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Lo que la lectura hace por nosotros Destacado

La lectura nos proporciona información, conocimientos, saber, habilidades, destrezas, interiorización y expansión del pensamiento, pero en realidad no leemos para esto. Leemos porque nos place (cuando realmente nos place) y el resultado es todo lo anterior más otras cosas.
Pero leer no nos garantiza la sabiduría (el saber no es sabiduría cuando no sabemos qué hacer —para mejorarnos— con ese saber) ni la felicidad (hay legiones de lectores infelices). Tampoco nos garantiza la mejoría humana en su sentido ético y moral. Y, sin embargo, como en todo proceso educativo y cultural verdadero, la práctica de leer tiende al beneficio humano.


Leen libros y letra impresa los hombres y las mujeres, no los animales ni los árboles; luego entonces es una capacidad que distingue a los humanos y que los hace más humanos. Mucha de nuestra humanidad se debe precisamente en la cultura escrita. Leer, como parte de la educación, la cultura y la evolución del pensamiento, tiene entre sus propósitos (declarados o no) una sociedad más inteligente y sensible formada con individuos más inteligentes y sensibles.
Y, si son más inteligentes y sensibles, sociedad e individuos tendrán la capacidad de hacerse y cometer menos daño, de obrar en su beneficio y de no contribuir a la ruina de su especie y de su entorno. Éste es, finalmente, el objetivo de toda educación humanística: hacer más humano al ser humano, hacerlo menos fiera, más dueño de su destino, menos hoja al viento, más capaz de advertir de qué es capaz.
La lectura no nos salva de la barbarie ni de la ignominia aunque, potencialmente, debería salvarnos, pues si no es así ¿qué prueba podríamos dar de haber sido transformados por ella? Aunque leer, en general, nos transfigura favorablemente, sabemos de grandes lectores y de grandes literatos, intelectuales y científicos que han sido o son, también, unos grandes mentecatos a quienes ni los libros ni el intelecto ni la ciencia les sirvieron para transformarlos en personas menos dañinas.
Buenos escritores fascistas, destacados intelectuales reaccionarios, grandes científicos al servicio de la industria militar. Pero tampoco concluyamos que su maldad sea producto o resultado de los libros o de la ciencia. En realidad, no eran o no son personas tan inteligentes, pues no supieron o no saben usar su inteligencia (lo cual es más penoso que ser simplemente tontos) y por más libros que hayan leído o que lean no pudieron curar su estupidez, porque los libros, por lo demás, enseñan no sólo lo que contienen sino también lo que interpreta nuestra mente: es decir, muchas veces nos enseñan lo que queremos realmente que digan, pues los leemos con nuestros ojos y con nuestra mente, con todos nuestros sentidos, pero también con todos nuestros prejuicios o nuestra falta de ellos.
Hay que tratar de comprender que los libros no son objetos mágicos, que por arte de hechicería transformarán personas inmorales en morales o antiéticas en éticas. No hay que esperar tanto de los libros, pues la forma de leer también es decisiva. No es lo mismo, por supuesto que no es lo mismo, la forma en que leyó Churchill a la forma en que leyó Hitler. Y, de todos modos, hay que tener cuidado con las generalizaciones. De casos particulares no se deben sacar conclusiones generales válidas para todos. Leer es un lujo para unos mientras que para otros es una necesidad.
La lectura modifica nuestro pensamiento. A lo largo de la historia lo ha hecho incesantemente. Es obvio que somos unos sin lectura y que somos otros con ella. Con ella somos más conscientes de nuestra muerte y de la necesidad de dejar un testimonio que nos sobreviva, un testimonio de nuestro paso por la tierra. Esto es la lectura. Esto es la escritura. Sabemos que moriremos, pero algo nos dice que no moriremos del todo mientras alguien sea capaz de descifrar unos signos y regresarnos, por unos instantes al menos, al mundo de los vivos, es decir al mundo de los lectores. La escritura es esto; la lectura es esto: señas de identidad para que otros las lean, las interpreten y vuelvan a nombrarnos.
Los pueblos más primitivos, los ágrafos, sin escritura y sin lectura, no vivían ajenos del todo a la angustia de la muerte, pero ignoraban la forma más eficaz de combatirla: nombrándola sobre la piedra, la arcilla, la piel o el papel. Si las palabras se las lleva el viento cuando hablamos, no es tan fácil que se las lleve cuando escribimos. Como en la celda del prisionero o en la isla del náufrago, nuestros signos dicen que aquí estuvimos y que confiamos en que alguien leería nuestros mensajes, y nuestra vida, así, no sería en vano.
La lectura tiene, desde luego, algo más que un propósito consolador, pero sin duda también es un buen consuelo. Los libros nos acompañan, muchas veces, terapéuticamente, a lo largo de nuestra existencia. Nos dan calor si tenemos frío, nos prestan certezas ahí donde tenemos dudas y nos ayudan a formular las preguntas necesarias cuando lo único que tenemos son creencias o certidumbres. Nos ayudan a vivir con menos temores y con menos ignorancias. No resuelven toda nuestra vida, pero nos ayudan a resolverla. En realidad, no hay nada que nos evite el conflicto de vivir, ni siquiera los libros, pero éstos nos pueden dar algún norte y más de una alegría.

¿La virtud automática de leer?
La lectura no es una pócima que tomamos para librarnos de una vez y para siempre de nuestros fantasmas y nuestras debilidades y terrores. Se equivocan quienes dicen y creen que un buen lector no puede ser, al mismo tiempo, una mala persona. A lo largo de la historia, no pocos tiranos y criminales han sido déspotas ilustrados. Y eran ilustrados porque leían. Por mi parte, conozco a muchas malas personas, a no pocos canallas, que son lectoras conspicuas y conozco también a malas personas que no frecuentan los libros. No hay que generalizar ni hay que decir mentiras desde la comodidad de nuestro sentimiento autocomplaciente.
Es obvio que necesitamos decir y creer que los lectores son, generalmente, personas buenas, nobles y virtuosas, pues de otro modo ¿qué diríamos de nosotros mismos?, ¿cuál sería nuestro argumento para concluir que leer es bueno? Es claro que los lectores nos consideramos, en general, buenos seres humanos y por tanto colegimos que esto se lo debemos, absolutamente, a los libros, a la cultura, a la educación. Ojalá que los libros, el arte, la cultura, la ciencia y la educación nos vacunaran o nos blindaran contra el mal y contra toda flaqueza de espíritu —sería lo deseable—, pero no concluyamos tan apresuradamente que basta con ser lectores para que obtengamos, en automático, una credencial de seres virtuosos.
La virtud, como el amor, se aprende y se practica y no está únicamente en los libros. Por eso personas analfabetas pueden ser excelentes seres humanos, y por ello también algunos eruditos, gente de gran cultura, de muchos y excelentes libros —leídos y escritos— pueden ser una terrible calamidad, gente a quien no soporta ni su propia familia y que muy desdichada ha de ser efectivamente —de esto no hay duda— si ella misma tiene que soportarse todos los días. Ya se ha dicho muchas veces, pero cuando tengamos la tentación de generalizar sobre las consecuencias absolutamente virtuosas de la lectura y de la cultura y el arte, recordemos a los nazis que conocían su Kant y su Goethe, su Rilke, su Bach y su Schubert, y que incluso los interpretaban con soltura y hasta con emoción, sin que ello les impidiera hacer daño y matar a otros seres humanos. Y ni siquiera encontraban contradicción en ello. Más bien, no le daban ninguna importancia.
La lectura nos prodiga un universo que puede llegar a ser absorbente y, por lo mismo, excluyente de otras muchas cosas, pero lo maravilloso de la lectura es que lo mismo permite esto —que es la mejor descripción del lector perdidamente apasionado, sea profesional o no— que la otra posibilidad del lector que combina la felicidad que dan los libros con la felicidad, no menos atrayente, que brindan otros placeres y otros oficios y otros gustos. En el primer caso situamos a Borges, en el segundo caso a Marco Polo, y en alguno de estos polos se ubican y reconocen los lectores.
Según lo prefiero yo, el oficio de leer no tiene por qué cerrarnos las puertas a otros oficios igualmente gratos; quien quiera vivir para una sola pasión, está bien si así es feliz (y nadie tiene derecho a impedírselo o a ponerle obstáculos en su decisión), pero quien desea la lectura como uno más entre otros ejercicios placenteros y apasionados, bien vale también: sabrá sacar provecho de su afición (más que de su hábito) y encontrará que los libros constituyen una vía, entre otras muchas, para maravillarnos.
A Marco Polo le interesaban más los viajes, las aventuras y las excursiones a tierras ignotas que los libros, pero nos dejó un libro maravilloso en donde narra esas aventuras. Hay quienes dicen: “¿Qué lectores pueden ser esos que sólo leen un libro al mes?” Para mí, que leo entre sesenta y setenta en un año, los lectores de doce libros anuales pueden ser excelentes lectores que a la vez son quizá excelentes cinéfilos, buenos bailarines, estupendos ajedrecistas y conversadores espléndidos, entre otras cosas más, como no lo soy yo. ¿Por qué ser, nada más, lectores de libros si podemos ser mucho más que eso?
Hay otras muchas cosas en el mundo que son tan buenas como los libros, y en la medida en que renunciemos a ellas para sólo leer libros, nos las perdemos. Si esto es lo que queremos y no lo lamentamos, no hay nada que decir (cada quien es libre de sus gustos y sus elecciones), pero si a los libros les añadimos otras fuentes de conocimiento y placer, o bien a las muchas fuentes de conocimiento y placer les agregamos los libros, tal vez hallemos un mayor y más feliz equilibrio en todo. Ello sin contar que un omnívoro, en la historia natural de las especies, tiene muchas más ventajas que un frugívoro o un granívoro.
La lectura nos mece, nos hamaca en un sueño del que, con frecuencia, no queremos despertar. Si no es sueño es ensueño, pero vigilia no es. Y hay que aprender a salir oportunamente de las páginas (como cuando aguantamos por mucho tiempo la respiración bajo el agua) para no ahogarnos. No hay que olvidar que afuera del libro está el mundo, que afuera de la ensoñación hay que abrir muy bien los ojos para preguntarnos, para cuestionarnos dónde estábamos. Mal asunto es confundir las ficciones con la realidad, aunque las ficciones sean capaces de enriquecer nuestras visiones de lo real. También la realidad enriquece nuestra imaginación y nuestra fantasía; si no fuera así no existirían los cuentos, las novelas, las fábulas, las epopeyas, los dramas, las comedias.
Es bastante probable que Shakespeare no supiera tanto de Hamlet como sabemos hoy nosotros, porque nos ha dado la oportunidad de preguntarnos por él por más de cuatro siglos. Y ello sólo ha sido posible porque los lectores, en las pausas de la lectura o en la suspensión final del libro, regresamos al mundo real y nos preguntamos si Hamlet se hacía el loco o si realmente estaba loco, o cuánta de esa locura es la del lector y la del mundo que reviven a Hamlet, a Ofelia, a Horacio, a Claudio, a Laertes y a los demás personajes cada vez que leemos o releemos, por enésima ocasión, ese libro de Shakespeare enloquecido y febril, lleno de miseria y de profundidad humanas.
La lectura fija el pensamiento. No sólo el pensamiento del que escribe, sino también el pensamiento de quien lee. Escribir es cribar el pensamiento y dejar en la página lo esencial luego de desechar aquello que está de más; es emitir pero también omitir. Leer es, de alguna manera, participar en la escritura: quedarse con lo esencial y dejar pasar lo que sobra, lo que está de más para la individualidad de cada quien. Cabe decir que este ejercicio de creación y recreación es único e intransferible de cada lector: lo que es fundamental para uno, quizá no lo es para otro.
Dos personas pueden leer el mismo libro y, sin embargo, llegar a diferentes conclusiones de lectura, en caso de que tenga que llegarse a alguna. Cada quien se lee en el libro que lee según sean su cultura, su disposición, sus ideas, su temperamento, sus juicios y sus prejuicios. Cada quien hace la lectura vital que lo configura y lo retrata; también cada quien se refracta en ella y lo que queda, después de leer, es lo que somos ante el lienzo personal, íntimo, que trazamos con cada autorretrato lector. Por ello es una tontería, una necedad, cuando no una idiotez, pedirles a todos los lectores que lleguen a las mismas conclusiones de lectura, especialmente cuando están frente a una novela, un cuento, un poema.

La verdadera comprensión de la lectura
Es aquí —en este tipo de lecturas imaginativas, fantásticas y subjetivas— donde encalla ese concepto mal explicado y mal entendido de la llamada “comprensión lectora”, un concepto que muchas personas son incapaces de comprender debido a que no saben que la lectura tiene distintas posibilidades de comprenderse. (Y no lo comprenden porque en realidad no saben leer ni les interesa la lectura. Lo que les interesa son las cifras, las estadísticas y, antes que nada, sus sueldos.)
La lectura es importante, pero no leemos porque la lectura sea importante. Leemos porque, antes que nada, es placentera y es vital. Echar por delante la importancia de la lectura, difícilmente convencerá a nadie para que se convierta en lector. Hay muchas cosas que son “importantes”, según los convencionalismos sociales, y a pesar de ello no todas nos importan o, al menos, no consiguen que abandonemos cosas “menos importantes” para dedicarnos a ellas. Lo que sucede es muy claro: cada quien atribuye importancia a las cosas de acuerdo con sus necesidades vitales.
Leer puede ser muy importante para unos y muy poco importante para otros. Por ello, el calificar la lectura de importante es sólo un ejercicio política y educativamente correcto (nadie dirá, por supuesto, que leer no es importante), pero éste no es el mecanismo más recomendado para recomendar la lectura. Que algo sea importante para nosotros no implica que lo sea, o lo tenga que ser, para los demás. En cambio, si apelamos al placer y sabemos compartirlo, es bastante probable que el disfrute se vuelva importante, tan importante que resulte fundamental y necesario para afrontar el día a día, la cotidianidad. Gracias a ciertos gozos, a ciertos disfrutes, vale la pena la existencia, a veces tan llena de contrariedades y sufrimientos.
Es obvio que el trabajo es importante para subsistir, pero también es obvio que, en posición de elegir, casi nadie elegiría el trabajo frente al placer, a menos que ese trabajo tenga también alguna fuente muy poderosa de placer. Leer, entonces y en conclusión, puede ser importante, según se trate de quien realice dicha tarea, pero pregonar la importancia abstracta de la lectura no es lo que conseguirá seducir a los potenciales lectores: hay que dar pruebas de que incluso siendo un ejercicio humano importante puede ser también altamente placentero.

Juan Domingo Argüelles
Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (UJAT/Laberinto Ediciones, 2015), Breve antología de poesía mexicana impúdica, procaz, satírica y burlesca (Océano, 2015), Dos siglos de poesía mexicana: el XIX y el XX (Océano/Gandhi, 2015), Un instante en el paraíso: Antimanual para leer, comprender y apreciar poesía (Universidad Autónoma de Aguascalientes/Laberinto Ediciones, 2016), El libro de los disparates: 500 barbarismos y desbarres que decimos
y escribimos en español (Ediciones B, 2016) y El último strike (UJAT/Laberinto Ediciones, 2016).

Modificado por última vez enMiércoles, 08 Febrero 2017 15:20
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