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In memoriam_ Jorge Alberto Manrique Destacado

No fue mi amigo íntimo. Pero sí compartimos esa simpatía intelectual que permite reconocerse, con emoción, en el trajín de los días capitalinos, y un subido y atrevido gusto por los “trapos”, incluidas las corbatas de moño. Leí puntualmente al historiado del arte y al historiador a secas, y seguí con atención sus incursiones en la gestión cultural (MAM y MUNAL) de avanzada y no exentas, por eso mismo, de conflictos (nada como apoltronarse en la falta de imaginación y riesgo para asegurar una plácida administración cultural).
Un tema en particular me hubiera gustado abordar con Jorge Alberto, dados su saber, talante crítico y experiencia ejecutiva. El futuro de las instituciones culturales,  ya con una Secretaría sacada de la manga presidencial pero sin presupuesto y cuadros del año de María Castaña. Añádase una crisis de Gobierno que lo es también de Estado y la explosión de Internet y Redes (lo para Carlyle era la verdadera Universidad: una colección de libros, lo es ahora un “motor de búsqueda”).


Por ejemplo, el examen sustantivo de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, la más exitosa de las ferias libreras del país, éxito medido en número de expositores, concurrentes, “celebs”. Para no pocos Feria de Vanidades, Alfombra Roja, Art Basel de las Letras (y hasta kermese: en la de este año contrajeron matrimonio, intercambiando anillos y poemas, una colimota y un oaxaqueño; ¿se prevén matrimonios igualitarios para 2017?). No basta compararla con la encerrona, en un coso de Santa Fe, del Ejecutivo Federal y ochocientos y pico burócratas de todos los sabores. Narciso frente al espejo mirándose mirarse. Y estampida de aplausos, en Guadalajara y en Santa Fe.
No. Hablo de datos duros. Más de un millón de asistentes. Pero ¿la FILG incide, y cómo, en la real promoción de la lectura? ¿Innova la industria editorial? ¿Lanza a nuestras  letras, rehenes del Mercado, por caminos inéditos? De esto me hubiera gustado charla con Manrique. En la presentación, ahí mismo, de las versiones náhuatl y china de Visión de los vencidos (BEU, UNAM), Miguel León-Portilla sentenció: México país de libros, país sin lectores.
En mi revuelta (y revoltosa, abundante en la literatura de los 60 en pie de guerra) biblioteca doy, en compensación, con el cuadernillo Ciudad de México, ciudad en crisis del historiador desaparecido. Otoño de 1986. Su texto fue comentado, ¡oh tiempos idos!, ni más ni menos que por Juan José Arreola y Carlos González Lobo (un arquitecto del lenguaje, un escritor de espacios).
Repaso mis subrayados, copiosos.
En verdad valdría la pena, a la luz del batiburrillo de Constituyente y Constitución  capitalinos que en debida técnica no lo son, revisar las ideas de Manrique sobre la ciudad en general, ese gran salto civil sobre la Naturaleza, y sobre la Ciudad de México (no se olvide que se cambió el nombre de Ciudad de México por ¡el de Ciudad de México!). Su historia y vicisitudes, caídas y “resorteo” (dicho en términos boxísticos).
Rápido vistazo a episodios y autores.
Sobre todo ahora que la pobrecita está en manos de la “grilla” electorera, se le intenta hacer marca por que sí  (¿mercadotecnia pura? ¡no, mercadeo político!), se le borra su condición de Distrito Federal (aunque siga siéndolo, en tanto sede de los Poderes Federales) y mete a sus habitantes en una esquizofrenia nominal (¿cómo nos llamaremos, cedemexistas, porttiistas, capitalistas sociales o, de plano, Imecas?).
Ojo: con la fecha de emisión, ya citada: 1986, un año después del terremoto. Aunque, por fin lo aprendimos, no todos los desastres son naturales. Los hay también sociales. “Con Sentíes fue el circuito interior; con Hank González los ejes viales: todos calculados cuidadosamente para reventar los barrios”. Que es decir identidades, pueblos originarios, pasado profundo. Núcleos en los que Manrique encontraba tablas de salvación para la ciudad desbordada, monstruosa, sin la vieja armonía urbana que se borró en la frontera 60/70.  

Fernando Curiel Defossé

Investigador y Profesor de la UNAM

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