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La marcha de los 700 Destacado

Campus nació en MILENIO por una invitación de los directivos de la empresa y la suma de creencias de un grupo de universitarios con vocación académica, intelectual y política. Ariel González Jiménez, escritor talentoso y amigo, en una de nuestras comidas por los alrededores de la casa anterior de Milenio, en la colonia Tabacalera, me sugirió el nombre del que se quería fuera un suplemento universitario semanal. Todos los primeros convocados en un restaurante del sur de la ciudad de México, lo aprobaron por la contundencia del significado y con el regusto de lo nuevo.  
Esto que comento sucedió hace ya casi 15 años. En los meses de mayo o junio de 2002, ese grupo de universitarios tuvimos nuestros primeros encuentros.


No hubo, pues, detrás del nacimiento de Campus, la épica de una diáspora ni la trama de una ruptura o una simple fuga como las que eventualmente se dan en el medio periodístico.  
Ilusión sí había y mucha. Algo de escepticismo también. Éste lo alentaba el hecho de que no se tuvieran experiencias exitosas de este carácter en un periódico, y los muchos fracasos de intentos semejantes.  
Pero el conocimiento sobre la educación y la conciencia del grupo fundador de Campus, acerca de la importancia de crear un espacio exclusivo para la educación superior, y la educación en general, eran muy superiores a los explicables prejuicios, y como sucede con ciertas personas, tomamos estos obstáculos como un acicate para lograr nuestro propósito. Siempre creí que con estos amigos el proyecto de Campus era viable.   
En esa reunión seminal, Gilberto Guevara Niebla, Roberto Rodríguez, Humberto Muñoz, Carlos Pallán, Alejandro Canales, reconocidos expertos en educación, con una obra sólida a sus espaldas, y José Luis Martínez como responsable de los suplementos del diario, pusimos en la mesa las ideas que iban a cristalizar en el proyecto que tres meses después, el jueves 12 de septiembre de 2002, dio luz a su primer número.  
Un contexto cambiante
En México, era el segundo año de la alternancia presidencial y vivíamos en la sociedad fluctuante en la que basculaban los rasgos del viejo régimen priísta y un germinal régimen democrático (José Woldenberg) encabezado por un presidente, Vicente Fox, de malabáricas y anecdóticas conductas populistas y un conservadurismo decimonónico.
Muchos mexicanos estábamos aprendiendo a vivir sin el PRI en el gobierno. Cómo escribió Tony Judt del aprendizaje obligado después de 1989 con la caída del comunismo, aquí también debíamos aprender que “nada es necesario ni inevitable”.  
Desde las montañas del sureste mexicano, el Subcomandante Marcos escuchó al candidato Vicente Fox decir que resolvería el problema de Chiapas “en 15 minutos” y que estaba dispuesto a dialogar con él. No se dio el encuentro entre Fox como presidente y el Subcomandante, ni tampoco se resolvió el conflicto, pero en marzo de 2001,  tuvimos a Marcos en el Zócalo de la ciudad de México con sus 14 comandantes, y sus días de ciudadano encapuchado fueron lo más parecido a fuegos artificiales con sabor y olor a tinta y a mito.   
La gente se divertía con un nuevo presidente del que todos los días se conocía alguna anécdota por sus ocurrencias y su originalidad en el  ejercicio del poder. Se corrió la voz muy pronto que quien gobernaba México era una “pareja presidencial”; Martha Sahagún, su colaboradora más cercana, el 2 de julio de 2002 se convirtió en su esposa y compartió con la líder del SNTE, Elba Esther Gordillo, el título de mujer más poderosa de México.
Con un matrimonio feliz en Los Pinos, el país vivió entre la fiesta hipotecada de la alternancia democrática, y el autolanzamiento al estrellato político de Andrés Manuel López Obrador, quien, gracias a sus conferencias matutinas televisadas diariamente, y a su eficaz trabajo con los ancianos, pudo torcer la ley  y hacer que el presidente retrocediera en su intento de desaforarlo como jefe de gobierno y cortarle su ascendente carrera presidencial; fue justo, a partir de esa victoria política, que López Obrador estableció que su máxima de “al diablo las instituciones”,  habría de ser, hasta la fecha, el más efectivo de sus  programas de la pertinaz lucha que mantiene por la presidencia.
En aquel carnaval foxista, la educación básica y media superior estaba en manos del SNTE y el poder de su líder indiscutible, Elba Esther Gordillo, era superior al del propio secretario de Educación Pública, Reyes Tamez Guerra, el ex rector de la Universidad Autónoma de Nuevo León, nombrado por el presidente Fox, cumpliendo un compromiso que había asumido con los rectores en una reunión con la ANUIES, el organismo más representativo de las principales instituciones de educación superior.
Fue justamente en agosto de 2002 cuando Fox y la profesora Gordillo firman el Compromiso Social por la Calidad en la Educación, y le corresponde a la maestra el protagonismo en los medios, en donde hace notar su poder, fortalecido y más visible por la sólida relación que había establecido con Martha Sahagún desde la campaña presidencial.
Empresarios, gobernadores, legisladores y jerarcas de la Iglesia católica de México, son testigos de aquella unción mayestática de la maestra. Empiezan sus años de ejercicio desmedido de poder, la rodean y miman intelectuales como Jorge G. Castañeda, la buscan gobernadores, legisladores y a ella se le entrega sin condiciones el control de la educación.  
El país ve la recuperación casi milagrosa de la UNAM, después de su año horribilis en paro dos años atrás. El trabajo académico y mediático de Juan Ramón de la Fuente revalora a la máxima casa de estudios y la vuelve a colocar en la cima de la primera universidad del país. El IPN se recupera del bache en que cae con Miguel Ángel Correa como Director General y Enrique Villa Rivera le devuelve el prestigio y el orgullo a los politécnicos y el Huelum se vuelve a escuchar con fuerza.
La ANUIES, encabezada sucesivamente por Jorge Luis Ibarra, Rafael López Castañares, Enrique Fernández Fassnacht y Jaime Valls Esponda, se convierte  en uno de los grandes actores de los doce años de gobiernos panistas y en todo lo que va del siglo.  
Fluyen el diálogo y la colaboración con la SEP y en especial con los subsecretarios de Educación Superior de la dependencia. A sus Asambleas concurren puntualmente todos los candidatos presidenciales de 2000, 2006 y 2012, y los rectores tienen la ocasión de participar en la discusión de sus propuestas sobre la educación superior. La propia ANUIES, es coautora de los planes de y programas de desarrollo de los gobiernos entrantes. La ANUIES va al frente de las luchas por un mejor presupuesto para la educación superior. Propone presupuestos multianuales, elabora modelos de financiamiento, defiende la autonomía y asesora a las universidades en sus programas para elevar la calidad.
El efecto de todo esto, va a dar a las entidades federativas y las universidades toman un lugar  más importante en la vida política local. La voz de los universitarios, de sus dirigentes, se escucha con respeto, se atiende.  No obstante, el canto de las sirenas de la política, tienta a algunos rectores y sus triunfos o sus fracasos,  afectan la vida interna de las universidades.  

Años de vértigo
Como todos los medios, desde la perspectiva educativa, Campus da testimonio de que los gobiernos de Fox y Calderón transcurren a velocidad de vértigo. El país estaba sumido en la polarización. Más allá de los conflictos poselectorales de 2006, el nuevo federalismo patrocinado  por la entrega de recursos de Vicente Fox a los gobiernos locales, les dio a estos una fuerza económica que nunca tuvieron, que al subvertir las relaciones con los poderes federales, impone el neologismo de feuderalismo con el que se trata de delatar la emergencia de varios gobernadores autócratas y corruptos.
Este fenómeno nacido de la conveniencia de “tener la fiesta en paz” en la República, obviamente no deseado en sus consecuencia por el gobierno federal, alcanzó para alterar la relación de los gobernadores con las universidades públicas estatales autónomas. Empoderados, varios de estos ejecutivos locales actuaron considerando a las instituciones universitarias una extensión de sus estructuras de gobierno.
La actitud de estos, tuvo como consecuencia el debilitamiento de la autonomía universitaria. Hasta la fecha, salvo  excepciones como las universidades federales y un puñado de instituciones,  padecen la presión y la intromisión de sus gobiernos y de diversos poderes fácticos, los cuales se consolidaron al cobijo de los fenómenos de dispersión, polarización y endogamia que se vivía en varias partes del país.  
Sin embargo, en gran número de universidades públicas del país, se  se construyeron grandes obras de infraestructura, gracias al apoyo que recibieron del gobierno federal. Muchas casas de estudio cambiaron su fisonomía física con inversiones inimaginables. Se volvieron instituciones competitivas y de calidad. Se plegaron a la nueva cultura de las acreditaciones y certificaciones, promovieron la internacionalización con objetivos académicos más precisos. Al transparentar sus recursos y rendir cuentas, mayor reconocimiento  moral ganaron de la sociedad. La educación pública superior del país tomó un papel mucho más protagónico que en el pasado.
En Campus tratamos de indagar y difundir la vida de las universidades en sus propios contextos, procuramos a sus líderes para conocer sus proyectos y sus programas para hacerlas avanzar en su desarrollo. Quisimos saber de sus mecanismos para ampliar la cobertura, para elevar la calidad de la docencia, de la investigación y la difusión de la cultura, y cuál era su método para contrarrestar sus limitaciones financieras.  
En nuestra labor confirmamos que no hay en el país dirigentes universitarios, rectores, directores generales, científicos, profesores, líderes sindicales que, comprometidos con su universidad autónoma, el Instituto Politécnico o los tecnológico regionales; lo mismo que los rectores de las universidades tecnológicas o politécnicas, o de los centros Conacyt, que soslayen o que no estén atentos al contexto que viven sus casas de estudio y en especial a la situación de la educación y la ciencia en el país.
A su visión académica, añaden sus puntos de vista sobre la realidad. Muchos reconocen que de la misma manera como avanzan las tecnologías y la ciencia, el mundo, el contexto, la sociedad, se hace diferente por factores que tienen que ver con práctica de la justicia, la equidad, la libertad y el respeto a los demás.
Los universitarios no han sido ajenos a la violencia que en estos años horadó  los espacios universitarios. La vulnerabilidad de la que advertía con su voz crítica e inteligente, el rector de la UNAM José Narro Robles, alcanzó durante esta etapa niveles de alarma. El fenómeno obligó a las instituciones arroparse en el apoyo técnico de la ANUIES para crear protocolos de seguridad en las instituciones cuyas comunidades, hasta hoy,  son objeto de atracos a mano armada, robos, violaciones y hasta asesinatos.
Por otras razones, el sistema educativo sufrió grandes conmociones. El movimiento #yosoy132 en 2012 durante la campaña electoral,  fue una tan fogosa y efectiva como efímera frivolidad. El Pacto por México alentó expectativas y trajo la más importante de las Reformas, la  Educativa. En ese contexto es detenida y defenestrada Elba Esther Gordillo. La huelga del IPN en 2014 no respondió a los guiños de la CNTE y salió airosa en sus propósitos de establecer las condiciones para impulsar las reformas que requiere el Politécnico. La reforma educativa iniciada por Enrique Peña Nieto tuvo como titular a Emilio Chuayffet y ahora a Aurelio Nuño Mayer. Digna de mejor suerte, esta Reforma tiene que trascender. Sin ella, el país niebla su futuro. Es de gente razonable reconocerlo.
Por lo que hemos vivido dentro y fuera de Campus, no podemos negar que los gobiernos de este siglo, incluyendo los de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, han sido presas del vértigo de una sociedad de indignados por la marginación y la ineptitud.
Los años recientes han  agudizado el antigobiernismo en grandes sectores de la sociedad y la lucha contra la corrupción se ha vuelto una prédica social  y la más  furiosa demanda de la gente.
   
El presente y algo que recordar
Hay algo personal que me permito comentar con el permiso de los lectores.  Ni como articulista semanal del diario MILENIO, cuando lo fui, ni mucho menos en Campus (ni tampoco he sabido de algún caso de  los colaboradores del suplemento) he recibido advertencia alguna, ni  siquiera una insinuación respecto de las opiniones o por la información que publicamos  de parte del gobierno federal. Ni una sola. Ni de panistas ni de priístas.
Réplicas y aclaraciones escritas que nos han corregido e ilustrado sobre algunos hechos, enviadas por lectores o por  los mismos personajes aludidos, por lo general a través de correos electrónicos, han sido muchas y de diverso origen, y con el pleno derecho de hacerlo.
Aunque excepcionales, no puedo pasar por alto que algunas reacciones vociferantes y necias (por teléfono algunas) contra  nuestros textos, han provenido desde algunas universidades, que se supone son bastiones de la crítica y de la libertad.
Pero lo que nos pasó con el representante de una institución privada, supera todas las reacciones, incluidas las de la izquierda más delirante.  
Aquí en la ciudad de México, el periodista Carlos Reyes y yo fuimos invitados a comer a la propia rectoría de esa casa de estudios. La idea era establecer un diálogo amistoso acerca de un reportaje crítico de Carlos que raspó intereses de los anfitriones y que recién habíamos publicado.
Apenas nos sentamos a la mesa, sin que mediaran unas breves palabras previas de cortesía entre personas con un poco de educación, el rector empezó a reclamarnos.
Fue obvio que el rector no tenía ninguna intención de dialogar. La invitación era una coartada para emboscarnos. Crispado y soberbio no argumentaba, maltrataba; lo hacía de forma insolente como un típico fascista. Se notó pronto que el diálogo no tenía futuro. No se imaginaba nuestra reacción ni mucho menos tan pronto. No tomamos ni un vaso de agua: con un simple “con permiso”,  nos levantamos de la mesa y dejamos al rector con la palabra en la boca. Estoy convencido de que su comportamiento no merecía otra cosa.
Pero como lo señalaba antes, éste y otros momentos desagradables, han sido excepcionales en nuestra labor periodística.
Me baso en lo anterior para ratificar que en Campus hemos tratado de evitar que nuestra crítica llegue a niveles personales, aunque uno sabe que cuando se habla de alguien, los lectores y mucho menos ése “alguien”  dejan de pensar que se trata de una ataque personal.
Piensan poco en sus errores y en los hechos que se le critican, e ignoran que para quien pretende hacer un buen periodismo y llamar la atención de la opinión pública, su trabajo debe llevar el  nombre y el apellido de los protagonistas.
Es verdad, lo que para ellos es una condena, para el periodista es una purificación si lo que escribe tiene un objetivo elevado.
Todos sabemos que no hay un periodismo puro ni objetivo. Los errores suelen ser frecuentes y es imposible –hablo por lo que a mí respecta- que no los haya cometido; pero estoy seguro, que no ha habido, en ninguno de esos errores, la intención o el propósito explícito de dañar a alguien en lo personal. Y si el efecto no buscado ha sido ése, es muy seguro que el objetivo de la crítica se justificaba en función de los valores que aquí hemos defendido.
Campus ha dedicado buena parte de su tarea analítica y periodística a apoyar el desarrollo de la educación pública,  a coadyuvar y a elevar la calidad de la enseñanza en todos los niveles, a impulsar la ciencia, la tecnología y la innovación y, en especial, hemos asumido como una de nuestras principales causas, la defensa de la autonomía universitaria.
Muchas de nuestras críticas han estado dirigidas contra aquellos que han sobrepuesto sus intereses de grupo, personales o de partido a los de la universidad pública. Gobernadores autoritarios que han vulnerado la autonomía, grupos facciosos que coartan las libertades de las comunidades universitarias, rectores que utilizan sus cargos o a las mismas instituciones para escalar en la política electoral, han sido objeto de nuestro trabajo periodístico y de la opinión de nuestros colaboradores.
Defender la autonomía ha sido puntualizar en cada momento el tema de los presupuestos a la educación pública. Éste ha sido de nuestros temas insignias. Ocuparnos de que se satisfagan las necesidades y expectativas de la educación pública, ha servido para mantener los ojos vigilantes en la responsabilidad que tiene el Estado de seguir apoyando su desarrollo.  
Criticamos la decisión del gobierno federal cuando el presidente Felipe Calderón decretó la deducción de las colegiaturas de las escuelas privadas desde el preescolar hasta el bachillerato, que benefició a las familias de más altos ingresos.

Pasos en los campus
La educación y las universidades tienen hoy muchos escaparates. El auge de la economía de mercado, las famosas TICs, el internet, las redes sociales formaron un bloque común que impactó en el sector educativo.
Pero muchos conjugan la educación en el lenguaje de los negocios.   
Cuando Campus inició su andadura, la profecía de la privatización era uno de los escenarios más comentados. Podemos comprobar que sus impulsores no se han detenido en ese propósito y el sistema educativo sigue expuesto a las presiones de estos grupos. La presencia de los principales proveedores transnacionales de servicios de educación superior privada, se ha ampliado y consolidado en México.
Ante este fenómeno del lucro en la educación, resulta de  la mayor importancia mantener y apoyar una educación pública de calidad.
No es una tarea fácil. Sabemos del papel del Estado en este propósito. En estos 700 números de Campus, hemos confirmado los avances que han experimentado nuestras instituciones públicas y eso proporciona confianza.
Ha sido una experiencia formidable vivir de cerca el mundo de la educación, recorrer un gran número de campus universitarios, hablar con estudiantes, profesores, científicos, líderes sindicales, rectores,  funcionarios estatales y federales de la educación, asistir a congresos nacionales e internacionales adónde acuden  expertos y gente que viven para la enseñanza, la cultura, la ciencia. Tener la oportunidad de hablar con buenos mexicanos y  excelentes universitarios en la UNAM, el IPN, la UAM, la UdeG, la UAEMex , la UASLP, la  UV, la BUAP, la UANL, la UJAT, LA UNISON, la UABC, UCOL, la UAS, la UACJuarez, la UG, la UAG, y en muchas otras instituciones como el TecNM,  el Conacyt y sus Centros, ha sido un privilegio y una exigencia de aprendizaje.
Contar con grandes universidades e instituciones de educación superior es fundamental para enfrentar los años por venir. Tenemos confianza que  los siguientes serán también de las universidades y los politécnicos, de los institutos y de los centros educativos que pueblan el territorio nacional.  
Vivir del pasado o inmersos en su pasividad, puede no ser aconsejable. Nos puede hacer desatinar. Pero el pasado, sí que nos instruye. Si aceptamos sus enseñanzas, si queremos transitar hacia el futuro con armas y bagajes recogidas en aquellos momentos dignos de recordar, resulta un recurso útil.
En eso pienso cuando estamos elaborando el número 700 de Campus MILENIO que publicamos este 6 de abril de 2017. Son setecientas semanas de tiradas en las máquinas de la casa que le dio vida. No es poca cosa. Nos subimos a la bolsa cangurera de un periódico que tenía casi dos años de vida. Lo recuerdo de nuevo: en septiembre de 2002. O sea que pronto tendremos otra oportunidad de recordar. Y algo de tiempo para enmendar y mejorar.

Jorge Medina Viedas

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