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Incultura, libros, negocio y Trump Destacado

En un sentido ideal, todos los oficios necesarios para el bien social son buenos. Ésta es verdad de Perogrullo porque admite también la lectura inversa sin alterar su conclusión: todos los oficios positivos son necesarios para el bien social. Siendo así, tan necesario es el arquitecto como el carpintero, tan necesario el médico como el sepulturero.
Lo anómalo es cuando, por ejemplo, el sepulturero, para tener trabajo, asume también el nefasto negocio de proveer los difuntos. Sepulturero y matón. Es un ejemplo extremo y, por fortuna, hipotético, pero que sirve muy bien para ilustrar la contraposición o incongruencia de las acciones. Algo así como si el fabricante de muletas se encargara también de quebrar piernas para mantener su empresa. En relación con esta forma esquizofrénica de comportamiento puede incluso ejemplificarse con la filantropía. Se atribuye al poeta y lexicógrafo español Juan de Iriarte y Cisneros el siguiente y devastador epigrama compuesto en el siglo XVIII: “El señor don Juan de Robres,/ con caridad sin igual,/ hizo este santo hospital.../ y también hizo los pobres”.


Hacer una cosa positiva y, al mismo tiempo, realizar su opuesto resulta pernicioso y contra toda lógica. Pongámoslo así: ¿En qué momento la medicina deja de ser un bien social y se convierte en un simple negocio? En el momento mismo en que el enfermo deja de ser paciente y se convierte en cliente; es decir, cuando al médico le importan más sus honorarios que su profesión, su vocación y los preceptos de Hipócrates (quien, por cierto, no es el inventor de la hipocresía), y cuando a la medicina, esto es al sistema médico y a la industria farmacéutica, le importan más las ganancias que la salud de las personas. ¡Y, sin embargo, de todos modos se llama medicina!
En este mismo sentido un buen escritor puede acabar con su carrera literaria aunque publique libros: ello ocurre cuando abandona la ambición ética y estética de lograr una obra duradera y noble y se dedica simplemente a producir libros a la moda de venta rápida, libros para el mercado (más que para los lectores), libros para la fama, para la notoriedad mediática, best sellers para las mesas de novedades más que obras de hondura espiritual y elevación intelectual que desarrollen su cultura y la de los lectores. ¡Y, sin embargo, de todos modos se llama literatura!
Hay escritores que hoy son considerados clásicos (Kafka entre ellos) y que, en vida, no merecieron el aplauso del público ni la atención del mercado, sino hasta muchos años después de muertos. Son individuos muertos, pero escritores vivos. Hay otros, hoy, que reciben todas las atenciones del mercado y los afanes mediáticos porque producen carretadas de dinero con libros para el cliente más que para el lector. En la mayor parte de los casos, son escritores muertos, aunque sean personas vivas (especialmente en el peor sentido).
¿En qué momento un escritor de ambiciones literarias y un editor de intereses culturales, intelectuales y formativos se pierden para el bienestar social? En el momento mismo en que renuncian a sus respectivas vocaciones, cavan sus tumbas y se convierten a la vez en sepultureros y matones: de sí mismos y de sus oficios ejemplares. La idea más cercana al “trabajo creador” que tiene hoy mucha gente (y no precisamente joven) es alimentar el entretenimiento banal de los internautas (porque ha descubierto que ahí está el negocio), desplazándolo también al ámbito editorial impreso que de mil amores se presta a ello porque sabe también que ahí está el negocio.
A decir de Lin Yutang, “el arte es a la vez creación y recreo”, en donde la labor creadora, libre de todo negocio, escapa a la comercialización como finalidad, y sólo participa de ella como medio de distribución para propiciar una conversación espiritual e intelectual a un tiempo amena y formativa. Si la finalidad del arte y la literatura es exclusivamente el lucro, nada bueno puede esperarse de ambos. La meta de la cultura no es el negocio sino la formación gentil del espíritu. Lin Yutang no tiene duda en ofrecer la siguiente verdad aforística: “Un artista de gran personalidad produce gran arte, un artista de personalidad trivial produce arte trivial”.
Y luego están los otros, los peores: los que sólo producen mercancías (es decir, productos para el mercado) valiéndose de las formas en las que se presenta el arte y la cultura: cuadros, composiciones, libros y demás objetos que se parecen a sus originales, pero sólo en el aspecto, no en el contenido.
Para quienes saben escribir (digamos con destreza, con cierta habilidad e incluso con algo de talento), escribir libros es muy fácil; lo realmente difícil es escribir libros buenos que se vendan extraordinariamente. Menos difícil es escribir libros sin sustancia (mentirosos, banales, triviales, chismosos, ñoños) que se venden muy bien porque incluso pueden venderlos estupendamente aquellos que no los escriben o que no los escriben personalmente.

Trump y su escritor negro
Suena raro escuchar esto: publicar libros que no se escriben personalmente. Pero el mismo Donald Trump, presidente hoy de Estados Unidos, vendió más de un millón de ejemplares, en diversos idiomas, del libro Trump: El arte de la negociación (Random House, 1987) que no escribió “personalmente” (quien en realidad lo escribió fue el periodista Tony Schwartz, su amanuense, luego de 18 meses de conversaciones), lo cual no le impidió la siguiente y cínica dedicatoria (en un libro que estrictamente no es suyo aunque esté escrito en primera persona y firmado por él): “A mis padres, Fred y Mary Trump”.
Antes incluso de las elecciones en Estados Unidos, Schwartz, más allá de sus grandes ganancias económicas (250 mil dólares y la mitad de las regalías), se mostró arrepentido de haber actuado como el escritor “negro” que hizo que este libro se situara en la lista de los más vendidos durante 48 semanas. Dijo Schwartz en los días previos a las elecciones: “Siento un profundo remordimiento por haber contribuido a presentar a Trump de una forma más atractiva de la que es. Le puse pintalabios a un cerdo”. El verdadero Trump es otro, según dijo (y según sabemos): “Mentía sobre su dinero, sobre sus negocios, sobre su padre. Mentía cuando pensaba que podía sacar una ventaja y cuando se encontraba en problemas”. Y remata con una frase que lo define por entero: “Trump no puede disculparse por nada sin importar lo indignante que sea”.
Lo cierto es que Trump, como figura pública, es hechura de una gran mentira de la cual son responsables quienes hacen las cosas solamente por dinero, sin escrúpulo alguno. Y lo cierto también es que, en el ámbito editorial, la era Trump comenzó antes de que Trump fuese presidente de los Estados Unidos.
Lo que se impuso con Trump no fue por supuesto la inteligencia y ni siquiera la habilidad política, sino el negocio en un tiempo en el que todo el mundo vende muchísimo de algo (cualquier cosa vendible) después que ha conseguido convencer a muchísima gente crédula de que lo que compra es necesario, útil, benéfico e incluso indispensable, aunque sea simplemente resultado del bluff y, con mayor exactitud, del escándalo premeditado.
La “filosofía” Trump es justamente la manera en que la sociedad de consumo compra a un tipo como Trump (es decir a una mercancía), y que (en la redacción venal de Schwartz) el vendedor describe del siguiente modo: “Una cosa que he aprendido acerca de los periódicos es que andan siempre ansiosos de un buen tema, cuanto más sensacional mejor. Lo cual está en la naturaleza de su trabajo, y lo comprendo. La cuestión es que si usted es un poco diferente de los demás, o un poco escandaloso, o si hace cosas atrevidas o controvertidas, entonces los periódicos escribirán sobre usted. Yo siempre he hecho las cosas de manera algo distinta, no me espantan las controversias, y mis negocios tienden a ser un poco ambiciosos; además, he conocido el éxito desde joven y he elegido vivir con un cierto estilo. Todo ello explica que la prensa esté siempre deseando escribir sobre mí”.
Y remata: “Con esto no quiero decir que necesariamente me aprecien. Unas veces escriben cosas positivas y otras todo lo contrario. Ahora bien, desde un punto de vista estrictamente comercial, los beneficios de esta notoriedad han resultado muy superiores a sus inconvenientes. En realidad, es bastante sencillo. Si compro una página entera del New York Times para anunciar un proyecto mío, puede costarme 40,000 dólares, y en cualquier caso el público desconfía de los anuncios actualmente. Pero si el New York Times escribe un artículo de una columna sobre uno de mis negocios, aunque no sea demasiado laudatorio, no me cuesta nada y puede suponerme bastante más de 40,000 dólares. Pero lo más notable es que incluso un artículo crítico puede ser valioso para los negocios, aunque duela en lo personal”.
Resulta claro que la “filosofía” Trump se beneficia del escándalo (de ser “un poco escandaloso”, como dice él) que produce dinero y alimenta el negocio que bulle en torno de la “notoriedad”. No importa lo que se venda en tanto se venda bien y, por lo demás, no ser “apreciado” e incluso ser despreciable (“aunque duela en lo personal”) resulta benéfico si ello se traduce en ganancias económicas. Ni más ni menos. El objetivo es el dinero que da poder y que puede llevar (ya lo vimos) a lo más alto del poder (económico y político).
A falta de talento constructivo y de aprecio auténtico, las personas como Trump (y al igual que Trump) se consuelan y se vanaglorian con el dinero y con la vanidad que edifica ese dinero. Tal como se lo dijo Trump a Schwartz, la notoriedad y el dinero resultan superiores a los “inconvenientes”. A eso se le llama preferir el bienestar económico y el “éxito” (cualquier cosa que esto sea) sobre la ejemplaridad humana y el bien cultural.
Trump descubrió la fórmula y la explotó, al igual que otros que han alcanzado el “éxito” ya sea en política o en sociedad: “Los periódicos andan siempre ansiosos de un buen tema, cuanto más sensacional mejor”. Hoy podemos decir que no sólo los periódicos, sino los medios todos y la sociedad en su conjunto, andan siempre ansiosos de un tema sensacional y sensacionalista que produzca “éxito” y dinero por encima de cualquier otra cosa. La vanidad y la notoriedad se ufanan de esto. Es así como podemos explicarnos que un amplio sector inculto de los Estados Unidos (la más grande sociedad de consumo por excelencia) se haya identificado con este “triunfador” impresentable, mentiroso, escandaloso y, especialmente, sin escrúpulos.
El “éxito” de Trump ha venido a probar que, en nuestra sociedad, para ser triunfadores no se necesita la cultura ni la educación, y que éstas incluso estorban en ambientes (casi todos) donde el éxito de una persona se mide por su notoriedad. La sociedad de consumo en su máxima expresión, esto es provista de las herramientas digitales, vino a probar lo que ya nos había avisado Gabriel Zaid hace varios años: que para tener éxito en la vida, hoy (y desde hace mucho), no es necesario leer libros, y ello es válido incluso para quienes los firman y los publican aunque no los escriban “personalmente”.
Más allá de la verdad incontrovertible de que cada autor tiene los lectores que se merece, en tanto que cada lector merece a sus autores preferidos, habría que decir que esta misma sociedad de consumo que basa el éxito en la notoriedad, el chisme y el escándalo (que son hoy los motores que producen dinero), está acabando con la cultura incluso a través de los propios medios que tradicionalmente sirvieron para construir la más sólida cultura, entre ellos las propias casas editoriales que han trivializado y banalizado los contenidos privilegiando el escándalo, la notoriedad y, por supuesto, el dinero, a despecho de Lin Yutang y legitimando el modelo del éxito de Donald Trump.

La confianza en los inescrupulosos
La ignorancia, la trivialidad, la banalidad, el escándalo y la incultura pueden muy bien alcanzar la cúspide del poder de la más compleja democracia (como la denominó George Steiner), en parte, o más bien en gran medida, porque esa ignorancia, esa trivialidad, esa banalidad, ese escándalo y esa incultura ya habían dado muestras de “éxito” incluso en el ámbito cultural. Cada vez que un libro mentiroso y sin sustancia vende miles de ejemplares, ello contribuye a difundir la confianza en los mecanismos inescrupulosos que hicieron que Trump llegara al poder. Lo que se difunde es incultura.
Asimismo, cada vez que una feria del libro es “tomada”, “sitiada”, “arrebatada” por los vendedores de libros triviales y banales y por la incultura autoral y editorial, las ferias del libro cavan su tumba, aunque las ventas sean estupendas, pues precisamente esas ventas estupendas de cosas parecidas a los libros socavan el sentido y el propósito del libro como instrumento de divulgación cultural y de formación intelectual y espíritu crítico, al privilegiar la notoriedad y el negocio en forma de algarabía espectacular.
Del mismo modo, cada vez que un libro “deformativo” (opuesto a lo formativo) alcanza el más grande éxito y se instala en la cúspide del gusto popular (derivado por cierto de la dictadura del mercado), la “filosofía” Trump muestra su eficacia para que la incultura, la mentira, la falta de escrúpulos y la deseducación se mantengan en el poder.
Los escritores, los editores, los periodistas, los divulgadores y las autoridades tienen, en relación con el libro, una responsabilidad social que suelen soslayar e incluso negar. Cada
vez que se trivializa la cultura,
cada vez que se socava la educación,
cada vez que se venden miles o millones de ejemplares de libros insustanciales y, peor aún, deformadores y deformantes, se traiciona la finalidad de la lectura como una vía de adquisición cultural y superación intelectual.
La fama, la notoriedad (así sean momentáneas o efímeras) dictan hoy lo que se lee en mayor medida. Y este dictado es del negocio, no de la demanda de los lectores. Los lectores acaban aceptando lo que la propaganda y la publicidad les dice que es bueno. El espectáculo, el chisme, el escándalo y el dinero lo han deformado todo.
Deberíamos releer El secreto de la fama, de Gabriel Zaid: “Las grandes obras (famosas o no) son un milagro, una zona de la realidad donde la vida sube de nivel y nos habla. La conciencia absorta se pierde y se recupera con un foco más claro. La realidad adquiere más sentido, y nosotros también. Las grandes obras nos animan, nos vuelven más inteligentes y más libres, más imaginativos y creadores. Es natural hablar de esa experiencia extraordinaria, compartirla, traerla y extenderla a la vida ordinaria. La conversación sobre las grandes obras puede ser, en sí misma, un milagro creador. O mera resonancia de los nombres que suenan”.
Si la cultura es, en sí misma, un milagro creador, la incultura es simple bluff y, peor aún bullshit, “manipulación de la verdad” (algo más que pura charlatanería, para decirlo con un término de Harry G. Frankfurt). En consecuencia, la mera resonancia de los nombres que suenan suele darse hoy no con las obras maestras, sino con los libros prescindibles de los autores de fama efímera que inventan los editores y los demás medios de la sociedad del espectáculo y el lucro. Después de todo, no sería tan malo que resonaran al menos los nombres de Platón, Montaigne, Shakespeare, Balzac, Tolstói, etcétera, pero los que hoy resuenan son únicamente los nombres anodinos que lo hacen con el timbre que producen las máquinas registradoras al ingresar el dinero del cliente.
Otra vez la sabiduría de Zaid nos abre los ojos: “El ruido de la fama tiene también su más allá, que baja hasta la vida ordinaria repartiendo autógrafos, como un sacramento. [...] Ahora hay expertos en provocar malentendidos. Venden el secreto de crear una personalidad que suba al pedestal de la fama, atrayendo los reflectores. Pero no hay expertos en la creación de obras maestras”.
Así es. Los medios inventan famas, crean notoriedades en personas inescrupulosas que llegan a lo más alto del momento, del instante, como cuando el ventarrón (todo ventarrón es democrático) levanta todo sin excepción (tierra, hojas, basura) y no resulta raro que ponga en la cúspide el papel sucio o simplemente volandero que halló a su paso. Muchos harán menos daño que Trump, pero todos juntos son muestra del daño colectivo que ocasiona la invención de lo vendible sin sustancia, del libro sin altura ni profundidad, de la mentira consentida por la vanidad y el lucro. Trump es tan solo el perfeccionamiento de este invento.

Juan Domingo Argüelles

Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor
de la lectura. Sus libros más recientes son Por una universidad lectora
y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (UJAT/Laberinto Ediciones, 2015),
Breve antología de poesía mexicana impúdica, procaz, satírica y burlesca (Océano, 2015), Dos siglos de poesía mexicana: el XIX y el XX (Océano/Gandhi, 2015), Un instante en el paraíso: Antimanual para leer, comprender y apreciar poesía (Universidad Autónoma de Aguascalientes/Laberinto Ediciones, 2016), El libro de los disparates: 500 barbarismos y desbarres que decimos y escribimos en español (Ediciones B, 2016) y
El último strike (UJAT/Laberinto Ediciones, 2016).

Modificado por última vez enMiércoles, 29 Marzo 2017 23:03
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