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Vida literaria, libros y lectura por Juan Domingo Argüelles Destacado

Mao Tse Tung y J.K. Rowling son autores de grandes ventas de acuerdo con las       encuestas,  mismas que muestran que la gente piensa que Gandhi era dueño de librerías en India. Mao Tse Tung y J.K. Rowling son autores de grandes ventas de acuerdo con las encuestas, mismas que muestran que la gente piensa que Gandhi era dueño de librerías en India. Especial/ Ricardo Reyes

1. Cuando se dice que un país tiene “una vida literaria muy animada” es porque padece, invariablemente, de una literatura muy desanimada; por lo general, mediocre, pues “la vida literaria” poco tiene que ver realmente con la literatura y con los libros. Quienes escriben en serio, no hacen “vida literaria”, y quienes hacen “vida literaria”, están tan ocupados en esta insulsa actividad que no tienen tiempo de escribir, y cuando escriben algo, de lo único que tratan sus libros es de “la vida literaria”. Y no hay cosa más aburrida ni más banal que “la vida literaria”.



2. Carta de Dios Chéjov al mortal A. S. Suvorin (Moscú, 11 de septiembre de 1888): “Usted me recomienda que no pretenda matar dos pájaros de un tiro y que no piense en la profesión de medicina. No sé por qué no se pueden matar dos pájaros de un tiro, incluso en el sentido literal de la frase. Si se tiene una escopeta, pueden matarse. Pero yo, con toda seguridad, no tengo escopeta (ahora en sentido figurado), aunque me siento más animado y satisfecho conmigo mismo cuando soy consciente de que tengo dos ocupaciones, y no una... La medicina es mi mujer legítima, y la literatura, mi amante. Cuando me canso de una, paso la noche con la otra. Y, aunque es confuso, no es tan aburrido y, por lo demás, ninguna de las dos pierde definitivamente nada por culpa de mi infidelidad. Si no tuviera la medicina, es poco probable que dedicara mi tiempo libre y mis abundantes pensamientos a la literatura”. (Chéjov en vida, Una biografía en documentos, Ígor N. Sujij, Alba Editorial, 2011.)

3. He aquí una mirada lúcida del también médico y escritor Bruno Estañol acerca del médico y escritor Antón Chéjov: “Chéjov no quiere ni cambiar al mundo ni convencer a nadie. No juzga ni prejuzga. Acepta la vida como está hecha. Este evidente deseo de narrar desde la misma desencantada vida es tal vez el secreto de muchos narradores, y quizá la invención de la literatura moderna. Sin embargo, pocos escritores como Chéjov han plasmado su propia visión del mundo en sus protagonistas. Los innumerables lectores de Chéjov se reconocen en estos personajes culpables y desilusionados”. (El teatro de la mente, Bruno Estañol, Cal y Arena, 2018.)

4. Tiene razón Fernando Savater cuando advierte que se argumenta con “demasiada sensatez” y, además, casi siempre, con un tufillo de moralina, acerca de los motivos para ser y hacerse lector. Lo que no se dice, quizá para no espantar a la gente, es que la mayor parte de los lectores están locos o son locos, como don Alonso Quijano, el del Quijote. El quijotismo es siempre una rebelión contra el poder (contra todos los poderes). Los lectores, los que conocen realmente la perdición de la lectura, los mordidos por el virus de transmisión textual, no se pliegan a las directrices de ningún poder, porque al poder le interesa el control, en tanto que al lector, la libertad. Ningún poder forma lectores para que éstos lo impugnen; en todo caso, los deforma en leedores adoctrinándolos. Por ello, son pocos los lectores y muchos los leedores, entre los que no faltan dirigentes, líderes, políticos, funcionarios y burócratas de la lectura. Por lo demás, no hay una sola razón indiscutible y universal para ser lector, y sí muchos motivos, más que razonables, para no serlo. Quienes lo son por motivos razonables, y por moralina, no son otra cosa que predicadores de una doctrina ideológica y no lectores ni promotores de la lectura.

5. Mucha gente piensa, y dice (porque dice lo que piensa sin pensar en lo que dice), que “la lectura” (y, con esta generalización, se entiende que cualquier lectura, ¡toda lectura!) es agradable, formidable, estupenda, formativa y divertida. ¡Qué tremenda inocencia, qué gran candor, qué conmovedora ignorancia! Sobre todo, porque dicha gente ofrece estas “razones” para invitar a leer, ¡para hacer promoción y fomento de la lectura! No tiene ni la menor idea. Creer algo así es como pensar que cualquier conversación es interesante, que cualquier comida es saludable, que cualquier intelectual es inteligente, que cualquier libro es “bueno” nada más porque es “libro”. El único buen motivo para leer es el que encuentra cada cual, independientemente de lo que lea, y conste que hay personas que leen cosas que uno no leería ni aunque lo apalearan. Asimismo, abundan las personas que no leen porque no han encontrado un solo motivo para hacerlo. Si queremos convencerlas, habrá que darles alguna verdad y no un montón de mentiras piadosas o de creencias moralistas y “edificantes” sobre el libro.

6. Le digo a un colega que estoy haciendo expurgo en mi biblioteca y que ya tengo un gran montón de ciertas porquerías llamadas “libros” que le daré al señor de la basura junto con un dinero adicional porque son bastantes kilos, y hay que ser considerados. En lugar de usar ese dinero para comprar algún buen libro, se lo doy al recolector de la basura para que se lleve esos malos libros. Me interrumpe mi colega, angustiado, alarmado y hasta escandalizado por mi herejía. Me dice, me pide: “Todos esos libros que tú ya no quieres, porque no te gustan o porque no vas a leerlos jamás, no los tires: ¡hay que enviarlos a las escuelas o a las bibliotecas de los pueblos, donde casi no hay libros, y hay muchos niños y jóvenes que pueden leerlos!” Le respondo: “¿Y qué culpa tienen los niños y los jóvenes de las escuelas y las bibliotecas de esos pueblos? ¿Qué mal me han hecho para que yo los desgracie? ¡Si uno ha de regalar, debe regalar lo bueno, no lo malo, no las porquerías que uno sabe que corresponden al basurero!”. Algo más tartajeó, pero con eso bastó para que ya no insistiera. Y es que hay libros que no debemos leer ni regalados y, por ello mismo, hay que evitar que la primera impresión que tenga un niño o un joven, sobre la lectura sea la peor, pues de ello depende que siga leyendo o no. Otra cosa que no me perdonaría es que esos pésimos libros acaben fascinándole a alguien que concluya, por ello, que le hice un gran bien, cuando en realidad de un gran mal se trata: que tenga una mala idea de la literatura, por mi culpa, a partir de libros indignos, me parece imperdonable.

7. Si en una lista de los diez libros más vendidos en el mundo (entre la Biblia, Harry Potter, El alquimista, Lo que el viento se llevó y Cincuenta sombras de Grey), aparece, en segundo sitio, El libro rojo de Mao, con casi mil millones de ejemplares impresos y distribuidos, debe quedar claro que, pese a los ascos que mucha gente culta pueda hacer cuando escucha el nombre de Paulo Coelho, hay sin duda 70 millones de personas que, sin que nadie las obligara a leer, devoraron El alquimista luego de pagar el precio convencional por su respectivo ejemplar; a diferencia de El libro rojo de Mao que, regalado, se puso en las manos de cientos de millones de personas (especialmente en China) como propaganda política del régimen de Mao Tse-Tung. Para promover la lectura se puede recurrir a regalar libros o a abaratarlos a tal grado que es casi como regalarlos. Pero las más de las veces que se hace esto, desde el gobierno o desde el Estado, no sólo se regala el objeto, sino también su contenido, con la visión oficial de quien gobierna o controla al Estado.

8. Dos mentiras gigantescas sobre la lectura: 1. La gente no lee porque los libros son caros, 2. La gente no lee porque no tiene tiempo. A los catorce años, llegué a la ciudad de México, procedente del último estado del sureste del país, con una valijita de nada, como estudiante pobre, paupérrimo. Mis primeros catorce años los viví en la casa paterna, casa de madera y lámina, autoconstruida. ¡Pobre, en serio, y no cuentos! Trabajé desde niño. Todas mis vacaciones escolares fueron trabajos múltiples. Ni exagero mi pobreza ni me acomplejo por ella. Comencé leyendo historietas y llegué a Eurípides, Kafka, Chéjov, Stendhal, Nietzsche, Kant... Éste es el único alpinismo que reconozco y practico: el de la superación cultural que aspira a dialogar con el culmen (la élite, sí; la cresta, la cima) de la inteligencia y el espíritu. Ya en el añorado Distrito Federal de los años setenta, viví en cuartos de azotea y en pensiones donde compartía habitación con dos o tres inquilinos igual de pobres que yo. ¡Leía más que comía! Y, para apaciguar mi insaciable hambre de lectura, recorría las librerías de viejo del centro de la ciudad (Hidalgo, Donceles, Jardín de San Fernando). Y me abastecía de buenos alimentos literarios por poco dinero. Un día que me moría de hambre no de lectura, sino de comida, malbaraté en una librería de viejo de las calles de Hidalgo, mi gran tomo de las Obras completas de Borges (un maravilloso tomo verde empastado, publicado por Emecé, en Buenos Aires, que había comprado, nuevo, con grandes sacrificios), ¡y nunca lo recuperé! (Hoy veo, en internet, que esa edición se cotiza en más de quince mil pesos.) En cuanto a la falta de tiempo, ¡que no me quieran tomar el pelo!, o, como dijeran en mi pueblo, que no me embromen: esa es la justificación que daban ayer los que no despegaban los ojos de la televisión, y es la misma que dan hoy los que viven pegados a su celular. ¡No digamos mentiras, por favor, en nombre de nada, y menos en nombre de la cultura!

9. Nunca leo de prestado. Y lo regalado únicamente lo leo si me interesa o me gusta. Tanto en lo prestado como en lo regalado hay, como es obvio, un interés del que presta y del que regala. A veces un libro regalado nos revela un mundo y nos abre un horizonte. Pero no siempre. Especialmente, cuando desde el poder te regalan libros, no es para empoderarte, sino para adoctrinarte. Ningún gobierno regala libros que vayan en contra de sus certezas. El poder no regala “lectura”, reparte propaganda.

10. Hay muchos libros hoy con el tema de la estupidez. Y venden mucho, muchísimo. Pero uno no puede hablar ni escribir sobre la estupidez sin morderse la lengua en algún momento. Por ello, lo más inteligente es no hablar ni escribir nunca de ella. ¡Qué inteligente ha de sentirse el autor superventas que no cabe de gozo por tantas regalías que recibió en el año por un libro más sobre la estupidez! Y las cosas no hubieran cambiado si le hubiese añadido una llamada publicitaria en la portada: “¡Estúpido el que lea este libro!” O, sí, quizá hubiese recibido el doble de regalías.

11. Lo dijo Borges, con gran verdad, y lo transcribió Adolfo Bioy Casares con fidelidad: “Los congresos, coloquios, encuentros, reuniones y festivales de escritores son sustitutos de la literatura”. La literatura, al igual que la vida, está en otra parte.

12. Los críticos implacables con las obras ajenas acaban dándose, sin querer, con una piedra en la boca, cuando publican sus “obras de creación”, porque, entonces, se olvidan de que son críticos severos, que no dejan pasar ni el aire. Otra vez, tiene razón Borges: “¡Cómo se hubiera reído Macedonio Fernández de sus libros si hubieran sido de otro!”.

13. Lógica: Si los libros son, cada vez, peores, no hay forma de que los lectores sean, cada vez, mejores.

14. No te sientas halagado y orondo porque los críticos literarios te catalogan de “estilista”. Desde hace muchos años, los únicos “estilistas” prestigiados son los peluqueros de la farándula; especialmente, los “estilistas” de las “artistas”.

15. El otro día, en un periódico, leí un elogio penosísimo de un escritor a otro. El primero dijo del segundo que era “poeta por los cuatro costados”. Supongo que el elogiado se sintió muy complacido. Yo, en su lugar (y no quiero estar en su lugar) lo tomaría a mal. Un “elogio” así indica que se ejerce y “se obra” la poesía por delante y por detrás, además de por los lados.

16. Un conocido me pregunta: “¿Qué opinión tienes de Fulano?” (y aquí va el nombre de un escritor). Le respondo: “La mejor opinión posible, aunque debo admitir que, quizá, ello se debe en parte a que nunca lo he leído”.

17. Cuando la gente escribe “literatura” con exclusivos fines de lucro no puede esperarse nada bueno. Pero no pocos escritores viven de escribir, publicar y vender libros, que les parecen extraordinarios obviamente porque son suyos... y porque se venden bien.

18. A la segunda edición de mi libro La lectura le agregué un prólogo, pero también, por descuido, una errata. Cuando vi la edición, me atormenté durante muchos días, deseando que el libro no tuviera la errata, aunque, con ello, también desapareciera el prólogo. Pero ni la vida ni los libros cumplen todos los deseos. Tuve que esperar la tercera edición, hace poco, para reconciliarme con mi libro, y abandonar, así, las ambiciones contradictorias. Hay que entender que ahí donde hay algo que mejora puede haber también algo que empeora o, como dijera un entrañable personaje de Stevenson, antes de que se pusiera de moda el lenguaje de la autoayuda: “Hay que saber aceptar lo bueno junto con lo malo”.

19. Se lo escuché a Alí Chumacero: “No es malo que algunos poetas triunfen en la narrativa. De este modo, dejan en paz a la poesía”.

20. Las erratas únicamente les preocupan a los escritores vivos. Desde hace muchísimos años, los muertos no se preocupan por ellas.

21. Cuando estés tentado a escribir y publicar un libro para el mercado, piensa en lo que dirías de él si no fuera tuyo.

22. Porque se creía intelectual, aunque el intelecto era lo que menos usaba, decía que era dipsómano, cuando en realidad era borracho; decía que era cleptómano, cuando en realidad era ladrón.

23. Un poeta peleado con la higiene bucal decía que sus poemas eran de largo aliento. En realidad, eran de mal aliento, sobre todo cuando los leía en voz alta.

24. Es tan vasta (y tan basta) la incultura en México que hay quienes creen que Gandhi fue el dueño de una cadena de librerías en la India.

25. ¡Castígame, Señor!, pues he pecado. Ayer desperdicié miserablemente una parte de mi vida: leí más de la mitad de un libro sin espíritu ni sustancia.

Juan Domingo Argüelles
Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Un instante en el paraíso: Antimanual para leer, comprender y apreciar poesía (Universidad Autónoma de Aguascalientes/Laberinto Ediciones, 2016), El libro de los disparates: 500 barbarismos y desbarres que decimos y escribimos en español (Ediciones B, 2016), El último strike (UJAT/Laberinto Ediciones, 2016), En la boca del lobo: La verdadera historia de Caperucita Roja (Fondo Editorial Estado de México, 2016), ¿Qué leen los que no leen? (Océano, 2017, nueva edición definitiva), Antología esencial de la poesía mexicana (Océano/Sanborns, 2017), Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (Laberin-to, nueva edición definitiva, 2018), Las malas lenguas: Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas (Océano, 2018) y La lectura: Elogio del libro y alabanza del placer de leer (Fondo Editorial del Estado de México, tercera edición, 2018).

Modificado por última vez enJueves, 11 Abril 2019 02:29
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