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¿Qué nos dejó el cincuentenario del 68? Destacado

El movimiento, además de ser recordado,  retomó vigencia, ya que muchas de sus demandas siguen en línea con la situación política y social actual. El movimiento, además de ser recordado, retomó vigencia, ya que muchas de sus demandas siguen en línea con la situación política y social actual. Especial

La conmemoración del 50 aniversario del Movimiento Estudiantil de 1968 fue un recuerdo en el presente con vistas hacia el futuro del movimiento político, social y cultural más importante en México, después de la Revolución mexicana. Nunca como en este 2018 la celebración de aquella lucha estudiantil popular capturó tanto la atención de estudiantes, maestros, políticos y la sociedad en general, incluso los medios de comunicación en su conjunto abrieron sus plataformas para divulgar episodios de aquellos hechos, producir documentales y dar voz a testimonios directos de algunos de los actores sobrevivientes.


Un vector pareció cruzar el tiempo de antes hacia adelante en todos los planos en que los recuerdos fueron traídos a la actualidad. Inevitable que cuando pensamos en el pasado lo hagamos a como somos ahora, desde ahí ya podemos considerar que nuestras historias son relatos vivos. Los hechos del pasado seguirán siendo los mismos, pero las lecturas que se les hagan podrán variar con el curso del tiempo.
El 2018 es un año crucial en la vida política de México. Por primera vez, en una elección democrática, la izquierda mexicana gana la presidencia de la República. Pocos de los analistas de la información pusieron en entredicho los vínculos que el 68 guarda con el 2018. La historia no es lineal, efectivamente, pero sin esa narración que eslabona, la humanidad no fuera nada. La diacronía asalta la vista, mostrando imágenes diversas que imprimieron a los festejos del cincuentenario un ánimo festivo, un espíritu de lucha renovado y, en los estudiantes, las ganas de volver a ser sujetos de su tiempo.
Todo recuerdo de hechos relevantes en la historia sugiere alguna vitalidad en el presente y da fuerza futura en mayor o menor medida, ni como dudar que ese es el valor primordial de la historia, pero aceptemos también la magia de los números, el simbolismo del medio siglo, la mitad de la vida, el valor de las formas que representan esfuerzos de época que ameritan emotivas celebraciones de enorme significado, acaso sea esta una más de las razones por las que el aniversario 50 del 68 alcanzara una gran resonancia.
Más allá del halo simbólico de los años cumplidos, la coincidencia de que el cincuentenario en el 2018 haya sido año electoral en el que muchos de los actores de ahora lo fueron también en el 68, y de que, además, se hayan alzado con el triunfo en las manos, fue motivo de que alrededor de la cabeza de los analistas políticos rondara la idea de que existe una generación puente entre aquel año y el que corre. Idea tentadora, no necesariamente necesaria, pero con fuerza suficiente para crear la imagen de una secuencia de acontecimientos en la historia política del país, que van desde el movimiento estudiantil del 68 hasta el arribo de la izquierda mexicana a los principales cargos del poder político en México, incluida la presidencia de la Republica. Vale aclarar que el término izquierda que usamos está del otro lado de las posiciones sectarias que reclaman el control de las cédulas de identidad del espectro político.
El simbolismo del número 50 y el resultado electoral del primero de julio, contribuyeron al realce de la conmemoración de un episodio de conciencia política, de fiesta y de tragedia que nunca se ha olvidado gracias al empeño que viejos y nuevos voceros del movimiento nos han recordar, año con año.
Un hecho inesperado vino a reforzar la actualidad del 68, la agresión a estudiantes de la UNAM de un grupo de porros armados, en Ciudad Universitaria. La difusión de la violencia porril en los medios trajo de inmediato escenas similares del 68 y, además, del 10 de junio de 1971, cuando un grupo paramilitar llamado Halcones atacó a tiros y con palos una marcha pacífica de estudiantes en las calles de San Cosme de la ciudad de México. Las fotografías aparecidas en las redes sociales y los medios, levantó la pregunta si en realidad la agenda estudiantil de aquellos años había quedado cerrada. La verdad del presente en ayuda de la memoria, la praxis verificando la teoría, la historia como una lección abierta.
El medio siglo del movimiento, el triunfo electoral de la izquierda y el ataque de los porros a estudiantes apenas en septiembre, dieron a la celebración del cincuentenario un lugar principal en la agenda política nacional, el propio presidente electo, Andrés Manel López Obrador, acudió a un acto público en la Plaza de la Tres Culturas, de trágica memoria porque ahí ocurrió la matanza de estudiantes hecha por las fuerzas armadas durante un mitin pacífico convocado por el Consejo Nacional de Huelga. Nunca más el ejército se usará para reprimir al pueblo, señaló López Obrador. Pablo Gómez Álvarez, ex dirigente del 68, ahora diputado de Morena dijo en la tribuna de la Cámara Baja que algunas demandas del 68 estaban sin cumplirse. Se refirió en concreto a que la universidad pública no puede cerrar puertas y ventanas a los vientos democratizadores que circundan el país. Rolando Cordera, en articulo editorial, traza un camino político y democrático que inicia el 68 y se interrumpe con los imperativos de competencia del mercado global de los 80 para acá. Yo mismo, en un acto realizado en Culiacán, Sinaloa, con motivo del cincuentenario decía: Si bien las experiencias de cada generación son propias, los recuerdos pueden ser compartidos. La historia es un gran recipiente de testimonios y memorias colectivas. Acervo de enorme valor para las generaciones posteriores cuando llega el momento de tomar el mando de la construcción de las sociedades en que viven. El movimiento estudiantil del 68 visto desde el presente, retoma vigencia al darnos cuenta de que algunas de las demandas de aquel episodio están en línea con los fenómenos políticos sociales y culturales que se están viviendo actualmente.

La vigencia del 68
La vigencia del 68 se sustenta en los fundamentos que lo impulsaron, revisando con cuidado los seis puntos del Pliego petitorio del Consejo Nacional de Huelga, ninguno tiene actualidad, aunque hay quienes sostienen que el espíritu del 68 continúa despierto. En realidad, fueron tres los haces de luz que iluminaron la conciencia de los jóvenes estudiantes en ese año (habida cuenta que se decía que concientizaba más el macanazo de un granadero que la lectura de un libro de Carlos Marx), los anhelos de libertad, de democracia y de justicia. La conciencia del 68 armó su discurso con los dos primeros y puso un menor acento en el tercero, no tanto porque el déficit social del régimen no fuera deplorable en las capas bajas de la población, sino porque los actores del movimiento provenían de los sectores medios de la sociedad. Aun con el riesgo de incurrir en comparaciones fáciles, hago un paralelismo de aspectos comunes entre las postrimerías de la dictadura de Porfirio Díaz y el régimen autócrata de Gustavo Díaz Ordaz, a saber, modernización económica y material en manos de elites privilegiadas, desarrollo social precario, ausencia total de democracia y libertades políticas y culturales coartadas.
La caída del primer Díaz fue la condición necesaria para construir un pacto social y político cimentado en la Revolución mexicana. Con la derrota política del segundo Díaz no se acuerda un siguiente pacto, sino que inicia una tortuosa actuación gubernamental sin rumbo fijo hasta que fue retomada por una elite intelectual educada en el extranjero que tomó bajo su control los aparatos del Estado y los puso al servicio del capital global bajo el pomposo nombre de liberalismo, mejor y más correctamente llamado neoliberalismo. Lapso que se prolongó por más de tres décadas durante el cual las elites gobernantes no decidieron nada que no fuera dictado por las inatacables fuerzas del mercado.
La sumisión del Estado al Mercado debilitó a la política y a la economía política. Los déficits social y político fueron incrementándose al mismo tiempo que el superávit económico de los privados crecía sostenidamente. México cuenta con una clase propietaria supermillonaria y con una clase política enriquecida al calor de esos mismos negocios. Las elites económicas, políticas e intelectuales creyeron que esa bonanza era para siempre, que ningún pacto social se necesitaba, bastaba con un arreglo económico en sintonía con los centros financieros internacionales.
La dictadura del mercado se fortaleció con la dictablanda de la política. Hoy, en principio, parece que ya no será así. Quiero decir que la política y la economía política exigen su lugar, con todo el derecho que una democracia respetada otorga. Mas el problema del equilibrio no es sencillo. Una economía de mercado reclama una sociedad de mercado, decía Karl Polanyi. Esta dualidad exige, a su vez, un Estado mínimo. Es la triada neoliberal cuyo cimiento es la sacrosanta propiedad privada y en donde la justicia dependerá de que el triduo de principios y de funciones naturales obtenga los mejores resultados. Si por los resultados fuera, el saldo social es notoriamente inequitativo e injusto.   
El pacto social postergado por los regímenes posteriores a Díaz Ordaz, fincado en el movimiento del 68, es el mayor pendiente de ese histórico fenómeno político. Evidentemente ya no se trata ahora de pedir, sino de construir, no basta con que el diálogo sea público, sino que además sea social, democrático y multicultural.
Que yo recuerde —y aclaro que no soy compás del tiempo de nada y de nadie—, nunca el país había tenido una mejor oportunidad para sentar nuevas bases de desarrollo a partir del diálogo social en el que los actores aporten su propia visión de los problemas. La sociedad mexicana se ha modernizado sin desvanecer su rica diversidad cultural, social y regional, han surgido una gran cantidad de organizaciones civiles por criterios de profesión, de negocios, de motivos altruistas, de defensa de derechos, de cuidado ambiental, de seguridad ciudadana, etcétera, que participan en asuntos privados como públicos, en espacios que antes exclusivos de la esfera estatal.
La emergencia de la sociedad civil la veo como un movimiento social instituido, organizado en gremios o grupos de interés especifico que exige, dialoga y propone. No son parte del Estado, pero actúan dentro de él, existen por él, coadyuvan o entorpecen según los fines perseguidos. Es la sociedad civil en movimiento, si se me permite, es el post 68, con su propio pliego petitorio, con su CNH, con sus activos, con sus medios de propaganda, con su pluralidad, con su autenticidad. No me refiero a signos ideológicos, hablo de una realidad auténtica que merece respeto, como lo fue el movimiento del 68.
El ciclo del 68 ha de cerrar con la celebración del pacto social omiso hasta ahora, con el parto de una gestación esperada por décadas. El alumbramiento deberá ser iluminado por aquellos tres rayos de luces aún refulgentes y que algunos las percibieron mortecinas. No son los mismos actores, unos y otros de aquel año y del presente, pero son los mismos valores. Cada cual en su papel que le tocó vivir, en la forma que le corresponde según el lugar particular que ocupa en la sociedad.
El impulso del primero de julio fue importante como necesario, pero no es suficiente para renovar el contrato social, sin que eso signifique menospreciar los 30 millones de votos del candidato ganador. En la democracia electoral los votos se cuentan bien y eso es lo que ocurrió, no es poca cosa si tenemos en cuenta las experiencias fallidas que en esta materia tantas veces hemos tenido los mexicanos. Retos que parecían insuperables fueron vencidos, enormes obstáculos del viejo régimen no resistieron en pie la protesta electoral de una ciudadanía cansada de una vida insegura y para muchos injusta frente a los excesos e impudicia del grupo político gobernante en el uso de los bienes públicos.
La idea del intercambio electoral entre los que votan y los que son votados es perfectamente válida en democracia. El ciudadano espera que su voto cuente para algo que legítimamente le interesa. La demanda social que de ahí nace es proporcional al apoyo recibido, nada de que preocuparse si la oferta pública del gobierno agota esa demanda, lo contrario ocurriría si no hubiera coincidencia entre los qué a quiénes y cómo hay que atender el reclamo ciudadano. Es decir, no basta elaborar la lista de prioridades, se requieren contar con los medios sociales y públicos dispuestos a atenderla. En eso consistirían las políticas públicas en una democracia moderna, dialogadas y de consenso, en las que no sólo se involucra la ingeniería de medios y metas, sino también los fines políticos de un nuevo régimen sustentado en un pacto social renovado de base ciudadana. Aspiración implícita en el viejo 68. 

Carlos Calderón Viedas

Profesor e investigador de la Universidad Autónoma de Sinaloa y coautor de La utopía corrompida.

 

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