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El mayor riesgo del libro es la banalidad Destacado

El mayor riesgo del libro es la banalidad Especial/ Ricardo Reyes

En relación con la gran literatura, con muy buenas razones, Antón Chéjov pronosticó lo siguiente en 1900: “¡Cuando Tolstói muera todo se irá al cuerno!”. Y explicó: “Cuando la literatura tiene a Tolstói, es muy sencillo y agradable ser escritor; incluso resulta menos terrible reconocer que no has hecho nada y nunca lo harás, ya que Tolstói lo hace por todos. Su actividad justifica las esperanzas y aspiraciones que se ponen en la literatura. [...] Tolstói se mantiene firme, tiene una autoridad enorme y, mientras viva, el mal gusto literario, cualquier trivialidad, impertinente y lacrimógena, cualquier amor propio áspero y enfurecido estarán lejos y recluidos. Sólo su autoridad moral es capaz de mantener a cierta altura las así llamadas tendencias y estilos literarios. Sin él, sería un rebaño sin pastor o un embrollo muy difícil de deshacer”. Da tristeza saber que, ni siquiera en esto, se equivocó Chéjov.


Hoy, el mayor peligro del libro, lo mismo tradicional que electrónico, no está en que vaya a ser sustituido por las diversas plataformas de internet, sino en la avasallante banalización de la cultura, ese tsunami de frivolidad que arrasa todo a su paso, lo mismo en los dispositivos digitales que en el libro impreso; esa puerilidad y esa ñoñez de los adultos que han reducido la cultura al simplismo del entretenimiento, en una sociedad del espectáculo que posterga, o ignora, los grandes libros, las obras maestras formativas, no sólo conformándose, sino enorgulleciéndose, de consumir lo insustancial, lo fútil.
Esto no lo trajo internet; ya existía, pero internet lo ha amplificado. Siempre los seres humanos, en general, han optado por el facilismo y por lo epidérmico, pero hoy una parte considerable de la industria editorial, y de la cultura del libro, conspira contra la lectura más profunda e intelectual que, a lo largo de los siglos, ha educado nuestro pensamiento y nuestra sensibilidad. Los mejores lectores saben que el canon de la cultura está vivo, recreándose permanentemente: es el combustible del más formidable desarrollo intelectual y emocional, y no hay nada que lo sustituya, porque una gran obra de creación escrita se suma a otras, pero no las reemplaza. En cuanto a los libros intrascendentes y banales, éstos han estado siempre, en todo momento y en cada país, en la periferia de la galaxia Gutenberg, aunque hoy las herramientas digitales las han mayormente catapultado, en abundancia, para ocupar una centralidad que nos les corresponde.
En su Elegía a Gutenberg, Sven Birkerts ofrece el siguiente diagnóstico: “Como cultura y como especie, nos estamos convirtiendo en seres superficiales; que hemos huido de la profundidad —de la premisa judeocristiana del misterio insondable— y nos estamos acostumbrando a la seguridad prometida de una vasta conectividad lateral. Estamos renunciado a la sabiduría, cuya consecución ha definido durante milenios el núcleo mismo de la idea de cultura; a cambio nos estamos adhiriendo a la fe en la red. [...] Sería un error echar toda la culpa a la tecnología, pero un error mayor sería ignorar el gran impacto transformador de los nuevos sistemas tecnológicos comportándonos como si nada hubiera cambiado”.
Así como cambian la lectura y sus herramientas, los lectores también cambiamos. Podemos comprender mejor los grandes libros gracias a nuestra memoria lectora de otros grandes libros que, más que sumar, multiplican e intensifican la experiencia de leer: nuestro conocimiento lector se amplía, se expande, exponencialmente, con cada libro que nos atrapa e influye en nuestra existencia y cambia nuestro modo de pensar. Birkerts lo dice espléndidamente: “Abrir voluntariamente un libro consiste, en cierto sentido, en subrayar la insuficiencia de nuestra vida o de nuestra actitud hacia ella”, y concluye: “Los libros que me importan —libros de todas clases— son aquellos que provocan en mí una sacudida interna. Leo libros para poder conocerme a mí mismo”.
En lugar de crear una nueva religión a partir de las tecnologías digitales, podemos usar los avances tecnológicos para no olvidar nuestro pasado y para mantener viva la cultura heredada a la que no podemos renunciar, a la que no renunciamos incluso si decimos que no nos importa. En La industria del libro, Jason Epstein sentenció: “Las nuevas tecnologías crean sus propias infraestructuras. [Pero] no suprimen el pasado, sino que edifican sobre él”. Siempre ha sido así, y no creo que deje de serlo, porque el presente está hecho de historia: de larguísima memoria.
Sócrates, nos dice Platón, desconfiaba de la escritura y, en consecuencia, de los libros, argumentando que eran un peligro para la memoria, esto es, que los libros acabarían con la memoria. Y, sin embargo, fue al revés. Sócrates está vivo únicamente porque Platón (el primer gran amanuense de la historia) escribió y publicó los Diálogos; de otro modo, estaría muerto. Es justamente la escritura (con la que se hace el libro) la herramienta que alarga la memoria. Por ello, contradiciendo a Sócrates, Umberto Eco sostiene: “El auténtico pensador no permite que los libros piensen por él”, y hasta hoy es asunto indudable que “los libros desafían y mejoran la memoria, no la narcotizan”.
Nunca estará de más recordar que todo autor tiene a los lectores que se merece, del mismo modo que los lectores se merecen a sus autores preferidos, y ello a pesar de que podríamos suponer, equivocadamente, que un mal autor no tendría lector alguno: siempre habrá malos lectores, y en abundancia, que nos demuestren lo contrario. Y, al revés, también es cierto: extraordinarios escritores no son estimados, en absoluto, por pésimos lectores. Sobre esto, Jean de La Bruyère nos ilustra, extraordinariamente, en Los caracteres: “Dos escritores han censurado a Montaigne, al que, como ellos, yo no creo exento de toda suerte de censura; parece que ninguno de los dos le haya estimado en nada. El uno no pensaba bastante para gustar de un autor que piensa mucho; el otro piensa demasiado alambicadamente para admitir ideas que son muy naturales”.

El valor de cada libro
Edith Wharton afirmaba que existen dos clases de lectores, que a la vez engendran dos tipos de lectura: el mal lector o lector mecánico (“devorador confeso de ficción superficial”) y el buen lector o lector creativo, que sabe distinguir, y elegir, los libros que modifican y enriquecen su pensamiento y su espíritu crítico en un mundo donde abundan los libros iguales, “incapaces de modificar nada ni de ser modificados”. La lectura mecánica es aquella que se hace motivada por la moda y el afán de notoriedad, para mostrar que se tiene un almacén intelectual “actualizado” al punto: “El deseo de mantenerse al tanto es, en apariencia, el incentivo más fuerte para este tipo de lector que parece pensar que la literatura es un tranvía al que sólo se puede subir uno corriendo. Entre tanto, puede encontrarse a más de un lector nato holgando sin rubor entre tazas de té, en calesas y coches de caballos, sin tener conciencia de los nuevos medios de locomoción”.
La lectura selectiva, creativa y crítica, explica Wharton, requiere de alguien con una disposición mental que pueda discernir entre la obra maestra y los libros concebidos únicamente para el consumo mecánico. Esto implica competencia intelectual y cierta disciplina, pues “el don de la lectura, al igual que otros dones, necesita cultivarse con la práctica y la disciplina”, pero, acota la escritora, “es ilusión vana del lector mecánico pensar que la intención puede ocupar el lugar de la aptitud”. Lo mismo que la mejor escritura, la mejor lectura exige, por principio, un importante grado de talento.
Concluye la gran autora de La edad de la inocencia: “Los libros más grandes jamás escritos tienen, para cada lector, el valor que cada uno pueda sacar de ellos. Los mejores libros son aquellos de los que los mejores lectores han sido capaces de extraer la mayor cantidad de opiniones de la más alta calidad. Aunque, en general, es precisamente de estos libros de los que el mal lector saca el menor provecho”. Es imposible decirlo mejor. De lo cual se concluye que lo que está en crisis es la cultura, la educación y el conocimiento, no el libro.
Solemos olvidar el axioma más conocido de Marshall McLuhan y, cuando no lo olvidamos, somos incapaces de comprenderlo: “el medio es el mensaje”. Más que determinismo tecnológico es metáfora poética, para explicar la realidad. Como bien lo desentraña Lance Strate, de la Universidad de Nueva York, “los medios, en un sentido amplio, son extensiones del ser humano, y también amputaciones, ya que la tecnología funciona, en la práctica, como prótesis”. Para decirlo en pocas palabras, las tecnologías de los medios, “como extensiones nuestras, son producidas por nosotros a nuestra imagen”.

Buenos libros,malos lectores
¿“El medio es el mensaje”? Por supuesto. “A preguntas necias, respuestas necias”. Strate clarifica: “La idea de que las preguntas que hacemos tienen que ver con las respuestas que obtenemos está íntimamente ligada a ‘el medio es el mensaje’, y ha tomado su forma más vanguardista en el mantra de la informática garbage in, garbage out (GIGO), es decir, ‘mete basura, saca basura’. Durante el siglo XIX, la idea fue expresada de forma conmovedora por la observación de Henry David Thoreau (1893-1980) sobre la construcción de las vías de ferrocarril: ‘no nos montamos en las vías, ellas nos montan a nosotros’. También fue expresada en clave humor por Mark Twain en la broma de que cuando llevas un martillo en las manos todo parece un clavo”.
Concluye Strate que, trascendiendo los efectos negativos y positivos, la frase “el medio es el mensaje” quiere decir que cada medio y cada tecnología cuenta con sus propios prejuicios. Si, como lúcidamente, señaló Wharton, los grandes libros tienen, según sean los lectores, el valor que puedan sacar de ellos, el peor lector sacará, sin duda, el menor provecho de ellos; en este mismo sentido (garbage in, garbage out), los libros triviales, los best sellers más superficiales, que hoy se entronizan en el mercado y acaparan la atención de quienes se alimentan, hasta el hartazgo, de banalidad, el axioma de McLuhan acentúa su significado: el medio es el mensaje, porque sacar riqueza intelectual y emocional de esa mercancía es como pedirle peras al olmo.
Contra toda evidencia, y contra toda lógica, los profetas y evangelistas digitales siguen empeñados en que esto (internet) matará a eso (el libro), y ya entonan el réquiem (¡pero desde hace cuánto!) por el difunto. La verdad es que, para muchísimas personas (millones, y tal vez cientos de millones), el libro (y especialmente el libro en papel) siempre ha estado muerto, pues nunca fue para ellas necesidad ni gozo: no se hicieron lectoras habituales de libros ni siquiera por entretenimiento.
Contra toda evidencia racional, y contra la historia misma, los profetas de la muerte del libro insisten, empecinadamente, en que, si no es hoy, será mañana, y, si no, pasado mañana, aunque todas las veces hayan fracasado en sus profecías. Lo vienen diciendo, al menos, desde 1995. Aunque lo predijo, tímidamente, Marshall McLuhan, en La galaxia Gutenberg (1962), no olvidemos que él admitió, ahí mismo, hace más de medio siglo, que la cultura escrita lineal (propia del “hombre tipográfico”) aún tenía la fuerza y la eficacia para competir, por un buen tiempo, con la cultura electrónica. Quien realmente lo afirmó, tenaz y abiertamente, como una verdad absoluta, fue Nicholas Negroponte, en Ser digital, hace ya veinticuatro años, y lo reafirmaron, con subrayada tozudez, hace una década, los expertos, en la Feria Internacional del Libro de Fráncfort. Se cuidan de admitir que ni siquiera el audiolibro sustituyó al libro en papel, del mismo modo que el avión no mató a los trenes ni el metro acabó con los automóviles ni los automóviles con las bicicletas. Cada cual tiene la vida que se merece.
Contra toda evidencia, los enterradores del libro omiten decir, también, que las tecnologías digitales han servido, entre otras cosas, para potenciar la difusión y la divulgación del libro, en el caso de la fecunda minoría universal que ha hecho de este invento el más grande poder intelectual y emocional para el desarrollo del conocimiento. No sólo no se publican menos libros, sino que, pese a la gran cantidad de libros sin mayor sustancia, las mejores obras de todos los tiempos siguen teniendo la potencia redentora que amplía nuestros horizontes y profundiza nuestra existencia. Preocupa que abunden los libros insustanciales que son, por cierto, los que se deben mayormente al impulso de internet, pero lo que importa es que los libros que constituyen la memoria y la riqueza del intelecto están vivos. ¡Y qué tan vivos están, que los profetas de su muerte tienen que buscar, urgentemente, otro oficio! 

Juan Domingo Argüelles

Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Un instante en el paraíso: Antimanual para leer, comprender y apreciar poesía (Universidad Autónoma de Aguascalientes/Laberinto Ediciones, 2016), El libro de los disparates: 500 barbarismos y desbarres que decimos y escribimos en español (Ediciones B, 2016), El último strike (UJAT/Laberinto Ediciones, 2016), En la boca del lobo: La verdadera historia de Caperucita Roja (Fondo Editorial Estado de México, 2016), ¿Qué leen los que no leen? (Océano, 2017, nueva edición definitiva), Antología esencial de la poesía mexicana (Océano/Sanborns, 2017), Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (Laberinto, nueva edición definitiva, 2018),
Las malas lenguas: Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas (Océano, 2018) y La lectura: Elogio del libro y alabanza del placer de leer (Fondo Editorial del Estado de México, tercera edición, 2018).

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