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Elefantes: ¿Todo el poder a AMLO? Destacado

La identificación del neoliberalismo como la causa de todos los males del país permeará también a la educación superior, a la ciencia y a la tecnología. La identificación del neoliberalismo como la causa de todos los males del país permeará también a la educación superior, a la ciencia y a la tecnología. Especial

La ruta emprendida por el oficialismo en el campo educativo confirma un escenario de polarización y enfrentamiento con las fuerzas de la oposición partidista, pero que incluye también la tensión con investigadores, intelectuales y corrientes de opinión críticas a los pronunciamientos gubernamentales sobre el sector. Iniciada con la descalificación y demolición discursiva, política y ahora legislativa de la reforma educativa del sexenio pasado, y con la habitual dosis de escepticismo, recelos y silencios presidenciales sobre el papel de  las universidades públicas y sus complicadas autonomías, las cosas pintan hacia una ruta larga de malestar en el campo educativo nacional. Con el decreto presidencial del fin de la “pesadilla neoliberal”, y con el anuncio retórico del inicio de la era “post-neoliberal”, el Presidente mismo ha colocado los cimientos simbólicos de lo que será el nuevo Plan Nacional de Desarrollo y el lugar que en él ocupará la educación pública con el diseño del programa sectorial correspondiente.


El contexto y el proceso ayudan a imaginar el mapa de puntos centrales que parecen  orientar las propuestas gubernamentales para la educación superior. Se pueden ubicar por lo menos cuatro cuestiones clave: el financiamiento, la coordinación, la cobertura y la evaluación. Respecto de la primera, lo que tenemos es una clara ruta de mayor control presupuestal sobre las instituciones de educación superior públicas, centralizando decisiones, programas y recursos.  Pero al mismo tiempo, poco se ha dicho sobre el tema de la educación superior privada.  Al parecer, el diagnóstico gubernamental (aún imaginario) apunta a que el problema central es el mal o ineficiente uso de los recursos federales por parte de las IES públicas, lo que implica un reforzamiento de los instrumentos de control asociado a una redistribución de los recursos hacia las nuevas universidades públicas ubicadas en territorios y poblaciones con mayores índices de pobreza y marginación. En el caso de las ofertas privadas no parece advertirse ningún problema grave con la manera en que operan. Una formulilla flota en el ambiente: más estado para el sector público, más mercado para la educación privada. Bien vista, una clásica formulilla neoliberal.

Coordinación, cobertura y evaluación
En lo que respecta a la coordinación, el financiamiento es una herramienta para inducir la coordinación y la cooperación de las IES públicas. No hay contemplaciones sobre el papel de la Anuies, de la Fimpes, o de las universidades públicas federales o estatales en el nuevo programa sectorial (aún imaginario). Una lógica jerárquica arriba-abajo parece desprenderse de los primeros esbozos del programa (tampoco nada nuevo bajo el sol educativo mexicano).  Habrá que esperar las directrices y las acciones, es decir, las políticas específicas en que se piensa organizar la acción gubernamental hacia el sector.
El tema de la cobertura se cuece aparte. La intención de una cobertura universal es ambigua: ¿50 por ciento?¿100 por ciento?,¿75 por ciento. ¿Con selección o sin selección? ¿Acceso meritocrático o acceso por estratos sociales? ¿Todos los programas, todas las IES, en todos lados? La ampliación de la cobertura es una buena idea; no es nueva pero es buena dada la baja tasa mexicana al respecto. Como derecho social es un horizonte deseable. El problema es que todos los derechos sociales cuestan. ¿De dónde saldrán esos recursos?  
Finalmente está el punto de la evaluación. Lo que hemos visto en los últimos treinta años es la multiplicación de los mecanismos de evaluación del desempeño de la educación superior. Lo que no sabemos es qué efectos han tenido en el mejoramiento del sector. Frente a ello, el oficialismo aún no se ha pronunciado con claridad. ¿Cuál será la política gubernamental al respecto? ¿La evaluación estará ligada al financiamiento y al desempeño? ¿Se abandonarán los programas de acreditación y aseguramiento de la calidad de programas, y del profesorado? ¿La “evaluación diagnóstica” (ese pleonasmo) sustituirá a la evaluación de la calidad?
Estos puntos parecen el mínimo irreductible de los asuntos que habitan la agenda de la educación superior.  Pero sin claridad programática y con suposiciones vagas, con consultas que no lo son (hay que darle una mirada a lo que en el portal de la SEP aparece como ejercicio de consulta sobre el PND), el único recurso interpretativo y analítico disponible es la imaginación. La acumulación del poder simbólico y práctico en la figura de AMLO y la identificación del neoliberalismo como la causa de todos nuestros males públicos y privados parece que alcanzará también a la educación superior, a la ciencia y a la tecnología.  Lo que despunta entonces en el horizonte cotidiano son imágenes de elefantes amontonados en la sala; elefantes burocrático-autoritarios que se multiplican en todos los campos de la acción pública, atentos a las señales de los arrebatos discursivos que cada mañana, todos los días, dominan la frenética, errática y múltiple agenda presidencial.

Adrián Acosta Silva
Investigador del Centro Universitario de Ciencias Económico Administrativas de la Universidahttp://campusmilenio.mx/administrator/index.php?option=com_k2&view=item#k2TabImaged de Guadalajara.

Modificado por última vez enJueves, 28 Marzo 2019 03:23
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