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¿Obcecados? ¿Todos? ¿En serio? Destacado

Cada año miles de estudiantes tratan de alcanzar un lugar en programas educativos a pesar de las altas demandas. Cada año miles de estudiantes tratan de alcanzar un lugar en programas educativos a pesar de las altas demandas. Cuartoscuro

El pasado sábado 10 de noviembre, 42,761 aspirantes a cursar una licenciatura en la Universidad de Guadalajara se presentaron puntualmente a las 8 la mañana en los distintos Centros Universitarios de la Red-UdeG para presentar el examen correspondiente. Cada seis meses ocurre lo mismo: es un típico espectáculo aspiracionista, una feria de las ilusiones, una multitudinaria competencia meritocrática. Todos ellos saben que sus posibilidades de ingreso no son fáciles. Dependiendo de la carrera a la que aspiran, requieren de puntajes más o menos elevados para tener mejores o peores condiciones de acceso a la elección de su preferencia. El puntaje se divide en dos partes. Uno depende del promedio obtenido en el bachillerato (50 por ciento); el  otro depende del que obtengan en el examen de admisión (50 por ciento). La combinación de ambos factores arroja el resultado final, que determina, a partir de los puntajes mínimos y los cupos de admisión previamente marcados por cada programa, quienes pueden acceder a las licenciaturas universitarias.


El problema es que sólo un 30 por ciento del total de los aspirantes logrará acceder a un programa. Eso se explica por la alta tasa de rechazo de las carreras más demandadas, que son, hoy como ayer, las mismas de siempre: medicina, abogacía, enfermería, contaduría pública, psicología. Hay carreras muy poco demandadas que suelen tener espacios disponibles pero para los cuales no hay aspirantes o los que hay no cubren los mínimos del puntaje de admisión establecido. Programas como Física, Filosofía, Economía, Matemáticas, son carreras de baja matrícula y demanda. Esta combinación entre opciones sobredemandas y subdemandadas explica el resultado general.
Pero lo ocurrido en la UdeG también sucede con diversas escalas e intensidades en otras universidades públicas del país. Las explicaciones sobre el fenómeno abundan, pero suelen ser una mezcla de opiniones, creencias e impresiones basadas en anécdotas, ignorancias y prejuicios. Para unos, apostar a las carreras tradicionales se trata de decisiones “necias”, propias de individuos poco informados, que no toman en cuenta la oferta de otras instituciones no universitarias y opciones profesionales, y que suelen terminar en el fracaso, la amargura y la decepción. Para otros, se trata de un comportamiento racional, calculado, que tiene como mecanismo explicativo la posible recompensa futura de la elección (empleo bien remunerado y estable, prestigio, reconocimiento).  Los obcecados forman el primer tipo de aspirantes, un estereotipo explicativo común para ciertos  empresarios o funcionarios del sector, como lo expresó hace unos años ni más ni menos que un fugazmente célebre  subsecretario de educación superior (por cierto, abogado egresado de la propia UNAM). Los indolentes, el antónimo de los obcecados, sería otro de los estereotipos de los estudiantes que intentan acceder a la universidad. Se trata de estudiantes que le apuestan a la suerte, al destino o a Dios, distribuyendo sus opciones entre carreras cuyo acceso acaso resulte más factible.
El núcleo duro  de análisis del problema radica en la combinación entre creencias, deseos y oportunidades de los estudiantes, un núcleo que está en el centro de la teoría de las decisiones en la sociología analítica contemporánea. Jon Elster, uno de sus más conocidos representantes, escribió en algún lugar que la elección de una carrera para un joven de 18 o 19  años es una de las  decisiones más agobiantes de su vida. Sin experiencia vital ni madurez intelectual, los impulsos vocacionales, la voluntad y la información no son suficientes para tomar una decisión clara que les puede costar la definición de su futuro en el corto y en el largo plazo. Gravitan en los jóvenes  una combinación de deseos y creencias, ambiguedades corrosivas,  preferencias contradictorias, aspiraciones y expectativas múltiples que debe contrastar contra las oportunidades objetivas que aparecen en el horizonte y que consideran más o menos alcanzables.
Estos factores objetivos y subjetivos no se producen en soledad. Se trata de procesos de referencia, de significación, de experiencias y aprendizajes que los estudiantes toman indistintamente de varios lados: de sus amigos, de sus familias, de la observación sobre sus profesores, de los ambientes institucionales de sus escuelas, de cierta información sobre las trayectorias de los profesionistas realmente existentes, es decir, de los que conocen, respetan e inclusive admiran.  Las oportunidades por su parte obedecen más a factores institucionales: el tipo de programas, las disciplinas en cuestión, el perfil de las profesiones, la competencia y la equidad en el acceso, los puntajes de admisión requeridos, la ubicación geográfica de las instituciones.
Pero los estudiantes tampoco son irracionales. Calculan, asumen riesgos, juegan a la suerte, prenden veladoras, intuyen, imaginan, buscan opciones. Saben que apostar por carreras tradicionales, de alta demanda, disminuye sus posibilidades. Pero también saben que, de lograr su propósito, alcanzarán buenas posibilidades de mejorar sus futuros individuales y familiares. En ausencia de otros mecanismos de movilidad social ascendente, la universidad es una de las pocas opciones en las que pueden “asegurar” un futuro optimista.
Por ello, la persistencia de la demanda hacia ciertas carreras y universidades públicas resulta incomprensible para muchos. Pero el hecho existe y se repite año con año. Descalificar a los solicitantes como obcecados, ingenuos o indolentes es asumir que hay una ruta correcta de elección, un camino al dorado profesional que los estudiantes y sus familias deberían conocer y transitar. Pero ese supuesto es un truco viejo, que parte de considerar que hay “un” solo tipo de estudiante, “una” decisión óptima, “una” opción correcta. Es la tradicional rutina ilusionista de sustituir la ignorancia franca sobre la complejidad y diversidad de los comportamientos estudiantiles por un juicio normativo guiado exclusivamente por la fe o los prejuicios de los opinadores.

Adrián Acosta Silva
Investigador del Centro Universitario de Ciencias Económico Administrativas de la Universidahttp://campusmilenio.mx/administrator/index.php?option=com_k2&view=item#k2TabImaged de Guadalajara.

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