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“Continuar, continuaremos”; recordando a Octavio Paz Destacado

Este lunes 17 esperé que Denise Maerker no se hubiera tomado la semana de Pascua para escuchar las noticias del día. Entiendo; en esta labor las vacaciones no pueden desperdiciarse. Pero Iván González, su reemplazo, no lo hizo mal. Su imagen se hizo más asequible a los escándalos, a las tragedias y a la saga de la violencia criminal que afecta a México.
Javier Duarte y Pancho Chimal en secuencia, luego las decenas de muertos por el accidente en la carretera Siglo XXI, enseguida el enfrentamiento en la Costera de Acapulco y en fila india todo lo demás. Ya no supe si Iván abrió los segundos para la noticia “buena” que suele pautar Denise.


No es solo un noticiero, en la radio y en todos los canales, las notas informativas, las columnas y los artículos de la prensa, despliegan los dramas, las tragedias, los escándalos de corrupción que vive el país.  El humor, la parodia, la ironía en los medios se nutren del miasma de los personajes de moda: criminales y corruptos. No parece haber más en este  tipo de periodismo que reina hoy.  
En estos días he leído decenas de versiones de la detención de Duarte en Panajachel, Sololá en Guatemala. Distintos periodistas repiten la misma historia. El caso es no salirse de la cacofonía del escándalo. Cientos de veces, miles supongo, se ha difundido la imagen de desquiciado del ex gobernador. Los ojos brillosos y prominentes, posiblemente por los efectos del alcohol escanciado por días en su organismo. Esa sí que es una imagen noticiosa.
Esta pretende ser una síntesis fragmentada de una noche y una mañana de ver y leer noticias. Pero esta misma experiencia la podemos vivir todos los días y ya tenemos años sumergidos en estas imágenes infernales de violencia, muerte y descomposición social. (Hoy mismo volví a leer por enésima ocasión la frase escatológica de Marcelino Perelló sobre la violación de la chica veracruzana. ¿Quién lo quiere fuera de la UNAM?)
Quisiera decir con certeza que los medios no tienen la culpa. Pero está claro que no hacen lo suficiente para evitar que esta realidad se vea amplificada por el ojo del sensacionalismo, cuyos efectos en el mercado de las empresas mediáticas es un factor central.
En esos afanes se nos ha otorgado el privilegio de conocer la trayectoria, la filiación al cartel que pertenecen y los amoríos de los criminales más temibles de México. Ahora, por mentalidades valetudinarias asociadas a intereses políticos empresariales, podemos imaginar que la esposa de un presidente es una amazona de instintos y habilidades guerreras inauditas, envarada en un ambiente de sobornos, crímenes y corrupción.  
Los jóvenes, directos afectados por esta crisis social, política y moral, están tratando de sobrevivir y superar  la realidad y sus distorsiones. A muchos, sin embargo, los acosa el monstruo que está detrás de todo: el dinero, la ambición por tenerlo pronto, fácil y sin importar los medios.
Es inevitable pensar en que la vulnerabilidad a la que estamos todos expuestos, exige abrir puertas y ventanas a la búsqueda de lo mucho que el país tiene, en su historia, en sus hombres y mujeres, en su raza originaria y los mestizajes que nos han hecho contemporáneos del mundo y que en su vital diversidad,  tanto han aportado a su grandeza.
Tuve el acierto de leer en estas horas de ruindad y desesperanza a Octavio Paz. Leí esto: “Vamos a continuar; continuaremos. Y vamos a hacer lo que no pudimos hacer antes. No yo (mi vida es transitoria) pero sí ustedes y, sobre todo, los jóvenes: aquellos en cuyas manos está la verdad de México. Esa verdad, alternativamente cruel y luminosa; esa oscuridad que puede llevarnos a la oscuridad o a la luz. Los jóvenes mexicanos son eso: la luz de México, y por ser la luz, son también su oscuridad. Son la recompensa de México, y la promesa de que algo que todavía no se realiza, pero que se va a realizar pronto”. (También soy escritura. Octavio Paz cuenta de sí. Fondo de Cultura Económica, edición de Julio Hubard).
Paz, cómo nadie, nos abre los ojos a la belleza y al sentido de las palabras, a lo que de profundo tiene el ser mexicano; el poeta nos hace pensar y reflexionar sobre lo que fuimos; nos habla para que entendamos lo que somos; nos señala qué somos  capaces de hacer por el país y por nosotros mismos. No decreta ni escribe mandatos. Lo suyo es elevar nuestra visión, nos coloca un andamio de palabras y las deja a nuestro libre albedrío.
Leyendo a Paz, sabemos que tenemos suficiente fuerza moral para reconstruirnos, para rehacer nuestra convivencia y recuperar nuestra alegría, y para hacer todo aquello que algunos grupos de rapaces pretenden impedir.

Jorge Medina Viedas

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