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La realidad y la lectura frente al hombre-libro Destacado

Aunque existe la práctica de la lectura en grupo, generalmente en voz alta, la lectura es un ejercicio individual e íntimo las más de las veces. Y, sin embargo, es evidente que la denominada promoción de la lectura solo puede entenderse dentro de un contexto social amplio.
No hay lector, por individualista que sea, por sectario que parezca, que no participe socialmente en la adquisición y la comunicación de lo leído, incluso si ha llegado a la lectura sin guía o sin mediador.
Un lector autista es lo menos parecido a un lector, porque la lectura nos hace participar de una historia, de una tradición, de una forma de ver el mundo e incluso de ciertos rituales adquiridos, heredados, que no solemos cuestionar o poner en duda.


Esto se debe a que el lector, cualquiera que sea su práctica de apropiación cultural, forma parte de una comunidad dialógica: su primer diálogo es justamente el que establece con el libro que lee, en el entendido de que un libro tiene detrás suyo a un autor que propone una conversación.
El mayor error que hemos cometido en el asunto de la lectura es perder de vista la importancia fundamental de los ámbitos
reales en los que queremos que surjan o se desarrollen los lectores.
Creemos, por extrañísimos motivos difíciles de desterrar, que la lectura está desasida, literalmente desprendida, de cualquier estructura social. Creemos, de veras, que la lectura se da en las nubes, en el limbo. Y es por ello que, también, en las nubes o en el limbo suelen hacerse los programas y las campañas de lectura que no llevan a ninguna parte.
Por principio, son muchos los entusiastas que pierden de vista la realidad cuando se dejan seducir por los tópicos, por las ideas recibidas a propósito de una supuesta transmisión de la lectura que únicamente requiere de propaganda, de eslóganes ingeniosos, de invitaciones mediáticas.
Hay un fetichismo en la idea de que la pasión por la lectura se transmite por buenas opiniones, generalmente moralistas (“ideas beatas sobre el libro”, diría Gabriel Zaid), o bien por imposiciones bienintencionadas que plantean beneficios prácticos mensurables: mayor vocabulario, más velocidad y mayor número de palabras leídas por minuto, más habilidad de comprensión, más sociabilidad, etcétera.
Es necesario liberar a la cultura escrita de las nociones fetichistas ennoblecidas de confianza ciega en el discurso antes que en la experiencia. Así como la corrupción no se combate con mensajes edificantes, de esta misma manera el gusto por la lectura no se puede transmitir a través de anuncios o de spots publicitarios. Por otra parte, podemos adquirir muchas habilidades con la lectura, pero no leemos exactamente por la promesa de esa adquisición, sino porque sentimos la lectura como una necesidad parecida a la sed.
La lectura forma parte de la realidad, y no está en ningún cielo angélico, fuera de las alegrías y los inconvenientes de la vida.
Tenemos que dejar de mentirles a las personas para que sepan que la lectura es una más de las muchas formas por medio de las cuales pueden acceder al saber, al conocimiento, al placer, al gusto de estar en este mundo. Decirles, claramente, que la lectura no es “mejor” que la música, la pintura, la danza, etcétera, sino algo diferente que nos puede llevar al mismo destino: la alegría, el gozo, la felicidad. Incluso, en el caso del conocimiento, el gozo, la alegría, la felicidad de saber.
Y todo esto vincularlo a una verdad que también es necesario enfatizar: que ningún libro, incluso el mejor, el más elevado entre todos, puede ser superior a la vida. Nadie que ame la vida, aunque ame mucho los libros, puede creer en la supremacía de los objetos sobre las personas, por muy humildes que éstas sean. Un libro es portador de pensamientos, emociones, historia, rebeldías, prejuicios, necedades también, etcétera, pero lo más importante es el lector, porque es quien le da vida realmente al libro.
Pongámoslo así: sin la atrocidad del nazismo, el Diario de Ana Frank no existiría. Pero no hay nada que agradecerle al nazismo, sino todo lo contrario. No se trata de elegir entre cosas que jamás se dieron a la elección y que ya son parte de la historia y de la realidad consumada, pero un lector ético es obvio que mil veces preferiría que ese libro jamás se hubiera escrito a cambio de que la pequeña y hermosa Ana jamás hubiera padecido la atrocidad nazi. También los lectores, y la lectura, requieren de una ética.
¿O acaso habrá que agradecerle al nazismo el que tengamos, para nuestra cultura, el Diario de Ana Frank? Lo que vale de ese libro es precisamente la amarga lección que nos deja sobre el comportamiento humano. El libro vale por Ana Frank, y por el sufrimiento y la lección de vida y optimismo que nos da su autora, no por ser un libro, del mismo modo que Mi lucha (otro libro, otro objeto) es execrable no por ser un libro, sino por las atrocidades que su autor, Adolf Hitler, difunde y defiende en sus páginas; atrocidades que, entre otras monstruosas consecuencias, son culpables de la muerte de Ana Frank.

El hombre libro vs. la realidad
En el tema de la lectura es indispensable no perder de vista jamás la realidad. La lectura no debe ser una droga para desentendernos del mundo, sino al contrario. No faltan por ejemplo los engullidores de novelas que, a veces, son como los fumadores de opio. Viven en la ficción; se alimentan de sueños, y acaban confundiendo invención con realidad, a grado tal que les dejan de interesar las consecuencias reales. Lo único que les interesa es el universo de los sueños, e incluso son capaces de decir que la literatura es mejor que la vida. Allá ellos, pero siendo así, como bien dijo Montaigne, más valdría jugar a la pelota.
Todo lector irredento (toda polilla de biblioteca) ha abrigado, al menos un instante en su vida, la noble locura de saberlo todo, de leerlo todo. Esta obsesión, en parte, es la que lo lleva a vivir insatisfecho con cada libro que lee y con cada libro que deja de leer.
El hombre, el ser humano dueño de muchas prácticas y quehaceres, renuncia casi por completo a todo lo que sea cultura bibliográfica, y se convierte así en el hombre-libro, todo él cabeza y casi nada de cuerpo, porque la única certeza de existir está en función de lo que lee y lo que ha leído.
Toda experiencia ajena a la lectura, todo conocimiento al margen de la bibliografía (y lejos de la bibliofagia) pierden importancia para él y entonces la lectura pasa a ser una patética locura y una feliz infelicidad. Lo que, de un modo sensato, tendría que ser una alegría se convierte en una insensatez y en un tormento.
La razón por la cual Fahrenheit 451 (1953), de Ray Bradbury, es una novela muy popular y leída con toda simpatía es, en el fondo, porque se trata de una alegoría sentimental que conmueve a partir de una visión apocalíptica: el libro es prohibido y destruido por el poder absoluto y los lectores son perseguidos.
Nadie puede negar que el libro sea un objeto de cultura tan importante y tan sublime que sin él nuestra cultura no sería la misma o, más bien, sería muy precaria. Pero de ahí a que valga la pena morir achicharrado entre las llamas de miles de ellos hay una desmesura de ánimo, y esto es lo que ocurre con la anciana, en la novela de Bradbury, que prefiere asarse como un pollo dentro de su biblioteca antes que abandonar su casa y ver cómo el gobierno convierte en cenizas sus amados libros.
De hecho, ella misma le prende fuego a su biblioteca, antes de que lo hagan los incineradores de libros al servicio del gobierno. Es el símbolo de una inmolación cultural en nombre de un espíritu incombustible: el libro como fetiche de una utopía letrada.
Pero ¿por qué Auto de fe (1936), de Elias Canetti, no es una novela tan leída y tan recordada con la misma simpatía que Fahrenheit 451, a pesar de que es anterior a ésta y que en sus páginas hay también un personaje que muere achicharrado entre sus amados libros?
La respuesta es harto sencilla: porque la novela de Canetti no es una ficción apocalíptico-sentimental, sino una sátira del hombre-libro, ese mismo que en Fahrenheit 451 es elevado a la categoría de héroe y salvador de la cultura. De hecho, el narrador retrata con muy poca simpatía al Dr. Kien, su protagonista: lo que hace es enfatizar que, a causa de los libros, este sinólogo ha olvidado la realidad y se ha convertido, paradójicamente, en un enajenado de la cultura libresca.
En 1973, al reflexionar sobre este su primer libro y su única novela, Canetti explica que el Dr. Kien, el hombre-libro, tenía como único atributo el componerse de libros. A Kien no le importa nada más en la vida sino los libros. Y Canetti (que en su infancia y adolescencia, alguna vez, asumió la utopía de leerlo todo), no le tenía ninguna simpatía. Viéndose en ese pasado, el futuro (representado en Kien) le parecía abominable.
Canetti refiere que escribió esa novela como parte de un proyecto (que nunca llevó a su fin) de lo que él denominó una “Comedia Humana de la Locura”. En el plan de escritura de dicha comedia esbozó ocho novelas: “centradas cada una, en torno a una figura al borde de la locura (individuos-límite): cada personaje de esos era distintos de los otros hasta en su lenguaje y en sus pensamientos más recónditos”.
Explica el autor: “Me dije que construiría ocho reflectores con los que, desde fuera, iba a iluminar el mundo. Pasé un año entero escribiendo indiscriminadamente sobre estos ocho personajes, según los que me atrajeran más en el momento. Había entre ellos un fanático religioso, un soñador técnico que sólo vivía haciendo planes cósmicos, un coleccionista, un poseído por la verdad, un despilfarrador, un enemigo de la muerte y, por último, también un genuino ‘hombre-libro’”.
Canetti sólo concluyó la novela sobre el hombre-libro, Die Blendung, que en español se ha traducido como Auto de fe, pero que literalmente tendría que traducirse como El encandilamiento o El incendio. Y tuvieron que pasar cuatro años para conseguir que se publicaran porque varios editores no encontraban ni simpática ni edificante dicha historia: para los editores era como si el escritor se pegara con una piedra en la boca y, de paso, les prestara dicha piedra para que ellos hicieran lo propio.
Entre los varios editores a los que el escritor les propuso Die Blendung, uno de ellos, de los más emblemáticos de la cultura editorial del siglo XX en Alemania, Peter Suhrkamp (1891-1959), la rechazó con énfasis. “Me hizo sentir muy claramente su profunda antipatía por la novela”, escribió Canetti.
Es sintomático que, de todo su proyecto de la “Comedia Humana de la Locura”, Canetti únicamente haya concluido la referida al hombre-libro. Ese loco (ese personaje que lee con locura), el Dr. Kien, lo seduce especialmente porque le recuerda un pasado que encuentra grotesco: cualquier cosa en un exceso que no permita vivir plenamente la existencia (así se trate del más noble objeto cultural) deforma la mente y convierte al ser humano en una caricatura. El Dr. Kien es una caricatura de los hombres-libros (que no hombres libres) para quienes el libro puede ser también el más poderoso somnífero.

Nada más que papel
Solo los puritanos del libro no se atreven a reconocer que el mal uso y el abuso de los libros pueden tener los efectos del opio. Y no sólo de los libros, sino de la escritura como un símbolo.
Canetti cuenta la siguiente anécdota, de la que fue testigo, para ilustrar esto: un día los obreros se rebelaron y le prendieron fuego al Ayuntamiento de Viena; la policía cargó contra ellos, disparó y mató a varios, pero “en una calle lateral, no muy lejos del Palacio de Justicia en llamas, aunque sí algo apartada, había un hombre que, distanciándose muy claramente de la masa y con los brazos en alto, palmoteaba, desesperado, sobre su cabeza, sin dejar de gritar en tono lastimero: ‘¡Las actas se queman! ¡Todas las actas!’ ‘¡Por suerte no son hombres!’, le dije yo, pero mis palabras no le interesaron: sólo tenía en mente las actas. Pensé que tal vez tuviera algo que ver con esas actas, que quizá trabajase en el Archivo. Era inconsolable y, pese a la situación, lo encontré divertido. Pero al mismo tiempo me irritó. ‘¡Han matado gente a tiros!’, le dije furibundo, ‘¡y usted habla de las actas!’. Él me miró como si yo no existiera y repitió, entre lamentos: ‘¡Las actas se queman! ¡Todas las actas!’”.
Debería quedarnos muy claro que, ante la muerte de otros seres humanos, quien únicamente se lamenta por papeles quemados bien merece arder junto con ellos.

Juan Domingo Argüelles
*Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (UJAT/Laberinto Ediciones, 2015), Breve antología de poesía mexicana impúdica, procaz, satírica y burlesca (Océano, 2015), Dos siglos de poesía mexicana: el XIX y el XX (Océano/Gandhi, 2015), Un instante en el paraíso: Antimanual para leer, comprender y apreciar poesía (Universidad Autónoma de Aguascalientes/Laberinto Ediciones, 2016), El libro de los disparates: 500 barbarismos y desbarres que decimos y escribimos en español (Ediciones B, 2016), El último strike (UJAT/Laberinto Ediciones, 2016) y En la boca del lobo: La verdadera historia de Caperucita Roja (Fondo Editorial del Estado de México, 2017).

Modificado por última vez enMiércoles, 15 Marzo 2017 22:40
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