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España, Podemos y el Populismo Destacado

Hace varios años  acudí al seminario de análisis del discurso, fundado por el profesor argentibo Ernesto Laclau en la Universidad de Essex. Inglaterra. Ahí escuché a figuras del pensamiento postmarxista: Slavoj Zizek, Chantal Mouffe, Zygmunt Bauman, Yanis Varoufakis (futuro ministro de finanzas de Grecia durante el gobierno de Syriza) al propio Ernesto Laclau, recientemente fallecido,  y algunos estudiosos liberales del pensamiento político como Quentin Skinner. Las conferencias y debates podían ser muy estimulantes.   El centro animador de las discusiones era la teoría del populismo que sostenía Laclau, autor que ha tenido influencia en movimientos políticos de varios países.


La propuesta interpretativa de Laclau consiste en ver al populismo como una respuesta al fracaso de la democracia liberal para satisfacer demandas sociales. El populismo aparece entonces cuando las instituciones políticas no tienen capacidad de procesar necesidades concretas de la población. La diferencia entre Laclau y otros estudiosos del populismo es que no necesariamente hace una valoración moral negativa del fenómeno. Reconoce que el populismo puede tener una deriva fascista, pero si el movimiento asume una dirección ideológica izquierdista, está dispuesto a encomiarlo. No es coincidencia que Laclau sirviera de inspiración para Syriza  en Grecia y a  Podemos en España.
En el caso de Podemos, la obra de Laclau se convirtió incluso en motivo de diferencias ideológicas entre Pablo Iglesias e Íñigo Errejón. Ambos líderes se proclaman herederos legítimos o intérpretes de las teorías de este académico. Los mexicanos de mi generación estudiamos la España de la transición como referente democrático y nos resulta desconcertante que Podemos, una fuerza política española, asumiera como referencia a Laclau, ideólogo del matrimonio Kirchner, una pareja argentina que se heredó la presidencia del país en la más rancia tradición patrimonialista del subcontinente y dejaron en ruinas la economía argentina.
Es propio de la juventud jugar al radicalismo. El heroísmo del rebelde, las leyendas del revolucionario impoluto entusiasman a muchos. Esto funciona en la teoría académica, la propaganda  y en las novelas, nunca en la práctica. Las fórmulas divisivas no son propias de quien aspira a formar un gobierno. Para gobernar es preciso conciliar, y esto es un lugar común tan manoseado que avergüenza tener que repetirlo. Lo que se observa en Podemos es un retroceso del parlamentarismo y la disposición a negociar. Ante el afán protagónico de una juventud intransigente jugando al radicalismo, los electores españoles no estuvieron dispuestos a confiarles la responsabilidad de gobernar. Podemos tuvo la posibilidad de formar gobierno con el PSOE, pero para mantener intacta una supuesta pureza ideológica, solamente logró que España se quedara sin gobierno durante diez meses y después que  la derecha repitiera en la presidencia con Mariano Rajoy. Un comportamiento asombrosamente infantil. O nosotros o nadie en la izquierda.   
A finales del año pasado se presentó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara el libro Primera página. Vida de un periodista 1944-1988. Son las memorias de Juan Luis Cebrián, uno de los fundadores y primer director del diario El País. El libro de Cebrián merece más comentarios de los que ha tenido en la prensa mexicana. Es un recuento diferente de la transición a la democracia en España. No es el relato ya conocido en los análisis elitistas de Juan Linz o los mitos en torno a los pactos de la Moncloa. No, el libro de Cebrián observa la transición a partir de la modificación de las costumbres periodísticas españolas. La evolución de la censura, de las noticias, del rigor informativo. En suma, la lenta construcción de un debate público de calidad, sustentado, plural.  
Cebrián refiere los últimos años de vida de Franco, enfermo, repudiado por la población y carente de liderazgo real. Ahí se desata el pleito interno de las corrientes franquistas entre los tradicionalistas caciquiles y los tecnócratas del Opus Dei. Los primeros ignorantes y provincianos, los segundos elitistas y clasistas. Ambos conspirando constantemente contra los integrantes del otro grupo, de espaldas a las aspiraciones populares de alcanzar la democracia. Empeñados en su ambición de conquistar al poder, ninguno de los grupos vio venir la decisión del rey Juan Carlos de apoyar a Adolfo Suárez. La incapacidad de pactar entre ellos dejó el protagonismo de la transición en manos de otros personajes.    
Juan Luis Cebrián, hijo de una familia franquista, sirvió de puente con las nuevas generaciones ansiosas de construir un sistema democrático. En las páginas de su libro atestiguamos por igual sus conversaciones con Adolfo Suárez y Gabino Fraga que con Santiago Carrillo, Enrique Tierno Galván y Felipe González. El diálogo de contrarios permitió el alumbramiento de la democracia española. Grandes diferencias en torno a temas como la pertenencia a la OTAN o las políticas para combatir el terrorismo se hacían presentes entre aliados, pero mediante la conciliación se construyó temporalmente una España moderna, genuinamente europea y en sintonía con la economía mundial.
He dicho temporalmente porque todo parece apuntar que Podemos y su nueva generación política rechaza la disposición dialogante que le permitió a la izquierda de Felipe González alcanzar el poder y transformar España en años que hoy se antojan muy lejanos. Habla Cebrián “Basta con sentarse hoy ante el televisor y contemplar los debates entre periodistas y políticos sobre cuestiones de actualidad para ver hasta qué punto pueden semejarse a las discusiones entre verduleras, con perdón de éstas… tenemos derecho a preocuparnos por la pobreza de vocabulario que utilizan los jóvenes y que enlaza directamente con la penuria de lecturas. Quizá porque no teníamos televisión, el cine era caro y escaso, y muchos libros estaban prohibidos, la voracidad lectora de las clases alfabetizadas de mi época contrasta con la indiferencia ahora creciente hacia la cultura letrada. En el franquismo la lectura era un acto peligroso; en la democracia comienza a convertirse en un hecho raro. La circulación de las ideas, en cualquiera de sus formas, ha constituido secularmente la mejor de las garantías contra los excesos del poder. Lo raído del lenguaje de que hacen gala hoy tantos adolescentes no puede confundirse con una moda pasajera. Su mínimo vocabulario, consecuencia directa de su poca afición a los libros, constituye una carencia seria a la hora de encarar su futuro profesional.” (p.44).
En 2017 se cumplen cuarenta años del restablecimiento de relaciones diplomáticas entre México y España. Uno de los mexicanos más atentos a la política española del siglo XX, Jesús Reyes Heroles decía que en la vida pública no hay que ser moderados, pero sí moderadores. La generación de Cebrián supo moderar, desde la prensa, una discusión pública de nivel. La gente de Podemos no ha querido hacerlo. El faccionalismo y la obsesión con la pureza ideológica no son la base correcta para transformar un país. Ojalá que España vuelva a establecer un referente para quienes creemos en la política progresista.  

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Estudiante de la maestría en relaciones internacionales y medios de comunicación en la Universidad de Essex.

Modificado por última vez enMiércoles, 15 Febrero 2017 22:54

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