma”.
Del mismo modo que hay que distinguir la lectura de internet de la lectura de obras que se hace gracias a las herramientas de internet, hay que diferenciar la escritura de internet de la escritura que se difunde gracias a los medios digitales. Son cosas diametralmente opuestas acerca de las cuales ha escrito extraordinariamente Alberto Manguel.
Para Manguel, la lectura y la escritura de internet tienen una lógica y un propósito muy diferentes a la lectura y la escritura tradicional. Y esto es muy fácil distinguirlo. Si hablamos de la lectura y la escritura en red, tenemos que distinguir entre la comunicación textual inmediatista y la producción de textos de mayor elaboración ficcional e intelectual que se suben a la red pero que se realizan al margen de ella. Esto quiere decir que, aunque no tengamos duda de que hoy, gracias a internet, la gente lee y escribe más que antes o tiene mayor práctica de lectoescritura (porque a cada momento está texteando y leyendo los textos de otros), esto nada tiene que ver con la cultura más profunda y meditada de “la obra”, en un sentido clásico, llámese ensayo, cuento, poema, novela, reflexión filosófica, investigación científica, etcétera.
Leer y escribir en red los mensajes, que convierten la oralidad en texto, no es lo mismo que usar la red y, en específico, las redes sociales de internet, para divulgar y compartir con otras personas, coincidentes o no, pero interesadas en lo mismo, la producción de obras escritas. Más allá de lo que se diga, con demasiado facilismo sobre la democratización que ha propiciado internet, a grado tal que hoy nadie está excluido del diálogo en tanto tenga un cacharro electrónico con conexión, en relación con la cultura escrita, la unidad de lectura superior sigue siendo el libro (en el formato o el soporte que sea), que no admite ser fragmentado o amputado a riesgo de perder su sentido.     La lectura y escritura
en la red deberían potenciar al libro, no reemplazarlo

Juan Domingo Argüelles

Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Breve antología de poesía mexicana impúdica, procaz, satírica y burlesca (Océano, 2015), Dos siglos de poesía mexicana: el XIX y el XX (Océano/Gandhi, 2015), Un instante en  el paraíso: Antimanual para leer, comprender
y apreciar poesía (Universidad Autónoma de Aguascalientes/Laberinto Ediciones, 2016), El libro de los disparates: 500 barbarismos y desbarres que decimos y escribimos en español (Ediciones B, 2016), El último strike (UJAT/Laberinto Ediciones, 2016),
En la boca del lobo: La verdadera historia de Caperucita Roja (Fondo Editorial Estado de México, 2016),¿Qué leen los que no leen? (Océano, 2017, nueva edición definitiva), Antología esencial de la poesía mexicana (Océano/Sanborns, 2017), Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (Laberinto, nueva edición definitiva, 2018) y Las malas lenguas: Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas (Océano, 2018).

Modificado por última vez enJueves, 15 Noviembre 2018 01:25
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