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Luz de gas Destacado

El contexto mexicano es desde hace tiempo el escenario de varias crisis específicas. La incertidumbre, el temor, la insatisfacción, parecen haberse adueñado del ánimo público y no existe en el horizonte político ni de políticas alguna claridad sobre como enfrentar los asuntos que se acumulan en la vida republicana. Un gobierno rápida y prematuramente desgastado por la gestión de la crisis económica, por la multiplicación de las bestias negras de la inseguridad y la violencia criminal, o por los vientos en contra que soplan desde el norte, que amenazan las apuestas estratégicas construidas desde hace más de dos décadas en torno a la globalización, la liberalización o la democratización, son asuntos que aguardan con impaciencia una agenda renovada, con opciones y decisiones estratégicas para tiempos (otra vez) difíciles.
La amenaza mayor, de carácter coyuntural y acaso estructural, es la que se cierne sobre México desde la Casa Blanca. El viejo y de suyo agotado decálogo del “Consenso de Washington” parece haber sido arrinconado y enterrado por el monólogo imperial, nacionalista y patriotero del nuevo “Disenso de Trump”. Las ilusiones y entusiasmos con las reformas de mercado que nos conducirían tarde o temprano al progreso, la competitividad y la equidad social, y la mecánica del cambio político asociado a las reformas electorales y democratizadoras experimentadas  durante los años noventa, fueron disipándose entre contradicciones y efectos perversos de las propias reformas. La desigualdad y la corrupción, la injusticia y la inseguridad, la desconfianza social en la política y en los políticos, la precariedad laboral, el pesimismo generalizado, la sensación o la certeza de que “peor” siempre es un concepto elástico, se amontonan en el escenario y las circunstancias de todos los días.
Pero sin duda la fuente más potente que domina el presente y al futuro es el trumpismo emergente, vociferante y amenazante, instalado estrambóticamente frente  a los jardines del National Mall, en la capital de los Estados Unidos. Por las evidencias y las expectativas, por las señales y los hechos consumados, el gobierno y la sociedad mexicana tendrán que adaptarse rápidamente a vivir una temporada en el infierno.   
La lógica del trumpismo es harto conocida y más o menos previsible. Se trata de golpes discursivos, gobernados por frecuentes ataques de incontinencia verbal que, montados en una oscura colección de prejuicios xenófobos e hiper-nacionalistas, apuntan directamente hacia México como fuente de experimentación y legitimación de las promesas de campaña y a la vez como escarnio para el resto de los países.  Trump ha colocado a México como cabeza de turco de sus relatos, como el enemigo perfecto de sus intereses y proyectos. No se recuerda en la memoria reciente un caso similar, donde los reflejos antisistémicos siempre latentes en la sociedad norteamericana se hayan trasladado con nombre y apellido a vivir en la silla presidencial misma, justo a las orillas del río Potomac.

Poder de destrucción
La estridencia vociferante del trumpismo va de la mano de su potencial destructivo. Es una estrategia dirigida a imponer, no a negociar; a engañar, no a convencer; a pontificar, no a dudar. Se trata de mostrar “hechos” e “información alternativa” como fuentes privilegiadas y exclusivas de ejercicio de las decisiones del poder presidencial, más que discutir desde la información pública —científica y técnica— argumentos, posiciones y decisiones. El antiintelectualismo de Trump y de su gobierno va ligado a su profundo desprecio por los medios y las fuentes convencionales de información, de su desconfianza hacia medios y personas, su pragmatismo salvaje y, como afirma Aaron James, de su imbecilidad primaria (Trump. Ensayo sobre la imbecilidad, Malpaso, 2016, Barcelona)
Esa lógica (de alguna manera hay que llamarle) utiliza como recurso rutinario el de la “luz de gas” (gaslighting), un anglicismo que se refiere a la manipulación de las certezas, opiniones y creencias de otros para hacerlas parecer como falsas, como alucinaciones sin fundamento, como apreciaciones que no existen en la realidad. Se trata de un recurso de engaño y falsedad, para tratar de someter a los otros a las “verdades” propias, como únicas fuentes correctas de interpretación de la realidad. “Luz de gas” es una manera de designar el comportamiento de los demagogos en el ámbito político y de los psicópatas en el ámbito social, la manera en que un déspota, un dictador o un autócrata se presenta a sí mismo como poseedor único de verdades ocultas, como el elegido para representar los intereses del pueblo pero también el profeta de los designios de la Historia, del Destino Manifiesto, de Dios.
Frente a la tormenta, el poder intelectual de las universidades puede contribuir simbólicamente a combatir los efectos del temporal que se avecina. Pero el poder simbólico puede ayudar a definir escenarios, a redefinir agendas, a perfilar alternativas, a desmentir dichos, a contrastar la metafísica del trumpismo y lo que representa para México con la racionalidad de las evidencias y los argumentos. Las universidades mexicanas y sus organizaciones (ANUIES, por ejemplo) pueden ser parte de los muros de contención de los efectos destructivos de Trump y sus corifeos. El poder intelectual, simbólico, de las universidades puede ayudar a disipar los efectos de la luz de gas que hoy flota  sobre las frías aguas del Potomac.

Adrián Acosta Silva
Investigador del Centro Universitario de Ciencias Económico Administrativas de la Universidad de Guadalajara.

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