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Informes: los rituales del poder Destacado

En el calendario político de las universidades públicas mexicanas hay dos momentos clave: el proceso de elección de un nuevo rector, y los informes anuales que debe rendir ante sus respectivas comunidades. Esos momentos concentran las dimensiones simbólicas y prácticas de la vida política de la universidad, son el summum de las expectativas, los cálculos, las imágenes y las creencias de los grupos y corrientes políticas universitarias. La primera significa el proceso de selección de candidatos, la elaboración de negociaciones simples o complejas para que existan consensos básicos, mínimos, entre los contendientes y las redes y grupos que representan, para lograr alcanzar los respaldos políticos que garanticen umbrales mínimos de gobernabilidad institucional. Los informes anuales, por su parte, constituyen el momento de los balances, de los saldos de la administración de la universidad, pero son también espectáculos y rituales que convocan a los liderazgos políticos y las representaciones universitarias a la reunión pública de sus intereses, de sus posiciones, para mostrar su peso y visibilidad en la política universitaria.


Esos momentos son también importantes para sectores que están más allá de la comunidad universitaria. Es bastante frecuente que los rectores de las universidades públicas inviten a personajes y funcionarios distinguidos del ámbito federal, estatal o municipal para que les acompañen en el presidum de dichos eventos. Una señal del poder e influencia de los rectores es su capacidad para que esos personajes (gobernadores, altos funcionarios federales, diputados, representantes empresariales, dirigentes de partidos políticos, jueces y magistrados, rectores de otras universidades) hagan acto de presencia el día de sus informes o tomas de posesión. El escenario entonces es el espacio de un acto decididamente político, un momento en el cual los personajes principales de la vida pública están ahí, escuchando las palabras del rector en turno, mirando a sus comunidades, brazo a brazo con otros funcionarios y políticos, sonriendo de cara a los medios y observando con atención disimulada o franca al resto de  los  asistentes.
Como todo ritual que se respete, el evento es un acontecimiento que mezcla el aire frío de la solemnidad con los sonidos y códigos de un festejo. Los discursos de los rectores universitarios son, deben ser, de seriedad, de compromiso, de claridad de lo hecho y de lo que hay que hacer. Son momentos también de solicitar apoyo a los funcionarios, de exigir o agradecer compromisos públicos y privados, de legitimar su autoridad frente a la comunidad universitaria y frente a los grupos políticos que sostienen las redes de poder universitario. Pero también los signos, los códigos y las señales de la fiesta aparecen antes, durante y después de esos momentos. Ver y ser vistos es la motivación principal de la mayor parte de los invitados. Abrazos, saludos efusivos y apretones de manos, expresiones de amistad y de afectos genuinos, forman parte de las fórmulas de socialización que se observan en estos eventos. Hay por supuesto el empleo de las máscaras de rigor, usuales en todo evento social: el cinismo y la hipocresía se combinan con las  máscaras de la amistad, y a veces se mezclan con las caras del desprecio, la envidia o la frustración fácil o difícilmente contenidas.
La invitación misma para asistir en el evento es ya para muchos de los asistentes un motivo de distinción y orgullo. Suelen exhibirlos ante amigos y colegas para dar a entender su importancia en el mundillo político universitario. Pero asistir en el momento y en el espacio de los informes, es resaltar su importancia a los ojos del rector y a los ojos de los otros, sean sus adversarios, sus aliados o algunos desconocidos. Por ello, saber quién no está y porqué es el combustible de la especulación venenosa de las tribus y grupos universitarios, es alimentar la imaginación de los asistentes, es pensar en las posibles causas o consecuencias de la ausencia de los que siempre, tradicionalmente, forman o formaban parte de esos rituales. Ahí se anidan, se acumulan y difunden los rumores y los chismes envenenados, las certezas instantáneas, las interpretaciones al vapor.  
Hay que tomar siempre con cautela esos momentos, tan llenos de espejismos, simulaciones y actos protocolarios. Los que están ahí son esencialmente los funcionarios universitarios, los políticos profesionales, los miembros de la clase política y los funcionarios públicos, los medios de comunicación. La vida de la enorme mayoría de los miembros de la comunidad universitaria y de sus distintos sectores está fuera de esos momentos, sólo forman parte del paisaje y de los discursos. Ello no obstante, el hecho mismo de la reunión de espectadores y protagonistas para celebrar un ritual anual, cuatri-anual o sexenal es la expresión organizada de las formas y los fondos de la política universitaria, la arquitectura cultural del orden político-institucional de las universidades públicas. Importan las palabras, los datos, las cifras, los balances, al igual que los proyectos, los compromisos y las acciones contempladas para el futuro próximo de las universidades que anuncia con aplomo el rector o la rectora en turno. Pero las aguas profundas del fenómeno tienen que ver con la consolidación de las alianzas y coaliciones que llevaron al poder al rector y con los equilibrios internos y los apoyos externos para garantizar mínimamente la legitimidad, la eficacia y la estabilidad de su gestión.
De cualquier modo, el espectáculo de los informes es un ritual para iniciados, una representación del orden natural de las cosas universitarias, una ventana a los pequeños mundos de la política en las universidades y en las regiones, de sus gestos, de sus signos y códigos, que permiten tomar el pulso a las pasiones, los cálculos y las tensiones que habitan cotidianamente las aulas y pasillos, las plazas y auditorios de las universidades públicas mexicanas. En otras palabras, los informes forman parte de la estética política de los rituales del poder universitario. 

Adrián Acosta Silva

 Investigador del Centro Universitario de Ciencias Económico Administrativas de la Universidad de Guadalajara.

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