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Evocación de Jorge Medina Viedas Destacado

Medina Viedas tenía la certeza de que la educación es prioridad de la patria; una educación cimentada en un espíritu cordial. Medina Viedas tenía la certeza de que la educación es prioridad de la patria; una educación cimentada en un espíritu cordial. Especial

Jorge Medina Viedas (1945-2018), fundador y animador de Campus, falleció la noche del pasado 28 de noviembre, en vísperas de la aparición del número 781 de este suplemento universitario con el cual celebramos dieciséis años de publicación ininterrumpida. Ya no lo vio impreso, pero su espíritu y su vocación de libertad están presentes en este hebdomadario cuyo propósito fue siempre la reflexión sobre la educación y sus retos y problemas en un país urgido no de escolarización, sino de educación.
Tuve la fortuna de compartir el último tramo de la vida de Jorge, y me sentí honrado de que, con trece años él más que yo, me considerase su amigo: Alguien con quien conversé no sólo sobre educación superior y periodismo, sobre política y vida social, sino también, y yo diría que especialmente, sobre literatura, pues fue un lector entusiasta y empedernido de esos que ya casi no hay porque la mayoría de las personas (incluso viejas) han cambiado la lectura de libros por la escritura de curiosidades y puerilidades en redes sociales.


Jorge Medina Viedas tenía una Pasión crítica por la universidad, y así intituló el último de sus libros, publicado por la Universidad Autónoma de Sinaloa, en 2015. (Otros títulos suyos son: Universidad, política y sociedad, La Universidad amenazada, Élites y democracia en México, Medios y política y La Anuies y la educación superior en México (1950-2005). Su mayor preocupación era que la violencia y el crimen organizado habían tomado los territorios y espacios políticos más importantes del país. “Los criminales —precisaba— hicieron leva con los jóvenes (en la primera década de este siglo nació en México la primera generación de niños sicarios), los llevaron a sus campos de batalla y los han hecho creer que el dinero y una vida fácil están al alcance de una AK-47. Así nos dimos cuenta de que la violencia y el crimen son problemas más graves que el de la educación. Pero la educación tiene las virtudes que pueden llevar o ganar a las personas para los valores y el respeto a la ley”.
Por ello, Jorge creyó en las bondades de una reforma educativa que de veras se preocupara por la educación y no por dar gusto a los grupos de poder económico y político, a quienes la educación no les interesa, sino tan sólo sus beneficios personales, obtenidos, eso sí, con la coartada de la educación. El objetivo, planteaba, es “rescatar lo mejor de nuestros estudiantes, lograr que nuestros alumnos le ganen la batalla a la perfidia, que sean ellos lo que le devuelvan al país la solvencia moral y la dignidad democrática”.
En Pasión crítica por la universidad: La autonomía y otras luchas, su autor explicó: “La educación y el periodismo han sido parte fundamental de mis actividades profesionales y políticas, particularmente durante las últimas tres décadas. En cuanto a ambas disciplinas, algo de lo más relevante que he podido descubrir es lo vasto y complejo que resulta el ámbito de la primera y lo difícil del ejercicio de la segunda”.
Aunque ya casi nadie lo dice así, él tenía la certeza de que la educación es prioridad de la patria. Decirlo así era retrotraerse a las lecciones vasconcelistas que le enseñaron, como lo apunta en su libro, que “una legítima aspiración humana es conseguir que en la sociedad predomine una estructura económica y social justa, donde convivan hombres y mujeres que sean respetados en sus derechos y que a su vez sean respetuosos de las leyes, en un marco donde el ejercicio de las libertades sea señal de que está ausente todo signo de autoritarismo”.
Jorge Medina Viedas no veía la educación superior como un medio para alcanzar el fin de encaramarse en la pirámide social, sino como el espacio ideal, en un clima de convivencia y de respeto, que le permitiera a la persona, por encima de todo, una mejoría humana, incluidas desde luego la prosperidad económica y la seguridad ciudadana, pero no éstas como objetivos primordiales descarnados de todo sentido ético y de toda búsqueda moral.
Lo peor que podía pasar con la educación superior, sostenía, es que sólo sirva, justamente, para la prosperidad económica, sin ningún destello de espíritu: sin cultura, sin solidaridad, sin sentimiento de indignación ante la injusticia, y como una simple forma de vivir “bien” porque se ha ido a la universidad, porque se ha convertido uno en profesionista, porque se ha “quemado las pestañas” (que, con frecuencia, es lo único que se queman no pocos universitarios), porque han seguido un rito de pasaje, para, en fin, decirlo con palabras de Gabriel Zaid, porque han sabido para subir o porque el único fin de “saber” siempre fue el mismo: “subir”.
Más de una vez conversamos de que la verdadera educación superior empieza en las primeras letras y en los primeros números. Vasconcelos y Torres Bodet lo supieron de Montaigne, y hoy no lo saben muchos que por principio no han leído a Montaigne. No se puede aspirar a la formación de mejores personas sin el inicio de un espíritu cordial, y en este punto, invariablemente, hace acto de presencia la lectura, pero no la lectura de cualquier cosa, sino la lectura de maravillas que, como quería Andrés Henestrosa, nos prepara para lo que viene después y nos confiere el descubrimiento de la belleza y de la gracia, que no es poca cosa en un mundo casi todo el tiempo presionado por el éxito mundano y el beneficio material.
Llegados a este momento de la conversación, Kant nos ayudaba a comprender, gracias a las páginas de sus lecciones Sobre pedagogía que impartió, por una década, en la Universidad de Königsberg, entre 1776 y 1787: “El hombre sólo por la educación puede llegar a ser hombre. No es nada más que lo que la educación hace de él. Hay que notar que el hombre es sólo educado por hombres que, a su vez, están educados. De ahí que también la falta de disciplina e instrucción es lo que hace que algunos hombres sean malos educadores de sus alumnos”.
Y Kant también nos respondía cuando nos preguntábamos dónde quedaba entonces el libre albedrío: “Corregirse a sí mismo, cultivarse a sí mismo y, si es malo, producir moralidad en sí mismo: esto es lo que debe hacer el hombre. Pero si se reflexiona maduramente sobre esto, se encuentra que es muy difícil. De ahí que la educación sea el problema más grande y más difícil que se puede plantear al hombre. Pues la inteligencia depende de la educación, y la educación depende a su vez de la inteligencia. De ahí que la educación sólo poco a poco pueda dar un paso hacia adelante, y sólo haciendo que una generación transmita a la siguiente sus experiencias y conocimientos, que ésta añada algo y pase a las siguientes”. (Immanuel Kant, Sobre pedagogía, Universidad Nacional de Córdoba, 2008.)
Y nos quedábamos con la certeza kantiana de que “la educación es el problema más grande y más difícil que se puede plantear al hombre”. No hay otro, pues todos los demás surgen de la educación, ya que toda educación fallida produce sociedades fracasadas, y toda educación inteligente favorece individuos y sociedades inteligentes. La violencia, el narcotráfico, la corrupción, el crimen en general nos dicen mucho del fracaso de la educación que es, en consecuencia, el fracaso de la sociedad.
Jorge Medina Viedas observaba perspicazmente, acerca de los primeros años de este siglo los últimos que a él le tocó vivir, que nada ganábamos silenciando la crítica o autocensurándonos para no incomodar a los otros y a nosotros mismos. En cierta ocasión le cité unos versos del poeta canadiense de origen húngaro George Jonas (1935-2016), que él celebró mucho; dichos versos me los descubrió mi amigo húngaro Stephen Vizinczey, y viven en mi memoria: “No soy libre/ porque valoré más la comodidad que la verdad...”
Coincidíamos, y él afirmaba: “El sentido de la crítica es cuestionar la realidad, ofrecer caminos, proponer alternativas”. Entendía la autocrítica como un ejercicio de aseo mental, y la crítica como un oportuno profiláctico contra los dogmas cultos o no. Conversábamos también del idioma, pasión que compartíamos. Nuestras palabras revelan lo que somos. Y aunque comprendía perfectamente la creatividad popular de nuestra lengua, llena de giros incluso procaces, se indignaba ante “el uso abusivo y corriente de las ‘malas palabras’, que degrada el lenguaje de la comunicación, socava la civilidad y altera el ambiente de convivencia social”.
Insistía: “A nadie le puede satisfacer que modos y estilos de la relación cotidiana estén marcados por vulgaridades e improperios, y que los malhablados y los patanes se hayan apoderado de los espacios y de los medios de comunicación”. Y ante la previsible reacción de los malhablados, se apresuró a escribir: “Pero aclaro pronto: ni me dejé corromper por la Liga de la Decencia ni me ganó la gazmoñería. No, para nada, pero la verdad es que llama la atención que la estulticia del insolente se vuelva también parte de lo que oímos y vemos en la radio y en la televisión, y ahora con mayor frecuencia en la calle”.
Conversábamos del libro y la lectura, pero a él especialmente le interesaba el problema del libro y el humanismo en la universidad, y tenía muy claro que leer o no leer no era el dilema; que el verdadero dilema era qué leer en un mundo donde hay demasiadas cosas que se leen que no aportan absolutamente nada al enriquecimiento del espíritu, incluso con universitarios leyendo, muy en serio, boberías. Para Jorge Medina Viedas, especialmente el universitario, particularmente el servidor público (el político, el diputado, el senador, el funcionario, etcétera) no deben perder el tiempo en leer “sólo para distraerse”, sino para no perder ni un segundo de las cosas que realmente son importantes.
Uno puede conocer a las personas por medio de su biblioteca y del significado que tiene ésta para su vida. Repasando las estanterías de la biblioteca personal de Jorge Medina Viedas pude confirmar sus intereses. Libros de política y sociología, de antropología y filosofía, pero también, muchos, de literatura, de gran literatura. Los grandes filósofos, pero también los grandes transformadores de la historia: Voltaire, Pascal, Descartes, Schopenhauer, Montaigne, Proust, Balzac, Goethe, Maquiavelo, Dante, Shakespeare, Cervantes, Ortega y Gasset, Kafka, Dostoievski, Malraux, Camus, Capote, Mailer, Gore Vidal, Updike, Dorothy Parker, Sartre, Isaiah Berlin, Borges, Octavio Paz, Alfonso Reyes, Vasconcelos, Vila-Matas, Juan Rulfo, Monsiváis, Pitol, José Emilio Pacheco, Carlos Fuentes, Fernando del Paso, etcétera.
La última vez que lo vi fue en noviembre de 2017. Celebrábamos (él como anfitrión) el número del quince aniversario de Campus. Me dijo: “Tenemos que platicar. Estoy fascinado con 4321 de Paul Auster”. Y coincidimos en que Cinco esquinas, de Mario Vargas Llosa, era menos de lo que esperábamos de uno de nuestros escritores más admirados. Le dije también que De la estupidez a la locura, las Crónicas para el futuro que nos espera, de Umberto Eco, era lo que necesitábamos para documentar nuestro pesimismo. Le cité de memoria una frase del libro: “No sé si los chicos de hoy tendrán aún la posibilidad de convertirse en adultos, [pero] los adultos, con los ojos pegados al móvil, ya están perdidos para siempre”. Respondió: “De eso también tenemos que platicar”. Y nos despedimos.
Después ya sólo intercambiamos una llamada telefónica y un par de correos. Su salud se había deteriorado. Hago esta evocación con la certeza que él utilizó para referirse a su amigo Gilberto Guevara Niebla: “Los afectos vienen solos”. Es una gran verdad en las personas que, como él, vivieron procurando afectos y verdades.

Juan Domingo Argüelles
Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Breve antología de poesía mexicana impúdica, procaz, satírica y burlesca (Océano, 2015), Dos siglos de poesía mexicana: el XIX y el XX (Océano/Gandhi, 2015), Un instante en el paraíso: Antimanual para leer, comprender
y apreciar poesía (Universidad Autónoma de Aguascalientes/Laberinto Ediciones, 2016), El libro de los disparates: 500 barbarismos y desbarres que decimos y escribimos en español (Ediciones B, 2016), El último strike (UJAT/Laberinto Ediciones, 2016),
En la boca del lobo: La verdadera historia de Caperucita Roja (Fondo Editorial Estado de México, 2016),¿Qué leen los que no leen? (Océano, 2017, nueva edición definitiva), Antología esencial de la poesía mexicana (Océano/Sanborns, 2017), Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (Laberinto, nueva edición definitiva, 2018) y Las malas lenguas: Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas (Océano, 2018).

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