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La pasión de leer Destacado

Mi afición a los libros se dio de manera natural, gracias a pertenecer a un hogar donde los libros existían y convivían con nosotros, los otros habitantes de la casa; su presencia era cotidiana y cercana.
El libro era así, un medio de estudio, de expresión de ideas y de transmisión de la cultura. Esto cambió a la corta edad de catorce años debido a una enfermedad que me postró en cama por un lapso de casi un año; esa sensación inicial se transformó y se convirtió en un medio de placer y distracción.
Pasó así, a ser un amigo, un camarada; que aunque mutable por naturaleza pues cambia de título, autor tema y formato, se mantiene, sin embargo, permanentemente como un compañero que pese a su variedad nos permite disfrutar de su presencia y nos acompaña en todo momento y en todas las circunstancias de la vida.
Guiado por la mano de mi padre, la lectura, dada la situación económica por demás austera en que vivíamos, fue la única ventana que mantenía abierta hacia el exterior de mi encierro.


Así, la lectura se convirtió, sin quererlo, ni tan siquiera pensarlo en un sendero para conocer, para comprender pero sobre todo para disfrutar el mundo.
Desde entonces, se estableció con los libros una mutua relación que ha sido uno de los aspectos esenciales de mi vida.
Prestarles la atención y obtener de ellos el conocimiento y lograr, también gracias a ellos, la corrección en el hablar y en el escribir eran unos valores por alcanzar y privilegiar.
Ellos nos hacen saber nuestros orígenes, el presente y quizás lo que será el futuro. Gracias también a ellos, somos conscientes de los grandes y radicales cambios que se han producido y que se realizan.
Los libros con esta voluntad de cambio ponen de manifiesto su vocación revolucionaria en el sentido más amplio, radical y positivo del término, encauzar los deseos y exigencias sociales.
Margarite Duras dice que “el mundo existe porque el libro existe”. No sé, si quizás esta afirmación sea exagerada, pero sí se puede suponer que el ser humano actual es como es porque el libro existe.
La vida del libro es quizás la obra humana que más se parece en su devenir a la del propio ser humano, su creador. El acto de creación, el de su nacimiento es siempre en soledad; es una labor solitaria que necesitará posteriormente de un sinnúmero de voluntades colectivas.
Desde que el ser humano tuvo consciencia de sí ha tenido un deseo permanente y espontaneo de dejar un testimonio de su pensamiento, de sus sentimientos o simplemente de su existencia; desde las primeras cuevas rupestres hasta nuestros días en que las ediciones digitales han hecho su aparición hay una voluntad permanente e inmutable de transmitir y dejar rastro de nuestra presencia y de nuestro ser en el mundo.
Así, asumimos nuestra condición, modesta pero insustituible de formar parte de esa cadena infinita que es la historia de la vida humana.
Me siento orgulloso de mi afición a la lectura, al libro, a su creación y a su conservación, por eso, aunque haya muchos otros que tengan más derecho y más merecimientos que yo para obtener este reconocimiento, no me siento al recibirlo un usurpador.
Soy un fiel seguidor de los libros, desde luego soy un “bibliófilo” persona que ama a los libros, pero también y al mismo tiempo soy un “bibliómano”, no como quien tiene la pasión de tener muchos libros, sino quien una vez en posesión de uno de ellos no puede deshacerse de él; al mismo tiempo también me considero un “bibliófago” al no poder contener el apetito de devorar libros.

Pasión que se vuelve biblioteca
Esa pasión por los libros hace que su unión los convierta en biblioteca, no como un recinto en el que se acumula un conjunto de objetos, sino el lugar en que el hombre establece una relación cálida con ellos.
El libro, es en sí un objeto inerte, similar a cualquier otra obra material pero cambia de naturaleza, cuando por resultado de su lectura recibe el soplo bíblico que da a la materia la esencia espiritual y adquiere así, alma propia; a partir de ese momento adquiere autonomía y vida por sí mismo.
El libro se convierte en un hálito de vida que se desarrolla independientemente de la voluntad de su autor, de las intenciones y deseos que haya tenido éste al crearlo.
Este ser vivo autónomo con vida propia, si bien no goza de libre albedrío, sí tiene la virtud, que gracias a su presencia viva, quienes acuden a él puedan acceder de mejor manera a la búsqueda de esa libertad.
El libro, además de tener vida propia y esencia autónoma; goza de un espíritu gregario que lo obliga, que lo impulsa a vivir con sus semejantes.
Los libros tienen una tendencia natural de agruparse, de unirse unos con otros sin importar su origen, su forma de creación y su contenido. Se congregan como seres vivos que son, para ayudarse, apoyarse y protegerse mutuamente.
Así surgen las comunidades de libros como grupos sociales que crecen, evolucionan y se desarrollan.
La biblioteca se convierte paso a paso pero al mismo ritmo que la vida de su propietario en un ente, también con existencia real y paralela a la de su dueño.
Los libros que pertenecen a una persona reflejan quién es, nada es más nítido de la personalidad de un ser humano que la radiografía que se obtiene a través de su biblioteca.
Con ellos y con su conjunto se adquiere una obligación ética insoslayable, uno tiene un deber ineludible de darles casa, comida y sustento; ellos por su parte, al ir aumentando van ocupando espacios que antes eran nuestros pero que paulatinamente y de manera continua nos van marginando.
Los libros han sido y son, además de grandes amigos, grandes promotores de la amistad pues por su conducto me he acercado a autores que sin haber tenido contacto personal con ellos pero debido a su lectura los considero amigos, amigos muy cercanos míos.
Los libros son el elemento esencial para conservar el conocimiento y para transmitirlo de una generación a otra.
La memoria y la tradición, corregidas por la razón favorecen que las generaciones futuras puedan tener mayores y mejores medios de conciencia y de conocimiento.

La universidad y los libros
Woodrow Wilson afirmaba que una Universidad es una biblioteca rodeada de cuartos, quizás también esta afirmación sea exagerada pues ignora el ejemplo y las enseñanzas de una pléyade de universitarios que he conocido a lo largo de mi vida y de los cuales, afortunadamente, he podido aprender y que gracias a su presencia física y a su ejemplo moral hicieron que lo que los libros contienen se convirtiese en una realidad viva y presente.
Por ellos y por quienes los ponen a nuestro alcance he podido asumir, a lo largo de mi vida una relación de pertenencia emocional y emotiva con la Institución de la que no he podido, ni querido apartarme nunca: la Universidad Nacional Autónoma de México.
En muchos hogares mexicanos la lectura era, ha sido y es un eje que marca la vida de sus integrantes.
La lectura además de ser una fuente de conocimiento, de transmisión de ideas y emociones se convierte en el tabernáculo donde se cultivan, se protegen y se guardan los valores, cuyo ejercicio y respeto llevan al ser humano a ese camino permanente de la búsqueda de la libertad personal y de la justicia para todos.
La necesidad de mantener esos valores y de luchar por ellos de manera decidida, hacen que muchas veces la consecuencia sea el desarraigo de quienes asumen su defensa.
Ellos también me han dado el fundamento racional y las bases teóricas a sentimientos que se presentaron de manera espontánea pero que conforme se va creciendo se buscan los cimientos para justifica la búsqueda por la libertad, la justicia y la verdad.
El mío era uno de muchos hogares en que el único patrimonio era la vocación y la búsqueda por la libertad, la verdad y la justicia.
El exilio y su condición de desarraigo fortalecían el código de honor y de ética que justificaba su presencia en México y la razón de la lucha por esos valores.
Este compromiso moral me acompañará mientras yo aliente en este mundo.

Fernando Serrano Migallón

Escritor, jurista, politólogo.

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