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Absurdos lingüísticos y gramaticales en la Constitución de “la” Ciudad de México Destacado

El primero en señalarlos fue el escritor, periodista y observador ciudadano Eduardo Mejía. Nos referimos a los absurdos idiomáticos de la denominada “Constitución Política de la Ciudad de México”. En su blog errataspuntocom explicó:
“En uno de sus ‘estudios de mujer’, de los que escribió varios, Balzac dice que los polacos defienden las tan escasas vocales de su vocabulario. Eso no lo tomó en cuenta el ‘jefe’ de ‘gobierno’ cuando decidió, sin motivo alguno, suprimir las siete vocales de Ciudad de México y las seis de Distrito Federal para que gesticulemos y gruñamos un impronunciable CDMX que no sabemos si reporte beneficios, porque más que nombre parece logotipo con derechos de autor. De una vez se lo decimos: no acataremos esa orden absurda”.


Y añadió Mejía: “Varias instancias, todas respetables, impugnan la llamada constitución de CdMx, con razones válidas, entre otras, que algunos de los llamados artículos se oponen a la Constitución Federal; otros, al sentido común; valdría la pena que la llamada Academia Mexicana de la Lengua se sumara a las impugnaciones: ¿qué es eso de seres sintientes?, ¿qué se proponen con la validación de redundancias como ‘adultos mayores’?, ¿cómo en una constitución que propone la igualdad hace distinciones entre niños y niñas, hombres y mujeres?, ¿cómo validan anglicismos denigrantes cuando hay palabras perfectamente descriptivas para situaciones de excepción, como las destinadas para los que necesitamos ayuda externa para la vida cotidiana? Y el ‘jefe’ de ‘gobierno’ agarra y dice que mejor la Constitución Federal copie ésta, tan incompleta, tan desigual, tan inicua, tan pésimamente redactada”.
Tiene razón Eduardo Mejía. Y es que las barbaridades lingüísticas y gramaticales se dan desde el primer enunciado, desde el nombre mismo de esta denominada “Constitución Política de la Ciudad de México”, que entrará en vigor el 17 de septiembre de 2018. Yo sólo me ocuparé de un aspecto específico, pero capital, en el que he venido insistiendo. Veamos de qué se trata, barajándola más despacio.
La “Constitución Política de la Ciudad de México” se publicó el 5 de febrero de 2017 en la “Gaceta Oficial de la Ciudad de México”, “Órgano de Difusión del Gobierno de la Ciudad de México” y en su primera línea, entre paréntesis, leemos: “Al margen superior un escudo que dice: CdMx.-CIUDAD DE MÉXICO”. Siendo así, no hay acuerdo en lo que el escudo “dice” y lo que se nombra en la redacción, pues no es lo mismo “la Ciudad de México” que “Ciudad de México”. Si la denominación oficial es la del escudo, entonces tendríamos que hablar y escribir de la “Constitución Política de Ciudad de México”, de la “Gaceta Oficial de Ciudad de México” y del “Órgano de Difusión del Gobierno de Ciudad de México”.
Hace tiempo, cuando este desaguisado aún no se cometía, publicamos en estas mismas páginas algo que hoy vale recordar. Volvemos a poner los puntos sobre las íes, aunque no nos vayan a hacer caso, pues en México la crítica es considerada agresión y rabia, gañidos y ladridos de perros, y esto lo consideran así incluso los “seres sintientes” que tenemos en el gobierno. ¿Cómo se “entiende” la crítica en México, ya sea literaria, estética, científica, periodística, política? Como violencia canina. Ladridos y pelar de dientes.
Desde los escritores y artistas hasta los funcionarios y políticos, con la arrogancia de creer que son portadores de la infalibilidad, todos ellos ven en la crítica no una forma de mejorar sus acciones y de enmendar sus yerros evidentes, sino una agresión perruna. Así lo entiende el mismísimo jefe de gobierno capitalino, Miguel Ángel Mancera Espinosa.
En La Jornada del 18 de marzo leemos lo que dijo el doctor Mancera Espinosa y que ilustra muy bien su opinión frente a la crítica, es decir frente a quien no está de acuerdo con él. En la crónica de Alejandro Cruz Flores se citan sus palabras textuales: “Déjalos, déjalos, si se hacen estos ruidos es porque estamos andando, indicó en alusión a un pasaje literario: y agregó: —Cuando pasas por una ranchería, ¿qué es lo que escuchas?— preguntó a los presentes. —Los perros ladrando— repondieron algunos. —Quiere decir que estás haciendo camino— concluyó”.
Que un gobernante se exprese así de la crítica revela su incapacidad de reconocer errores y, sobre todo, su ofensivo (más que defensivo) desdén hacia quienes expresan ideas con las que él no coincide. Siendo así, estas líneas tal vez sean consideradas igualmente ladridos, aunque la gramática, la lingüística y la historia nos amparen. Veamos.
Desde que se anunció la reforma política del Distrito Federal, avalada por el Congreso de la Unión, se argumentó que, para dar un nuevo régimen político, jurídico y administrativo a “la ciudad de México”, ésta será una entidad autónoma “con la denominación de Ciudad de México”. Dijimos entonces que ésta era (y sigue siendo) una barbaridad, pues ¿qué entidad federativa puede llamarse “Ciudad de México”? A lo largo de la historia, la ciudad de México (con artículo determinado, “la”, y con minúscula en el sustantivo común “ciudad”) nunca se llamó “Ciudad de México”, como, por ejemplo, “Ciudad Juárez”.

El absurdo de “la” Ciudad
En su célebre Grandeza Mexicana, el no menos célebre Bernardo de Balbuena escribió: “De la famosa México el asiento”. Y lo escribió así porque la ciudad de México siempre se llamó “México” y no “Ciudad de México”. Lo que es más: en el subtítulo descriptivo de su obra, Balbuena estampó lo siguiente: Carta del Bachiller Bernardo de Balbuena a la Señora Doña Isabel de Tovar y Guzmán describiendo la famosa ciudad de México y sus grandezas. He ahí la prueba: “ciudad” con minúscula y precedida del artículo determinado “la”: la [famosa] ciudad de México. Otro ejemplo (en la voz de Jorge Negrete): “Guadalajara en un llano, México en una laguna”. Guadalajara y México son los nombres de dos ciudades. ¿Quién cantaría algo así como “Ciudad de Guadalajara en un llano y Ciudad de México en una laguna”? La respuesta es: ¡Nadie por supuesto!
En la república mexicana hay topónimos cuya denominación oficial incluye el término “Ciudad”, pero nunca fue el caso de la capital del país. Ejemplos: “Ciudad Altamirano”, “Ciudad del Carmen”, “Ciudad Guzmán”, “Ciudad Juárez”, “Ciudad Mante”, “Ciudad Mendoza”, “Ciudad Pemex” y otras. En el extranjero, “Ciudad del Cabo” (en Sudáfrica), pero jamás “Ciudad de Johannesburgo”, pues ésta simplemente se llama “Johannesburgo”. ¿Cómo se intitula el célebre libro de Luis González Obregón? Las calles de México. No, por cierto, Las calles de Ciudad de México. Don Luis González Obregón siempre supo que “la ciudad de México” o “México, la ciudad”, jamás se llamó “Ciudad de México”. Y él escribe, específicamente, de las calles de la capital del país.
Como escribió con entera precisión, en 1996, el ex director de la Academia Mexicana de la Lengua, el lingüista y lexicógrafo José G. Moreno de Alba, en sus Nuevas minucias del lenguaje, “el nombre oficial de la capital del país sigue siendo [es decir, lo era entonces] México y no Ciudad de México. Esto quiere decir que la palabra ciudad, en esa frase, no forma parte del nombre propio de la capital y, por ende, debe escribirse con minúscula”.
Fernando Fernández, poeta y editor, reafirmó, años después, y unos meses antes de que se impusiera la necedad, lo dicho por Moreno de Alba y, en uno de los ensayos de su libro Contra la fotografía de paisaje (Libros Magenta/CNCA, 2014) se muestra extrañado de que el personaje Quim Font de la novela Los detectives salvajes (Anagrama, Barcelona, España) de Roberto Bolaño, hable de “Ciudad de México” y no de “la ciudad de México”. Cita lo escrito por Bolaño: “a veces me ponía a llorar pensando en Ciudad de México, en los desayunos de Ciudad de México”. Y comenta: “Así, sin el artículo, como neciamente se insiste en España”. En realidad, esta necedad española ahora ya no lo es o dejó de serlo (oficialmente) porque el gobierno capitalino hizo triunfar el pochismo Mexico City con su logotipo impronunciable CdMx, cuya traducción literal es “Ciudad de México”.
Sin embargo, al absurdo inicial se sumó otro absurdo que vuelve todo esto mucho más necio, pues resulta que el doctor Miguel Ángel Mancera Espinosa promulga la “Constitución Política de la Ciudad de México” como “Jefe de Gobierno de la Ciudad de México” y suscribe en el artículo primero que “la Ciudad de México es una entidad integrante de la Federación, sede de los Poderes de la Unión y capital de los Estados Unidos Mexicanos” y a lo largo de todo el documento se habla y se escribe siempre de “la Ciudad de México” (con el acortamiento “la Ciudad”), y de las instituciones y organismos “Congreso de la Ciudad de México”, “Tribunal Electoral de la Ciudad de México”, “Consejo de Evaluación de la Ciudad de México”, “Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México”, “Instituto Electoral de la Ciudad de México”, “Cabildo de la Ciudad de México”, etcétera. Y la pregunta obligada es: “¿Por qué se usa el artículo determinado (“la”) si, según el escudo, la entidad se llama oficialmente “Ciudad de México” (CdMx) y no “la Ciudad de México”?
Dado que el tema es lingüístico y gramatical, todo parece indicar que no hubo nadie, en materia idiomática, que asesorara a redactores y constituyentes, y antes de ellos a los proponentes de la iniciativa de reforma. Lo de siempre: el idioma a nadie le importa, a pesar de que, en este caso, lo que se cambia no es nada más el régimen político, jurídico y administrativo de la capital del país, sino también su denominación. Y tal parece que nunca se pensó en esto. Veamos las cosas más a detalle.
Con buen sentido de la lógica, ¿a quién se le ocurriría decir o escribir, por ejemplo, “la Ciudad Altamirano”, “la Ciudad Juárez”, “la Ciudad Guzmán” o “la Ciudad Mante”? ¡A nadie por supuesto! porque el artículo determinado sobra. Se dice y se escribe, correctamente, “Ciudad Altamirano”, “Ciudad Juárez”, “Ciudad Guzmán” y “Ciudad Mante”, que son los nombres oficiales de estos topónimos, y que incluso se acortan, de manera coloquial, en “Altamirano”, “Juárez”, “Guzmán” y “Mante”. Ejemplos: “Altamirano es una ciudad mexicana del estado de Guerrero”; “Las muertas de Juárez” (título de un libro de Sergio González Rodríguez); “Guzmán, antes Zapotlán, en Jalisco”; “Mante es una ciudad que se ubica al sur del estado de Tamaulipas”. En el caso de los topónimos que incluyen en su denominación oficial el término “Ciudad”, el artículo determinado únicamente tiene sentido antepuesto a un adjetivo, como en “la insegura Ciudad Juárez”, “la antigua Ciudad Guzmán”, “la pequeña Ciudad Pemex”.
El artículo determinado (“la”) delata por lo menos ignorancia, pues si ahora la nueva entidad federativa (la número 32 de la república) se llama “Ciudad de México”, ¿a cuento de qué seguir diciendo “la Ciudad de México”? ¿Decimos, acaso, la Colima, la Campeche, la Sinaloa, la Sonora? ¡No! Decimos y escribimos “Colima”, “Campeche”, “Sinaloa”, “Sonora”, de la misma manera que debemos decir y escribir “Ciudad de México”, luego de que, oficialmente, se impuso la necedad de denominar así a un estado. Antes de la reforma la denominación “Ciudad de México” (con mayúscula inicial en el sustantivo común “ciudad”) sólo tenía sentido, gramaticalmente, al principio de párrafo; por ejemplo al inicio o al final de un documento: “Ciudad de México, a 27 de octubre de 2012”. Sólo así.
Pero ahora, si ya se oficializó el despropósito de llamar “Ciudad de México” a la nueva entidad federativa, la propia “Constitución Política de la Ciudad de México” es incongruente al no denominarse, oficialmente, “Constitución Política de Ciudad de México”, del mismo modo que se dice y se escribe, por ejemplo, “Colegio de Agrónomos de Ciudad Juárez” y no Colegio de Agrónomos de la Ciudad Juárez.
Y si todavía alguien tuviese duda al respecto, quién mejor que Juan Gabriel para despejársela con acompañamiento musical: “Ciudad Juárez es número uno,/ la frontera más fabulosa y bella del mundo./ ¡Arriba Juárez!/ Juárez que viva por siempre,/ que viva su historia/ que le ha dado gloria, que viva su gente./ Ciudad Juárez es número uno”, etcétera.

Galimatías constitucional
He aquí otro ejemplo de lógica gramatical y lingüística incontestable: J. R. R. Tolkien nació en Bloemfontein, Sudáfrica, el 3 de enero de 1892; J. M. Coetzee nació el 9 de febrero de 1940 en Ciudad del Cabo, Sudáfrica. Bloemfontein es el nombre de la capital de la provincia Estado Libre, y Ciudad del Cabo, el nombre de la capital de la provincia Cabo Occidental. La República de Sudáfrica se compone de nueve provincias (Cabo del Norte, Cabo Oriental, Gauteng, KwaZulu-Natal, Limpopo, Mpumalanga y Noroeste, además de ya nombradas) y sólo una de esas capitales provinciales tiene en su denominación oficial el término “Ciudad”. Nadie con un poco de conocimiento dirá o escribirá que el escritor Coetzee nació en “la Ciudad del Cabo” ni que el escritor Tolkien nació en “Ciudad de Bloemfontein”. La razón es muy simple: Tolkien nació en “Bloemfontein” (tal es el nombre oficial de la ciudad) y Coetzee nació en “Ciudad del Cabo” (nombre oficial de dicha capital) y no en “la Ciudad del Cabo”, que es un absurdo.
En el caso de la hoy “Ciudad de México”, el galimatías constitucional se hace mayor cuando pretende justificarse. A la letra dice el documento: “Que de conformidad con lo previsto en el artículo 44 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, la Ciudad de México [con artículo determinado] es la Entidad Federativa sede de los Poderes de la Unión y Capital de los Estados Unidos Mexicanos; se compondrá del territorio que actualmente tiene y, en caso de que los Poderes Federales se trasladen a otro lugar, se erigirá en un Estados de la Unión con la denominación de Ciudad de México” (así, sin artículo determinado). Sin embargo el artículo 44 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos ordena otra cosa. A la letra dice: “en el caso de que los Poderes Federales se trasladen a otro lugar, se erigirá en el Estado del Valle de México con los límites y extensión que le asigne el Congreso General”.
Entre los pocos medios periodísticos que hace buen uso de la nueva denominación “Ciudad de México” está justamente MILENIO. Por ejemplo, el miércoles 29 de marzo, en la página 21 del diario, una nota de Cinthya Stettin informó lo siguiente: “El ex diputado constituyente Porfirio Muñoz Ledo aseguró que el gobierno federal ‘tiene miedo a que la Constitución de Ciudad de México se replique en otros estados’, por ello las impugnaciones que ha presentado ante la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN)”.
Yo no sé si, exactamente, Porfirio Muñoz Ledo diga y escriba “Constitución de Ciudad de México”, pero ello está entrecomillado y es la forma correcta que, como ya expusimos, no se usa jamás en la propia redacción y ni siquiera en el título de la flamante “Constitución Política de la Ciudad de México”.
En la misma nota, la reportera de MILENIO informa que “en tanto, el presidente del PRD en Ciudad de México, Raúl Flores, calificó de chingaderas las impugnaciones contra la Constitución de Ciudad de México”. Dejemos de lado las finas expresiones de este impresentable personaje, pero puede verse claramente que en la redacción de MILENIO se usa correcta y reiteradamente la denominación “en Ciudad de México” y “de Ciudad de México” que ni los autores de la reforma y la Constitución de la capital del país saben utilizar. Si un documento tan importante como una Constitución Política descuidó el uso del idioma, no debe sorprendernos que haya descuidado otras cosas.

Inclusión errada
Por cierto, el texto constitucional abusa también del lenguaje denominado “de inclusión”, por medio del desdoblamiento aun contra la lógica de la economía verbal y las reglas gramaticales, al grado incluso de atentar contra el sentido común. Leemos, por ejemplo: “las niñas, niños y adolescentes”. Debería saberse que, aquí, el femenino “las” rige para “niñas” y para una parte de “adolescentes” (sólo para las mujeres adolescentes), pero no para “niños” y “varones adolescentes”. En español el masculino es genérico común. Si no se quiere decir, con ortodoxia, “los niños y los adolescentes” (abarcando también a las niñas y las adolescentes), tendría que optarse por evitar el artículo determinado y escribir “niñas, niños y adolescentes”, pero no “las niñas, [las] niños y [las] adolescentes”, que es lo que se está diciendo, exactamente, con el artículo “las” para regir a los tres sustantivos.
La Real Academia Española, pese a todos sus yerros, no se equivoca en lo siguiente: “Este tipo de desdoblamientos son artificiosos e innecesarios desde el punto de vista lingüístico. En los sustantivos que designan seres animados existe la posibilidad del uso genérico del masculino para designar la clase, es decir, a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexos: Todos los ciudadanos mayores de edad tienen derecho a voto. La mención explícita del femenino sólo se justifica cuando la oposición de sexos es relevante en el contexto: El desarrollo evolutivo es similar en los niños y las niñas de esa edad. La actual tendencia al desdoblamiento indiscriminado del sustantivo en su forma masculina y femenina va contra el principio de economía del lenguaje y se funda en razones extralingüísticas. Por tanto, deben evitarse estas repeticiones, que generan dificultades sintácticas y de concordancia, y complican innecesariamente la redacción y lectura de los textos”. Ni más ni menos.
Y en cuanto a lo demás, incluso en lo semántico, hay cosas realmente disparatadas, como la siguiente disposición: “Toda persona tiene derecho a actuar de acuerdo a sus convicciones éticas”. ¿Perdón? ¿Debo entender que, como individuo, una disposición constitucional me está “autorizando” a actuar según mis convicciones éticas? Como si la ética pudiera estar sujeta al permiso del Estado. Por supuesto que yo tengo derecho a actuar de acuerdo a mis convicciones éticas; me lo reconozca o no una constitución. No necesito de constitución alguna para actuar de acuerdo a mis convicciones éticas. ¿Y qué tal si actúo de acuerdo a mis convicciones éticas pero, con esta actuación, causo daño a los intereses colectivos del Estado y la sociedad? ¿Tengo automáticamente indulto? Sería bueno saberlo.

Juan Domingo Argüelles
Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (UJAT/Laberinto Ediciones, 2015),
Breve antología de poesía mexicana impúdica, procaz, satírica y burlesca (Océano, 2015), Dos siglos de poesía mexicana: el XIX y el XX (Océano/Gandhi, 2015), Un instante en el paraíso: Antimanual para leer, comprender y apreciar poesía (Universidad Autónoma de Aguascalientes/Laberinto Ediciones, 2016), El libro de los disparates: 500 barbarismos y desbarres que decimos y escribimos en español (Ediciones B, 2016), El último strike (UJAT/Laberinto Ediciones, 2016),  y En la boca del lobo:La verdadera historia de Caperucita Roja (Fondo Editorial del Estado de México, 2016).

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