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Racionalidad, populismo y legitimidad Destacado

Las implicaciones de la elección de Donald Trump para la educación superior  afectan no solamente a las universidades estadunidenses, sino también a muchas otras instituciones de todas partes del mundo, incluyendo por supuesto a las universidades públicas mexicanas. “Hacer grande a América”, su lema de campaña, significa entre otras cosas “empequeñecer” al mundo no americano. Pero aun antes y durante su campaña electoral, el ahora presidente electo de EU ha mostrado sus credenciales en el tema, que son hasta ahora una desordenada colección de prejuicios arraigados, ignorancia pura y cálculos pedestres de rentabilidad económica, cuya expresión empírica más grotesca es “Trump University”, su fallida incursión en el campo de la educación terciaria. Sin embargo, quizá conviene enumerar algunos de los rasgos que caracterizan los distintos escenarios que el nuevo gobierno norteamericano y la coalición derechista que encabeza, puede enfrentar en los próximos años.



1. El gobierno federal es un actor débil en la educación superior norteamericana. Históricamente, la educación superior en los EU descansa en una lógica local e institucional bastante autónoma y peculiar. Sus formas de organización y coordinación son diversas y complejas, pues mecanismos de mercado y de compromiso local aseguran una baja influencia del Departamento de Educación del Gobierno Federal o de los gobiernos estatales en su operación y funcionamiento regular. La complicada red de universidades privadas de elite (“Ivy League”), universidades públicas estatales, institutos y community colleges, conforman un territorio difícil de controlar por un actor central.

2. Es en el campo de la ciencia y la tecnología donde los fondos federales pueden jugar un papel importante en algunas áreas y disciplinas. Sin embargo, su reducción o re-direccionamiento implican una delicada y espesa red de gestión y aprobación que involucra a diversas agencias gubernamentales, patrocinios privados y políticas locales o institucionales que resultan de difícil regulación y acceso por parte del gobierno federal. Será interesante observar si el bronco estilo gerencial-empresarial del gobierno de Trump, basado en un esquema elemental de amenazas, incentivos y recompensas, puede alterar la distribución de fondos para áreas críticas como la investigación aeroespacial, la biogenética, el cambio climático o la astrofísica.

3. La intensa movilidad internacional de profesores y estudiantes es uno de los rasgos históricos de las universidades norteamericanas. Hombres y mujeres de todo el mundo académico estudian o investigan en los diversos campus universitarios de aquel país, y muchos profesores, investigadores y estudiantes de posgrado y  pregrado realizan estancias más o menos prolongadas en universidades asiáticas  o europeas, y, en menor escala, en las universidades latinoamericanas o africanas. Esa movilidad permite la formación de redes en torno a proyectos o experiencias que nutren la vitalidad académica en muchas disciplinas y áreas de conocimiento en las propias instituciones educativas norteamericanas.  Hasta el momento, no se ve claro que tiene pensado hacer  (o no hacer) el gobierno trumpista al respecto.

4. Para el caso mexicano, la vecindad académica con los EU es un factor que ha estimulado proyectos conjuntos entre universidades de ambos lados de la frontera desde mediados del siglo XX. Intercambios, proyectos, seminarios, congresos, asociaciones, redes, flujos de información, son acciones cotidianas y regulares desde hace muchos años, y buena parte de las políticas y acciones de no pocas universidades públicas y privadas mexicanas tienen  que ver con el fortalecimiento de esa dinámica de intercambios académicos. ¿Puede cambiar un nuevo gobierno federal esa dinámica? ¿Hasta dónde? Las universidades de la costa este y oeste, o de entidades con fuerte presencia latina como Nuevo México o como Illinois, (justamente las que se ubican en territorios que no votaron por Trump), y que tradicionalmente han hecho de esas rutinas un estilo académico, ¿cómo reaccionarán frente a un eventual nuevo paquete de restricciones del gobierno federal?

5. La mezcla entre neopopulismo y “post-verdad” parece estar en la base de la explicación de las nuevas crisis de las democracias occidentales, incluida por supuesto la del vecino del norte. El imperio de las creencias y de la fe, el escepticismo con los partidos, las instituciones y las clases políticas tradicionales, la creciente desconfianza hacia las explicaciones racionales, científicas, en amplios sectores de la ciudadanía, sin olvidar el papel no menor de la estupidez en la construcción de las preferencias sociales, constituyen los rasgos centrales del poder político de personajes como Trump. Esa ola de anti-intelectualismo y de oscurantismo del nuevo populismo norteamericano afecta de manera directa la legitimidad de las instituciones universitarias y lo que ellas representan.

6. Hasta ahora, ni el gobierno federal mexicano (Conacyt, SEP), ni las universidades públicas o privadas mexicanas o sus organismos representativos (ANUIES, Fimpes), ni los representantes políticos mexicanos (Cámaras de Diputados o de Senadores), se han manifestado con claridad y cohesión política en torno a las implicaciones, riesgos y amenazas del nuevo gobierno norteamericano para nuestros estudiantes, profesores e instituciones. Aunque se entiende que la cautela y la prudencia se impongan como criterios de (in)acción en los próximos dos meses (antes de la toma de posesión del Sr. Trump como Presidente), intentando calibrar el impacto de las políticas (u ocurrencias) del empresario neoyorkino especializado en hoteles y casinos, no parece adecuado que ni las universidades ni el gobierno mexicano asuman un papel pasivo frente a los humores proteccionistas, xenófobos y racistas que destila el discurso del nuevo gobierno norteamericano, humores que  se encargó de sembrar con esmero el candidato republicano a lo largo del último año.

En cualquier escenario razonablemente imaginable, el nuevo gobierno de los Estados Unidos representa un cambio en las reglas del juego político y de políticas en la educación superior que supone un desafío estratégico para el gobierno y las universidades mexicanas. En esas circunstancias, parece indispensable un posicionamiento institucional claro, coordinado, que permita a las universidades mexicanas gestionar sus intereses en un marco común. De otra forma, las amenazas y bravuconadas del Presidente electo pueden tener un efecto corrosivo en las relaciones entre las universidades de ambos lados de la frontera.

Adrián Acosta Silva
Investigador del Centro Universitario de Ciencias Económico Administrativas de la Universidad de Guadalajara.

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