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Rusia y Estados Unidos: las sobras de la derrota Destacado

Se suponía que el sistema norteamericano estaba blindado contra todo lo que ocurrió en la más reciente elección presidencial: candidatos populistas (lo que sea que signifique), hackeos (desde dentro y fuera) y, sobre todo, contra intervenciones foráneas. Es más, contra intervenciones foráneas de Rusia, lo cual recuerda otras épocas.
La inclinación de Donald Trump por Rusia es absolutamente extraña, poco clara y sorpresiva; casi inefable. Parece imposible atisbar su origen. Una posibilidad es, de acuerdo con uno de los pilares de la campaña del hoy presidente electo, el retraimiento estadunidense de la esfera internacional para dedicarse a la recuperación interna; esto significaría que Trump, haciendo caso a su ignorancia y a algún cliché un poco forzado, busca que Rusia “resuelva” —él lo dijo así— diversos conflictos mundiales (Siria, Libia, Ucrania). Pero esto no explica del todo por qué Rusia y por qué no endilgarle la tarea de policía a algún otro actor (la OTAN por ejemplo).


El candidato republicano no se caracterizó por gestos prorrusos desde el inicio de su campaña. No era algo que estuviera en el radar de sus discursos; en los primeros debates contra los precandidatos de su partido él desviaba la pregunta y se enfocaba en “México, China, Japón” (en ese orden). Rusia no era algo que le preocupara, pero tampoco un tema que Trump pusiera sobre la mesa de la nada. Igual de borroso es por qué Rusia lo apoyaría. El supuesto odio de Putin a la señora Clinton revelado por WikiLeaks no parece ser un argumento suficiente para desviar recursos públicos en contratar hackers profesionales en el Kremlin. No resulta muy imaginable, para quien sabe cómo funciona el sistema político ruso por dentro y hacia fuera, pensar en el Presidente ruso sentado frente a un hacker, diciéndole que pase por su cheque a la oficina adjunta —ni queda muy claro el motivo—. Es muy revelador de la situación actual del mundo y de la relación bilateral que la tesis de la extorsión que revelaría las filias úricas del Presidente electo de Estados Unidos en un hotel de Moscú sea lo más creíble como conjetura de su acercamiento con Rusia.
El problema es uno de lenguaje público en Estados Unidos, una serie de ideas, términos y expresiones sobre Rusia que se han vuelto a colar en los memos de las agencias de inteligencia y que restan seriedad a documentos que se pretenden serios, al grado de generar demasiadas dudas sobre su veracidad. Los recursos no son nuevos: la CIA y el FBI dijeron que Putin “controló” la operación “personalmente” —porque alguien les salió con la fantasía de que Putin “controla todo” en Rusia—. El dramatismo à la gringue se coló también en palabras del Director de la CIA, John Brennan: Rusia no sólo “intervino” en el proceso, sino que lo hizo para “minar los valores democráticos” de EU. El a priori hecho a modo es que Rusia no es “democrática” y que por ello la obsesión de su gobierno es minar los valores “democráticos” (if any) de media humanidad —si la frase fuera de 1947 podría quedarse intacta—. El disparate es evidente. La expulsión de los 35 diplomáticos rusos de Estados Unidos sólo vino a confirmar lo que estaba de más. En suma, es notorio que hay algo de sobra en el discurso estadunidense de la administración saliente en lo tocante a Rusia, que es sobrado precisamente porque se trata de Rusia y no de Malawi o Guyana. Y esas sobras restan credibilidad a la acusación.

Historia conjunta
Los rusos (The Russians) es una categoría extraña del ideario colectivo público estadunidense, más o menos desde la Crisis de los Misiles de 1962. O, si se quiere, desde la Doctrina Truman esbozada en 1947 cuando, a pesar de que Moscú no movió un ápice sus fronteras ni sus planes según lo pactado en las Conferencias de Yalta (1943) y Potsdam (1945), Washington decidió tomar acciones para “contener” a los rusos. Es más: Iván Kurilla ha demostrado que desde 1813 la política estadunidense usaba ya la figura de los rusos para justificar posiciones internas: en ese año el Partido Federalista, que se oponía a la administración de James Madison (1809-1817), usó la victoria rusa sobre Napoleón I en diciembre de 1812 para criticar la política exterior del Presidente.
La categoría de los rusos, sumada a la paranoia estadunidense y a las herencias de la guerra fría, dan como resultado un recurso muy útil para hacer exactamente lo mismo que los federalistas 200 años después. No es que Rusia no haya intervenido de alguna forma en la elección, sino que lo que se usa para el debate político interno es lo que está de sobra —el supuesto desprecio a los “valores democráticos” del modelo autoritario ruso— y no los datos concretos —cuántos servidores hackeados, qué programas, el número de cuentas, el monto y origen del financiamiento, los motivos específicos—.
En algo Trump tiene razón: si hubiera sido al revés, si él hubiese perdido y alegado que Rusia ayudó a ganar a Clinton, la ridiculización del personaje sería interminable.Utilizar lo que está de sobra (el prejuicio, el “sentido común”) para condenar una acción de otro país obnubila lo esencial: los motivos tanto como las consecuencias. Si no hay una lectura con cabeza fría, la respuesta del agraviado puede resultar desmesurada. La condena al gobierno ruso por la famosa intervención en la elección estadunidense se basó en eso: en que Moscú intervino porque desea “minar los valores democráticos” de Estados Unidos, porque tiene un modelo autoritario y que por eso vive empecinada en expandir el autoritarismo a lo largo del planeta —para terminar dominándolo—.
Este lenguaje reactivo y vetusto con el que los funcionarios de la segunda administración de Obama se dirigieron a Rusia contrastó con los modos del Presidente saliente. La política exterior de Obama fue generalmente pragmática, discreta y de repliegues en muchos rubros con el fin de subsanar el caótico legado de Bush. Fue precisamente este cambio en las formas de la diplomacia estadunidense lo que legó una especie de nueva Guerra Fría: no en el tema nuclear, no en las guerras subsidiarias —salvo en Ucrania— en las cuales Moscú y Washington se enfrentaban indirectamente; tampoco en los golpes de Estado a favor o en contra de un grupo político en el segundo y tercer mundos. La Nueva Guerra Fría, forzando mucho el término, no es un conflicto ideológico ni militar de dos superpotencias. Se trata de un entorno en el que Moscú ha sabido posicionarse como una alternativa diplomática y militar —en menor grado financiera y política—, recuperando espacios dejados por Estados Unidos.
Es en Oriente Medio donde esta nueva dinámica ha cobrado más fuerza. El patrón no da espacio a coincidencias: cuando Estados Unidos decidió dejar de armar al ejército egipcio en respuesta al golpe de Estado de Abdel Fattah el-Sisi, en julio de 2013, Rusia desplegó una venta de armas inédita y un apoyo abrumador al nuevo Presidente egipcio. Ocurrió lo mismo en Irak desde el repliegue militar de la administración Obama en 2009: Moscú entró con más armas y con sus paraestatales energéticas, Lukoil y Gazprom, un aliciente para apoyar la integridad territorial del Estado iraquí y minar el separatismo kurdo y, más recientemente, el yihadismo del Estado Islámico. Ocurre también en Libia, donde Putin es hoy por hoy el mayor apoyo internacional del general Jalifa Haftar, cuyo Ejército de Liberación Nacional, brazo armado del gobierno legítimo de Libia, controla la mitad oriental del país —y buena parte de la occidental—. Ni siquiera tendría que mencionarse la presencia rusa en Siria y la sostenida recuperación del gobierno de Bashar al-Assad gracias a la confluencia de los puentes aéreos y los intereses militares, energéticos y geoestratégicos de Rusia en la región.

El nacionalismo ruso
Pero también está Europa, quizás un caso más sonado, donde Rusia, su estatismo, alto patriotismo —no necesariamente “nacionalismo”, tema sensible en un Estado multiétnico como el ruso— y aparente robustez la ubican como la alternativa viable a la política europeísta dentro de la crisis que vive la Unión Europea (baste preguntar a Tsipras, Le Pen, Fillon, Wilders, Petry, Lukashenko, Hofer, Fico, Zeman). Es en Europa donde Trump ha dicho que Rusia puede “hacerse cargo”, en la cara de una OTAN a la que ve con sumo desdén y que ha llamado “obsoleta”.
Si algo hay que aprender sobre las tácticas geopolíticas de Putin es que aprovecha momentos de debilidad para actuar, pero sin tomar la iniciativa. Desde 2000 no es Moscú quien da el primer paso en las crisis geopolíticas, sino que responde a ellas de forma rápida y enérgica para evitar futuros conflictos. Suena curioso y acaso sin sentido, pero la nueva regla es que Moscú interviene de manera enérgica cuando el adversario da un paso en falso para rehuir un conflicto mayor.
Ocurrió en Georgia en 2008, cuando se respondió con una intervención militar a las acciones (militares también) del gobierno de Mijaíl Saakashvili para retomar por la fuerza un territorio, Osetia del Sur, donde había una fuerza de paz internacional. Esta intervención rusa tuvo como objetivo, en realidad, evitar que Georgia se incorporase a la OTAN, pues los países con conflictos territoriales no son susceptibles de unirse a la alianza. Lo mismo pasó en Ucrania en 2014, donde el gobierno que derrocó a Víktor Yanukóvych en febrero “coqueteó” con la OTAN; en respuesta, Rusia ordenó a las fuerzas que se encontraban estacionadas en Crimea desde 1997, en virtud de un tratado bilateral, que tomaran los edificios de gobierno y facilitaran un referéndum que anexó la península —de mayoría étnica rusa— a Rusia. Desde luego, la anexión fue una medida preventiva para evitar una incorporación de Ucrania a la OTAN.
Con base en esta experiencia, la nueva relación de Rusia con Estados Unidos dependerá mucho de lo que esta nación haga o deje de hacer. Si el señor Trump cumple y resta apoyo a la OTAN, Moscú verá una oportunidad para recuperar terreno en Europa, no invadiendo al por mayor para dominar a media humanidad, como muchos creen sin mucho sustento, sino buscando resquicios para fortalecer su influencia de acuerdo con sus intereses y capacidades.
De algo no hay duda: la relación bilateral será “buena” porque Trump ya la definió así a priori —y, como sabemos en México, el señor cumple lo que promete—.  

Rainer Matos Franco

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