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Una opinión académica: Carta abierta al general Salvador Cienfuegos Destacado

Estimado señor General Secretario:
Tiene usted toda la razón en sus recientes declaraciones que tanta polvadera  levantaron. Entiendo perfectamente la tesis implícita, el subtexto como dicen los letrados, de su pronunciamiento:   se ha obligado al Ejército a una guerra civil implícita, no declarada, pues eso de poner a nuestros soldados y marinos a dispararle a los civiles, por muy delincuentes que sean, no es algo conveniente.  Y que a los militares lo que les corresponde es cuidar de la soberanía nacional.
Tiene usted toda la razón al postular que soldados y marinos deben regresar a los cuarteles, pues la tarea de combatir al crimen, sea éste organizado o desorganizado, es una tarea de las policías.  Y también es cierto, como se deriva de lo declarado,  lo poco que han hecho las autoridades en los diversos niveles de gobierno para reorganizarlas, hacerlas honestas e imbuirles el sentido de servicio a la comunidad a la que se suponen sirven. Al contrario, autoridades locales y sus policías han caído en las redes del crimen organizado en muchas partes del país.


Pero esto de la corrupción de las policías no solo es cosa nuestra. Es algo casi mundial. Las policías fracasan y se venden porque son pocos los países que les imbuyen el sentido del deber, y quedan al nivel de mercenarios   en el sentido de personal a sueldo para hacer lo que se supone deben hacer.
Entiendo otro de los subtextos de sus declaraciones.   La culpa del fracaso en contener a la delincuencia no es de las fuerzas armadas, sino de los civiles que no entienden para lo que fueron entrenadas y con las opciones con que cuentan. ¿Qué saben ellos de tácticas de pelotón, de secciones, de compañías de cuerpos combinados? ¿Qué saben para lo que sirven las fuerzas especiales? Estoy seguro de que ninguno de los legisladores que pusieron el grito en el cielo ante sus declaraciones, incluidos todos  los miembros civiles de la Comisión de las Fuerzas Armadas de ambas cámaras, han leído un manual militar y mucho menos  una historia de la estrategia militar en Occidente o en México. Es más, estoy seguro de  que muchos de ellos no cumplieron como se debe con el servicio militar. ¿Habrá alguno de ellos que haya leído, hojeado siquiera, a Antoine-Henri de  Jomini, a Carl von Clausewitz a Charles de Gaulle o Heinz  Guderian? Bueno, cuando menos un manual de infantería. Le aseguro, señor general, que ninguno, porque si alguno lo hubiera hecho ya los habrían citado en alguna de sus flacas e improvisadas  declaraciones.  Estoy seguro, señor general, que ni esos legisladores ni la inmensa mayoría de los comentaristas de los medios de comunicación podrían decirle a usted, en pocas palabras, la diferencia entre estrategia y tácticas.
Pero escribo a usted estas líneas para pedirle que no nos deje solos, que aún puede hacer algo en el combate al crimen organizado sin implicar crecientemente a los miembros de nuestras queridas fuerzas armadas. Me permito sugerir apenas una línea de acción.
Que yo recuerde aún tenemos en nuestros textos legales, que van desde la Constitución hasta la ley del servicio militar, a la Guardia Nacional. Bueno pues ahí hay una veta a explorar. La Guardia Nacional es la culminación del servicio militar a que está obligado todo ciudadano maduro; luego de pasar por las reservas según edades; se supone debe organizarse sobre base territorial en unidades  con poco radio de acción y  destinadas a resguardar el  terruño al que pertenecen sus miembros de ellas. O al menos así la concibieron, durante la guerra con Estados Unidos en el decreto que expidiera el presidente José María Herrera  y que luego fue perfeccionada, ya como ley federal,  en otros momentos delicados para la nación en aquel aciago siglo XIX.
El crimen organizado se llama así  porque  se organiza en pandillas jerarquizadas con base territorial. Invade predios, explota comercios, secuestra personas, ataca poblados siempre con la idea de control de territorios. Por eso las tácticas de patrullaje de caminos y brechas dan pocos resultados. El crimen organizado es como una guerrilla: desaparece cuando aparecen los soldados. En ese contexto, la Guardia Nacional, que se debe organizar territorialmente, sería una contramedida auxiliar de primer orden. Porque, pregunto yo ¿quién defiende mejor la propiedad o la familia? ¿El policía a sueldo o el ciudadano armado y organizado bajo la ley castrense cuando está en servicio? Imagine usted un estado de nuestro país con una red de unidades de la Guardia Nacional en la mayoría de pueblos y villas comunicados por radio con la Jefatura de Zona. Hay que pensar en cómo poner al día a la Guardia Nacional y hacer de ella un instrumento eficaz,  porque las pulsiones sociales ya van por el lado de  las autodefensas y esas intenciones hay que encauzarlas, encuadrarlas y aprovecharlas.
Como las cosas ya llegaron a un punto candente para la mayoría de la población mexicana, legisladores, políticos y activistas tomarán la palabra y propondrán decenas de ocurrencias, viendo a futuro sus intereses o comparando extralógicamente nuestra realidad e instituciones con las de otros países. Yo prefiero sugerir en estas líneas  algo que viene de nuestro pasado, que fue institución eficacísima para librarnos de una intervención extranjera, que acabó con los salteadores de caminos y rechazó en todo el norte del país a las incursiones de indios hostiles. Es algo ya probado. A propósito, Francia ya llamó a su Guardia Nacional para auxiliar la policía en labores de vigilancia contra el terrorismo islámico.

Luis Medina Peña
Investigador de CIDE, autor de Los Bárbaros del Norte, Invención del Sistema Político Mexicano, La formación del nuevo Estado, y El siglo del sufragio.

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