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El movimiento del 68 no concluye el 2 de octubre, pero languidece sensiblemente en las ocho semanas que van de aquella fecha a la vuelta a clases en la UNAM y el IPN, el 4 de diciembre. Con la mayor parte de sus líderes encarcelados, la Olimpíada aún como foco de atención, el dolor lacerante en muchas familias y el terror en otras más… El movimiento se desvanecía. Algunos comunicados del CNH en octubre, la renuncia de Octavio Paz a la embajada en Delhi, India, el relato angustiado de la Fallacci que le dio la vuelta al mundo, todo eso recordaba Tlatelolco y al movimiento como algo lejano, no obstante el escaso tiempo transcurrido. De repente se estaba ya en noviembre.


En ese ambiente, de inacción y arrinconamiento, la huelga (que aún defendía tenazmente el CNH) no tenía sentido. El 17 de noviembre, en una declaración, el Consejo Universitario de la UNAM resuelve ponerle el cascabel al gato. Con un gran sentido pedagógico preguntaba: ¿a quién puede convenir que la universidad no cumpla sus fines, que se frene el avance científico y tecnológico, que se supriman las libertades universitarias?   Tal pregunta, junto con los razonamientos contenidos en la declaración, fue el inicio de la campaña emprendida por el rector Javier Barros Sierra para que las actividades de la UNAM se restablecieran. Por el momento era la única y, al mismo tiempo, más efectiva defensa de la máxima casa de estudios.
El rector llamó al personal universitario a presentarse en sus centros de trabajo el día 25. Varios comités de lucha empiezan a discutir por primera vez la vuelta a clases. Algunos la fijaron para el 4 de diciembre, fecha que coincidía con la marcada finalmente por la UNAM. La huelga, que en algunas escuelas del IPN y la Universidad Nacional se arrastraba desde agosto, llegaba a su fin.
 El 5 de diciembre, el CNH dirige un manifiesto a la Nación donde se consignaba un balance de lo que habían sido aquellos cuatro meses. Parte central del manifiesto es la referente a afirmar que “el movimiento ha arrancado al Estado algunas demandas y ha abierto nuevas perspectivas en la vida política del país, marcando nuevas etapas en su desarrollo”.  El documento terminaba con una declaración de lo que debería hacerse en los tiempos siguientes: “Las perspectivas que se ofrecen al movimiento consisten en organizar a niveles cada vez más elevados la protesta y la oposición a un régimen cada vez más incapaz para satisfacer las justas reivindicaciones populares”.
¿Terminaba efectivamente el movimiento? Sí y no. Lo primero, porque no haía ninguna acción real que le diera continuidad. No, porque el movimiento dejaba saldos, algunos muy dolorosos, que marcarían el desarrollo político del país en los siguientes años. Entre esos saldos está el de los presos del movimiento y los ignominiosos procesos a los cuales fueron sometidos. La causa contra Heberto Castillo resultaba paradigmática. Profesor e ingeniero eminente, con reconocimiento mundial por algunas de sus innovaciones tecnológicas, fue procesado por incitación a la rebelión, asociación delictuosa, sedición, daño en propiedad ajena, ataques a las vías de comunicación, robo, uso, despojo, acopio de armas, homicidios y lesiones. Con algunas variantes, lo mismo se aplicó al resto de procesados.
El fin del movimiento parece simbolizarse en una escena que rememora Monsiváis (El 68: La Tradición de la Resistencia). El 23 de diciembre de 1968, un pequeño grupo de jóvenes en CU resuelve hacer una especie de manifestación “nomás para dejar constancia de que no nos rendíamos”. En aquel espacio desierto, por las fechas, lanzan las consignas de “¡únete pueblo!”, salen a Insurgentes y, de pronto, se ven rodeados de vehículos militares. El oficial que encabeza la columna, trepado en un tanque, los increpa y conmina a disolverse, circunstancia que produce, efectivamente, ese efecto. Sólo uno de los manifestantes siguió gritando y lanzando consignas, sin temor a la represión; se trataba de un “chavito delgado, más bien anémico de aspecto… [que] insistía en hablar y en informarle al pueblo de México que ya de la Constitución no quedaba ni madre, que nos habían masacrado en Tlatelolco y nadie decía nada, que éramos un pueblo de cobardes y cabrones…”.
Fue seguramente el último acto de 68. Luego llegó el nuevo sexenio y la ‘apertura democrática’. Hubo algunos cambios y se inició la leyenda del 68. Muchos de sus participantes, como en el verso de José Emilio Pacheco, ya empezaban a formar parte de todo aquello que habían querido destruir.

Redacción Campus

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