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La estatalidad y sus metamorfosis Destacado

El propósito neopopulista es una semilla legítima incubada dentro de la pluralidad política y el reconocimiento de la sociedad civil. El propósito neopopulista es una semilla legítima incubada dentro de la pluralidad política y el reconocimiento de la sociedad civil. Especial

México es tierra de paradojas. Una fue, hace años, la “paradoja neoliberal”: las reformas de mercado como antídoto contra los “males” del nacional-populismo fueron diseñadas, organizadas e instrumentadas desde el poder del Estado. El elogio de las bondades del mercado, las preferencias de
la calidad sobre la cantidad, la integración pragmática a las fuerzas invisibles de la globalización, se convirtieron en las fuerzas que demolieron las ruinas del nacionalismo revolucionario y el desarrollismo económico que estuvieron detrás del milagro mexicano.


La paradoja neoliberal fue justamente esa: desde el Estado se disminuyó al Estado. Pero el efecto fue políticamente interesante, es decir, confuso, contradictorio, habitado por tensiones de distinto calibre y alcances. La liberalización y democratización del régimen político, la multiplicación del sistema de partidos, la rutinización de la alternancia político-electoral en los ámbitos federal, estatal y municipal, junto con la legitimación de los organismos autónomos  en la política, la economía y en el gobierno fortalecieron el sector público no gubernamental  del país. El resultado fue un típico efecto no esperado: la reforma del estado y las reformas de mercado  configuraron una nueva estatalidad, es decir, un nuevo mapa de las representaciones sociales y prácticas políticas de la autoridad en los distintos sectores y territorios.
Hoy asistimos a una nueva paradoja: la paradoja neopopulista o neonacionalista. Se trata de un ruta deliberada de demolición de las reformas neoliberales con el propósito de reconstruir/regenerar la vida económica, política, social y aún moral de la república. Detrás del relato épico de la cuarta transformación nacional, el gobierno del Presidente López Obrador  está en la ruta de fortalecimiento del Estado a través de la centralización del poder del gobierno en el ejecutivo federal.     
Potencialmente, esto se encamina a una reconfiguración de la estatalidad y de la autoridad en los diversos ámbitos territoriales de la república. No se entiende el hiper-activismo presidencial sin ese propósito central, sin ese sentido de misión suprema centrada en los fines y no en los medios. Conferencias matutinas diarias, giras a ciudades y pueblos los fines de semana, reuniones públicas y privadas con distintos actores y sectores, forman parte de una agenda de construcción de gobierno, de hechura política y de presencia de imagen de una autoridad cercana, legítima y eficaz en el espacio público y  territorial de todo el país.
Claramente, hay un germen neo-populista, nacionalista y autoritario en ese propósito. Es una semilla legítima y resistente, incubada desde hace años en el vivero de la pluralidad política, el fortalecimiento de la sociedad civil, los reclamos democratizadores, la persistencia de la desigualdad, y las reformas neoliberales sembradas y cultivadas en los últimos treinta años. Los críticos de la derecha a través de sus espacios de opinión  o desde los hervideros de las redes sociales alertan con escándalo, prudencia o vehemencia del inevitable futuro dictatorial que se vislumbra como producto de esa semilla para muchos envenenada. Los defensores del obradorismo, desde el otro lado, aplauden el propósito y las prácticas  presidenciales, acusando a sus críticos de elitistas y reaccionarios, contemplando con aplomo envidiable una nueva era nacional, democrática, próspera, incorrupta. Los escépticos observan con distancia el espectáculo, tratando de entender que sucede con el uso de brújulas y mapas políticos en proceso de reconstrucción.  
La retórica obradorista se teje desde el imaginario de la corrupción como la causa de todos nuestros males públicos: la desigualdad, el narcotráfico, la violencia, la pobreza, el huachicoleo, la migración, la anomia social.  Es una retórica plana, que tiene la virtud innegable de la simplificación, el encanto del maniqueísmo y la fuerza de la ambigüedad. La apuesta es fortalecer la legitimidad de la autoridad ya no por su origen electoral sino por su desempeño cotidiano. El tema fundamental parece ser la reconstrucción del Estado a través de la reconfiguración de las imágenes, representaciones y prácticas de la autoridad; en otras palabras, la hipótesis política de la coalición obradorista, si es que hay alguna, es que la configuración de la estatalidad acompaña necesariamente a la reconstrucción/recuperación del Estado mismo. Pero es solo eso: una hipótesis.

Adrián Acosta Silva
Investigador del Centro Universitario de Ciencias Económico Administrativas de la Universidahttp://campusmilenio.mx/administrator/index.php?option=com_k2&view=item#k2TabImaged de Guadalajara.

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